Mi bella desconocida

MiBellaDesconocida

Julia Wentworth es una actriz de teatro que tiene todo Londres a sus pies. Sin embargo, guarda un secreto increíble: un marido misterioso al que no conoce y a quien no se atreve a mencionar… Durante años, Damon Savage ha estado buscando a la desconocida con quien sus inescrupulosos padres lo casaron sin su consentimiento. Lo único que quiere es librarse de quien imagina una chiquilla tonta. Pero se llevará una gran sorpresa al descubrir que se trata, nada menos, de la exquisita actriz a la que deseaba convertir en su amante…
Lisa Kleypas con casi diez millones de ejemplares vendidos y traducida a más de una docena de idiomas, es una de las autoras más populares de la novela romántica. Es autora de más de veinte novelas románticas históricas, muchas de las cuales han figurado en las listas de best sellers estadounidenses. Entre ellas figuran Secretos de una noche de verano, Sucedió en otoño, El diablo en invierno, Dame esta noche, Tuya a medianoche y Seducción al amanecer, todas ellas publicadas por Vergara.

ANTICIPO:

No bien el detective contratado salió de la habitación, Damon abandonó todo intento de fingir calma. Jamás se daba el lujo de perder el control de sí mismo, pero esta frustración era demasiado grande para soportarla. Sintió ganas de gritar, de golpear a alguien; a duras penas pudo contenerse. No tuvo conciencia de que tenía un vaso de cristal en la mano hasta que oyó que se estrellaba en la chime­nea de la biblioteca con fuerte explosión.
—Maldita sea, ¿dónde está ella?
Unos instantes después se abrió la puerta y su hermano, lord William, asomó la cabeza.
—Parece que el detective no ha tenido la suerte de encontrar a nuestra misteriosa marquesa.
Damon guardó silencio, aunque un sonrojo poco frecuente en él delataba sus emociones. Si bien la semejanza entre los dos hermanos era notable, sus temperamentos no podían ser más diferentes. Los dos tenían cabello negro y las impactantes y bien cinceladas faccio­nes características del clan Savage. Sin embargo, los ojos grises de Damon, de un color que recordaba al humo y a las sombras, rara vez dejaban ver sus pensamientos mientras que la expresión de los de William era, casi siempre, de picardía. William era dueño de un en­canto y de un aire despreocupado que Damon, el mayor, nunca ha­bía tenido tiempo ni ganas de cultivar.
Hasta esa altura de su breve vida de veinte años, William se las había arreglado para meterse en un sinnúmero de enredos y situacio­nes difíciles. Había pasado por ellos con la juvenil convicción de que nunca le sucedería nada malo. A pesar de todo, era raro que Damon lo regañase, pues sabía que, en el fondo, William era un buen mucha­cho. ¿Qué importancia tenía si se permitía, de vez en cuando, entregarse a la alegría? Damon quería que su hermano menor tuviera toda la liber­tad y las ventajas que él jamás había tenido… y estaba dispuesto a proteger a William de las duras realidades que él no había podido ahorrarse.
—~Qué ha dicho? —quiso saber William.
—Ahora no tengo deseos de hablar.
William entró en la habitación y enfiló hacia un aparador que había sobre un pedestal y donde sé guardaban hileras de lujosos bo­tellones de cristal tallado.
—¿ Sabes una cosa? —dijo el joven, como al pasar—, no es nece­sario que encuentres a Julia Hargate para librarte de ella. Has estado buscándola durante tres años y no hay señales de ella ni aquí ni en el extranjero. Es evidente que los Hargate no quieren que la hallemos. Sus parientes y amigos no quieren o no pueden divulgar ninguna infor­mación. Yo me atrevería a afirmar que podrías obtener la anulación.
—Pero no lo haré sin que Julia lo sepa.
—Pero, ¿por qué? Dios sabe que tú no le debes nada.
—Le debo una fortuna —replicó Damon, torvo—. Mejor di­cho, la familia se la debe.
William meneó la cabeza mientras entregaba a su hermano un vaso con coñac.
—Tú y tu condenado sentido de la responsabilidad. Cualquier otro, en tu situación, se habría librado de Julia Hargate como si fuese un lastre no deseado. ¡Ni siquiera la conoces!
Damon bebió un generoso trago de coñac, se levantó de su silla junto al escritorio y comenzó a pasearse por el cuarto.
—Necesito encontrarla. En esta situación, ella fue una víctima tal como lo he sido yo. El acuerdo se realizó sin nuestro consenti­miento pero, al menos, podemos disolverlo juntos. Además, no quiero dar ni un paso en ningún sentido sin hacer algún tipo de arreglo en beneficio de ella.
—Ella, con el respaldo de la fortuna de su familia, no necesita ningún arreglo.
—Existe la posibilidad de que ella haya roto con los Hargate. Y yo no lo sabré hasta haberla encontrado.
—Me cuesta creer que Julia sea una indigente, hermano. Lo más probable es que esté divirtiéndose en alguna playa de la costa france­sa o italiana y viviendo muy bien con el dinero de papá.
—Si fuese así, a estas alturas ya la habría encontrado.
William vio que su hermano se acercaba a la ventana. Se gozaba, desde allí, de una vista espectacular, al igual que desde casi todas las habitaciones de ese castillo medieval modificado. Estaba construido sobre un lago, con grandes arcos de piedra que lo sostenían sobre el agua, y en los cuales se apoyaba la antigua construcción que se eleva­ba hacia el cielo. Muchos de los muros de piedra color ámbar, otrora impenetrables, habían sido reemplazados por magníficas ventanas cerradas con paneles de cristal en forma de rombos. Detrás del casti­llo se extendía la verde e interminable campiña de Warwickshire, con sus lozanas pasturas y sus jardines. Mucho tiempo atrás el casti­llo había sido una sólida defensa contra los invasores de Inglaterra; ahora, parecía haberse apaciguado hasta convertirse en un edificio de suave y graciosa madurez.
La familia Savage había estado a punto de perder la posesión de su hogar ancestral y todas sus otras posesiones, a consecuencia de las malas inversiones del actual duque, por no mencionar su inclinación al juego. Lo único que había salvado a la familia de la ruina había sido el matri­monio de Danion con Julia Hargate y la dote que había entregado el padre de ella. Y ahora, le debían a la joven el título de duquesa, que no demoraría en llegar a juzgar por el mal estado de salud de Frederick, el padre de ellos dos.
—Gracias a Dios que yo no soy el primogénito —dijo William con acento sincero—. Fue un acuerdo bastante extraño el que realizó nuestro padre casando a su hijo a los siete años para así poder contar con dinero para pagar sus deudas de juego. Y, más extraño aún, es el hecho de que tú no la hayas visto desde entonces.
—Yo nunca quise ver a Julia. Para mí, fue más fácil hacer como si no existiera. No podía aceptar que ella era… es parte de mi vida.
Los dedos de Damon se apretaron alrededor del vaso.
—~El matrimonio es legal? —preguntó William.
—No… pero ése no es el meollo de la cuestión. Nuestro padre ha hecho una promesa hace años, y esa promesa me involucra a mí. Yo tengo la responsabilidad de honrarla o, al menos, reembolsar a los Hargate el dinero que habíamos recibido de ellos.
—Honor… responsabilidad… —reflexionó William, estremecién­dose y haciendo una mueca juguetona—. Las dos palabras que me­nos me agradan.
Damon hizo girar la bebida y clavó su melancólica mirada en el vaso. Si bien Julia no tenía la culpa, cada una de las letras de su nombre era un eslabón de la cadena invisible que lo ataba. No podría estar en paz hasta que no resolviera la cuestión.
—He imaginado a Julia de. cien maneras diferentes —dijo Damon—. No puedo dejar de especular acerca de ella y de pregun­tarme qué fue lo que la llevó a desaparecer de este modo .~Por Dios, cómo quisiera yerme libre de ella!
—Quizá, cuando la encuentres, Julia quiera exigirte que cum­plas tu obligación. ¿Habías pensado en eso? Tú has triplicado la for­tuna de la familia desde que te hiciste cargo de las finanzas de los Savage —le hizo notar William, con un brillo burlón en sus oscuros ojos azules—. Y tú resultas atractivo a las mujeres, a pesar de tu ca­rácter sombrío. ¿Por qué crees que con Julia sería diferente? Ella quie­re lo mismo que todas las mujeres: ún esposo con un título aristocrá­tico y una fortuna que acompañe a ambas cosas.
—Yo no sé qué ella quiere de mí —dijo Damon, dejando esca­par una amarga carcajada—. A juzgar por el hecho de que aún se oculta, parece no querer nada de mí.
—Bueno, será conveniente que hagas algo con respecto a esta condenada situación pues, de lo contrario, Pauline te convertirá en bígamo.
—No voy a casarme con Pauline.
—Ella ha dicho a todo el mundo en Londres que vas a casarte con ella. Por Dios, Damon, ¿no crees que deberías decir a Pauline que los rumores de que estás casado son ciertos?
La alusión a Pauline, lady Ashton, hizo que el ceño de Damon se profundizara. Esa viuda joven y sensual había estado persiguiéndolo durante un año, invadiendo su intimidad, arrinconándolo en cada una de las reuniones sociales a las que él asistía. Pauline pertenecía a esa clase de mujer que sabía muy bien cómo complacer a un hombre. Era una bella mujer de cabellos oscuros, sin inhibiciones en la cama y con un seco sentido del humor que atraía a Damon.
En contra de su propio sentido común, él había iniciado un romance con Pauline hacía unos seis meses. Después de todo, él era un hombre con las mismas necesidades que cualquier otro, y no le agradaban mucho las prostitutas. Tampoco tenía interés en las ban­dadas de vírgenes obsesionadas por el matrimonio que se presen­taban en sociedad cada temporada. Ellas estaban prohibidas para él, si bien el hecho de su matrimonio no era demasiado conocido por el público.
El último tiempo, sin embargo, Pauline había iniciado una cam­paña para convertirse en la siguiente marquesa de Savage. Hasta ese momento, había tenido la astucia de no presionarlo ni exigirle nada. Más aún, todavía no se atrevía a preguntarle si era cierto el rumor de que él ya tenía esposa.
—Ya le he dicho muchas veces a Pauline que no abrigue esperan­zas de forjar un futuro conmigo —replicó Damon, en tono áspe­ro—. No la compadezcas: ella ha sido generosamente recompensada por el tiempo que ha pasado conmigo.
—Oh, no compadezco a Pauline —aseguró William—. Tengo una idea bastante clara de las joyas, vestidos y cuentas bancarias que le has dado —dijo, dibujando una taimada sonrisa—. Debe de ser sobre­manera entretenida en la cama para merecer todo eso.
—Ella es buena en muchos aspectos. Bella, encantadora e inteli­gente. En suma, no sería una mala esposa.
—No estarás pensando seriamente en… —William frunció el entrecejo y miró, sorprendido, a su hermano—. ¡Esta clase de con­versación me alarma, Damon! Es probable que agrades a Pauline, hasta puede que esté encariñada contigo pero, en mi opinión, ella no es capaz de sentir amor.
—Tal vez, yo tampoco —murmuró Damon, con semblante ines­crutable.
Se hizo un silencio extraño, durante el cual apareció en el rostro de William una expresión estupefacta. Entonces, lanzó una breve carcajada:
—Bueno, yo no diría que te haya visto locamente enamorado… pero haber estado casado desde los siete años es un obstáculo para ello. No has querido sentir nada por una mujer debido a una supues­ta obligación por una muchacha que jamás has conocido. Yo te acon­sejaría que te deshicieras de Julia… y tal vez te sorprendas de lo pron­ro que se deshiela tu corazon.
—Siempre el mismo optimista —le reprochó Damon, indicando a su hermano con un ademán que saliera de la habitación—. Tendré en cuenta tu consejo, Will. Entre tanto, tengo cosas que hacer.

Julia reprimió un bostezo de aburrimiento mientras recorría el salón con la mirada. El baile era una velada elegante, con música alegre, gran despliegue de tentempiés y bebidas, y una cantidad de invitados con titulo y fortuna. Hacía demasiado calor en el salón, aun cuando las imponentes ventanas rectangulares estaban abiertas y dejaba pasar la fresca brisa del verano que llegaba desde el jardín. Los invitados se secaban, con disimulo, los rostros sudados y bebían in­numerables copas de ponche de frutas, entre una y otra pieza de baile.
Pese a las objeciones de Julia, Logan Scott había insistido en que ella lo acompañase a la fiesta de todo el fin de semana que daban lord y lady Brandon, en su casa de campo de Warwickshire. Julia tenía plena conciencia de que no era su compañía, precisamente, lo que Logan deseaba si bien, en los últimos dos años, habían entablado una cierta amistad. En realidad, él buscaba la ayuda de ella por su capacidad para atraer donaciones para el teatro Capital.
Julia, de pie junto a Logan en un rincón del salón, conversaba discretamente con él, antes de que cada uno de ellos se mezclara, por separado, con diversos invitados. Ella alisó la falda de su vestido de seda de color azul hielo, de sencillo diseño, con un amplio escote recto que casi dejaba al descubierto sus hombros. Fuera de las cuatro bandas de satén azul que ceñían el vestido a su esbelta cintura, su único adorno era el sutil dibujo de cordones y bandas de satén en el dobladillo.
Logan habló junto al oído de Julia, mientras su mirada perspicaz barría el salón.
—Lord Hardington está maduro para caer. Es aficionado al teatro y tiene debilidad por las mujeres bellas. Y, lo más importante, tiene un ingreso privado de diez mil libras por año. ¿Por qué no comentas con él la temporada que se aproxima y la necesidad que tenemos de contar con más auspiciantes?
Julia sonrió con fastidio mientras observaba al anciano y robusto caballero de mejillas rubicundas. Volvió su vista hacia Logan, que producía un impacto con su levita negra de fiesta, su chaleco de seda verde esmeralda y sus ajustados pantalones de color crema. Las luces de los candelabros hacían brillar su cabello como si fuese de caoba lustrada. Todos los presentes habían asistido a la fiesta por motivos sociales; Logan, en cambio, veía la reunión como una oportunidad para hacer negocios. Estaba dispuesto a usar su apostura y su encanto para solicitar fondos para el Capital… y, como siempre, tendría éxi­to. Casi todos querían asociarse con un hombre a quien se considera­ba uno de los más grandes artistas de la escena que Londres había conocido.
Para sorpresa de la propia Julia, su popularidad había crecido rápidamente en el teatro y le había otorgado un relieve social que era considerado significativo para una actriz. Tenía una elevada paga que le había permitido comprar una casa en la calle Somerset, a poca distancia de la de su antigua profesora, la señora Florence. La ancia­na se enorgullecía del éxito de Julia como si hubiese sido suyo y la recibía calurosamente cada vez que Julia tenía la posibilidad de ir a tomar el té con ella y a conversar sin prisa.
En ese mismo momento, Julia deseaba estar con la señora Florence en lugar de estar perdiendo el tiempo con personas que se considera­ban superiores a ella; soltó un suave suspiro.
—No me agradan estas reuniones con tanta gente —dijo, más para sí que para Logan.
—No se nota. Te mueves entre estas personas como si hubieses nacido en este medio —dijo Logan, mientras quitaba una pelusa de su manga—. Harías bien en reclutar a lord Landsdale, el de baja estatura, que está junto a la mesa de los bocadillos.., y a lord Russell, que hace poco tiempo ha recibido un interesante patrimonio. Tal vez, una sonrisa cálida y un poco de animación lo convencieran de convertirse en patrono de las artes.
—Ojalá ésta sea, por un buen tiempo, la última fiesta de fin de semana a la que tenga que asistir. Me incomoda halagar a hombres viejos y ricos con la esperanza de que den parte de su dinero para el teatro. Quizá, la próxima vez puedas traer a Arlyss o a alguna de las otras actrices…
—No quiero a una de las otras. Tú eres tan eficaz en estas re­uniones como lo eres en el escenario. En el término de dos años, te has convertido en la adquisición más valiosa del Capital… fuera de mí, claro.
Julia sonrió con picardía.
—Caramba, señor Scott, si sigue elogiándome, tal vez le pida un aumento en la paga.
Él resopló por la nariz.
—No me sacarás un solo chelín más. Ya eres la actriz mejor pa­gada de que yo tenga noticia.
Su expresión ceñuda hizo reír a Julia.
—Ah, si el público supiera que al mismo individuo que me trata tan apasionadamente sobre el escenario y me ha conquistado miles de veces como Romeo, Benedick y Marco Antonio, fuera del escena­rio sólo le importan los temas relacionados con los chelines y los negocios… Es probable que parezcas un personaje romántico a las damas de Londres, pero tienes el alma de un banquero, no de un amante.
—Y gracias a Dios. Y ahora, ve y engatusa a los caballeros que te he indicado.., ah, y no te olvides de ése —dijo Logan, indicando con la cabeza a un hombre de pelo oscuro que se encontraba en medio de un grupo pequeño, a pocos metros de allí—. Él ha administrado las propiedades de la familia durante los últimos años. Al ritmo que lleva, en cualquier momento va a convertirse en uno de los hombres más ricos de Inglaterra. Harías bien en convencerlo de que se intere­se en el Capital.
—~Quién es?
—Lord Savage, el marqués de Savage.
Logan le dirigió una breve sonrisa y se alejó, para reunirse con algunos conocidos.
Lord Savage, el marqués de Savage. La confusión paralizó y en­mudeció a Julia. De súbito, a su cerebro le costaba funcionar. Dudó de haber oído bien. Era extraño oír ese apellido y ese título de labios de Logan Scott, extraño que, después de haber imaginado tantas visiones temibles e indignantes, descubrir que el objeto de su resentimiento era un hombre de carne y hueso. Por fin, su pasado había aterrizado de cabeza en su presente. Ah, si ella pudiese hallare1 modo de desaparecer… pero, al contrario, no atinaba a hacer otra cosa que permanecer ahí, atrapada a campo raso. Tenía miedo de que, si se movía, no podría contenerse y saldría corriendo como una zorra perseguida por galgos.
No se explicaba por qué no había esperado que su esposo fuese tan apuesto, espléndido, moreno y elegante como un príncipe extranjero. Era un individuo alto, de presencia potente y serena. Bajo una chaqueta negra, un chaleco a rayas ámbar y gris, pantalones gris oscuro, los an­chos hombros dominaban sobre un torso que se ahusaba hacia la cintu­ra y las caderas. Sus facciones eran austeras y perfectas, su mirada, vacía de emociones. Formaba un sorprendente contraste con los hombres con los que ella solía vincularse como, por ejemplo, Logan yios otros actores de la compañía, que se ganaban la vida gracias a la expresividad de sus rostros. Este hombre, en cambio, parecía inaccesible.
Como si él hubiese percibido su presencia, miró en su dirección. Su frente se crispó en un ceño intrigado y ladeó un poco la cabeza, como concentrándose. Julia trató de apartar la mirada pero él no se lo permitió, pues no apartaba la suya del rostro de ella. Dominada por un repentino pánico, ella se volvió y empezó a caminar con pa­sos controlados, pero ya era demasiado tarde. Él le cortó el paso y se acercó a ella, obligándola a detenerse, so pena de chocar con él.
Julia sintió que su corazón latía dolorosamente en su pecho. Le­vantó la mirada y se encontró con los ojos más extraordinarios que hubiese visto nunca, fríos y grises, despiadados e inteligentes, enmarcados por pestañas negras tan largas que se le enredaban en los extremos.
—Usted me resulta conocida.
Su voz no tenía la suntuosa claridad de la de Logan Scott, pero vibraba en ella un atractivo y sutil matiz ronco.
—~En serio? —dijo Julia, pronunciando con dificultad por los labios rígidos—. Tal vez me haya visto usted en el escenario.
Él siguió mirándola fijamente y ella, por su parte, sólo podía pen­sar: “Eres mi marido… mi marido”.
A Damon le intrigaba la joven que estaba ante él. Tuvo la imp re-sión de que la música y los colores que reinaban en el salón retroce­dían hasta el fondo de la escena mientras él contemplaba el rostro de ella. Sabía que jamás los habían presentado; Dios era testigo de que él jamás hubiese olvidado a una mujer como ella, pero había algo tan familiar en ella que lo inquietaba. Era delgada, y parecía fría con su vestido azul claro, con su pose regia que no daba lugar al me­nor atisbo de incertidumbre. Su rostro se asemejaba más a la crea­ción de algún artista que a un rasgo de una mujer real, fascinante, con los altos pómulos que formaban un pronunciado ángulo con las suaves curvas de las mejillas y la mandíbula. Lo más notable eran sus ojos azul verdosos, propios de un ángel caído de tan virginales, tiernos; sin embargo, reflejaban el conocimiento de las maldades de este mundo.
“Tal vez me haya visto usted en el escenario”, había dicho ella.
—Ah —dijo él en voz suave—. Usted debe de ser la señora Wentworth.
Ella era mucho más joven de lo que él hubiese supuesto de esa popular actriz cuya imagen se había difundido por toda Inglaterra en pinturas, estampas y grabados. El público estaba enloquecido con ella, como también los críticos que elogiaban su atractivo y su talen­to. Este talento era innegable pero, más que eso, lo que le había ganado el fervor del público, tornándola familiar y querible, había sido su calidez.
Con todo, ese personaje guardaba una distancia sideral con la joven que tenía ante sí, como una aparición. Le dio la impresión de que su cuello era demasiado delgado para sostener el peso de sus gruesas trenzas rubias, retorcidas y sujetas en su nuca. Él no tuvo conciencia de haber tomado su mano ni de que ella se la ofreciera pero, de pronto, los dedos enguantados de ella estaban entre los suyos. Cuando los acercó a sus labios, notó que ella temblaba.
Su mente se llenó de preguntas. ¿Ella le tendría miedo? ¿Por qué estaba sola, allí? Sin notarlo, bajó su voz hasta un tono más quedo que el habitual, como si no quisiera asustar a la criatura que tenía ante sí.
—~Puedo servirle en algo, señora? Yo soy…
—Sí, lo sé. Usted es el marqués de Savage —interrumpió ella y, al instante, su semblante cambió y sus labios se abrieron en una sonrisa de compromiso. Retiró su mano—. Mi productor teatral, el señor Scott, deseaba que yo lo conociera a usted. Al parecer, cree que yo sería capaz de convertirlo a usted en un patrocinante del Capital.
Sorprendido por lo directo de su abordaje, Damon le respondió, sin devolverle la sonrisa:
—Si gusta, puede intentarlo, señora Wentworth. Pero yo nunca derrocho dinero en propósitos frívolos.
—¿ Frívolos? ¿No cree usted, acaso, que las personas necesitan escapar hacia el mundo del teatro de tanto en tanto? Una obra puede hacer que el público viva una experiencia que jamás había imaginado. En ocasiones, descubren que después de haber visto una obra de teatro sus sentimientos y opiniones han cambiado y que contemplan su vida de otra manera… no se puede decir que eso sea frívolo ,~no es cierto?
Él se encogió de hombros.
—Yo no necesito escapar.
ANo? —replicó ella, mirándolo con más intensidad, si ello era posible—. Yo no creo eso, milord.
—~Por qué no?
Ninguna mujer se había atrevido a hablarle con tanta audacia. Al principio, ella estaba temblando y ahora lo retaba. Si lo que ella quería era sacarle dinero, tenía una manera novedosa de intentarlo.
Por el cuello de ella trepó un sonrojo que subió hasta sus meji­llas, como si estuviese haciendo un esfuerzo para contener cierta po­tente emoción.
—Jamás he conocido a una persona que se sienta en paz con su pasado. Siempre existe algo que nos gustaría cambiar u olvidar.
Damon permaneció inmóvil, con la cabeza inclinada hacia ella. Parecía tensa e inquieta, como un pájaro presto a levantar vuelo. Él tuvo que contener su necesidad de acercarse a ella y abrazarla, y rete­nerla consigo. Algo vibraba en el aire, entre los dos… cierta elusiva conciencia que lo atraía.
—¿Y usted? —murmuró—. ¿Qué es lo que trata de olvidar?
Se hizo un prolongado silencio.
—Un esposo —susurró ella, ocultando los ojos azules tras sus pes­tañas.
Julia no supo qué la había movido a decir semejante cosa. Ho­rrorizada por su temeridad, le dirigió una breve reverencia y se escu­rrió hasta perderse entre la multitud, antes de que él tuviese tiempo de reaccionar.
—Espere… —creyó oír ella, pero no hizo caso y huyó del salón.
Damon se quedó mirando el sitio donde ella había estado y, en ese momento, la recordó y la imagen de ella ardió en su mente. Re-cordó la noche de Mayo en Warwickshire, la hechicera muchacha que bailaba a la luz de las antorchas. Ella era actriz y formaba parte de una compañía itinerante, y él le había robado un beso. No le cabía duda de que se trataba de ella y, en cierto modo, su premonición de que volvería a encontrarla se había cumplido al fin.
—Dios mío —dijo él, por lo bajo.
Atónito ante ese golpe de buena suerte, Damon quedó con la vista fija en el sitio donde ella había estado. Antes de que pudiese rehacerse, notó que lady Ashton se aproximaba a él. La mano de la mujer flotó sobre su manga en un gesto de propietaria.
—Querido —ronroneó suavemente cerca de su oído—. Al pa­recer, has conocido a una mujer. Ella se escapó antes de que yo pu­diera llegar a ti. ¡Debes decirme de qué hablaron tú y la señora Wentworth! Oh, no frunzas así el entrecejo… ya sabes que yo me entero de todo lo que haces. Tú no tienes secretos para mí, querido.
—Tal vez tenga uno o dos —musitó él.
En los ojos negros de Pauline apareció una expresión interro­gante y sus labios rojos dibujaron un mohín.
—~Ella representó para ti?
—Me preguntó si patrocinaría al Capital en esta temporada.
—Y, como es natural, tú te rehusaste.
—~Por qué lo das por cierto?
—Porque nunca te desprendes de un chelín a menos que sea indispensable.
—Soy generoso contigo —señaló él.
—Sí; eso se debe a que es la actitud indispensable para seguir conservando mi afecto.
Damon se echó a reir.
—Y bien que vale la pena —repuso él, dejando deslizar su mirada por el cuerpo voluptuoso de ella.
Llevaba un vestido verde mar que ceñía sus pechos redondos empujándolos hacia arriba en opulento despliegue. Una falda ador­nada profusamente con flores de seda y cuentas de jade contorneaba sus caderas plenas.
—Háblame de la señora Wentworth —pidió Pauline, alisando el cabello oscuro de él, con plena conciencia de que todos quienes los rodeaban notarían ese gesto de propietaria—. ¿Cómo era ella?
Damon rebuscó, inútilmente, en su vocabulario una palabra ade­cuada para describir a la mujer que había conocido. No halló ningu­na y se alzó de hombros, impotente.
Los labios de Pauline se fruncieron en un mohín petulante y sacudió la cabeza haciendo balancear la pluma de color esmeralda que llevaba sujeta entre sus rizos oscuros.
—Bueno, no me cabe duda de que ella debe de ser como las otras actrices, que siempre están dispuestas a levantarse la falda ante cualquier hombre.
Damon pensó con cinismo que el comportamiento de Julia Wentworth no era diferente del de Pauline, con la diferencia de que ésta estaba convencida de que su abolengo la convertía en un ser superior.
—No me ha dado la impresión de ser promiscua.
—En todo Londres se dice que tiene un romance con Logan Scott. Basta con verlos juntos para saberlo con certeza —afirmó ella, estremeciéndose un poco para dar énfasis a su comentario—. ¡El aire entre ellos arde, prácticamente! Estoy segura de que ése es el efecto que causa el señor Scott sobre cualquier mujer.
Damon no conocía mucho el mundillo del teatro aunque, como todos, conocía bien los éxitos de Logan Scott. Éste promovía un estilo de actuación más natural que el que se había usado hasta ese momento. Su Hamlet, potente y, al mismo tiempo, vulnerable, era leyenda; por otra parte, manifestaba el mismo talento en papeles cómicos, como en El marido engañado. Y si bien Damon estaba lejos de ser un crítico calificado, había reconocido el extraordinario don que tenía Scott, que le permitía hacer participar al público de los pensamientos y emociones de cada personaje.
Más impresionante aún era el flujo de dinero que Scott había apor­tado al Capital, convirtiéndolo en digno rival de Drury Lane. Era buen director, tanto de personas como de ingresos. Sin duda, un hombre de semejantes habilidades debía de ser cortejado por la crema de la socie­dad y, por cierto, Scott tenía muchos amigos prominentes y de noble cuna. Sin embargo, nunca sería plenamente aceptado por ellos. Era un hombre que se había construido a sí mismo; la nobleza sospechaba que él aspiraba a una posición para la cual no estaba destinado. Los hombres y mujeres que abrazaban la profesión teatral existían para entretener tan­to a las masas como a la aristocracia, pero no pertenecían a ninguna de las dos clases sino, más bien, a su propio mundo intermedio de arte e ilusiones.
La imagen del bello rostro de Jessica Wentworth apareció sin ser llamada en la mente de Damon. ¿Qué sería de ella cuando ya no pudiese ganarse la vida sobre un escenario? Una actriz no tenía muchas alternativas, salvo correr el riesgo de convertirse en la querida de un hombre de fortuna o, si tenía suerte, casarse con un viudo anciano o un noble poco dotado… pero la señora Wentworth ya estaba casada.
“,~Qué es lo que usted trata de olvidar?”
“A un esposo.
¿Con qué clase de hombre se habría casado? ¿Quién sería él y por qué…?
—Querido, ¿en qué estás pensando? —le preguntó Pauline, tironeándole de la manga en actitud imperiosa—. No estoy acos­tumbrada a que la atención de un hombre discurra tan lejos de mí cuando yo estoy cerca.
Damon apartó sus pensamientos de Jessica Wentworth y miró a Pauline.
—Entonces, dame algo en qué pensar —murmuró él, y sonrió mientras ella se inclinaba hacia él para derramar provocativos susu­rros en su oído.

Cuando Julia llegó a la escalera de mármol por la cual se subía a los cuartos de la planta alta, se le había constreñido la garganta y las lágrimas le escocían en los ojos. Se detuvo en el primer rellano, afe­rrándose al pasamanos.
—Jessica —oyó que la nombraba la voz inconfundible de Logan Scott, y sus pasos acercándose a ella por la escalera. Esperó sin vol-verse, pues no quería que él le viese el rostro—. ¿Qué pasó? —le preguntó, con cierta irritación—. Por casualidad, miré en tu direc­ción y te vi huyendo del salón como una gata escaldada.
—Estoy fatigada —logró decir ella, a duras penas—. Esta noche ya no puedo volver allí.
—~Alguien ha dicho algo que te desasosegara? —le preguntó él, asiéndola del brazo y obligándola a volverse de cara a él. Contuvo el aliento al ver que ella lloraba—. Dime qué sucedió —insistió, con un chisporroteo de furia en su mirada—. Si algún canalla se ha atrevido a insultarte, lo sentaré de trasero y lo llevaré a puntapiés de aquí a…
—No —murmuró Jessica, soltándose de su duro apretón—. Na­die me ha dicho nada. Estoy muy bien.
Logan se puso ceñudo mientras ella se enjugaba con disimulo las mejillas húmedas.
—Ten —dijo él, tras una rápida búsqueda en su chaqueta verde, entregándole un pañuelo de hilo.
Julia aceptó el ofrecimiento y se secó los ojos tratando de controlar sus emociones. No sabía muy bien qué era lo que sentía: miedo, enfado, tristeza.., hasta alivio, tal vez. Por fin, había conocido a su marido, habla­do con él, lo había mirado a los ojos. Savage daba la impresión de ser un hombre frío, controlado, un hombre con quien ella no quería tener nada que ver. Y él sentía lo mismo: no la quería, no le había escrito ni intenta­do hallarla, y se quedaría muy tranquilo ignorando su existencia. Por absurdo que pareciera, se sentía traicionada por él.
—Quizá yo pueda ayudarte de algún modo —ofreció Logan.
Una sonrisa amarga tensó ios labios de la joven.
—Hasta ahora, nunca me habías ofrecido ayuda. ¿Por qué ahora?
—Porque nunca te había visto llorar.
—Me has visto llorar cientos de veces.
—Nunca en la vida real. Quiero saber qué ha sucedido esta noche.
—Está relacionado con mi pasado —respondió ella—. Eso es todo lo que puedo decirte.
~Es cierto eso? —dijo él y, cuando sonrió, sus ojos azules relu­cieron—. Nunca he tenido tiempo ni paciencia para resolver miste­rios.., pero siento curiosidad con respecto a ti, señora Wentworth.
Julia se sonó la nariz y estrujó el pañuelo en el puño. Hacía dos años que conocía a Logan y él jamás le había hecho un comentario de índole tan personal. Se interesaba en ella del mismo modo que en todos los demás actores de la compañía: para extraer de eilos la mejor actua­ción que fuese posible. Julia se había acostumbrado a su amistoso autoritarismo, a sus explosiones de impaciencia, al modo en que, a veces, cambiaba su personalidad para lograr lo que quería. Aun así, ad­mitir que sentía curiosidad con respecto a ella… no era propio de él.
—Mis secretos no son muy interesantes —repuso ella, sujetándose la falda y reanudando lentamente el ascenso de la escalera.
—No sé si será cierto —murmuró Logan, y se quedó observán­dola hasta que desapareció de su vista.

compra en casa del libro Compra en Amazon Mi bella desconocida
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑