Me cago en mis viejos

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Este es un libro gamberro e hilarante como pocos se publican, y escrito en un lenguaje directo y duro, como su título ya augura. Esta obra se publicó originalmente por capítulos en la "Revista de verano" de El País, a lo largo del mes de agosto de 2008, provocando un alud de comentarios y críticas de todo signo, así como especulaciones acerca de la verdadera identidad de su autor, que sigue sin ser desvelada.

Todo comienza cuando Carlos que acaba de suspender selectividad, la reacción de disgusto de sus padres acaba en bronca y Carlos cae en casa de su colega "El Risas". El viejo de su colega escuchó como Carlos se cagaba en sus padres y entonces le propuso que se cagara con método y cobrando durante todo el el mes de agosto en sus padres. El encargo consistía en hacer un relato cada día y el reto: ¿serás capaz de cagarte treinta y un días seguidos en tus padres en vez de cagarte en el que te suspendió la selectividad?… La venganza para Carlos está servida o eso cree él…

ANTICIPO:
Dia 3

Ayer, en la comida, hablaron por primera vez de Me cago en mis viejos.Yo estaba mirando al vacío para joder, porque les preocupa que mire al vacío. ¿Dónde estás?, me dicen, baja un poco a la Tierra y paridas así. Yo estoy en la Tierra, siempre estoy en la Tierra, no saben ellos hasta qué punto estoy en la puta Tierra, pero me gusta aparentar que me piro, para fastidiar. A veces, mi madre le hace una seña a mi padre, como diciendo otra vez. El caso es que estaba practicando una de esas ausencias que tanto les rayan cuando mi padre me hizo regresar para recomendarme la lectura de Me cago en mis viejos. De qué va, le digo. De un chico que veranea con sus padres a la fuerza, como tú. ¿Y se caga en ellos?, pregunté. Eso dice, que se va a cagar en ellos todo el mes. Ya sabes que no me gusta leer, dije para molestar, dando por cerrada la comunicación. Cambio y corto, pun­to pelota.

Mis padres habrían dado cualquier cosa por tener un hijo lector. Consideran que la lectura es un bien superior.Y yo leo a veces, pero a escondidas, para no crear precedentes. No obstante el hecho de que sigan esta serie me obliga a extremar las precauciones, a inventar todo el rato. Me cuesta un huevo inventar, decir las cosas de un modo dis­tinto a como en realidad sucedieron, pero a ver, si no invento me cazan. Podría haber hecho esto en un periódico que no leyeran ellos, en un gratuito de los que regalan en el metro. Claro, que entonces maldita la gracia. No sabía que me iba a gustar esta sensación de peligro. ¡Menos mal que este verano no hay que perseguirte para que estudies!, grita mi madre desde el otro lado de la puerta, sin atreverse a entrar, para asegurarse de que no estoy dormido o meneándomela.Y yo le digo que no me desconcentre. A veces tengo dudas con las comas, pero en el puto periódico me las ponen en su sitio. Esta es mi tercera entre­ga. Jamás llegué tan lejos en un proyecto, y me lo estoy sacando con la gorra. Por cierto, me cago en mis viejos, que para eso me pagan.

Día 4

Me ha llamado mi hermana mayor. Mi hermana mayor está casada y tiene un crío de nueve o diez años. A la segunda frase me he dado cuenta de que me llamaba por encargo de los viejos y se lo he dicho. Te han dicho los viejos que me timbres. No, por qué. Porque sí, porque lo noto, hostias, diles que sí, que estudio, pero que no me den la vara. Mi hermana ha perma­necido en silencio, ha suspirado, ha colgado cabreada y luego me ha vuelto a llamar. Mira, sí, dice, están preocupados contigo porque pasas mucho tiempo en la habitación. Por lo visto no has bajado a playa todavía, ¿te ocurre algo? De modo que no era porque salía, sino por­que no salía. Me dieron la monserga con que estudiara, con que nada de estar todas las noches por ahí, de baretos, hasta las tantas y ahora resulta que se preocupan porque no salgo. De lo que no salgo es de mi asombro… (aquí vendría un taco, pero me han dicho en el perió­dico que modere un poco mi lenguaje). Diles que estoy bien, le digo a mi hermana, pero que he cambiado, que me he vuelto un empollón de repente.

Salgo de la habitación en busca de un poco de aire y me encuen­tro en la cocina con mis viejos y unos amigos de mis viejos. Nos mira­mos como si ellos fueran marcianos para mí y yo marciano para ellos. Han traído marisco y se disponen a cocinarlo. Yo pongo cara de asco, para fastidiar. Soy el gusano de la fruta. ¿Ves la cara de un tío cuando abre una manzana y encuentra dentro un gusano? Esa es la cara de mis padres y de los amigos de mis padres cuando abro la puerta de mi cuar­to y me ven salir. Me la suda. Que no me hubieran obligado a venir. Lo cierto es que al mear me he visto en el espejo y parezco un gusa­no de seda. Todo el mundo está más o menos moreno y yo sigo páli­do. Rostro pálido. Si yo fuera mi hijo, me preocuparía. Pero no soy mi hijo, sino el hijo de ellos. Que se preocupen ellos. Yo bastante tengo con sacar adelante este diario, tío.

Día 5

Así que los viejos están preocupados porque no salgo, qué cacao. Es un descubrimiento, mira tú. De pequeño ensa­yaba gestos de pena en el espejo del cuarto de baño. Creo que siempre he querido darles pena, qué bichos raros somos. Lo que ahora quiero es que me manden a Madrid, que se harten de verme la jeta y digan vale, ganas, no nos vas a amargar las vacaciones, vete a Madrid, ábrete, sal de nuestras vidas. ¿Pero sabrás cuidar de la casa, pre­pararte la comida, fregar los cacharros, limpiar y planchar la ropa? Ima­gino que me dicen eso y que yo contengo las ganas de saltar de ale­gría. Pero no cae la breva. Ayer les oí discutir. Por mí. La vieja, dada las circunstancias, consideraba que quizá se habían columpiado un poco. Estaría bien que aprobara la selectividad, dijo, pero no a cualquier pre­cio. Míralo, está cada día más delgado, más pálido, le pasa algo. El vie­jo decía que ni hablar de dar marcha atrás. Luego cambiaron de posi­ción y el viejo dijo que bueno, que quizá fuera mejor facturarme a Madrid. La vieja en cambio decía que era un disparate. Carlos solo, en Madrid, en pleno mes de agosto… A veces les pasa eso, intercam­bian los papeles, pero no se dan cuenta.

La vieja ha entrado en la habitación, ha hecho así con la nariz, y me ha dicho que no fume tanto. Y espero que sea sólo tabaco, ha aña­dido. Me he traído una bellota de has. Por la noche me hago un peta, para relajarme, y me la meneo antes de dormir. El otro día encendí uno para escribir esta mierda, a ver si me salía mejor, y al principio parecía que sí, pero luego no tenía ni pies ni cabeza. Es la primera vez que me preocupa que las cosas tengan cabeza y pies. Me acuesto pen­sando en estos 1.900 caracteres y me despierto pensando en ellos tam­bién. A veces sueño que ha llegado la hora de enviarlos y que no me han salido. Entonces envío 1.900 boñigas a lo loco y las publican y nadie se da cuenta porque nadie las lee. Me despierto sudando, como un agonías de mierda.

Día 6

Un chico de mi instituto se encerró un día en su habita­ción y no volvió a salir, aún no ha salido. La cosa viene de Japón. Me dijo Javi, el Risas, que buscara en internet las palabras Hiki Komori y ahí venía todo, miles de artículos sobre el tema, o la tema, que dice un cani de mi clase. No salen de la habita­ción más que para ducharse muy de vez en cuando y siempre a escon­didas, o de noche, como ratas o cucarachas, para que nadie les vea. Las madres de estos frikis les dejan la comida en la puerta y ellos abren, cogen la bandeja, comen, y vuelven a dejarla donde estaba. Se pasan el día durmiendo y por la noche chatean, buscan cosas en internet, ven películas que se bajan de la red, escuchan música. Viven instalados en el mundo virtual. Tienen héroes, uno de ellos es Unabomber, un tipo que enviaba cartas bomba por correo, estuvo años enviando car­tas bomba y no le pescaban. Hasta que metió la pata no sé cómo. Se confiaría. Es matemático, un matemático acojonante por lo visto. Aho­ra está en la cárcel, en plan Hiki Komori, en una celda, no sé a qué se dedica.

Imagino que me convierto en un Hiki Komori y me doy mie­do, no mucho miedo, pero un poco de miedo sí. Creo que para ser un Hiki Komori tienes que estar muy especializado en algo, en biología o en matemáticas o en ajedrez. Tienes que tener una obsesión a la que dedicar las 24 horas del día. Pero yo no estoy especializado en nada. Me gusta la música, claro, y los comics, claro, y el cine, claro, y los video-juegos, claro, pero ninguna de estas cosas de un modo total. El año pasado me inventé una historia para un video-juego. La tengo por ahí, en un cuaderno. Mientras comíamos, le he preguntado a mi viejo si sabía lo que era el Hiki Komori. Ni idea, dice. Son chicos, en Japón, que se meten en su cuarto y no vuelven a salir de él, digo yo. Mi padre ha carraspeado y ha cruzado una mirada de pánico con mi madre. Lue­go han cambiado de conversación. Que sufran.

Día 7

Mi viejo ha tenido que hacer un viaje relámpago a Madrid, cosas del curro. Nos hemos quedado solos mi vieja y yo. Me ha preguntado por Hiki Komori. Le he dicho que no sabía más que lo que les había contado, que entre en internet, hay mucha información. Me ha dicho que por qué no la acompañaba a la playa y le he dicho que no fastidie. No fastidies, vie­ja. Creo que ha llorado y ahora estoy jodido. Por la noche, cuando veía la tele, le he dado un beso y le he dicho que iba a salir, para que no se preocupara. Casi me da las gracias la pobre. Soy un psicópata. El caso es que he salido para que no pensara que me he convertido en un Hiki Komori o en un Unabomber y me he fumado unos petas con la peña. Había una chica que me ha mirado y yo la he mirado, pero luego no ha pasado nada. Sé mirar a las chicas, pero no sé acercarme a ellas, no sé hablarlas, me cago en tal, no molo, la pifio a la tercera frase. A ellas les gustan los golfos, los malotes, y yo no tengo madera. Tengo más vocación de Hiki Komori que de golfo o malo te. También tengo voca­ción de Unabomber. He estado investigando en internet y es un tipo total, un genio, un crack. En realidad se llama Theodore John Kazynski. Estuvo enviando bombas durante 18 años para acabar con el pro­greso técnico. Cuando le pillaron era el tipo más buscado del FBI.

Si consigues ser el tipo más buscado del FBI, ya tienes una bio­grafía. Ser el más de cualquier cosa está bien, incluso ser el más mier­da de los mierdas. Ahí tienes a Bush, en eso están de acuerdo hasta mis viejos. Muchas veces he soñado con ser delincuente, me frena la idea de que eso mataría a mi vieja. Mi viejo lo soportaría, creo, pero ella se daría a la pena. Es otra de las cosas por las que me cago en ellos, por­que no me dejan libertad para ser lo que quiero y lo que quiero es vivir mi vida, quizá asaltar bancos en vez de meterme en la cabeza toda esta basura de la selectividad. Tiene cojones el nombre, selectividad.

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