Manual de Historia de la Literatura española 1. Siglos XIII al XVII

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La historia completa de la Literatura española es proyecto de tal envergadura que justifica el que casi todos los volúmenes publicados actualmente sean obra de colaboración entre especialistas de varios periodos. Estas densas páginas son, en cambio, producto de la visión unitaria de una historiadora que asume con gran originalidad un doble reto: el de narrar hechos y procesos de forma personal, frente a la tarea mucho más aséptica de describir; y el de hacer una síntesis equilibrada bajo una orientación esencialmente comparatista. Este MANUAL, alentado por una permanente búsqueda de cohesión, de relación entre las partes, ofrece una fácil lectura tanto al estudioso de la materia como al lector no avezado, y permite establecer vínculos entre textos, ideas y géneros, gracias a las continuas referencias internas que llenan el libro. En todo él resuena la propia literatura y no sólo lo que la crítica ha dicho de ella, como demuestran las numerosas citas que entreveran sus capítulos. Especialmente las de los versos que, con sus contrastes de tono y ritmo, son aquí entendidos como ‘latidos de las épocas’, acordes a los cambios de sensibilidad y de estética en el paso de los siglos.
Lina Rodríguez Cacho es Profesora Titular de Literatura española en la Universidad de Salamanca, donde actualmente enseña Literatura Medieval y del Siglo de Oro, especialidad en la que concentró su actividad investigadora desde que obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha impartido numerosos cursos como profesora visitante en varias universidades europeas, en Carleton University (Ottawa, Canadá), y en prestigiosos centros de docencia para extranjeros como la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Entre sus publicaciones destacan: la edición y estudio de una versión inédita de “La zapatera prodigiosa” de F. García Lorca (1986), “Pecados sociales y literatura satírica en el siglo XVI” (1989), la edición de la obra completa del humanista Antonio de Torquemada (1994), y la antología “Letras capitales del Quijote” (2005).

ANTICIPO:

MANUAL DE HISTORIA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

NOTA PRELIMINAR

Escribir una historia es un acto de libertad. Escribir una Historia, en cambio, es un compromiso que más vale saber destinado a la crítica. Desde tal conciencia se han escrito las cuatro partes de este manual que, a lo largo de varios años, han ido desbordando los límites previstos en el encargo de la editorial Castalia, hasta llegar a convertirse en dos volúmenes que en su día, ingenuamente, quisieron ser uno.
Es siempre difícil la tarea de revisar los viejos esquemas mediante los que se han venido parcelando los periodos literarios, con todos sus prejuicios, sus mitificaciones y sus manidos rótulos. Es también difícil esquivar el afán de hacer clasificaciones que resulten útiles pedagógicamente, y que al final sólo consiguen dar visiones simplistas de realidades complejas. Y, sin embargo, entiendo que ésta es la primera valentía que se nos exige. La segunda, sin duda, es atreverse a asumir que el reparto será forzosamente desigual, pues es necesario decidir de continuo el espacio que se reserva a unos u otros autores, a unos u otros textos, mientras algunos quedan silenciados. Ya sólo en ese mero hecho de elegirles ‘acomodo’ a las obras de cualquier literatura nacional queda patente que la objetividad perfecta no es posible, ni aun deseable, tal vez. Convendría admitir que ni todos los autores ‘hacen Historia’, ni todos los datos sociológicos o políticos sirven por igual para explicar la literatura de cada época, y la selección entonces, se quiera o no, se carga de algún tipo de ideología. La responsabilidad es tal que explica en parte por qué los manuales como éste han sido con frecuencia más historia de los escritores que historia de los textos, que es, en cambio, la pauta que sigue el nuestro. En él no debe ir a buscar el lector trayectorias personales sino convivencias de creaciones, ‘diálogo’ de unos textos con otros en unas mismas sincronías: la relación entre aquéllos que llegaron a ser hitos fundamentales dentro de su contexto, obras geniales más o menos reconocidas, con otros que no consiguieron serlo, sin que ninguno de ellos tuviera asegurada su pervivencia en la memoria colectiva. El desafío es aún mayor si lo que se pretende es hacer algo más que una buena guía descriptiva de tendencias, nombres y títulos, un inventario glosado de producciones ‘razonablemente’ ordenadas. (Labor tanto más inútil, creo, en esta era de las infinitas posibilidades de la informática). Y ésta ha sido precisamente la preocupación que me ha movido en todo momento: procurar una síntesis explicativa que acierte a dar sentido a los conjuntos, que pueda dar cuenta del surgimiento de las modas literarias y de su declinar, sin descuidar, al mismo tiempo, el análisis oportuno de las originalidades de los autores al romper con la tradición, o al renovarla. Buscar la explicación causal de los fenómenos es arriesgarse a interpretar motivos y efectos, como lo he hecho, desde una lectura propia de los textos, o de lo intuido en ellos, desde mi personal —y limitada— comprensión de su sucederse en el tiempo, acatando además el ritmo en el ‘contar’ que cada situación me requería. Y no puede extrañar, por tanto, que en este caso el propósito de ‘historiar’ se haya acercado inevitablemente al placer de ‘novelar’, por más rigor e imparcialidad que me haya impuesto en el método.
Por suerte existen voces sobradamente autorizadas que pueden avalar tal ‘ensayo novelesco’, si es que así cabe definirlo, como la del profesor José Carlos Mainer, con quien concordamos en que la Historia de la literatura, “horizonte natural de los estudios sobre las Letras”, debe concebirse siempre como un trabajo abierto: “no un credo, sino una hipótesis”. Confío en que resuenen en ésta los ecos de ciertos magisterios que iluminaron muchas de las cuestiones surgidas en el largo proceso de escritura: el modo de practicar el historicismo de Gustave Lanson, las inteligentes reflexiones de Mijail Bajtin sobre la novela como “sensor histórico” y tantos otros asuntos, y los contrastes clarificadores con los que Vladimir Nabokov o Claudio Guillén demostraron la inmensa validez didáctica que tienen, y han de seguir teniendo, los planteamientos comparatistas. Es esa orientación la que justifica, por ejemplo, la atención que aquí se ha dispensado a las diferentes formaciones culturales de los autores y su incidencia en su obra, aunque a veces se apunte en el espacio mínimo reservado a la reseña biográfica de las notas a pie de página. Y es sobre todo desde esa voluntad comparatista como debe entenderse la propia organización del libro, que notoriamente gira en torno a los géneros literarios y su recepción entre un público cambiante de lectores, o tan sólo ‘oidores’ durante siglos. Justo es cerrar esta breve declaración de intenciones con mi más profundo agradecimiento a quienes, de una u otra forma, supieron comprenderlas y animarlas.
A mis dos indispensables apoyos cotidianos. A muchos de mis colegas amigos de la Universidad de Salamanca, muy especialmente a quienes se ofrecieron como primeros lectores críticos, aportándome generosas sugerencias, como Emilio de Miguel Martínez, José A. Pérez Bowie, César Real Ramos y Javier San José Lera. Gracias también al interés de Fernando Rodríguez de la Flor y al de D. Ricardo Senabre, benévolo corrector, desde su sabiduría. A quien lo fue desde el principio, Pablo Jauralde Pou, por otorgarme toda su confianza y alentar la mía. A Helder E., que alegró el final de estas páginas. Y a todos esos alumnos de auténtica curiosidad filológica que siguen a diario dándole sentido a mi empeño en escribirlas y mejorarlas.

Cervantes y la novela en el siglo XVII

Contrariamente a lo que suele suceder con las generaciones literarias, fueron dos autores ya viejos al publicar sus obras —Mateo Alemán y Cervantes— quienes se encargarían de renovar la narrativa española del Barroco. Unidos por varias circunstancias biográficas, además de por una misma edad, ambos fueron, en torno a 1603, creadores simultáneos de las dos mejores novelas de este período: el Guzmán de Alfarache y El Quijote, pioneras las dos de la tendencia a la novela larga que habría de arraigar en el mundo literario de la España de los Austrias. Durante el reinado de Felipe III la corte se trasladó temporalmente a Valladolid, por lo que esta ciudad concentró una gran actividad entre 1601 y 1606; años en los que debemos imaginar entre sus habitantes al Miguel de Cervantes maduro que, junto a las andanzas del loco hidalgo de la Mancha, escribe también algunas de sus Novelas ejemplares más profundas. Al mismo tiempo, un Francisco de Quevedo mucho más joven derrocha su incisivo humor y su sorprendente ingenio en satíricos panfletos que le dan notoriedad, y lo convierten casi en bufón privilegiado de círculos cortesanos, mientras esboza una primera redacción de la Vida del Buscón llamado don Pablos. Estrictamente coetáneos serían El peregrino en su patria (1604), la aportación original de Lope a la novela bizantina, y el Libro de entretenimiento de la pícara Justina (Medina, 1605) de Francisco López de Úbeda, que, al igual que La hija de Celestina (1612-1614) de Salas Barbadillo, elegiría el protagonismo femenino en el género picaresco, adelantando además planteamientos que habría de desarrollar la llamada ‘novela cortesana’ décadas después.
Si un rasgo destaca dentro de la nueva concepción de la novela es la conciencia, por parte de los autores, de que el mérito de su construcción está en conseguir la unidad mediante la diversidad de elementos, algo que procuran además exhibir ante el lector haciendo que la forma quede en primer plano, como era propio del arte manierista. La novela extensa se entendió, pues, como suma de novelas cortas, así como de otros elementos que pudieran ensamblarse en su interior, según una técnica de lo episódico que daba lugar a la continua interrupción e intercalación, e incluso, a veces, al manejo simultáneo de dos acciones distintas. Y esto vale tanto para explicar la obra de Mateo Alemán y el primer Quijote, como otros muchos textos muy dispares entre sí, como El español Gerardo (1615) de Céspedes y Meneses, el Lisardo enamorado de Castillo Solórzano, Los cigarrales de Toledo (1621) de Tirso de Molina (infra, nota 361), o La Dorotea (1632) de Lope (infra, nota 342). Ya no se trataba sólo de hibridismos genéricos como los que se dieron en el siglo anterior, sino de mezclas totales y de incrustación de componentes, en gran medida antitéticos, habida cuenta de que el gusto por la antítesis y el contraste fue uno de los pilares de la estética barroca. Si el afán de introspección fue lo que dominó, en general, en la novela del siglo XVI —recuérdese el análisis minucioso de la pasión en las sentimentales y pastoriles, el gusto común por la fórmula epistolar, y el examen psicológico que contenía la autobiografía del Lazarillo—, se diría que desde comienzos del XVII la situación cambia radicalmente. El monólogo reflexivo y la interiorización, todavía fundamentales en el Guzmán, irán cediendo paso al enredo de argumentos, a la complicación de aventuras y, en consecuencia, al gusto por los esquemas estructurales que permitían tales juegos narrativos. De ahí que el bizantino fuese uno de los más perdurables. Pero sobre todo será la evolución de la novela picaresca la que mejor deje ver este cambio: frente a la individualidad de los dos primeros pícaros, se producirá una tipificación de los personajes que los convertirá sólo en medios al servicio de un escritor para incluir otros elementos diversos, desde el cuento y la novela breve intercalados, a la digresión erudita, en procedimiento similar al que habían seguido ciertas misceláneas como el Jardín de flores curiosas (supra, nota 56).
La propia Retórica de la época aconsejaba que la poesía y la literatura, en general, fueran compendio de conocimientos filosóficos y morales, además de recreación de tópicos clásicos, y ello fue determinante para ese carácter misceláneo que tendrían las principales novelas barrocas.
Una simple ojeada a la lista de las que se centraron en vidas picarescas permite afirmar que, en su mayoría, los autores de este tipo de relatos lo fueron de un solo libro. Ello podría avalar la idea de que se escribieron como reacción social, de que fueron un tipo de prosa crítica en gran medida subversiva —producto del ansia de libertad en la España del momento, según algunos—, aunque bastante inmovilista en su base, como probaría bien la lectura del género que hace Quevedo. Pero las diferencias ideológicas y de intencionalidad entre unas novelas y otras son tan notables que resulta simplista definirlas como conjunto. Sobre todo a partir de la Vida del escudero Marcos de Obregón (1618), de Vicente Espinel, que es una de las novelas que más acusan la influencia del Guzmán. Como en el caso de Mateo Alemán y Cervantes, Espinel llega tardíamente a la novela, pues la publica cuando tiene ya 68 años, tras dedicarse toda su vida a la poesía y a la música. El gran interés del texto se debe precisamente a la madurez de su autor, que proyecta su ideología y su experiencia de vida en el personaje, que como él es hidalgo pobre, pero cultísimo 149. Son muchas más las novelas que deberían llamarse con más propiedad ‘de ambiente picaresco’, puesto que prescinden del sentido que le dieron a la autobiografía los modelos iniciales del género. Es el caso de El Guitón Onofre de Gregorio González (escrita hacia 1604), centrada en el ingenio de un pordiosero o ‘gallofero’ aficionado a vivir sin trabajar (‘guitón’); o La desordenada codicia de los bienes ajenos (1619) de Carlos García, que, basándose en la vida de los ladrones de oficio, se convierte más bien en un tratado sobre el robo, con la denuncia de que todo lo es. Sólo durante la década 1620-1630 se dieron textos que sí recuperaron los principales presupuestos constructivos del género, en una etapa en que parecía advertirse un renacimiento del mismo, como demuestran los propios títulos: la Segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes (1620) de Juan de Luna, que contenía la más feroz crítica anticlerical de todo el siglo 150; El Lazarillo de Manzanares (1620) de Juan Cortés de Tolosa; El donado hablador, Alonso mozo de muchos amos (1624 y 1626) de J. Alcalá Yánez; la Varia fortuna del soldado Píndaro (1626) de G. Céspedes y Meneses, y el genial Buscón, publicado también en ese mismo año. No carecieron de interés ni de cierta originalidad, sin embargo, las novelas que marcaron su decadencia, como las tres del prolífico A. Castillo Solórzano: La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632), Las aventuras del bachiller Trapaza (1637) y La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas (1642); así como la Vida de Don Gregorio Guadaña (1644) de A. Enríquez Gómez, que sólo en parte pertenece al género picaresco, ya que el relato autobiográfico se mezcla con el tipo de fantasía moral practicada por Luciano y Quevedo (infra). De estas últimas novelas destaca, por la calidad de su composición, la gracia de su prosa y su gran riqueza lingüística, la Vida y hechos de Estebanillo González, que apareció “compuesto por él mesmo” en Amberes en 1646, fecha que se considera el cierre de esta moda iniciada cincuenta años atrás. A partir de ese momento, la picaresca parece convertirse en un puro tópico, y cede paso a la novela de tipo costumbrista y ambiente cortesano, mucho más intrascendente en sus objetivos, en general, salvo algún caso de excepción. Lo que no impidió, por supuesto, que alguna de estas novelas, como el Estebanillo, siguiera reeditándose y leyéndose en los siglos XVIII y XIX, e incluso imitándose fuera de nuestras fronteras, como ocurrió con el Marcos de Obregón, plagiado ampliamente en el famoso Gil Blas de Santillana (1715) de A. René Le Sage.

(Notas)
149 La amplia cultura de Espinel le llevó a ejercer como preceptor en los primeros estudios de algunos escritores importantes como Lope de Vega.
150 Juan de Luna, toledano de nacimiento, huyó a Francia en 1612 perseguido por la Inquisición y, según sus propias palabras, para abrazar la verdadera religión: la reformada. Su protestantismo radical le llevó a escribir la novela más dura contra la Iglesia, pues la hace entera responsable de la perdición de España, que se presenta convertida en un burdel promovido por los clérigos. Es, por otra parte, la primera novela española en que se culpa a la represión sexual.

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