Me llaman Fuco Lois

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Miranda vuelve a casa de madrugada completamente borracha y se encuentra con un misterioso desconocido en su salón. El hombre, que dice llamarse Fuco Lois, ha sido enviado por el padre de Miranda para recuperar un anillo arcano del que ella no ha oído hablar en su vida. Cuando Miranda recibe por correo el anillo, se da cuenta de que su vida va a cambiar para siempre, pero, por desgracia, Miranda tiene una rutina diaria que se interpone entre ella y la aventura…

ANTICIPO:

Fuco Lois miraba por la ventana protegiéndose con la cortina para no ser visto. Vigilaba la calle, pero no había nada que ver: la calle estaba completamente desierta. Desde la ventana de al lado también yo vigilaba la calle, buscando a alguien que pareciera desocupado pero en realidad estuviese espiándonos. Pensé que nuestro sistema de camuflaje era bastante tosco: cualquiera que hubiera estado allí, mirando hacia mi piso, habría sospechado. —Mirlo blanco a base. —Aquí base. ¿Qué ocurre, mirto blanco? —Una cortina me está vigilando desde hace veinte minutos. —A ver si no va a ser una cortina, mirlo blanco. En la calle no había nadie que estuviera leyendo el periódico recostado contra una pared, con una de las piernas apoyándose despreocupadamente en el mismo muro y dirigiendo de cuando en cuando una miradita al edificio; no había nadie en el interior de algún coche tomando café o comiéndose una hamburguesa incomible como todas las hamburguesas; no había nadie en la única cabina telefónica, que además estaba destrozada por culpa de algún vándalo. Solo pasaba de vez en cuando alguna vieja cargada con bolsas de la compra, arrastrándose por la acera trabajosamente, indestructibles como solo son las viejas. Cada vez que Tuco Lois veía aparecer una vieja en la calle se encogía como si hubiera visto al enemigo; luego, al comprobar que no era ningún esbirro de Bobby Fonseca, sino tan solo una anciana que venía de hacer la compra semanal en el mercado, se relajaba y la dejaba pasar distraídamente. Estuvimos así unos minutos. Yo me daba cuenta de que estábamos perdiendo el tiempo, pero no dije nada. Al final me aparté de la ventana y dejé que él siguiera vigilando mientras iba a buscar un cigarrillo. Pensé que mientras Fuco Lois siguiera abstraído en la ventana quizá debiera llamar a la Policía. No sabía si creer o no lo que me había contado. Poruña parte, la historia era tan rocambolesca, tan descaradamente artificiosa, que era prácticamente con toda seguridad falsa. Yo no soy muy propensa a creer que en la vida real se entremezclan mafiosos que buscan anillos que no son muy valiosos económicamente pero que poseen gran valor simbólico. Sin embargo, había algo en Fuco Lois que hacía que confiara en él; y desde luego el comportamiento de Ricardo era muy verosímil. El Ricardo que yo conocía habría robado una joya por encargo de un hombre y lo habría traicionado hasta que se viera perseguido por los dos: el patrón y el propietario. Por otra parte, Fuco Lois no me había hecho el menor daño, aparte del susto de encontrármelo en mi casa. Y si decía la verdad, quizá estaba realmente tratando de salvarme la vida, lo cual es algo que conviene agradecer. Fui a la habitación y comprobé si había línea en el teléfono: había. Luego Fuco Lois me había mentido por lo menos en eso. ¿Quién sabe en qué más cosas? ¿Debía confiar en él? ¿Conocía de verdad a mi padre? Es más, si era amigo de mi padre, ¿eso no hacía imposible que pudiera confiar en él? ¿Podía confiar en mí padre, de hecho? Necesitaba urgentemente un cigarrillo antes de que me volviera loca. Busqué en mi escondite de cigarrillos. Tengo siempre o casi siempre un paquete escondido para los momentos en los que se me han acabado, como último recurso. Lo malo es cuando se me olvida reponer el paquete de reserva, porque al cabo me encuentro en una situación desesperada, necesitando nicotina y creyendo que un paquete de cigarrillos me espera dulcemente, y me encuentro el escondite vacío. Mala suerte. No había recordado reponerlo la última vez. La ley de Murphy volvía a actuar como una apisonadora. Regresé al salón. Fuco seguía mirando por la ventana. —¿Me prestaría un cigarrillo? Tardó un segundo o dos en darse cuenta de que le estaba hablando a él. Me tendió un paquete arrugado y blando que sacó del bolsillo de sus pantalones de sarga. Era de una marca alemana de la que yo no había oído hablar en mi vida. Busqué la caja de cerillas que uso para encender el gas de la cocina y encendí el cigarrillo. Me gusta ver cómo las cerillas se consumen y me gusta oler el fósforo de la cabeza, creo que es un olor muy sexy, así que mientras aspiraba la primera calada la dejé quemarse en mis dedos. El cigarrillo sabía muy fuerte, me picaba un poco en el paladar. A Fuco Lois le debía gustar el tabaco para hombres muy hombres, de los de pelo en pecho y voz de aguardiente. Soplé para apagar la cerilla cuando mis dedos empezaron a notar el calor de la llama. —Este tabaco sabe a rayos —dije con mí habitual dulzura. —Sí, compro esta marca porque así me recuerda que el tabaco me matará algún día de cáncer. Tabaco que sabe a muerte —convino Fuco Lois. Su comentario me pareció muy alentador y se lo dije: —Gracias por compartir ese pensamiento conmigo. A partir de ahora cada vez que piense en la muerte me acordaré de usted. Se encogió de hombros y volvió a la vigilancia de la calle. —¿Que» pican? —dije volviendo a darle una calada al cigarrillo infame aquel y arrepintiéndome en el mismo momento. Fuco Lois no respondió de inmediato—No hay nadie en la calle. Aparte de una encantadora anciana. —¿Lleva un paraguas? —Sí, —Pues entonces no es encantadora. Es la señora Morales, está Soca, piensa que el paraguas es su nieto y se cuela siempre en el supermercado. —Ya no hay ancianitas encantadoras en Madrid, pues. —No estoy segura de que alguna vez las hubiera. —¿Tienes algo en contra de las ancianitas encantadoras? —En absoluto. Como sé que son ficticias, no me preocupan. Solo las veo en las novelas de Agatha Christie y en las series de Emilio Aragón. —¿Quién es Emilio Aragón? —preguntó Fuco Lois. Maldito embustero. Quena hacerme creer que no había oído hablar de Emilio Aragón. Era una buena razón para desconfiar de él. Si mentía en eso, podía estar mintiendo en alguna cosa más: en lo de Ricardo, por ejemplo, en lo de los tres secuaces de Fonseca. En cualquier cosa, en realidad. —Ah, espera, es el payaso pequeño. —Bueno, algunos piensan que en realidad es el payaso grande. Fuco Lois volvió a su cortina. —Esa hostilidad generalizada contra todo el mundo debe causarte no pocos problemas —comentó con descuido. —No es contra todo e! mundo, solo contra quien lo merece. Fuco Lois permaneció callado. —Lo que pasa es que hay una sobreabundancia de gente insoportable —dije yo. —O sea, que has decidido declarar una guerra implacable al mundo. —Sobre todo a los insoportables —convine. —Que son mayoría, por lo que parece —insinuó Fuco Lois —Se me ocurren varios nombres a bote pronto, desde luego. —Espero que el mío no esté entre ellos —dijo Fuco Lois volviendo a mirar a la calle—. Creo que no soportaría una andanada de tus ataques. Un impacto directo de una de tus frases podría descalabrarme. No dije nada para no abrirle la cabeza, y seguí fumando y odiando el tabaco a la vez. —Y hablando de insoportables o más bien de indeseables, no veo ni rastro de los esbirros de Fonseca —dijo Fuco Lois, apartándose de la cortina—. Pensé que estarían vigilando tu casa. Parece que no es así. Tal vez me haya equivocado. —Qué tranquilizador. Tengo un desconocido que ha asaltado mi casa por culpa de un mal presentimiento, —No soy un desconocido, ya nos hemos presentado. —Está bien. Un tipo que acabo de conocer entra a la fuerza en mi casa por culpa de un mal presentimiento. —Si te sirve de consuelo, probablemente empezarán a vigilar tu casa esta tarde Lo miré fijamente haciéndole ver que me parecía inconcebible que alguien pudiera ser tan cretino, pero Fuco Lois era poco dado a analizar miradas y no se dio por enterado. —Sin embargo —continuó—, creo que te seré más útil mera que dentro. De momento no corres peligro y yo debo hacer algunas averiguaciones —dijo, pronunciando la palabra averiguaciones como si mera un insecto y él una persona escrupulosa a la que le daba un asco tremendo entrar en contacto con él—. No creo que vuelva esta noche. Será más fácil si vigilo desde fuera, escondido por ahí. Así actuaré más eficazmente si veo algo raro. —Entonces no lo espero levantada —dije con un tono claramente sarcástico. —Eso es —dijo él sonriendo. Parecía invulnerable al humor terrorista—. Bueno, pues ya nos veremos seguramente mañana. SÍ se te ocurre algo sobre el anillo… bueno, no importa, ya te localizaré yo y te preguntaré. —Un momento, un momento —dije yo alzando las manos, dispuesta a no dejarme intimidar—. Usted no se va de aquí sin responder antes a algunas preguntas. —De tú, por favor. —No si no contesta mis preguntas. —Aún no sé qué preguntas son. —Es muy sencillo —dije—. Mis preguntas son las obvias. En primer lugar, ¿por qué es tan valioso ese anillo? —¿Por qué es tan valioso el anillo? —repitió Fuco Lois—. Eso es una larga historia. Pero no te hará mal conocerla, supongo. Hasta puede decirse que tienes derecho a ella. Sacó su arrugado paquete de cigarrillos, extrajo uno y lo colocó en los labios. Luego buscó su zipo y encendió el cigarrillo. Con lo que debía pegarse el humo de aquel tabaco asqueroso a las cortinas, pensé. —Si sigo esperando esa historia mucho más tiempo, voy a empezar a tener problemas de artritis —insistí. Fuco dio una primera calada a su cigarrillo asesino. —¿Alguna vez —empezó, juntando sus manos y mirándolas como si examinara el estado de los nudillos—, alguna vez te has preguntado cómo fueron posibles algunas de las grandes hazañas de los héroes? ¿Cómo es posible que Hernán Cortés y doscientos españoles doblegaran a un imperio con miles de guerreros? —El Imperio azteca —dije de inmediato, como si estuviera en un concurso de la tele. Pero Fuco no era una azafata de ajustada minifalda, y siguió sin hacerme caso —¿Cómo es posible que un corso sin apenas educación acabe convirtiéndose en el emperador de toda Europa? ¿Cómo se entiende que un joven disléxico acabe siendo el científico más importante del siglo XX ¿Cómo? Me encogí de hombros. —Audacia. Decisión. Y suerte, supongo —Exacto. Suerte, sí. Suerte en cantidades generosas que cambia el destino de las cosas. Suerte en el momento justo, cuando una brizna de azar trastoca el rumbo de los acontecimientos. Cuando los mortales se convierten en héroes. Cuando los vasallos se toman poderosos. Es la suerte la que rige el equilibrio de los elementos. Calló como si el silencio estuviera cargado de significado. —Te voy a contar cómo Hernán Cortés conquistó México —hizo otra pausa para paladear el momento y el cigarrillo; parecía disfrutar enormemente de su tabaco mientras yo lo miraba con fingida indiferencia, preguntándome además qué tenía todo esto que ver con el anillo de Bobby Fonseca—. Hernán Cortés era un hombre normal y corriente. No demasiado astuto; no demasiado bravo. Un hombre con poco poder que se pudre en su pequeño territorio de tas Américas. De pronto un día decide probar fortuna y organiza una expedición; pero es una comitiva muy pequeña, en la que casi no caben ambiciones. El virrey le concede el permiso y Cortés fleta un par de barcos y parte con doscientos, trescientos hombres. Al principio no ocurre nada anormal. Cortés cosecha un par de éxitos mínimos. Y entonces sucede algo que cambia la historia de Hernán Cortés, de! Imperio español, del mundo occidental. Hernán Cortés se encuentra con Marina, una nativa de la aristocracia azteca de la que, según los rumores, Hernán Cortés se enamora. Oficialmente le sirve de intérprete para entenderse con los aztecas. Extraoficialmente, doña Marina de Moctezuma es la mano derecha de Hernán Cortés. Y su amante. Y lo más importante, la razón del cambio de su fortuna. Porque doña Marina de Moctezuma está en posesión de un anillo antiquísimo que ha sido fabricado con toda la sabiduría heredada de los aztecas. Un anillo de plata labrado exquisitamente que además posee algunos poderes arcanos. —El anillo —dije. —El anillo —afirmó Fuco Lois—, el anillo que cambiará el destino de Cortés y del Imperio español, A partir de ese momento la suerte de Cortés cambia. Se dirige hacia la capital azteca con sus doscientos hombres, y un golpe de suerte impide que su diminuto ejército sea masacrado: los aztecas toman a los jinetes y sus caballos por semidioses y un reverencial respeto impide que sean atacados. En Tenochtitlán, el azar provoca que Cortés convenza a Moctezuma de que es un dios. El que antes era un mediocre gestor es de pronto un dinámico líder, un hombre arrollador, un estratega brillante. Hernán Cortés es ahora un hombre audaz: secuestra al emperador y pide por él un rescate fabuloso en el mismo centro de la capital azteca. Después se ve obligado a huir en la Noche Triste, una noche que podría haber supuesto el desastre absoluto de no ser por una afortunada coincidencia: en el día en el que los aztecas estaban preparados para atacar, una terrible enfermedad los diezma y permite a los españoles salir de allí vivos. Luego, el empuje de Cortés le permite ganar todas las batallas y doblegar a los aztecas. Cortés es ahora el hombre más poderoso de su época. Durante algunos meses flirtea con la idea de rebelarse y separarse de España, pero un acontecimiento le hace desistir y aconseja que Cortés se quede lo más quieto posible. Apagó su cigarrillo alemán en un cenicero horrible que robé en un hotel de Benidorm de recuerdo por las peores vacaciones de mi vida. —¿Qué pasó? —Pues que un hombre le roba el anillo y huye a España. Y desde ese momento Hernán Cortés vuelve a ser un hombre gris que no hará nada destacado en su vida. Lo miré escéptica y Fuco aprovechó el impasse para encenderse de inmediato otro cigarrillo. —¿Tratas de batir un récord de consumo de tabaco? —¿Te preocupa mí salud? —preguntó Fuco Lois, interesado. —Sobre todo la mental —dije—, porque si crees que me voy a tragar ese rollo de Hernán Cortés es que estás muy loco. —Veo que ya me tratas de tú. Me alegro. Durante algunos años no sabemos qué ocurrió con el anillo —dijo Fuco Lois usando su ya viejo truco de no hacerme el más mínimo caso—. Probablemente el anillo acabó pasando de mano en mano hasta que llegó a la persona adecuada. Por ejemplo, a un discreto soldado corso que, al encontrarse el anillo y decidir quedárselo, cambiaría su historia personal. Y también la de toda Europa. Esta pregunta también me la sabía sin necesidad de recurrir al comodín del público: —Napoleón. —Napoleón Bonaparte. Un humilde soldado que inicia de repente una fulgurante carrera en el ejército francés. Un general que sabe de la importancia de la suerte en la vida. Tanto, que elige a sus generales entre los hombres que han demostrado su fortuna en campaña. —Un hombre que siempre que puede esconde su mano en la casaca para ocultar el anillo —dije en tono de chufla. —Exacto —dijo Fuco Lois, que no conocía el significado de la palabra chufla—. La suerte sonríe a Napoleón y él se aprovecha de ella cosechando múltiples éxitos en todos los campos de batalla de Europa. Hasta que un día pierde el anillo y su cuota de fortuna desciende abruptamente, agotándose en Waterloo.

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