Mala suerte

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El diván de un sicoanalista algo celoso es, además del icono con el que quizá generaciones futuras definirán la época en que vivimos, el punto donde confluyen los personajes de esta novela: un abogado irreverente, enamoradizo y parlanchín al que parece perseguir la Mala Suerte, un ex legionario obsesionado por la falta de sensibilidad del mundo ante sus extrañas habilidades, y una comisaria tan pija como despampanante con un novio que la tiene muy pequeña y, por si fuera poco, es novelista vocacional. El misterioso asesinato de un conocido actor de cine y de su amante hace que las vidas de nuestros personajes se crucen, con verdadero peligro para todos ellos. ¿Quién mató a Fabio Cotta?, ¿quién escribe los descaminados pasos que damos por el mundo?, y, sobre todo, ¿qué esconden las gafas oscuras de ese sicoanalista que parece constantemente dormido? He ahí algunas de las preguntas que el curioso lector no podrá eludir.

ANTICIPO:
El inspector te comunica la noticia a las siete de la mañana. «Más o menos, dentro de mi horario cotidiano -te dices con los ojos todavía cerrados-. Algo es algo».

Cuando empezaste en esto, cuando te nombraron comisario pese a todas las zancadillas y codazos, los asesinatos se descubrían en horas prudentes, siempre dentro de la jornada laboral típica -entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche-; pero este último año parece que los asesinos y los criminales en general conspiran contra ti, están empeñados en que tu vida profesional se extienda como una mancha de aceite sobre tu vida íntima, esa otra vida que nunca has sabido delimitar, que siempre has echado de menos sin estar segura de haberla conocido alguna vez, y por eso los delitos se descubren a horas intempestivas, en esos momentos excepcionales en que por fin estás durmiendo o haciendo el amor, o compartiendo un cartón de palomitas en el cine con tu novio, o cenando sushi en un restaurante japonés, también con tu novio.

Este último año puedes recordar al menos quince asesinatos que se han descubierto de madrugada, cuando la noche y tú estáis en vuestro apogeo, cuando eso que llamas vida íntima parece cobrar unos límites más precisos.

Hoy es la excepción que confirma la regla, Sarita. Hoy el crimen se ha descubierto a una hora temprana pero decente. Las siete es la hora en que te levantas para acudir a comisaría, así que cuando apuntas la dirección del inmueble (calle Conde de Peñalver, número taL.) irrumpe la voz airada de Federico Jiménez Losantos desde tu radio despertador y rápidamente te incorporas de la cama, preparada de golpe para la jornada, con la ilusión de investigar el nuevo y al parecer macabro crimen.

Te duchas, te vistes, comes dos magdalenas. Te lavas los dientes y te maquillas a toda prisa. Apuntas en una nota: «Llamar a Luis. Pedirle perdón por decirle que su novela era una mierda».

Relees el papel y dejas de estar de acuerdo con su contenido, pero en vez de romperlo lo arrugas y lo guardas en el bolsillo del chaquetón. Eres guapa, pero te miras al espejo del vestíbulo con desconfianza, y te ves fea y luego guapa y luego fea, y te colocas de perfil y de espaldas y de frente y sales del apartamento cerrando la puerta con dos vueltas de llave y con dudas sobre la idoneidad de la blusa, que es negra y algo transparente, un poco frívola tal vez para una mañana criminal.

El inspector te conduce hasta la habitación del crimen, una alcoba no demasiado grande, con una mesita de noche, una ventana con cortinas azul claro, un armario empotrado abierto de par en par y los cadáveres desnudos de una mujer y un hombre boca abajo sobre la cama de matrimonio. Los dos culos blancos son la referencia visual inmediata y recurrente. Sigues estando guapa cuando analizas con un vistazo rápido las sábanas revueltas, trepando por las piernas de los cadáveres como enredaderas blancas, y las manchas de sangre esparcidas sobre la cama, alrededor de las cabezas. Te pones aún más guapa para fijar la mirada en lo que intuyes es una pista relevante: una peluca rubia, atrapada entre los dedos agarrotados de la mano derecha del cadáver masculino; parece un erizo amarillo en el extraño cepo del puño crispado.

-Aj, disgusting -dices poniéndote frívola.

-¿Perdón? -se extraña el inspector, que no entiende inglés y no entiende nada.

-¿Es reciente? -le preguntas.

-Están ya muy fríos. Los ha descubierto la mujer que limpia aquí todos los jueves.

-¿Se sabe quiénes son?

-No, comisario.

Pequeño, cincuentón, gordo, imberbe, el inspector se rasca la barriga como un eunuco instantáneamente más acomplejado y feo a tu lado. Empequeñece cerca de tus botas altas, de tu culo prieto que acentúa ese pantalón vaquero, de tu melena rubia, de tus caderas y tu chaquetón de cuero negro, de tu presencia imponente, Sarita.

-Perdón, comisario -rectifica el inspector-. Hay un DNI que debe de ser de la chica, pero el hombre aún no sabemos quién es.

-¿Les habéis visto la cara?

-Esperábamos a que viniera usted o el juez…

-Dadles la vuelta.

-¿No esperamos a que venga el juez, comisario?

-No.

Entre cinco policías de uniforme voltean a la chica.

-Anota -le dices al inspector, que tiene la libreta y el bolígrafo preparados-: no más de 25 años.

-El DNI dice 22, comisario.

-Anota, por favor: no más de 25 años, morena, muy buen tipo, pubis rasurado, probablemente prostituta.

Los cinco policías dan la vuelta al cadáver del hombre. Al depositarlo boca arriba, su puño fibroso rebota sobre el colchón, y reparas de nuevo en la peluca rubia de la que no se desprenden los dedos agarrotados. Y te sorprende de pronto esa especie de candelabro plateado y ensangrentado que surge a los pies del cadáver cuando las sábanas se retiran arrastradas por el cambio de postura. Parece una lamparilla de mesa.

-Voilá: el arma homicida -dices, y el inspector te mira sin saber a qué te refieres.

Rodeas la cama matrimonial para ver de cerca el rostro entumecido del muerto, que para colmo tiene el color azul que proyectan las cortinas traspasadas por el sol. El inspector te sigue libreta en mano y los policías de uniforme se retiran hasta la entrada de la habitación y desde allí te observan con ese brillo de ojos que desprende misoginia y deseo, se apelotonan cerca de la puerta como niños desconfiados y traviesos.

-Anota -dices-: cuarenta y tantos años, velludo, fibroso, estatura media, tiene una peluca rubia en la mano, seguramente obsequio de la pelea con el asesino o los asesinos, tiene un pene casi tan pequeño como el de mi novio.

Después de un instante de sorpresa, los policías rompen a reír. El inspector no sabe inglés y no sabe nada y sostiene el bolígrafo tan bobo como siempre sin decidirse a escribir, aturdido por las risas que tu voz corta de golpe, generando de nuevo expectación y silencio.

-Cambia lo de la chica -dices.

Los policías se aprietan, pierden el sentido del espacio, avanzan

hacia ti con pequeños pasitos como espectadores de una comedia que los hipnotiza. Te escuchan decir:

-…Donde decía «probablemente prostituta» pon «probablemen te actriz».

Eres la chica cañón, la más guapa y lista de la promoción, la única comisario del Cuerpo Nacional de Policía; lo sabes, en este momento eres más consciente que nunca de tu valor y tu importancia, y por eso miras a tu auditorio y dices:

-¿Es que no veis quién es el muerto, compañeros?

Los policías se miran unos a otros, te miran conmovidos por el deseo y el desconcierto.

-No me miréis a mi. Miradle a él. Acercaos, mirad, examinad su cara.

Se adelantan tímidamente entre murmullos, forman un solo cuerpo que avanza con dificultad. Al fin, uno dice: «Parece el actor…».

-Eso es, compañero. Estamos ante el cadáver de Fabio Cotta. La habitación queda en silencio.

-¡Hurra! ¡Vendrá la televisión! -grita alguien.

Las carcajadas brotan de nuevo.

Sólo la llegada del juez con el forense interrumpe el alboroto. El orden regresa a la habitación del crimen: la seriedad y el movimiento.

Un murmullo de funcionarios trabajando.

Durante las últimas dos semanas, Rafael Pichón había pintado cuarenta soldaditos de plomo, el doble de lo habitual. Era relajante. Pequeños figurines mates que iban cobrando color, personalidad, vida, gracias al pincel compulsivo de Pichón, reconcentrado en su labor durante horas en la pequeña habitación ordenada y pulcra;

invadida la pared por las estrías de la humedad.

Estaba a punto de terminar un legionario francés, pero recordó que había quedado con Fabio Cotta a las cuatro en el Café Comercial. Iban a hablar de la obra, de El Mafioso Sirelli, iban a dirimir sus diferencias de las últimas semanas. Fabio Cotta iba a pedirle perdón, seguro.

Concentrado en sus soldaditos, a Pichón se le iban los minutos, las horas, y ahora se daba cuenta de que se le hacía tarde. Debo ser puntual para que no me reproche nada. Aunque él ha sido impuntual muchas veces y yo nunca se lo he reprochado…

Lo vio ya sentado mientras cruzaba la puerta giratoria. Fabio Cotta tomaba café en la barra y Pichón pensó que estaba más interesante que nunca.

Su primer impulso fue sonreírle, pero forzó la mueca de enfado que había ensayado frente al espejo, la mueca que requería una reunión donde finalmente aceptaría las disculpas de Cotta no sin antes recriminarle uno a uno el cúmulo de agravios que le habían ofendido en las últimas semanas.

-Qué tal -saludó.

-Bien -respondió Fabio Cotta con fastidio.

-Bueno, tú dirás -dijo Pichón sin relajar el ceño.

-Te he llamado para dejarte clara una cosa -dijo Cotta incómodo, esperando a que Pichón tomara asiento en el taburete-: no cuento contigo para la cabina… Voy a contratar otro técnico de luces… Así que… Lo siento.

Pichón sonrió como si escuchara un chiste. Luego las facciones de su cara se comprimieron, como si acumularan toda la tensión y el dolor de una noticia tan trágica, que no era capaz de digerir.

-¿Q-q-qué? -tartamudeó.

-Lo siento, Rafael.

-¿Qué?

-Lo siento.

-Yo una vez te regalé cuatro soldados…

Fabio Cotta se movió impaciente en el taburete.

-No tengo por qué aguantar tus chifladuras -dijo-. Ya son muchos meses. Lo siento. Has ido de mal en peor. Necesitamos alguien que no cause problemas y sea competente.

-Yo nunca le he dicho a Áurea que te acuestas con otras mujeres -decía Pichón con la mandíbula y los párpados temblorosos-. Lo que pasa es que tú tienes celos de que yo hable mucho con ella y temes que le cuente todos los cuernos que le pones…

-Rafael, estás mal de la cabeza. Hazte mirar la azotea. Es mi consejo. Suerte -se despidió Fabio Cotta.

Pichón agarró el vaso de café que abandonaba Fabio Cotta sobre la barra, pero lo soltó por miedo a hacer añicos el cristal. Volvió la vista para ver cómo el actor se alejaba y desaparecía en la puerta giratoria ante la expectación sonriente de varias jovencitas, que lo habían detectado desde la calle, y no pudo impedir una lágrima lenta y llena de rabia, que lamió cuando rozaba la comisura de sus labios.

Lo había llamado loco una vez más.

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2 Opiniones

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  • Totti
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    Entre el aroma a funcionarios que pasan, los chistes, las gracias y la despreocupación, estoy convencido de que los policías actúan así en la vida real a la hora de recoger los fiambres.

    Espero que si algún día me matan, no vayan estos "cachondos" a recoger mi pobre cadáver.

  • Lumpen
    on

    DIvertido anticipo y divertida novela, pero yo creo que entra más en el género de humor, humor ácido lleno de mala uva.

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