Marea estelar

MareaEstelarDavidBrin

La Streaker, una nave terrestre de exploración, ha de buscar refugio en el planeta acuático Kithrup a causa de una avería. La tripulación a bordo de la nave guarda uno de los descubrimientos más importantes de la historia galáctica. Sobre ellos, en el espacio, las armadas alienígenas se enzarzan en una titánica batalla para reivindicar sus derechos sobre la nave y hacerse con el valioso botín que esta encierra.
Mientras, un pequeño grupo de humanos y delfines de la tripulación se afanan por plantarle cara a la rebelión armada y a un planeta hostil para salvaguardar su secreto: el destino de los progenitores, la legendaria primera raza que sembró la sabiduría entre las estrellas.
David Brin es científico, conferenciante, consultor técnico y novelista de renombre. Sus obras figuran con asiduidad en la lista de best-sellers de The New York Times, y por ellas ha ganado los premios más importantes del género.

ANTICIPO:

1

Toshio

Los fins llevan miles de años haciendo chistes sobre los humanos. Los hombres siempre les han parecido terriblemente divertidos. El hecho de que la humanidad haya estado trasteando con sus genes y haya conseguido enseñarles ingeniería no ha ayudado demasiado a cambiar su actitud.
Los fins seguían siendo unos sabelotodo.
Toshio observó el pequeño panel de instrumentos de su trineo de mar, haciendo como que revisaba el indicador de profundidad. El trineo prosiguió su curso mante­niendo los diez metros bajo la superficie. No había ajustes que hacer, pese a lo cual Toshio se concentró en el panel mientras Keepiru nadaba por el costado hacia arriba, con la intención evidente de comenzar otra ronda de burlas.
—¡Vamos, Manitas, silba un poco! —dijo aquel cetáceo gris de piel brillante antes de ejecutar un giro sobre sí mismo para acabar cayendo, de la forma más natural, cerca del ojo del chico—. ¡Sílbanos una cancioncita que hable de las navesss, y del espacio, y de volver a casa!
La voz de Keepiru, que reverberaba a través del complejo entramado de cajas de resonancia asentado bajo su cráneo, retumbaba como el gruñido de un fagot. También podía haber pasado perfectamente por un oboe o un saxo tenor.
—Venga, Manitas. ¿Dónde essstá tu canción?
Keepiru se estaba asegurando de que el resto de la fiesta pudiera escucharle. Los otros fins nadaban tranquilamente, pero Toshio sabía que estaban escuchando. Menos mal para él que Hikahi, la líder de la expedición, se encontraba lejos de allí, inspeccionando. Sería mucho peor si Hikahi estuviera por allí y le ordenase a Keepiru que le dejase en paz. Nada de lo que Keepiru pudiera decir igualaría la vergüenza que supondría para Toshio que le protegieran como a un niño desvalido.
Keepiru se dio la vuelta perezosamente hasta colocarse boca arriba, junto al trineo del chico, y comenzó a mover lentamente la aleta para mantenerse emparejado con la embarcación de Toshio. Las aguas nítidas de Kithrup hacían que todo adquiriese un aspecto extrañamente refractado. Las cotas, casi de coral, de los montículos de metal brillaban como si fueran montañas vistas a través de la calima de un extenso valle. En la superficie, flotaban a la deriva cúmulos de algas enrizadas.
La piel de Keepiru era gris y tenía un brillo fosforescente, y sus dientes, afilados como agujas, brillaban en su boca larga y estrecha como una uve, de manera que resultaba imposible no magnificar su crueldad, si no por el agua, sí al menos por la propia imaginación de Toshio.
Cómo podía ser un fin tan malo?
—¿No nos vas a cantar nada, Manitas? ¡Vamos, cántanos aquella de cómo vamos a tener todo el pescado que queramos cuando consigamos largarnos de esssto que llaman planeta y lleguemos a un puerto amigo! ¡ Silba para que los Soñadores puedan soñar con ver tierra!
Por encima del pitido de su reciclador de aire, Toshio empezó a notar en sus oídos un zumbido de vergüenza. En cualquier momento, estaba seguro, Keepiru dej aría de llamarle Manitas y empezaría a usar el nuevo mote que le había encontrado: Gran Soñador.
Si ya era malo ser objeto de mofa por haber cometido el error de hacer sonar el silbato cuando acompañaba a una tropa exploradora de fins (que no dudaron en celebrar el despiste con una explosión de carcajadas), que emplearan para dirigirse a él, con toda la sorna del mundo, un título casi reservado en exclusiva para grandes músicos o ballenas jorobadas, prácticamente rozaba el límite de lo que podía soportar.
—No tengo ganas de cantar ahora, Keepiru. ¿Por qué no te vas a molestar a otra parte? —Toshio tuvo la sensación de que decir aquello sin que se le resquebrajase la voz ya era una pequeña victoria.
Para alivio de Toshio, Keepiru se limitó a balbucear algo entre chirridos rápidos y estridentes en trinario. Casi se podría decir que aquello era argot primario de delfines, más que un una forma de insulto en sí misma. Seguidamente, el delfín se arqueó y salió disparado hacia la superficie en busca de aire.
Allá donde se mirase el agua era brillante y azul. Los peces brillantes de Kithrupan pasaban a toda velocidad con sus lomos plateados que hacían que la luz se reflejara en ellos como sobre hojas caídas rociadas de escarcha. Por todas partes abundaba una variedad de colores y texturas metálicos. El sol de la mañana penetraba en el mar claro y firme para iluminar las peculiares formas de vida de este mundo extraño e inevitablemente mortífero.
A Toshio no le quedaban ganas para contemplar la belleza de las aguas de Kithrup. Odiaba el planeta tanto como a aquella nave tullida que les había llevado hasta allí, tanto como a los fins que lo acompañaban en aquel naufragio, así que poco a poco se encontró mascando para sus adentros un ensayo patéticamente satisfactorio de las réplicas mordaces que debería haberle soltado a Keepiru:
«Si se te da tan bien, Keepiru, ¿por qué no nos silbas algo de vanadio?». O «No le veo el sentido a malgastar una canción humana ante un público de delfines, Keepiru». En su imaginación, sus comentarios eran satisfactoriamente eficaces. En el mundo real, Toshio sabía que no habría podido decir nada parecido.
Para empezar porque era el cetáceo, y no el antropoide, la lengua más apreciada en un cuarto de los puertos espaciales de la galaxia. Y aunque en realidad fueran las baladas lastimeras de sus primas grandes, las ballenas, las más cotizadas, lo cierto era que Keepiru y sus iguales podían ganarse unos buenos tragos con solo sacar a pasear el arte de sus pulmones. Sea como fuere, habría sido un error terrible intentar hacer valer su categoría humana para imponerse ante cualquier tripulante de la Streaker. El viejo Hannes Suessi, uno de los otros seis humanos a bordo de la nave, ya le había advertido al respecto justo antes de abandonar Neptuno, al principio del viaje.
—Inténtalo y ya verás qué pasa —le sugirió entonces el mecánico—. Se partirán de la risa, y yo también, de paso, si tengo la suerte de coincidir contigo en ese momento. Ya verás como alguno de ellos te corta las alas sin pensárselo mucho. Si hay algo a lo que los fins no le tienen mucho respeto es a un humano que va de jefe sin haber hecho nada para merecerlo.
—Pero los protocolos. —empezó a protestar Toshio.
—¡Al cuerno con los protocolos! Aquellas normas se impusieron para que humanos, chimpancés y fins supieran qué tenían que hacer cuando los galácticos estaban cerca. Si una patrulla soro diese el alto a la Streaker, o si esta tuviese que solicitar datos a un bibliotecario de Pilan, entonces el doctor Metz o el señor Orley, o incluso tú o yo mismo, tendrían que fingir que están al mando porque, sabiendo lo estirados que son los etés, ninguno le haría el más mínimo caso a una raza tan joven como la de los fins. Pero el resto del tiempo las órdenes nos las da el capitán Creideiki.
—¡Diantres! Si ya es un marrón tener delante a un soro y fingir que le obedeces con gusto solo porque el puto eté tiene la bondad de admitir que los humanos, al menos, están un poco por encima del nivel de las moscas de la fruta. ¿Te imaginas lo difícil que sería si tuviéramos que gobernar nosotros mismos esta nave? ¿Qué habría pasado si hubiésemos intentado convertir a los delfines en una raza obediente y servil? ¿Te seduce la idea?
Toshio meneó la cabeza vigorosamente. La idea de dispensar a los fins un trato como el que recibían los sirvientes en la galaxia le producía suficiente repulsa. Su mejor amigo, Akki, era un fin.
Aun así, había momentos como aquel, en los que a Toshio le habría gustado tener alguna compensación por ser el único chico humano a bordo de una nave cuya tripulación estaba compuesta principalmente por delfines adultos.
Una nave que por aquel entonces no tenía rumbo fijo, se recordó a sí mismo Toshio. Y entonces el sentimiento de rencor hacia las chanzas de Keepiru se vio sustituido por una preocupación persistente que le dejó con una profunda sensación de vacío: cabía la posibilidad de que nunca pudiera abandonar el mundo acuático de Kithrup para regresar a su casa.
*Decelera la marcha, chico piloto.
*La cápsula exploradora se reunirá con nosotros aquí.
*Hikahi está en camino, la esperaremos aquí. *
Toshio miró hacia arriba. Brookida, el anciano delfín metalúrgico, había subido hasta la altura de Toshio por la izquierda del trineo. Toshio le silbó una respuesta en trinario.
*Viene Hikahi, estoy deteniendo el trineo. *
Toshio aminoró la marcha de su trineo.
En la pantalla del sonar, Toshio pudo observar una serie de minúsculos ecos convergiendo desde los laterales y el frontal. Los exploradores estaban regresando. Miró hacia arriba y vio a Hist-T y Keepiru jugando en la superficie.
Brookida empezó a hablar en ánglico. Con todo lo estridente y balbuceante que pudiera sonar, seguía siendo mejor que el trinario de Toshio. Al fin y al cabo, eran los delfines quienes habían estado sujetos a modificaciones de ingeniería genética durante generaciones para adoptar características humanas. Lo contrario no se daba.
—¿No has encontrado rassstros de las sussstancias que necesitamos, Toshio? —preguntó Brookida.
Toshio echó un vistazo al tamiz molecular.
—No, señor. Hasta ahora nada. Esta agua es casi increíblemente pura, teniendo en cuenta el contenido metálico de la corteza del planeta. Prácticamente no hay sales de metales pesados.
—¿Nada en el barrido de largo alcance?
—No hay efectos de resonancia en ninguna de las bandas que he estado examinan­do, si bien el nivel de ruido es terriblemente alto. No estoy seguro siquiera de si seré capaz de identificar el níquel saturado monopolar, por no hablar ya del resto de materiales que estamos buscando. Es como encontrar una aguja en un pajar.
Era una paradoj a. El planeta tenía metales en abundancia. De hecho, aquella era una de las razones por las que al capitán Creideiki le había parecido un buen refugio. Así y todo, el agua era relativamente pura, tanto que los delfines podían nadar a sus anchas, si bien algunos ya se habían quejado de picores y todos ellos iban a necesitar tratamientos quelantes cuando regresaran a la nave.
La explicación estaba por todas partes, en las plantas y los peces.
Los huesos de las formas de vida presentes en Kithrupan no estaban hechos de calcio, sino de otros metales. Si el agua estaba tan limpia era porque había pasado el tamiz de distintos filtros biológicos. Como resultado de todo ello, el mar refulgía por todos los rincones con los colores brillantes del metal y los óxidos metálicos. Las radiantes espinas dorsales de los peces vivos y las vainas plateadas de las plantas subacuáticas contrastaban con el verde, más mundano, de las hojas teñidas por la clorofila.
Aquel escenario estaba presidido por túmulos metálicos que adoptaban la forma de islas gigantescas y esponjosas moldeadas por millones de generaciones de criaturas semejantes al coral, cuyos exoesqueletos metalo-orgánicos iban amontonándose en montículos enormes de cumbre achatada que se erigían unos metros por encima del nivel medio del agua.
En la cima de las islas crecían los árboles-taladro, cuyas raíces metálicas penetraban cada montículo para extraer los elementos orgánicos y los silicatos del sustrato. Los árboles se asentaban sobre una capa no metálica que cubría la superficie y creaban una cavidad bajo la montonera de metal. Era un patrón extraño, aquel. La Biblioteca de a bordo de la Streaker no ofrecía explicación alguna para aquel fenómeno.
Los instrumentos de Toshio habían detectado bloques de estaño puro, montículos de huevas de cromo y colonias de coral hechas de una variedad de bronce, pero hasta el momento no habían dado con vanadio apilado de manera adecuada para una extracción fácil. No se habían encontrado tampoco bloques de la variedad concreta de níquel que andaban buscando.
Lo que hacía falta allí era un milagro que permitiese que una tripulación de delfines, con la ayuda de siete humanos y un chimpancé, pudiese reparar su nave y salir echando chispas de aquel rincón de la galaxia antes de que sus perseguidores le echasen el lazo.
En el mejor de los casos, tendrían unas semanas para largarse de allí. La otra opción era dejarse caer en las redes de alguna de las doce razas extraterrestres cuya inteligencia no daba como para calificarlas como enteramente racionales. En el peor de los casos, estallaría una guerra interestelar de unas dimensiones que no se habrían visto en millones de años.
Todo aquello hacía que Toshio se sintiese pequeño, indefenso y rematadamente joven.
El sonido agudo de los ecos del sonar de los exploradores que regresaban a la nave empezó a colarse débilmente en los oídos del chico. Cada pitido distante tenía su punto coloreado correspondiente en la pantalla del escáner. En ese momento aparecieron dos formas grises por el este, para sumergirse finalmente hacia donde estaban reunidos los demás, entre retozos, brincos y dentelladas juguetonas.
Finalmente uno de los delfines se arqueó y se hundió hasta llegar a la altura de Toshio.
—Hikahi se acerca y quiere el trineo en la sssuperficie —parloteó rápidamente Keepiru, balbuceando las palabras hasta un punto que las convertía casi en indescifrables—. Procura no perderte mientras subesss…
Toshio le dedicó una mueca de fastidio y empezó a soltar lastre. Keepiru no tenía por qué hacer patente su desprecio de una manera tan obvia. Hasta cuando hablaban en ánglico con un tono normal, parecía que los fins se estaban metiendo con su interlocutor.
El trineo se elevó envuelto en una nube de burbujas minúsculas. Cuando llegó a la superficie, la nave empezó a drenar agua por sus flancos, como si crease arroyos a borbotones. Toshio apagó el motor y se dio la vuelta para quitarse la máscara.
El silencio que escuchó de repente fue todo un alivio. El chirrido del motor, los pitidos del sonar y los chillidos de los fins de pronto se desvanecieron. Una brisa fresca mesó sus cabellos negros, lisos y húmedos y le sirvió para refrescar la sensación de calor que atenazaba sus orejas. El aire traía consigo el olor de un planeta extraño, el hedor cáustico de plantas de segunda generación enraizadas sobre el suelo de una vieja isla, la esencia aceitosa de un árbol-taladro en plena actividad.
Y, presidiéndolo todo, aquella leve pestilencia a metal.
Aquello no debería hacerles daño, se había dicho en la nave, especialmente a Toshio, que estaba embutido en aquel traje impermeable. El proceso quelante haría desaparecer todos aquellos elementos pesados que podrían haber absorbido durante su periplo exploratorio. Con todo, ninguno sabía a ciencia cierta qué más peligros podrían acechar en aquel mundo.
¿ Qué pasaría si se veían obligados a quedarse allí durante meses? ¿Y si fueran años?
En ese caso, las instalaciones médicas de la Streaker no podrían hacer frente a la lenta acumulación de metales. Si se diera el caso, la tripulación no tardaría en empezar a rezar para que las naves de los jofures, o de los tenanines, o de los soros aparecieran por allí, ya fuera para interrogarlos o para hacerles correr una suerte peor. Cualquier cosa con tal de escapar de aquel planeta tan hermoso que los estaba matando lentamente.
La verdad es que no era un pensamiento muy agradable como para seguir ahondando en él. Toshio se sintió feliz al ver que Brookida se acercaba al trineo.
—¿Por qué me ha hecho Hikahi subir a la superficie? —le preguntó al anciano delfín—. Tenía entendido que era mejor que me quedase abajo, a resguardo de las miradas, no fuera a ser que tuviéramos ya satélites espía sobrevolando nuestras cabezas.
Brookida soltó un suspiro.
—Supongo que piensssa que necesitasss tomarte un respiro. Además, ¿quién iba a ser capaz de detectar una máquina tan pequeña como este trineo en medio de tanto metal?
Toshio se encogió de hombros.
—Bueno, en cualquier caso, es un buen detalle por parte de Hikahi. Me hacía falta descansar.
Brookida se elevó en el agua balanceándose al compás de las batidas de su cola.
—Estoy escuchando a Hikahi —anunció—. Mírala, aquí está.
En ese momento aparecieron fulminantemente dos delfines por el norte, uno gris claro y el otro oscuro y moteado. Toshio pudo escuchar a través de sus auriculares la voz de su líder.
*Llamaradas, Hikahi os convoca.
*Escuchad con vuestras dorsales, nadad sobre vuestro vientre.
*Reíos, si queréis, de mis palabras, pero obedecedlas ante todo.
*¡Reuníos junto al trineo y escuchad!*
Hikahi y Ssattatta dieron una vuelta alrededor del grupo y después se pusieron enfrente de la expedición allí congregada.
De entre los regalos que la humanidad les había otorgado a los delfines se encontraba un completo repertorio de expresiones faciales. Aun así, quinientos años de ingeniería genética no habían conseguido el mismo efecto sobre ellos que un millón de años de evolución sobre los hombres. Los fins seguían expresando la mayor parte de sus emociones a través del sonido y del movimiento. Pero también es verdad que ya no estaban estancados en lo que los humanos habían querido entender (y no les faltaba razón, en parte) como una enorme sonrisa de diversión perpetua. Ahora los fins podían transmitir un gesto de preocupación, por ejemplo. Si Toshio hubiera tenido que etiquetar la expresión que tenía Hikahi en aquel momento, habría apostado que se trataba de un clásico ejemplo de cómo los delfines mostrarían disgusto.
—Phit Pit ha desaparecido —les comunicó Hikahi—. Le escuché gritar, hacia el sur de donde me encontraba yo, y después no he vuelto a saber nada de él. Había ido en busca de Ssassia, que había desaparecido antes por aquel mismo sitio.
—Vamos a postergar las tareas de rastreo geográfico y búsqueda de metales para tratar de encontrarlos. Se os dará armas a todosss —concluyó Hikahi.
Las palabras de Hikahi despertaron un runrún de descontento. Aquello quería decir que los fins tendrían que volver a ponerse los arneses que con tanto gusto se acababan de quitar para abandonar la nave. Así y todo, hasta Keepiru fue capaz de entender lo urgente de la situación.
Durante unos instantes, Toshio se centró exclusivamente en lanzar arneses al agua. Se suponía que estos debían expandirse hasta adquirir una forma tal que los delfines pudieran introducirse fácilmente en ellos, pero resultó inevitable que uno o dos necesitaran ayuda para ajustar el arnés al pequeño amplificador nervioso que tenían justo encima del ojo izquierdo.
Toshio concluyó su trabajo rápidamente, con la facilidad inconsciente que propor­ciona una extensa práctica en la materia. Estaba preocupado por Ssassia, un delfín estupendo que se comportaba de manera muy amable con él y siempre le había hablado con un tono agradable.
—Hikahi —dijo el chico cuando la líder pasó a su altura—. ¿Quiere que llame a la nave?
La pequeña hembra gris, un ejemplar de tursiops,se elevó para mirar a Toshio a la cara.
—Negativo, Trepaescaleras. Obedecemos órdenes. Puede que ya tengamos satéli­tes espía encima de nosotros. Programe el trineo para que se ponga en piloto automático por si no logramos sobrevivir a lo que quiera que haya en dirección sssudeste.
—Pero si nadie ha visto animales grandes.
—Bueno, esa es tan solo una posibilidad entre tantas. Quiero que, sea cual sea nuestra suerte, se sepa qué ha pasado con nosotros, incluso si sufrimos todos un ataque de fiebre de rescate.
Toshio sintió un escalofrío al escuchar la expresión «fiebre de rescate». Aquello era algo de lo que había oído hablar, por supuesto. Pero no era nada que desease presenciar, bajo ningún concepto.
La expedición puso entonces rumbo al sudeste con una formación en escaramuza. Los delfines se turnaban para nadar en la superficie, primero, y después sumergirse hasta la altura de Toshio para avanzar junto a él. El fondo del océano parecía dibujar una serie interminable de huellas de serpiente, salpicada esporádicamente por extrañas cavidades en forma de cráteres profundos que encerraban una oscuridad amenazante. En las zonas de valle, Toshio podía observar el fondo, como a unos cien metros, si no más, tenebroso, con oquedades de un color azul oscuro.
Las largas cordilleras se veían coronadas en ciertos puntos por montoneras de metal esplendente, como si fueran castillos pesados de armaduras esponjosas y brillantes. Muchas de ellas estaban cubiertas por una tupida vegetación que, a modo de hiedra, hacía las veces de refugio y criadero de los peces de Kithrupan. Una de las cotas metálicas parecía estar tambaleándose en el filo de un precipicio, tal era la oquedad abierta por su altísimo árbol-taladro, que parecía dispuesto a engullir toda la fortaleza una vez que hubiese acabado de extraer todo el metal que por allí había.
El motor del trineo emitía un zumbido hipnótico. El control de los instrumentos que tenía a su disposición era una tarea demasiado sencilla como para que la mente de Toshio se mantuviese ocupada. Sin desearlo realmente, el chico se vio envuelto en una maraña de pensamientos. De recuerdos.
Una aventura, nada más, eso es lo que le pareció aquello cuando le preguntaron si quería unirse a este viaje espacial. Él ya había prestado el juramento del saltador, así que sabían que estaba listo para dejar atrás su pasado. Además, les hacía falta un guardiamarina que echase una mano en las tareas manuales y visuales de aquella nave compuesta principalmente por delfines.
La Streaker era una pequeña nave exploratoria de diseño único. Al fin y al cabo tampoco había tantas razas provistas de aletas que respiraran oxígeno volando por el espacio interestelar. Y las pocas que había empleaban la gravedad artificial a su antoj o, además de contratar a miembros de otras especies clientelares para que trabajasen como artesanos y en otros trabajos manuales.
Por eso, la primera nave con tripulación de delfines tenía que ser diferente. Estaba diseñada en torno a un principio que había servido de guía a los terrícolas durante dos siglos: «Siempre que sea posible, hazlo fácil. No uses la ciencia de los galácticos si no la entiendes».
Doscientos cincuenta años después de entrar en contacto con la civilización galáctica, la humanidad seguía esforzándose por ponerse a su nivel. Las especies galácticas habían venido utilizando las Bibliotecas milenarias desde antes de que los primeros mamíferos aparecieran sobre la faz de la Tierra, constituyendo con lentitud glacial todo un compendio de sabiduría universal que hacía que, a los ojos de los primitivos terrícolas en sus rudimentarias y pesadas naves, los galácticos pareciesen casi dioses. Ahora la Tierra disponía de una Sucursal de la Biblioteca, lo cual supuestamente le garantizaba el acceso a todo el saber acumulado durante la historia galáctica. Pero lo cierto es que había sido solo en los últimos años cuando tal activo había demostrado ser más una ayuda que una fuente de confusiones.
La Streaker, con su compleja distribución de piscinas, sujetas de manera centrífuga, y talleres ingrávidos, a buen seguro les resultó increíblemente arcaico a los extraterrestres que la vieron antes de su botadura. Con todo, para las comunidades neodelfinarias de la Tierra, la nave era motivo de orgullo.
Después de su estreno, la Streakerhizo un alto en la pequeña colonia de humanos y delfines de Calafia para reclutar a algunos de los mejores graduados de su pequeña academia. Aquella habría de ser la primera, y posiblemente la última, visita de Toshio a la vieja Tierra.
La «vieja Tierra» seguía siendo el hogar del noventa por ciento de la humanidad, por no hablar ya del resto de razas terrestres inteligentes. Los turistas galácticos seguían mirando con perplejidad al hogar de aquellos enfants terribles que tanta agitación habían creado en tan pocos siglos. En lo que no se ponían tan de acuerdo era en las apuestas sobre el tiempo que habría sobrevivido la humanidad sin la protección de alguien que ejerciese de tutor sobre ella.
Todas las especies tenían tutores, eso estaba claro. Nadie alcanzaba un cierto nivel de inteligencia sin la intervención previa de alguna raza que lo hubiese alcanzado antes. ¿Acaso no era eso lo que habían hecho los hombres con chimpancés y delfines? Remontándonos hasta llegar a la época de los progenitores, la mítica raza del principio de los tiempos, todas las especies que habían adquirido la capacidad para hablar y tripular naves especiales habían sido entrenadas por alguien que les había precedido. Ninguna de esas especies había conseguido sobrevivir desde aquella época tan lejana en el tiempo, pero la civilización que establecieron los progenitores, con su Biblioteca omnisciente, seguía en pie.
Sobre la suerte que habían corrido los progenitores se habían glosado muchas leyendas e incluso había religiones violentamente encontradas que tenían versiones muy diferentes al respecto.
Toshio se preguntaba, al igual que lo había hecho todo el mundo durante los últimos trescientos años, cómo habían sido los tutores de los hombres. ¿Cabría incluso la posibilidad de que fuesen una de las especies de fanáticos la que le habían tendido la emboscada a una nave tan desprevenida como la Streaker y que incluso ahora seguían yendo tras sus pasos como si fueran sabuesos a la caza del zorro?
Aquel tampoco era un pensamiento muy agradable, teniendo en cuenta lo que la Streakerhabía descubierto. El Consejo de los Terrágenos la había enviado para que se uniera a una flota dispersa de naves exploradoras cuya misión consistía en verificar la exactitud de los datos proporcionados por la Biblioteca. Hasta el momento solo se habían detectado unas pequeñas erratas en la inmensidad del saber allí concentrado. Que si una estrella mal ubicada, que si una especie mal catalogada. Era como toparse con que alguien hubiese escrito una lista describiendo hasta el último granito de arena de la playa. Era materialmente imposible revisar toda la lista, ni aunque una raza dispusiera de mil vidas para ello, pero al menos se podía hacer un muestreo aleatorio.
La Streaker se encontraba sumida en el influjo de una pequeña marea gravitacional, situada a cincuenta mil pársecs de distancia del plano galáctico, cuando se topó con la flota.
Toshio soltó un suspiro al recordar lo injusto que había sido aquello. Ciento cincuenta delfines, siete humanos y un chimpancé… ¿ cómo íbamos a prever que nos íbamos a dar de bruces contra aquello?
¿Por qué tuvimos que encontrarnos algo así?
Cincuenta mil naves, cada una del tamaño de la luna. Aquello era lo que se habían encontrado. Los delfines se pusieron como locos al ver las dimensiones de su hallazgo: se trataba de la flota abandonada más grande que se había encontrado jamás, y a juzgar por las apariencias se trataba de unas ruinas increíblemente antiguas. El capitán Creideiki se puso en contacto inmediatamente con la Tierra para pedir instrucciones. ¡Mierda! ¿Para qué tuvo que llamar a la Tierra? ¿Qué pasa, que el informe no podía esperar hasta que hubiéramos vuelto a casa? La galaxia entera estaba al acecho, ¿qué sentido tenía arriesgarse a que se enterasen todos de que se había encontrado un sargazo de naves antiguas en el medio de la nada?
El Consejo de los Terrágenos emitió una respuesta en código.
—Escóndanse inmediatamente. Esperen órdenes. No respondan a este mensaje.
Creideiki obedeció, claro está. Pero para entonces la mitad de las especies tutoras de la galaxia ya habían sacado sus buques de guerra para capturar a la Streaker.
Toshio parpadeó.
Había algo. ¿El eco de una resonancia, por fin? Sí, el detector magnético de minerales reflejaba un eco tenue hacia el sur. Toshio se concentró en el receptor, con una sensación de alivio al fin por tener algo de lo que ocuparse. La autocompasión estaba empezando ya a resultar aburrida.
Sí. Tenía pinta de ser un yacimiento importante. ¿Debería decírselo a Hikahi? Cierto era que la búsqueda de los desaparecidos era lo primero, pero.
Una sombra lo envolvió. Los expedicionarios se encontraban en ese momento rodeando las inmediaciones de un enorme montículo de metal. Aquella masa de color cobrizo estaba cubierta por el espeso ramaje verde de unas plantas trepadoras.
—No te acerques mucho, Manitas —le silbó Keepiru desde su izquierda. Ellos dos eran los únicos que se habían situado así de cerca, los otros fins habían dado un buen rodeo—. No sssabemos nada de esta flora —prosiguió Keepiru—. Y aquí fue donde se perdió Phit-pit. Estarás más a salvo yendo con nuestro convoy. —Keepiru adelantó a Toshio con una lenta pirueta y se mantuvo arriba con un parsimonioso aleteo. Los brazos de su arnés, siempre cuidadosamente plegados, brillaban con un reflej o cobrizo procedente del montículo de metal.
—Pero lo fundamental es conseguir muestras, ¿no? —replicó Toshio con signos visibles de irritación—. ¡Y además, a fin de cuentas para eso hemos venido aquí! —Sin que Keepiru tuviese margen de reacción, Toshio lanzó su trineo hacia la masa sombría de aquel montículo.
Toshio se sumergió en un bloque de oscuridad porque la isla bloqueaba el paso de cualquier rayo de luz vespertino. A su entrada salió en estampida un banco de peces de lomo plateado. Mientras, él siguió penetrando hacia el interior de aquel entramado de vegetación espesa y fibrosa.
Keepiru se quedó a su espalda y soltó un chillido de sorpresa, algún juramento en delfín primario, que dejó bien a las claras que aquello no le había gustado nada. Toshio sonrió.
El ruido del motor parecía envalentonar al muchacho, mientras el montículo empezaba a elevarse a su derecha como si fuera una montaña. Toshio se ladeó ligeramente y agarró el mechón de verde que le quedaba más a mano. El chico experimentó una sensación tremendamente satisfactoria al capturar aquella muestra entre sus manos y notar cómo esta se desprendía del lugar al que hasta entonces había estado arraigada. ¡Ningún fin podría haber hecho algo así! Toshio dobló los dedos como si estuviera sopesando lo que había entre ellos y después se giró para depositar la mata en la mochila. Después miró hacia arriba y vio que aquella masa verde, más que retroceder, estaba más cerca que nunca. Los chillidos de Keepiru se escuchaban cada vez con más fuerza.
¡Llorica!, pensó Toshio para sus adentros. Vale, he apartado las manos de los mandos durante un segundo. ¿Y qué? Estaré en tu estúpido convoy antes de que acabes de recitar tu poemario de quejas.
Toshio viró con más fuerza hacia la izquierda mientras preparaba simultáneamen­te los alerones de proa para elevar el aparato. No tardó ni un momento en darse cuenta del error táctico que acababa de cometer. La deceleración del trineo había hecho que el nido de lianas hubiera tenido tiempo para alcanzarle.
Debía de haber criaturas marinas en Kithrup más grandes que las que la expedición había podido observar hasta ese momento, a juzgar por los tentáculos que cayeron sobre Toshio, que daban toda la impresión de estar cerniéndose sobre una pieza de caza mayor.
—¡Oh, Koino-Anti! ¡Ahora sí que lo he conseguido! —Toshio abrió gas a fondo y se preparó para el súbito acelerón que tendría que haber seguido a su maniobra.
El motor se encendió pero no hubo aceleración. El trineo soltó un gruñido, estirando las largas lianas filamentosas. Pero no hubo avance. Poco después, el motor murió. Toshio notó que algo resbaladizo subía por sus piernas, y en unos segundos aquella presencia se había multiplicado. Las lianas empezaron a contraerse y a tirar de él.
Entre jadeos, Toshio logró girarse sobre su espalda para tratar de alcanzar un cuchillo que tenía envainado en el muslo. Las lianas eran sinuosas y nudosas. Los nudos trepaban alrededor de cualquier cosa con la que entraran en contacto, así que cuando uno de ellos le golpeó en el dorso de la mano izquierda, que había quedado al descubierto, el chico no pudo evitar gritar por el dolor abrasador que le produjo tal contacto.
Los fins se chillaban unos a otros y se escuchaban también sonidos de intenso movimiento no muy lejos de allí. Pero más allá de la tenue esperanza de que no hubiera nadie más atrapado por ahí, Toshio no pudo pensar en mucho más que no fuera en la contienda que tenía entre manos.
El cuchillo salió finalmente victorioso y su brillo era como el de la esperanza misma. Como esperanza llama a esperanza, el ataque vertiginoso del arma blanca partió sin remilgos dos pequeñas lianas. Para deshacerse de otra más grande hicieron falta algunos segundos más. Casi al instante, otras dos más surgieron de la nada para reemplazar a la que había caído.
Fue entonces cuando Toshio vio hacia dónde lo estaban llevando.
Aquel montículo de metal tenía en el lateral una profunda grieta que lo dividía en dos. En el interior, aguardaba una maraña de filamentos retorcidos. Más adentro, como unos doce metros hacia arriba, algo gris y brillante destacaba en medio de aquel bosque de follaje equívocamente lánguido.
Toshio se dio cuenta de que el vapor que le inundaba la mascarilla era de aquellos que solo salen cuando uno abre la boca de par en par. En el reflejo de sus pupilas, tan dilatadas como presas de un pasmo sin igual, se podía ver la figura inmóvil de Ssassia. Las olas la golpeaban con la misma dulzura que había caracterizado su vida, pero su muerte no debía de haber sido tan agradable.
Toshio soltó un grito y volvió a la carga. Quería llamar a Hikahi para que el líder de la expedición supiera cuál había sido el destino de Ssassia, pero lo único que salía de su boca eran rugidos de odio hacia las trepadoras de Kithrupan. Las hojas caían entre los remolinos formados en el agua a medida que Toshio saciaba su odio entre tajo y tajo. Para su desgracia, por cada liana que caía, más se cernían a su alrededor para seguir empujándolo hacia la grieta.
*Trepaescaleras, poeta de ojos rasgados,
*Pide auxilio, pronto te habrán ayudado.
*Haz que trine el sonar entre las hojas que te han cegado. *
Era Hikahi.
En medio de los remolinos que había provocado su batalla y de su respiración ronca, Toshio fue capaz de escuchar el ruido de los delfines entregados también a la lucha. De una y otra parte fluían acelerados silbos en trinario que no se ralentizaban para facilitar su comprensión por parte de los humanos, excepción hecha de la orden que el muchacho acababa de recibir, todo ello entremezclado con el chirrido de los arneses.
—¡Aquí! ¡Estoy aquí! —Toshio cortó de cuajo una liana que amenazaba con taponarle el tubo de aire, aunque poco le faltó para que el tubo cayese también. Se humedeció los labios y trató de silbar algo en trinario.
*No entréis, cazadores de calamar
*o quedaréis atrapados en sombrío lugar.
*Así fue como a Ssassia lograron matar. *
La forma y el ritmo eran patéticos, pero los fins lo entenderían mejor que un grito en ánglico. Al fin y al cabo solo habían transcurrido cuarenta generaciones en contacto directo con inteligencias racionales, así que en caso de emergencia seguían pensando de un modo más efectivo cuando se les silbaba alguna rima.
Toshio comprobó que el ruido del combate se iba acercando. Como si se hubieran visto apresurados por tal amenaza, los tentáculos empezaron a tirar de él con más rapidez hacia la grieta. De repente la liana de una trepadora se envolvió alrededor del brazo derecho del chico. Antes de que pudiera zafarse, uno de los nudos ardientes alcanzó su mano. Toshio profirió un alarido y lanzó la liana lo más lej os que pudo, pero con ella salió volando también el cuchillo, que se perdió en medio de la oscuridad.
Los filamentos seguían cayendo sobre él por todas partes. En ese momento Toshio empezó a percatarse vagamente de que alguien trataba de decirle algo lentamente… ¡en ánglico!
—¡Dice que hay naves ahí fuera! El vicecapitán Takkata-Jim quiere saber por qué Hikahi no ha enviado un monopulso de confirmación.
¡Era la voz de Akki desde la nave! Pero a Toshio le resultó imposible responder a su amigo. El interruptor de la radio del trineo estaba demasiado lejos y él, además, un poco ocupado.
—No hace falta que respondas a este mensaje —prosiguió Akki en tono solícito. Toshio soltó un gemido, por lo irónico de la situación, mientras trataba de quitarse de encima una liana que se le había enredado en la máscara sin infligir más sufrimiento a sus maltrechas manos—. Limítate a transmitir un monopulso y trata de volver cuanto a-antes. Intentad regresad todos lo antes posible. Al parecer se va a entrar de una manera inminente en una batalla espacial de las gordas, aquí en Kithrup. Probablemente estos etés chiflados nos han seguido hasta aquí y se están pegando por ver quién viene a por nosotros, un poco como pasó en Morgran. Tengo que cccortar ya. Comunicación por radio terminada. Volved lo antes que podáis. Akki corta y cierra.
Toshio notó cómo una liana trataba de cortarle el suministro de aire. Esta vez lo agarraban con más fuerza.
—Claro, Akki, viejo amigo —gruñó mientras trataba de desprenderse de la liana—. Volveré a casa en cuanto el universo tenga a bien dejarme que lo haga.
Entonces el suministro de aire quedó taponado y no pudo hacer nada más. Su máscara quedó inundada por un vapor denso. Justo antes de perder la conciencia, le pareció ver llegar a la expedición de rescate, pero tampoco estaba seguro de si aquello era real o una alucinación. Nunca hubiese esperado que fuese Keepiru quien encabe­zase la comitiva, por ejemplo, ni tampoco que en aquel delfín anidase un ardor combativo tal que pudiese llegar a ignorar el lacerante peligro que suponían aquellas ventosas.
Al final llegó a la conclusión de que todo aquello era un sueño. Los fogonazos de láser eran demasiado brillantes, los tonos saser demasiado nítidos. Y la expedición se aproximaba hacia él ondeando banderas, igual que la caballería que los hombres ánglicoparlantes habían llegado a asociar cinco siglos antes con la imagen paradigmática del rescate.

2

Galácticos

En una nave en el centro de una flota de naves, acontecía una fase de negación.
Gigantescos cruceros se extendían por el espacio hasta caer sobre el minúsculo punto de destello de un sol rojizo no descrito. Uno a uno, iban cayendo de la lágrima luminosa. Junto a ellos aparecía la luz difractada que emergía de su punto de salida, a cientos de pársecs de allí.
Había normas que deberían haberlo evitado. El túnel era un método antinatural para pasar de un lugar a otro. Hace falta una determinación fuerte para negar lo que es natural y generar una brecha así en el espacio.
El Episiarca, merced a su indignada negación de «Lo que Es», ha creado un pasadizo para sus maestros tandús. Y si siguió abierto fue por el inquebrantable poder de su ego, o lo que es lo mismo, por su negativa a admitir nada a la realidad.
Cuando pasó la última nave, el Episiarca fue distraído a propósito y el agujero se desmoronó con una violencia sorda. En unos momentos, tan solo los instru­mentos podrían haber dado fe de lo que allí había habido. La afrenta a la física quedó borrada.
El Episiarca había guiado a la armada tandú hacia la estrella que se habían marcado como objetivo, dándoles además una buena ventaja con respecto al resto de flotas, aquellas que habrían podido competir con los tandús por el derecho a capturar la nave terrícola. Los tandús enviaron impulsos de agasajo a los centros de placer del Episiarca. Este respondió con alaridos y meneó su gran cabeza peluda en señal de gratitud.
Para los tandús quedó probado una vez más que merecía la pena asumir los riesgos de una forma de desplazamiento oscura y peligrosa. Estaba bien llegar al campo de batalla antes que el enemigo. Ese tiempo adicional les proporcionaba una ventaja táctica.
Al Episiarca solo le complacían las cosas que podía negar. Una vez finalizada su tarea, fue devuelto a su cámara de los engaños para alterar una cadena infinita de realidades subrogadas hasta que los maestros precisasen de su ira otra vez. Su silueta amorfa y peluda traspasó sin dificultad la maraña sensorial para acabar desaparecien­do, entre el ruido de su pesado caminar, escoltado por los recelosos guardianes.
Una vez quedó despejado el camino, apareció el Aceptador sobre sus piernas larguiruchas para subirse hasta su lugar en la maraña.
Durante un buen rato se dedicó a evaluar la realidad, como aceptándola. El Aceptador exploró y tocó y acarició aquella nueva parte del espacio con sus vastos sentidos. Finalmente emitió un grito de placer.
—¡Menudos chapuzas! —se regocijó el Aceptador—. Había oído que los persegui­dos eran unos sofontes un poco torpes, ¡pero es que se dejan ver hasta cuando están alerta! Se esconden en el segundo planeta. La única barrera que han dispuesto para evitar que averigüe su localización exacta es la de sus escudos psíquicos, cuyos bordes se solidifican, además, muy lentamente. ¿Quiénes son los maestros de estos delfines que les han enseñado tan bien a convertirse en una presa fácil?
—Sus maestros son los humanos, una raza a la sazón inacabada —replicó el Acechador Principal de los tandús. Su voz respondía a un patrón rítmico de rápidos clics procedentes del traqueteo de las dentadas articulaciones de sus patas de mantis—. Los terrícolas viven contaminados por falsas creencias y por la vergüenza que les produce su propio abandono. Tres siglos de griterío quedarán silenciados en cuanto alguien los extermine. Nuestro placer como cazadores será equiparable al tuyo cuando divisas un lugar o una cosa nueva.
—Sí que es un placer, sí —suscribió el Aceptador.
—Ahora ocúpate de conseguir más detalles —ordenó el Acechador—. En breve tendremos que luchar contra los herejes. Tengo que encomendarle a tus compañeros las diferentes tareas que les corresponden.
El Aceptador se giró en la maraña mientras el Acechador se marchaba y abrió sus emociones a este nuevo ámbito de realidad. Todo estaba en orden, así que transmitió informes de lo que había visto y los maestros movieron las naves en consecuencia, pero con la parte más extensa de su mente consiguió percatarse de. aceptando. el diminuto sol rojo, cada uno de los pequeños planetas, la deliciosa expectación que despertaba un lugar que pronto se va a convertir en un campo de batalla.
Enseguida percibió que el resto de flotas bélicas estaban entrando en el sistema, cada una con su peculiar forma de hacerlo. Todas tuvieron que ir adoptando una posición inferior, forzadas por la temprana llegada al lugar de los tandús.
El Aceptador percibió el deseo de los guerreros por entrar en combate, en oposición a los fríos cálculos que efectuaban, al mismo tiempo, los más ancianos. Acarició los resbaladizos escudos mentales que se erigían rígidamente frente a él y se preguntó qué habría dentro de ellos. Agradeció la franqueza de otros combatientes que dejaban salir sus pensamientos con desdén, atreviéndose así a ser escuchados por quien quisiera captar su emisión.
También pudo recoger consideraciones salvajes sobre cómo aniquilar al propio Aceptador, justo antes de que las imponentes flotas se estrellaran unas contra otras y empezaran a centellear explosiones por todas partes.
El Aceptador saboreó todo aquello con una gran sensación de placer. ¿Cómo podía alguien resistirse a tal cosa con la cantidad de maravillas que encerraba el universo en su interior?

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