Memorias de una Zorra

MemoriasZorraFrancescaPetrizzo

Con voz potente y conmovedora, Helena de Troya narra, por primera, vez su propia historia.
Una nave frente a las costas griegas. A bordo, una mujer trata de distinguir el perfil del Peloponeso en la luz incierta del crepúsculo. Es Helena de Troya, devuelta a su patria por su marido, Menelao, después de la destrucción de la orgullosa ciudad.
Al viento y a las olas, ella confía su propia historia. Y su voz, melancólica y vibrante, nos habla de una criatura sedienta de amor, llena de pasión y sensualidad, pero obligada a casarse con un hombre al que no ha elegido. Una decisión de la que nacerán lutos y tragedias, porque Helena buscará entre otros brazos aquello que le ha sido negado.
La figura de Helena irrumpe en el relato con la fuerza, la rabia y la dulzura de un personaje auténtico, arquetipo de todas las mujeres que a través de los tiempos han opuesto las razones del corazón a las del poder.

ANTICIPO:

11

Menelao era un hombre bueno. Lo supe con certeza al verlo avanzar hacia mí por la sala del trono. Bueno. Y enamorado desde el instante en que sus ojos acariciaron mi piel. Menelao, Menelao. La voz de Agamenón tenía una nota de irrisoria compasión. Bueno de manera paté­tica, sí. Grandes ojos marrones, ojos de perro abandona­do. Cabello rojizo y apagado. Las facciones ordinarias no encajaban con las de un príncipe de sangre. Había ve­nido a tomar Esparta porque no había podido tener Mi- cenas. Alargó una mano, tímidamente. Los ojos de Tín- daro eran hielo sobre mí, pero no habría dejado aquella mano sola. La pena fue el primer sentimiento que me inspiró mi marido, y me odié a mí misma y lo odié a él porque no podía ser de otra manera. Menelao. Hombros caídos y piernas cortas. Mis dedos se cerraron en torno a los suyos, a su palma bañada de sudor.
Clitemnestra, encinta por segunda vez, junto a su marido, sonreía con la sonrisa de lobo que los años no habían mellado. Pero ahora había bastante fuego dentro de mí para aguantarla. Yo soy de piedra. Me adelanté, besando a Menelao en la mejilla derecha.
El banquete fue la réplica exacta del celebrado, de­masiados años antes, para la boda de mi hermana. El jar­dín iluminado con antorchas, el palacio vacío. Pero aho­ra era yo quien estaba sentada en el centro, era yo la que estaba vestida, por última vez, de blanco. Pero no lleva­ba collares en el cuello: el regalo de Menelao había sido una larga gargantilla de oro y perlas. Imperfectas e irre­gulares. Las atormentaba entre los dedos mientras, plato tras plato, el banquete continuaba. Más allá del cono de luz de las antorchas, mis fantasmas silenciosos volvían a caminar.
Leda quiso prepararme para la primera noche. En la habitación de al lado dormían Clitemnestra y Agame­nón. Por el tono bajo con que me habló mi madre com­prendí que ellos permanecerían toda la noche en morbo­sa escucha.
—Menelao es un tonto. Tomará la sangre menstrual por la de tu virginidad. Sólo cuídate de ocultárselo la próxima noche. En tu descargo, aduce el pudor.
Asentí en silencio. Tenía la garganta seca, una especie de náusea sin vómito que no me había dejado desde que había visto a Diomedes partiendo al galope.
—Escucha, Helena. —La voz de Leda estaba endure­cida por el dolor. Con tres dedos me levantó el mentón, obligándome a mirarla a los ojos—. No quería esto para ti. Te lo habría ahorrado si hubiera podido.
Le creía. Mi voz sonó lejana.
—Lo sé.
No intentó abrazarme. Sabía que estaba más allá de su ayuda. Perdida. Aflojó el cierre de la gargantilla y la posó sobre la mesa.
—¿Quieres que te cepille el cabello?
Sí. Cualquier cosa con tal de alejar el momento en que llamarían al esposo. Me senté frente al espejo de bronce. Peine de madera que deshace los nudos. Manos de madre ya envejecida que puede concederse la ternura. Rostro de extranjera que Helena ya no será. Vendida a peso de oro. Fin de los sueños. Mírate bien, apréndete de memoria. Mañana por la mañana será otra cosa. No es el sexo, Helena. Es esta corona que pesa. Esta ausen­cia que desgarra. Este hombre con el que compartirás la cama, por el que tienes tanta piedad que acabarás odián­dolo. Es un decir, Helena. Nunca más respirarás los hu­mos del laurel, lo has prometido. Pero esta realidad es demasiado punzante para soportarla un momento más.
Leda posó el peine y me recogió el cabello en una cinta. Luego se deslizó fuera, silenciosa. Me quedé mi­rando las manchas de bronce del espejo. El cabello bien peinado, la túnica blanca. No tenía ganas de llorar, sólo de aullar, pero habría sido inútil. Tíndaro y Leda se mar­charían a la mañana siguiente. Deprisa y sin mirar, quité la faja absorbente entre los muslos. Un momento antes de que Menelao abriera la puerta. Un tímido chirrido de goznes y pasos silenciosos sobre el pavimento. Soplé el candil.
Al día siguiente, la luz era cruda. Me forzaba los pár­pados con prepotencia. Me volví y descubrí con alivio la cama vacía. Menelao había cumplido con su deber. Cuando había alargado los brazos para ceñirme yo había permanecido inmóvil. Como si pudiera impedir que la sangre corriera más allá, traicionara la vida. Yo soy de piedra. Me había estrechado, sí, hacia él, y yo no había reaccionado, pero desde luego había sentido la repulsión en mis músculos tensos y duros. No lo quería, no. Podía tener piedad de él. Podía ser amable, hasta que un odio silencioso me hubiera quemado en las venas. Pero no podía fingir, así no.
Con un suspiro él se había vuelto sobre la espalda. Apretando la sábana contra mi cuerpo, habría querido llorar. Pero no podía, y eso me hizo más daño. En mis ojos secos, el aire escocía. Menelao se había dormido pronto. Roncaba, gruñidos lanzados por su corta nariz. Con los brazos extendidos ocupaba mi espacio. Al otro lado de la pared, Clitemnestra gemía como la zorra que decían que era yo.
Sobre la piel raspaban las sábanas apelmazadas, rígi­das por la sangre y el esperma seco. Disgustada, fui a la­varme. Poco después apareció una doncella para recoger la sábana sucia. Agamenón habría querido verla. Gol­pearon a la puerta, dos veces, con calma.
—Adelante —dije, y empecé a peinarme con tirones furiosos.
Nada menos que Clitemnestra. Acicalada ya por la mañana, piedras preciosas entre el cabello llameante.
—¿Ha sido una buena noche?
Sonreía. Apreté los labios. El peine entre el cabello hacía daño. No le respondí. Se sentó al borde de la cama, balanceando cuidadosamente la barriga redonda. Acari­ciándola con insoportable altivez.
—Fingiré creer que he oído un sí.
Había veneno en mi respuesta:
—Como prefieras, hermana.
Su sonrisa se heló sin temblar.
—Parten esta mañana, ¿sabes? Deberías venir a salu­darlos.
Tíndaro y Leda. Dejé el peine. Vacilaron mis dedos sobre la gargantilla de perlas, pero Menelao habría que­rido que me la pusiera. Me levanté. La boca delgada de Clitemnestra se torció en una mueca de disgusto.
—Deberías cuidarte más.
—¿Como tú? Soy siempre la más bella, recuérdalo.
Sus dedos en torno a mi muñeca. A pesar de la barri­ga, seguía siendo la más fuerte.
—Ten cuidado, Helena.
Pero no era una niña, ya no. Y ahora estaba a salvo de su odio. Sonreí, sacudiéndomela de encima.
—Primero las «mamaítas» —Y le cedí el paso hacia la puerta, ceremoniosa.
Me precedió con dignidad, con los ojos reducidos a fisuras. Miré a mis espaldas por última vez. En el espejo, una desconocida. Obra suya. Dos líneas profundas que antes no estaban marcadas en las comisuras de los labios.

12

Carros y caballos. Reyes. Agamenón delante de la puerta, con los brazos cruzados y una vestidura suntuo­sa de lino fenicio sobre los hombros. Menelao junto a él, con una diadema blanca sobre el cabello. Diademas. Diomedes, al que el sol recordaba en medio de aquel pa­tio, y aquel hombre tan pequeño. Mi marido me sonrió tímidamente, y yo a mi vez le sonreí. No era culpa suya. Mientras consiguiera creer en él, podía sonreírle. Tínda­ro ya esperaba en el coche para dos, su auriga inmóvil, de pie junto a los caballos.
¿Cómo se saluda a un padre? ¿Se bajan las escaleras corriendo, se lo abraza? Nosotros, no. Tíndaro y yo, no. Encima de aquella escalinata miré sus ojos verdes engar­zados entre arrugas, y dije adiós. Asentí. Nada más.
—Llegaremos al mar en dos días, Menelao. Luego devolveré los caballos. Nos espera una nave para llevar­nos a Cefalonia.
El reino de su exilio. Piedras, escollos y cabras. Mi prima Penélope y su marido Ulises más allá de un brazo de mar. Leda salió del palacio por detrás de mí sin hacer ruido. Abrazó a Clitemnestra, luego se volvió hacia mí: —Reina de Esparta, te saludo.
—Siempre Helena, madre.
Mentí, sí. Leda me acarició una mejilla, despacio.
—Tienes mis joyas, disfrútalas, hija mía. Y cada tan­to acuérdate de mí.
Clitemnestra a sus espaldas tornó más rígida aún su ya áspera expresión. Yo sólo conseguí bajar la cabeza en señal de asentimiento.
Agamenón y Menelao se inclinaron. Leda saludó a ambos con un gesto real de la cabeza. Luego se bajó el velo reluciente sobre el rostro y descendió las escaleras sin volverse. Desapareció entre las cortinas de la litera que la esperaba. Tíndaro nos miró, una vez más. Miró el palacio de Esparta, su palacio, como sabía que también Leda estaba haciendo desde detrás de las cortinas corri­das. Toda una vida. Vi moverse sus labios, pero no con­seguí entender qué estaba diciendo. Qué quería decir. Hizo un gesto brusco y silencioso. El auriga subió al coche y dio un golpe de riendas. Gritos ásperos resona­ron por todo el patio mientras el séquito se ponía en movimiento. Cuatro esclavos levantaron la litera de mi madre, se pusieron en fila con los otros. La brisa movió las cortinas de lino, mostró durante un momento a la mujer vestida de manera sencilla, sin joyas, como no ha­bía estado ni siquiera durante el duelo. Era mi imagina­ción, me repetí, la que me hacía ver el llanto en sus me­jillas. La cortina volvió a caer. El cortejo desapareció al otro lado de la puerta. También Tíndaro se había vuelto, miraba adelante, hacia las montañas del Peloponeso. La guardia real, formada a lo largo de la cuesta, saludó ba­tiendo las lanzas y los escudos. Un alarido de guerra sonó casa por casa, a través de toda Esparta. Sólo eso. Bajo el sol del mediodía las calles estaban vacías.

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1 Opinión

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  • jane
    on

    Tengo que dar este testimonio milagroso

    Mi nombre es JANE.I le encantaría compartir mi testimonio a todas las personas en el foro porque yo nunca pensé que voy a tener a mi novia y ella significa mucho para mí .. La chica quiero conseguir casar a mi izquierda 4 semanas para nuestra boda por otro hombre .., cuando la llamé ella nunca tomó mis llamadas, Me eliminada en su facebook y cambió su estado de Facebook de casada solo … cuando me acerqué a ella, a su lugar de trabajo, dijo a su jefe nunca quiere verme. Perdí mi trabajo como resultado de esta cos i no puedo conseguir mi mismo nunca más, mi vida estaba al revés y todo no fue suave con mi vida … He intentado todo lo que podía hacer para tenerla de vuelta a todos los que no funcionó hasta que Conocí a un hombre cuando viajo a África para ejecutar algunos negocios han estado desarrollando hace algunos años. Le conté mi problema y todos han pasado a través de recuperarla y cómo perdí mi trabajo … me dijo que me Goanna ayudar … yo no creo que en el primer lugar. Pero juró que me va a ayudar y me dijo que la razón por la que mi novia me dejó y me contó algunos secretos ocultos ‘se sorprendió cuando me enteré de que a partir de él. Dijo que va a lanzar un hechizo para mí y voy a ver los resultados en el próximo par de días. luego viajo a EE.UU. al día siguiente y lo llamé cuando llegué a casa y me dijo que él está ocupado echando esos hechizos y él ha comprado todos los materiales necesarios para los hechizos, dijo am Goanna ver resultados positivos en los próximos 2 días es el jueves … Mi novia me llamó exactamente a 24:35 el jueves y disculpas por todo lo que ella había hecho .. ella dijo, ella nunca supo lo que está haciendo y su comportamiento repentino no fue intencional y se prometió no volver a hacerlo. era como si estoy soñando cuando me enteré de que a partir de ella y cuando terminamos la llamada, me llamó al hombre y le dije a mi esposa llamó y me dijo que yo no he visto nada … Me dijo que yo también voy a hacer mi trabajo de nuevo en 3 días el tiempo. y cuando el domingo, me llamó a mi lugar de trabajo que debo volver a trabajar el lunes y me Goanna compensar el límite de tiempo han pasado en su casa sin trabajar. Mi vida está en forma, tengo mi novia y estamos felizmente casada ahora con niños y tengo mi trabajo también. Este hombre es realmente poderoso. si tenemos capacidad para 20 personas como él en el mundo, el mundo sería un lugar mejor. también ha ayudado a muchos de mis amigos a resolver muchos problemas y todos son felices ahora. Estoy publicando esto en el foro para cualquier persona que esté interesada en conocer al hombre en busca de ayuda. usted puede enviar su tookutaspellhome@gmail.com no puedo dar a sus cos número me dijo que no quiere ser molestado por muchas personas en todo el mundo .. dijo que su email es correcto y él será respondido a los correos electrónicos asap .. espero que ayudó u alejado demasiado .. buena suerte: okutaspellhome@gmail.com .. UNA VEZ MÁS SU DIRECCIÓN DE CORREO ELECTRÓNICO ES: okutaspellhome@gmail.com

    Gracias por Dr Okuta

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