Memorias de un amante sarnoso

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Nadie más impertinente ni mordaz para hablar del amor que Groucho, «amante sarnoso», como él mismo se califica, no sólo por su obsesión por las mujeres, sino sobre todo por su desfachatez. No contento con relatarnos algunas de sus aventuras galantes —condenadas invariablemente al fracaso—, Groucho se lanza a una hilarante historia universal del amor, o mejor dicho del sexo, «esa gloriosa experiencia que la madre naturaleza improvisó con el fin de mantenernos en pie y, de vez en cuando, acostados». Aunque estas memorias no revelen ningún gran escándalo erótico (por desgracia pues, como él dice, le habría asegurado las ventas) ni recetas infalibles para la conquista, sí proporcionan al lector a cada página incontables ocasiones de reirse. Ya trate de la vida de la farándula, de las fiestas de postín, o de algunas cuestiones capitales de la visión «marxista» de la vida, nada escapa a su verborreica causticidad.

ANTICIPO:
Hace ya muchos años, cuando era joven y célibe, me volvía loco por las chicas.

Esto no constituye una rareza, especialmente en un muchacho señalado por el destino como maníaco sexual en potencia.

La verdad es que, cuando a un hombre joven no le gustan las chicas, lo más probable es que algún psicoanalista acabe por decirle (después de cuatro años, a treinta y cinco dólares la sesión) que está enamorado de su padre o de su madre… o del vecino de enfrente.

Nunca he comprendido la sugestión que puede entrañar algún aspecto de este triángulo para un hombre joven (ni aun para un viejo), y, por otra parte, todos sabemos que la sociedad desaprueba cualquier tipo de anormalidad sexual.

Así es que aconsejo a los adolescentes que empiecen a perseguir a las chicas el mismo día en que empiecen a vestirse por sí mismos, y que desdeñen cualquier veleidad que no haría más que llevarles a la ruina física y moral, perjudicándoles incluso en su carrera política, ocasionalmente.

Afortunadamente, yo sólo me interesaba por las chicas y por mí mismo, y, por si esto fuera poco, andaba de bolos con una compañía de vodevil en la que figuraban ocho muchachas excepcionalmente atractivas. Dado que sólo éramos cuatro hermanos, teóricamente tocábamos a dos chicas por hermano (no hace falta ser un lince para sacar las cuentas).

A mí no me interesaba más que una, de modo que quedaban siete chicas para tres hermanos. Al decir que sólo me interesaba una chica, no significo que me interesase de un modo permanente. Todo mi interés se limitaba a llevármela a mi habitación. Ella era un auténtico bombón: pelirroja, sinuosa, y encantadora, cuando, como de costumbre, me dedicaba su adorable sonrisa.

Cierta noche, después de la representación, estábamos sentados en la cafetería del hotel.

Casualmente, como si fuera una ocurrencia, cuando en realidad la acción estaba planeada desde hacía varias semanas, me volví hacia ella y le dije:

—Gloria, ¿te apetece subir a mi habitación a beber unas copas de champán? Es nacional, pero apenas se nota la diferencia.

—Champán nacional -murmuró-.

¡Con lo que a mí me gusta! Aunque no lo creas, precisamente ayer leí un artículo en el “Tribune” de Minneápolis, en el que un experto afirmaba que, en la mayoría de los casos, el champán nacional es superior al de importación. Aún no había dicho que subiría a mi cuarto, pero su súbito entusiasmo por el champán nacional me inclinaba a la convicción de que no tardaría en cubrir de caricias a aquel encanto de criatura.

Me relamía ante la perspectiva. Desde luego, cualquiera hubiera dicho que tenía ya ganada la partida.

Pero, desgraciadamente, esto estaba muy lejos de ser cierto. La principal dificultad consistía en lograr que llegara a mi habitación. Hacer que pasara ante el conserje, era sencillo. Lo más difícil era sortear a los detectives del hotel. Aquellas sabandijas rondaban por todas partes, desde el ocaso hasta el alba, fisgando por las cerraduras y escuchando a través de las puertas, al acecho de ruidos sospechosos.

Los de la farándula éramos siempre sospechosos y si un polizonte del hotel oía una voz femenina en la habitación de un hombre, no tardaba en aporrear la puerta gritando:

—¡Haga salir de ahí a esa mujer, antes de que sea peor!

Yo tenía una bonita habitación, con un balcón sobre la bahía.

Para evitar sospechas, dije a Gloria que tomara el ascensor hasta el piso nueve, donde dormía con otra chica, y que subiera luego a pie hasta el piso siguiente, donde yo estaba. Por mi parte, para despistar, tomé la escalera de servicio, cubriendo materialmente al galope los diez pisos. El pensamiento puesto en Gloria y sus gloriosas formas, fue el motor que me prestó el aliento para tamaña proeza libido-deportiva. Había dado a la chica mi llave duplicada, de modo que, por fin, nos reunimos en mi alcoba palpitante de emoción (por lo menos yo).

¡Qué triunfo! ¡Qué panorama se ofrecía ante mí! ¡Me sentía cual Napoleón cruzando los Alpes o como Mac Arthur caminando sobre las aguas! Hacía un calor horroroso y, después de cerrar bien la puerta y pasar el pestillo, corrí a abrir el balcón, haciendo gala de un estilo digno de Rodolfo Valentino, aunque parece ser que éste vivía siempre en tiendas de campaña sobre las arenas del desierto (que nunca estaba tan desierto). La cosa marchaba como sobre ruedas.

El champán era increíblemente bueno, sobre todo si se tiene en cuenta que su vejez no alcanzaba las dos semanas. Mientras nos acomodábamos en el sofá entre lúbricas miradas, acertó a penetrar por el balcón una pareja de pichones. Me pareció entonces un toque de efecto muy oportuno. Ellos se arrullaban y nosotros también.

Aparte de mis zapatos y el puro que me estaba fumando, apenas había diferencia entre las dos parejas. Mientras Gloria y yo iniciábamos un movimiento de aproximación, entró otra pareja de palomas.

Y luego, otra. Al principio, se posaron sobre la balaustrada del balcón, arrullándose y dándose el pico. Como experto aficionado a los pájaros, comprendía muy bien que sus murmullos apuntaban a objetivos idénticos a los míos.

Al cabo de un rato, la balaustrada estaba cubierta de palomas, y, poco después, las más audaces recorrían con sus vuelos el ámbito de mi habitación, en busca de un rincón tranquilo donde anidar. Todo el mundo sabe que la práctica del amor constituye una experiencia aleccionadora, pero la afluencia de palomas era ya tal, que hacía imposible la realización de práctica alguna. El dormitorio entero se había convertido en un palomar y nuestra supervivencia clamaba imperiosamente.

Dejé de hablar a Gloria y empecé a dirigirme a los pichones, con voz suave y persuasiva, en su propio idioma. No sirvió de nada, en vista de lo cual solté unos cuantos alaridos. Debieron de tomarme por un pajarraco antipático, pero, sin prestarme mayor atención, prosiguieron en sus naturales actividades. Comprendí entonces que si no expulsaba a aquellos avechuchos de mi dormitorio, iban a resultar estériles mis esfuerzos y mi botella de champán.

Así, pues, volviéndome hacia Gloria, le dije:

—Palomita mía, ¿por qué no pasas un momento al cuarto de baño?

Mi sugerencia sorprendió a la chica, que se mostró ofendida, hasta cierto punto, con razón. Nuestras relaciones no habían llegado aún a esa intimidad que nos permite indicar a nuestra amante que vaya al cuarto de baño.

—¡Oye, monín! —me contestó—. ¡Soy bastante crecidita para saber cuando tengo que ir al lavabo… y ahora no es el momento!

—En bien de los dos -repliqué- te ruego que pases un momento al lavabo.

—Pero ¿qué diablos te propones al pretender que me meta en el cuarto de baño?

En aquel momento, una paloma en vuelo rasante me rozó una oreja. La eché un viaje, pero marré el golpe.

—Oye, amor mío, te quiero mucho —alegué desesperadamente—, pero ya puedes ver que así no vamos a ninguna parte. Las palomas nos han invadido la habitación y tengo que recurrir a los detectives del hotel. Estoy seguro de que no es la primera vez que sucede esto y de que ellos tendrán prevista la solución del problema.

Gloria gruñó suspicaz, pero, empuñando la botella de champán con gesto altivo, hizo mutis por la puerta del lavabo con toda majestad. A los cinco minutos, acudieron los pies-planos, que, sin decir palabra, cerraron el balcón, se quitaron las chaquetas y empezaron a ahuyentar a los plumíferos y sus consortes. Los seguí con la mirada mientras corrían y saltaban pasillo adelante.

Parecían dos pajarracos de mal agüero persiguiendo a sus presas. No llegué a saber cómo se las compondrían para expulsar a los pichones del hotel.

Tal vez no llegaron a hacerlo. Acaso pasaron a la cocina, para incorporarse al menú del día siguiente.

En cualquier caso, lo que yo quería entonces era ver desaparecer a los detectives y ver aparecer a Gloria.

Di unos golpecitos en la puerta y murmuré:

—¡Abre cariñito! ¡Ya puedes salir!

Apareció demudada y dijo, en un suspiro:

—Estoy malísima… me voy a mi cuarto. Será la última vez que huela siquiera el champán nacional.

Y aquélla fue la última vez que tuve junto a mí a Gloria, salvo en el escenario, entre otras siete chicas y tres hermanos. “Sic transit Gloria!”

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