Más allá de la estrella más lejana

EstrellaMasLejanaBurroughs

Justo antes del bombardeo de Pearl Harbour, el autor Edgar Rice Burroughs creó una nueva serie de novelas de fantasía científica ambientadas en el planeta Poloda, a cientos de millones de años luz de la Tierra.

Hasta allí se traslada Tangor, un aviador norteamericano que cae derribado tras las lineas alemanas.

En Poloda, Tangor hallará un planeta asolado por una guerra centenaria, en la que dos facciones han asolado el planeta a causa de un odio ancestral.

Una novela de aventuras planetarias al más puro estilo Burroughs, repletas de combates aéreos, intrigas de espionaje y romance, y no exenta de de una ácida crítica social.

ANTICIPO:
Harkas Yen me invitó a permanecer en su casa hasta que se decidiera alguna disposición para mi caso. Su morada tiene un acceso a través de una autovía subterránea, a unos treinta metros por debajo de la superficie. A lo largo de la ciudad había muchos edificios a una profundidad aún mayor, y los que tenían más de treinta metros de altura poseían accesos a la altura de su base, así como a la altura adecuada cuando el edificio salía a la superficie. Los edificios más pequeños subían y bajaban sobre rieles similares a los que empleamos en nuestros ascensores. Por encima de ellos hay gruesas planchas de losas armadas que soportan el peso de la tierra y el substrato sobre el cual crecen los árboles, los arbustos y la hierba que los oculta cuando están arriba. Cuando esos edificios más pequeños ascienden, entran en contacto con sus planchas protectoras y las empujan hacia arriba.

Tras dejar el centro de la ciudad, noté que muchos edificios habían sido construidos de forma permanente en el nivel subterráneo; cuando le pregunté por ello a Harkas Yen, me explicó que la primera vez que se planeó la ciudad subterránea, había esperanzas de que la guerra no tardaría en concluir y que, por tanto, la ciudad podría regresar a una vida normal sobre la superficie; pero cuando se perdieron todas las esperanzas de que acabara la guerra, se empezó la construcción subterránea permanente.

—Ya podrás imaginarte, —prosiguió—, el desmesurado gasto que trae consigo la construcción de estas ciudades subterráneas. El Janhai de Unis ordenó que comenzaran hace ochenta años y en la actualidad están cerca de estar terminadas. Cientos de miles de ciudadanos de Unis viven en madrigueras inadecuadas, o en cavernas o en agujeros excavados en el suelo. Debido a ese gasto tan enorme, entre otras cosas, vestimos estas ropas. Están fabricadas de un plástico indestructible que recuerda al metal. Ninguna persona, ni siquiera un miembro del Janhai, puede poseer más de tres trajes, dos para la vida ordinaria, y uno más como ropa de trabajo, pues toda nuestra productividad debe de encauzarse para la construcción de nuestras ciudades y el desarrollo de la guerra. Nuestros esfuerzos no pueden ser desperdiciados en producir ropas que puedan cambiar según el estilo o la estúpida vanidad, tal como ocurría hace cien años. Las únicas cosas que hemos conservado de los antiguos días, y que no son absolutamente esenciales para ganar la guerra o construir nuestras ciudades, son básicamente de índole cultural. Nos resistimos a dejar morir el arte, la música o la literatura.

—Debe ser una vida muy dura, —sugerí—. Especialmente para las mujeres. ¿No tenéis actividades de ocio o entretenimiento?

—Oh, sí, —replicó—, pero son muy sencillas. No les dedicamos demasiado tiempo. Nuestros antepasados, que vivieron hace un centenar de años, podrían pensar que la nuestra es una vida vacía, pues ellos dedicaban la mayor parte de la suya a la persecución del placer, lo cual fue uno de los motivos por los que, al principio, los Kapars comenzaran la guerra con tanto éxito, hasta el punto que todas las naciones de Poloda, con la única excepción de Unis, acabaron siendo conquistadas o exterminadas por los Kapars.

Los vehículos motorizados de Unis son todos idénticos, y en ellos caben cuatro personas cómodamente, o seis con bastante incomodidad. Esta estandarización ha logrado un ahorro tremendo en trabajo y materiales. La energía es proyectada a

sus motores por lo que podríamos denominar una "radio", a partir de estaciones centrales en las que se almacena la energía del sol. Como quiera que dicha fuente de poder es prácticamente inextinguible, no ha sido necesario restringir el uso de motores debido a las necesidades de la guerra. Esta misma energía es también la que hace funcionar las descomunales bombas neumáticas que son necesarias para excavar este mundo subterráneo, y para subir y bajar los edificios, y para hacer funcionar las innumerables plantas de fabricación de aire que les son tan necesarias al vivir bajo tierra.

Me quedé sencillamente perplejo al contemplar aquello y calcular el coste de excavar y construir un mundo entero bajo la superficie del suelo, y cuando se lo mencioné a Harkas Yen, repuso:

—Jamás hubo suficiente riqueza en el mundo como para conseguir llevar a cabo lo que nosotros hemos logrado, como no sea la riqueza potencial que es inherente a las personas. Gracias a las mentes de nuestros líderes y científicos, a la unidad de nuestro pueblo, y al sudor de nuestra frente, hemos hecho lo que hemos hecho.

El hijo y la hija de Harkas Yen, Don y Yamoda, nos acompañaron a casa desde el palacio de justicia. Yamoda vestía las lentejuelas doradas y botas rojas que son comunes a todas las mujeres solteras, mientras que Don lucía el azul propio de las fuerzas combatientes. Él y yo habíamos congeniado desde el principio, ya que ambos éramos pilotos. Y ninguno de los dos se cansaba jamás de escuchar las historias del otro, acerca de nuestros mundos respectivos. Había prometido que intentaría meterme en el servicio aéreo, y Harkas Yen pensaba que no era una idea tan descabellada, ya que siempre había una constante demanda de pilotos para reemplazar a las bajas, las cuales, en ocasiones, ascendían a quinientos mil en un mes.

Cuando Harkas Don mencionó aquella cifra no pude evitar un estremecimiento, y le pregunté cómo era posible que su nación no hubiera sido exterminada hace ya tiempo.

—Bueno, verás, —dijo—, por lo general las bajas no son tan elevadas. Creo que las estadisticas han determinado que solemos perder una media de unos cien mil al mes. Hay dieciséis millones de mujeres adultas en Unis, y todos los años nacen alrededor de diez millones de bebés. Probablemente, algo más de la mitad sean niños. Al menos cinco millones de ellos alcanzan la madurez, ya que somos una raza saludable. De modo que, como verás, podemos permitirnos perder a un millón de hombres todos los años.

—No creo que a las madres les parezca tan bien, —dije.

—No le parece bien a nadie, —replicó—. Pero es la guerra, y la guerra es nuestra forma de vida.

—En mi país, —conté—, tenemos gente a la que conoce con el nombre de pacifistas, y tienen una canción que dice algo así como "No crié a mi hijo para que fuera un soldado".

Harkas Don se rió, y luego repuso algo que, traducido a nuestro idioma, sería:

—Si nuestras mujeres tuvieran una canción, sería: "No crié a mi hijo para que fuera un desertor".

A nuestra vuelta, la esposa de Harkas Yen me saludó cordialmente. Me había cogido mucho cariño, y se refería a mí como su otro muchacho. Es una mujer de unos sesenta años, de rostro triste, que se casó a los diecisiete y ha tenido veinte hijos: seis niñas y catorce hijos. Trece de los varones habían muerto en la guerra. En Unis, la mayor parte de los hombres y mujeres ancianos tienen una perenne expresión de tristeza en el rostro; pero no se quejan jamás, ni tampoco lloran. La esposa de Harkas Yen me dijo que las lágrimas se les habían agotado hacía ya dos generaciones.

Por desgracia, no logré entrar en el Servicio Aéreo, sino en los Pelotones de Trabajo… ¡y se trataba de Trabajo con mayúsculas, nada de perder el tiempo! Me había preguntado a menudo cómo reparaban el daño producido por los constantes bombardeos de los Kapar, y lo descubrí el primer día que me asignaron al Pelotón. Inmediatamente después de la partida de los bombarderos kapar, salimos de entre los agujeros del suelo como si fuéramos hormigas soldado. Había, literalmente, miles de nosotros, y contábamos con incontables camiones, excavadoras, grúas, y un ingenioso aparato que plantaba árboles en el suelo, rellenando de tierra todo el espacio alrededor de las raíces.

En primer lugar, nos dedicamos a rellenar los cráteres de las bombas, recogiendo todas las plantas y árboles que podían ser salvados. Los camiones transportaban abono, árboles y plantas que habían crecido bajo tierra; y, en el transcurso de unas pocas horas había desaparecido todo rastro del ataque.

A mí me parecía un gasto fútil de energía; pero uno de mis compañeros trabajadores me explicó que todo aquel trabajo servía a dos propósitos importantes: uno de ellos era mantener la moral de los unisanos, y el otro bajarle la moral al enemigo.

Trabajamos nueve días y descansamos uno sólo, el primer día de su semana de diez. Cuando no trabajábamos en la superficie lo hacíamos bajo tierra. Como quiera que yo no era un trabajador cualificado, puedo decir que, durante aquel primer mes, en el Pelotón, trabajé más de lo que un hombre ordinario trabaja en toda su vida. En mi tercer día de descanso, que tuvo lugar al término de mi primer mes en el Pelotón de Trabajo, Harkas Don, que estaba de permiso ese día, sugirió que podíamos ir a las montañas. Entre él y Yamoda reunieron una pandilla de doce jóvenes. Tres de los varones pertenecían al Pelotón de Trabajo, y los otros tres al Servicio Militar. Una de las muchachas era la hija del Elianhai, cuyo oficio es, prácticamente, el del Presidente. Dos de las otras eran hijas de miembros del Pelotón de Trabajo. Estaba la hija del presidente de una universidad, la hija de un oficial de la armada, y Yamoda. El pesar y el sufrimiento de la guerra perpetua había desarrollado tal unidad nacional que las distinciones entre clases habían desaparecido.

Orvis se alza sobre una meseta enteramente rodeada de montañas, la más cercana de las cuales se encuentra a unos doscientos kilómetros de la ciudad; y fue en dirección a esas montañas que tomamos un tren subterráneo. En ese lugar se alzan los picos más altos de la cordillera que rodea Orvis; y, aunque las montañas del extremo occidental de la meseta son bajas, y un amplio paso interrumpe la cordillera en el extremo oriental, los kapars suelen ir y venir tanto por el este como por el oeste; de modo que se considera razonablemente seguro dar un paseo por la superficie en ese lugar. ¡La verdad es que era estupendo darse una vuelta por el exterior sin tener que trabajar como un mulo! Esa parte del país era muy hermosa; había manantiales de montaña, y un pequeño lago, junto al cual planeamos un picnic al abrigo de una pequeña arboleda. Los árboles nos ofrecían una seguridad adicional, ya que podrían ocultarnos ante cualquier caza enemigo que pasara por allí por casualidad. Las experiencias vitales de cuatro generaciones les había llevado a pensar así, hasta el punto que, de un modo natural e inconsciente, siempre buscaban un refugio cuando se encontraban al descubierto.

Alguien sugirió que podíamos nadar un poco antes de almorzar.

—Nada me gustaría más, —repuse—, pero no he traído nada para poder nadar.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Yamoda.

—Pues que no llevo traje de baño.

Aquello les hizo reír. A todos.

—Claro que llevas el traje adecuado para nadar, —dijo Harkas Don—. Naciste con él puesto.

Había perdido la mayor parte de mi bronceado tras vivir bajo tierra durante dos meses; pero aún tenía la piel oscura comparado con aquellas gentes de piel blanquecina, que llevaban viviendo como topos desde hacía cuatro generaciones, y mi cabellera negra contrastaba extrañamente con el pelo cobrizo de las mujeres y el cabello rubio de los hombres.

El agua era fría y refrescante, y salimos de ella con un apetito voraz. Después de comer nos tendimos en la hierba y se pusieron a cantar las canciones que más les gustaban.

El tiempo pasó velozmente, y todos nos quedamos asombrados cuando uno de los hombres se puso en pie y anunció que sería mejor que nos pusiéramos en camino para casa. Acababa de terminar de hablar cuando escuchamos el estampido de una pistola y le observamos caer al suelo boca arriba, muerto.

Los tres soldados que había en nuestro grupo eran los únicos que llevaban armas. Nos ordenaron que nos tendiéramos de plano en el suelo, y se arrastraron en la dirección desde la que había venido el sonido del disparo. Desaparecieron por entre los arbustos y, poco después, escuchamos un tiroteo.

Aquello era más de lo que yo podía aguantar: quedarme allí tirado mientras Harkas Don y sus compañeros salían a luchar; de modo que me arrastré tras ellos.

Les alcancé al borde de una pequeña depresión en la que había alrededor de una docena de hombres, refugiados tras una enorme roca que les ofrecía una protección excelente. Harkas Don y sus compañeros se ocultaban del enemigo entre los arbustos, pero éstos no podían protegerles. En cualquier momento un enemigo podría descubrir un atisbo de su anatomía, y, entonces, caerían los tres. Finalmente, el hombre que había tras el extremo derecho de la barrera de roca permaneció al descubierto demasiado rato. Estábamos tan cerca de él que pudimos observar el agujero que la bala le hizo en la frente, antes de que cayera tras la barrera de roca. Más allá del punto en el que había caído, una densa formación de árboles y matorrales ocultaban la continuación del murete natural, —si es que había más—, y aquello me dio una idea que puse de inmediato en funcionamiento.

Retrocedí un par de metros a rastras, hacia el sotobosque, y entonces me deslicé con cautela hacia la izquierda. Aprovechándome de aquel excelente escondite, fui dando un rodeo hasta quedar frente al flanco izquierdo del enemigo; luego me dediqué a reptar sobre el pecho, avanzando centímetro a centímetro, hasta que, por una diminuta apertura de los arbustos, contemplé el cadáver del enemigo y, más allá, a sus compañeros, refugiados tras la barrera de roca. Todos llevaban unos uniformes desvaídos de color gris, similares a monos de trabajo, y unos cascos grises de metal que les cubrían toda la cabeza hasta el cuello, dejando tan sólo sus caras a la vista. Llevaban unos cintos en bandolera y otros sobre la cintura, en los que podía verse hasta quince cargadores de munición. Su complexión era delgada y desgarbada; y aunque sabía que debían de ser jóvenes, parecían mucho más viejos; los rostros de todos ellos mostraban una desagradable mueca de desdén. Eran los primeros kapar que veía, pero les reconocí al instante por las descripciones que me habían hecho Harkas Don y otros muchos.

La pistola del muerto (en realidad se trataba de una diminuta ametralladora) yacía a su lado, y su cargador estaba casi lleno. Podía divisarlo con claridad desde el lugar en el que estaba. Avancé un par de centímetros más, y entonces uno de los kapar se dio la vuelta y miró en mi dirección. Al principio pensé que me había descubierto, pero después comprobé que estaba mirando a su camarada muerto. Luego se giró y habló a sus compañeros en un idioma que no pude comprender; me recordaba al sonido que emiten los cerdos cuando comen. Uno de ellos asintió con la cabeza, evidentemente de acuerdo, se giró y comenzó a caminar hacia el fallecido. Aquello parecía poner punto final a mi pequeño plan, y ya estaba a punto de lanzar una apuesta desesperada arrojándome hacia la pistola, cuando el kapar, de un modo bastante estúpido, dejó asomar la cabeza por encima de la barrera, y cayó al instante con un disparo en el cráneo. Los otros kapar le miraron, y se pusieron a discutir acaloradamente; y, mientras así discutían, decidí arriesgarme: extendí el brazo desde los arbustos, agarré la pistola, y la arrastré lentamente hacia mí.

Los kapar seguían argumentando, o discutiendo, o lo que fuera que hacían, cuando apunté con cuidado al más cercano y comencé a disparar. Cuatro de los diez cayeron antes de que el resto se diera cuenta de la dirección desde la que estaban siendo atacados. Dos de ellos comenzaron a disparar a los arbustos en los que me hallaba escondido, pero les alcancé con mi arma, y los cuatro restantes huyeron despavoridos. Al hacerlo, quedaron expuestos al fuego de Harkas Don y sus compañeros, así como al mío, y, entre todos, acabamos con ellos.

Salí de los arbustos, pero me preocupaba que mis amigos pudieran dispararme ante de haberme reconocido; de manera que llamé a Harkas Don por su nombre, y no tardó en contestarme.

—¿Quién eres tú? —quiso saber.

—Soy Tangor, —repliqué—. Voy a salir. No disparéis.

Entonces se reunieron conmigo y salimos a buscar la nave kapar, pues sabíamos que no podía andar lejos. La encontramos en un pequeño claro natural, a casi un kilómetro de distancia del lugar desde el que habíamos disparado. No estaba guardada por centinela alguno, de modo que estuvimos seguros de que habíamos acabado con todos.

—Contamos con doce pistolas, un montón de munición, y una nave, —dije.

—Nos llevaremos con nosotros las pistolas y la munición, — dijo Harkas Don—. Pero nadie puede pilotar esa nave de vuelta a Orvis sin que le aniquilen.

Encontramos una pesada herramienta en el interior de la nave, y, con ella, destrozamos el motor.

Nuestra pequeña salida había concluido, y regresamos a casa llevando con nosotros un cadáver.

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