Memorias de un caballero

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Defoe narra aquí la guerra civil inglesa mediante la ficción literaria del testimonio en primera persona de uno de sus actores, un caballero inglés a la antigua usanza, que interviene en la Guerra de los Treinta Años por simpatía personal hacia el rey Gustavo Adolfo de Suecia, antes de retirarse a su país para participar a favor de Carlos I en la guerra civil que enfrentó al Parlamento inglés con la corona, y que daría lugar a la primera, y única, república inglesa.

Se ha especulado con que estas memorias podrían estar basadas en la vida de Sir Andrew Newport, nombrado Lord Newport en 1642.

Nacido en 1660, la vida de Daniel Defoe no tiene nada que envidiar a la de sus personajes. Fue comerciante, político, espía del rey, de los torys y de los whigs, y periodista. Estuvo en la cárcel, gozó de la amistaddel rey Guillermo III, fue condenado a que le arrancaran las orejas en público y salvado por la multitud.

Se le atribuyen entre trescientas y quinientas obras, de las que las más recordadas son Robison Crusoe y Moll Flanders.

ANTICIPO:
Desde allí nos condujo el rey a la ciudad de Múnich, corte del duque de Baviera. Buena parte de los oficiales se habrían dedicado de buena gana a saquear el palacio del duque, pero el rey no lo consintió. Le pagó la ciudad 400.000 dólares y se desocupó el arsenal, en el que se encontraron ciento cuarenta piezas de artillería, y armas corrientes suficientes para el armamento de veinte mil hombres. La gran sala en que se guardaban las antigüedades y objetos valiosos del duque fue preservada, por orden especial del rey, procediéndose con el mayor cuidado. Esperaba yo poder permanecer allí algún tiempo, confiando por lo tanto en haberme podido dar perfecta cuenta de lo que encerraba aquel curioso museo; pero fui mandado fuera y no dispuse de tiempo, no habiendo querido los azares de la guerra ofrecerme otra oportunidad de vedo.

Bajo el mando del comisario Osta, los imperiales habían puesto cerco a Biberach, ciudad imperial no muy bien fortificada, cuyos habitantes estaban bajo la protección de los suecos. Los ciudadanos se defendieron lo mejor que pudieron por sí mismos, pero se encontraban en grave peligro y enviaron varios comunicados al rey, solicitando ayuda.

Destacó el rey inmediatamente un fuerte cuerpo de caballería, pero los imperiales nos ahorraron el trabajo, pues al conocer las noticias de la proximidad del monarca se asustó asta y abandonó Biberach, sin mirar atrás, a mi entender, hasta que llegó al Lago de Constanza, en los confines de Suiza.

A nuestro regreso de esta expedición el rey tuvo las primeras noticias de que se acercaba Wallenstein, el cual, a la muerte del conde Tilly, había sido nombrado general en jefe de las fuerzas del emperador; y después de estar en Bohemia, se encontraba ahora avanzando al frente de sesenta mil hombres, según Se dijo con intención de socorrer al duque de Baviera.

El rey, por consiguiente, con objeto de hallarse en situación adecuada para recibir a este gran general, resolvió abandonar Baviera y encaminarse a las fronteras de Franconia, para esperarle allí. Y conocedor de que los habitantes de Nuremberg serían los primeros sacrificados, a causa de las buenas relaciones que mantenían con él, resolvió defender esta ciudad a toda costa.

Sin embargo, no abandonó Baviera dejándola sin una defensa adecuada. Dejó a sir John Baner con un ejército de diez mil hombres en las cercanías de Augsburgo, yal duque de Saxe-Weimar con otro ejército igual en las proximidades de Ulm y Meningen, con órdenes de dirigir su marcha en tal forma, que en caso necesario pudiesen reunirse con él en pocos días.

Acampamos en los alrededores de Nuremberg a mediados de junio con una fuerza que, a causa de tantas disgregaciones, no pasaba de los diecinueve mil hombres. Por su parte, el ejército imperial, reunido con el bávaro, si no era tan numeroso como exageradamente se decía, no bajaba en realidad de sesenta mil hombres. El rey, si bien no era bastante fuerte para combatir, sí lo era suficientemente, como él solía decir, para que no se le pudiese obligar a luchar. Estableció el campamento a distancia de tiro de cañón de Nuremberg, de manera que para sitiar la ciudad tenía que sitiamos también a nosotros y fortificó su campo de manera tan formidable, que Wallenstein nunca osó atacarnos. El 30 de junio aparecieron las tropas de dicho general y el cinco de julio acamparon cerca de las del rey, situándose no del lado de Baviera, sino precisamente entre el rey y sus amigos de Schwaben y Franken, a fin de interceptar sus aprovisionamientos y obligarle a abandonar el campo por falta de vituallas.

Se trataba, pues, de ver quién podría subsistir durante más largo tiempo. El ejército del rey era fuerte en caballos, pues disponíamos de ocho mil soldados de caballería y dragones, cosa que nos dio gran ventaja en las varias refriegas que sostuvimos con el enemigo. Éste ocupaba toda la región y había tenido especial cuidado en asegurar el avituallamiento de sus tropas; había distribuido sus destacamentos en orden tan excelente para asegurar sus convoyes, que sus carros iban de etapa en etapa con tanta seguridad como en tiempo de paz, contando además con grupos de protección que estaban apostados en la carretera, a cada cinco millas. El general imperial permanecía por lo tanto junto a nosotros, contando con la seguridad de que el rey acabaría por verse oblIgado a entablar combate para abrirse camino, luchando en condiciones desventajosas, o en otro caso a levantar el campo por falta de provisiones, dejando que la ciudad de Nuremberg fuese presa de su ejército: pues parece que Wallenstein había jurado destruir la ciudad, haciendo de ella un segundo Magdeburgo.

Pero el rey, que no se dejaba coger tan fácilmente, había madurado también sus planes, para contrarrestar los del general imperial. Tenía dada su palabra de honor a los nurembergueses de no abandonarles; y ellos, por su parte, se habían comprometido al aprovisionamiento de nuestro ejército, que llevaban a efecto tan eficazmente, que no había necesidad de exponer a las tropas a peligro alguno para acompañar convoyes o salir en busca de forrajes,

La ciudad de Nuremberg es muy rica y populosa, y el rey, muy sensible al peligro que podía correr, había empeñado su palabra de defenderla, conforme he dicho ya anteriormente, cuando aterrorizados por las amenazas de los imperiales, habían enviado diputaciones al rey, suplicándole que les tomase bajo su amparo, defendiendo la plaza en caso necesario. Por otra parte, en la ciudad se disponía de provisiones de toda clase para las personas y para los caballos, en cantidad tal que aunque Wallenstein hubiese permanecido allí seis meses no se habría conocido la escasez; cada casa particular era un almacén, el campamento del monarca estaba avituallado con toda clase de provisiones, y el mercado de la ciudad se encontraba siempre repleto y los precios eran tan baratos, como en tiempos de paz. Los magistrados actuaban tan cuidadosamente y atendían con un orden tan excelente a la buena distribución de las provisiones de toda clase que no le era posible a ningún comerciante o grupo de ellos el encarecimiento de producto alguno, ya que los precios eran regulados diariamente en la casa de la ciudad; y si alguien pretendía obtener del trigo, por ejemplo, un precio superior al de la relación, no le era posible vender, porque en los almacenes oficiales de la ciudad el consumidor compraba más barato. Contrasta lo ocurrido en este caso con el proceder de la ciudad de Magdburgo, que, habiendo sido invitada al desembolso de fondos y a facilitar dinero para atender a un prudente aprovisionamiento de víveres y a tener una guarnición suficiente para la defensa de la ciudad, desoyó el ruego del rey, oponiendo dificultades incluso a movilizar su propia gente o a admitir tropas reales para mantener la defensa, por miedo a la carga que su sostenimiento representaba; habiendo sido todo esto la causa de la ruina de la ciudad. .

La ciudad de Nuremberg abrió los brazos para recibir la ayuda ofrecida por los suecos y, al mismo tiempo, abrió su bolsa para costear los gastos de defensa de la ciudad y de la causa común: y esta decidida actitud fue lo que la salvó de la destrucción. Los vecinos ricos y los magistrados tenían abiertas las puertas de sus casas, en las que los oficiales del ejército eran siempre bien recibidos; y el concejo de la ciudad puso tanto tacto en el cuidado y sostenimiento de los vecinos pobres, que no se oían quejas ni se producía el menor desorden. No hay duda de que aquella situación le costó a la ciudad una suma enorme de dinero; pero la verdad es que nunca he visto un pueblo soportar las cargas públicas con tanta resignación y buena disposición de ánimo, como tampoco he visto en mi vida una administración pública llevada con tanta prudencia y escrupulosidad.

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • Garay
    on

    La cogí con muchas ganas y como descripción de las guerras de Alemania e Inglaterra es interesante, pero la forma de escribir es un poco anticuada y pesada. Recomiendo leerla poco a poco.

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