Mi vida entre los muertos

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David acaba de cumplir los doce años cuando su madre decide aceptar una singular oferta de trabajo: custodiar una de las reservas en las que han confinado a los muertos vivientes. Éstos son seres resucitados por unos misteriosos procedimientos que históricamente se habían utilizado para hacer regresar a personalidades relevantes del mundo de la política, la economía, el arte y la ciencia. El método se ha generalizado y ahora las familias pueden pagar para recuperar a sus difuntos. Sin embargo, los reanimados suscitan tanta inquietud entre los vivos que el gobierno ha decidido aislarlos.

Conviviendo con los muertos, el pequeño David descubre que poseen cualidades asombrosas y que las peores amenazas para él y su madre no provienen precisamente de ellos.

Esta novela es una sorprendente variación sobre el tema de los zombis, una suerte de cuento filosófico en el que coexisten un fino sentido del humor y un fino sentido del horror, una reflexión sobre la vida y la muerte, y un lúcido repaso a los prejuicios y las costumbres de la sociedad actual.

ANTICIPO:
David estaba contento. Al principio había temido aburrirse con los muertos, pero ahora su impresión era la de estar pasando una estupenda temporada ¡en el más formidable centro de vacaciones que pueda existir! Era mil veces mejor que Disneylandia, sin la menor duda, y no lamentaba haber ido allí.

Para contentar a mamá cada día iba a casa de los resucitados con el fin de leerles el correo, pero rápidamente pudo comprender que a éstos no les importaba en absoluto. Cuando los sermoneaba diciéndoles que, como era, estaría bien responder a la familia, los muertos se limitaban a sonreír y a decir de algunas palabras en ese lenguaje abreviado que David aún no comprendía del todo. Sólo con Honest Cable mantenía auténticas conversaciones. Él era el único que se tomaba la molestia de hablar

“a la antigua”, articulando todas las palabras en su totalidad. A David le gustaba ir a casa del viejo, aunque la atmósfera de su habitación recordara a las calderas de un barco de vapor funcionando a plena potencia. Después de abrir la ventana, el niño se sentaba con las piernas cruzadas a los pies del viejo y abría los sobres con el cortaplumas brillante (de acero quirúrgico, decía el prospecto) que

Joyce le había regalado cuando cumplió los doce años. David adoraba aquella navajita porque tenía aspecto maligno y su filo cortaba e! papel con e! ruido sedoso de una cuchilla de afeitar.

Muchísima gente escribía a Honest Cable para preguntarle si era feliz, si necesitaba algo. Le enviaban fotos que el viejo nunca se tomaba e! trabajo de mirar.

-¿No quiere usted responder? -preguntó David una mañana-. ¿No los echa de menos?

-No -dijo Honest Cable-, los recuerdo muy bien. Me resultan tan familiares como las figuras de un juego de cartas: e! rey, la reina, los caballeros. Conozco sus caras hasta en los menores detalles, pero me resultan tan indiferentes como pueden serlo justamente la reina y el rey de la baraja. Eso es todo lo que puedo decir. Al contrario de cuanto hayan podido escribir esos imbéciles de los novelistas, los muertos no cultivan la nostalgia. No somos prisioneros del pasado. Sois vosotros, los vivos, quienes siempre volvéis sobre los mismos recuerdos; nosotros, los muertos, somos positivos, y estamos orientados hacia e! porvenir. No arrastramos ninguno de esos embarazosos equipajes que dificultan la marcha.

-¿Por qué? -preguntó el niño.

-No lo sé -confesó el anciano-. Debe de ser una consecuencia de! tratamiento, pero no me quejo por ello.

-¿No echa de menos a su familia? -insistió David.

-No -respondió Honest Cable con una mueca-. Mira, los demás nos quieren para sí mismos, por lo que uno les puede aportar, pero no se preocupan de devolver equitativamente. En ese tipo de juego, para dar es necesario tener mentalidad de criado, que te guste servir. Presta atención, pequeño, porque eso es lo que te espera. Dentro de poco, todos se servirán de ti, los patrones, para hacerte trabajar, las mujeres para que las mantengas, a ellas y a los críos que te forzarán a meterles en el vientre. Es una jodida historia de fraudes. Créeme, estoy muy contento de haber salido de todo eso. Si tuviera que volver a pasar por aquello, me suicidaría inmediatamente, para ganar tiempo.

-¿Usted prefiere el «ahora»? -se asombró e! niño.

-¡Por supuesto! -exclamó Honest Cable-. ¡No se puede comparar! Mi primera vida no fue más que un borrador, la segunda será un itinerario sin error alguno. Luego frunció el ceño y pareció reflexionar.

-Mira -dijo por fin-, de la vida no me acuerdo muy bien, pero me queda un regusto. Es como un chicle viejo que me hubiesen obligado a mascar durante setenta años. Muy pronto perdió todo e! sabor, y sin embargo tuve que seguir masticando porque habría sido mal visto que lo escupiera para reclamar otro. El regreso no es otra cosa: un segundo chicle… pero de mejor calidad que el primero.

-No sé -suspiró David-, yo no veo las cosas de esta manera.

-Eso es normal-afirmó Honest Cable-, los vivos mienten todo el tiempo.

-¿Y con las cartas qué hacemos? -preguntó el muchacho-. Es necesario responder algo…

-Responde por mí, entonces -repuso e! viejo-. Sólo tienes que contarles cualquier cosa que les guste, y decides que si no reconocen mi escritura es porque mis dedos están entumecidos. Eso no los sorprenderá.

Tras emitir una risita ahogada, Honest agregó:

-Por otra parte deberías proponer esa pequeña estratagema a todos mis congéneres y hacer que te pagaran por ello. Ganarías dinero para tus gastos y nos harías un buen servicio. Te bastaría con redactar dos o tres cartas tipo, y copiadas cambiando los nombres. Te convertirías en nuestro pequeño secretario.

David juzgó formidable la idea y la puso en práctica. Enseguida Honest Cable le encontró una clientela numerosa y fiel a la cual agobiaba la invasión del correo familiar. David había compuesto cuatro cartas modelo entre las cuales los interesados podían elegir, pero casi siempre confiaban en él, encantados y felices de haberse quitado de encima esa carga.

David redactaba las respuestas sobre los bancos de las plazas, como un auténtico amanuense profesional. El párrafo acerca de los dedos «entumecidos por el tratamiento» y la caligrafía inidentificable hacían maravillas una y otra vez. Los muertos aprobaban cabeceando, muy contentos con los resultados, y le soltaban billetes de diez dólares de muy buena gana. A veces las mujeres lo besaban.

Al principio David había reprimido un disgustado sobresalto, pero luego advirtió que aquello no era desagradable en absoluto, porque´ ellas tenían la boca cálida y blanda, todo lo contrario de lo que solían contar las novelas de horror. Él sabía también, por supuesto, que dicho calor no procedía de sus cuerpos sino del sol del desierto que los recalentaba durante todo el día. A pesar de ello, no llegaba a juzgar culpables esos breves contactos.

Por otra parte, no había mucho tiempo para pensar en ello, porque Honest Cable, tomándose muy en serio su función de intermediario, ya le había encontrado nuevos clientes. Esta vez se trataba de impartir a los muertos cursos de mantenimiento. En suma, de refrescarles la memoria explicándoles cuanto no debían hacer en el mundo de los vivos.

-Esto es una especie de programa de reinserción -explicó el viejo-. Tú no debes tener miedo de regañamos. Todos sabemos que cometemos errores enormes, y tú estarás ahí para corregimos, en función de nuestras respectivas distracciones.

Así fue como David se transformó en profesor de mantenimiento. Impartía sus cursos todas las tardes en los jardines públicos, explicando a los muertos que no debían salir desnudos, u olvidar ponerse ciertas piezas indumentarias tan importantes como la falda o el pantalón. Se empeñó en hacerles comprender que debían abandonar la costumbre de quedarse inmóviles durante horas en el mismo lugar, como maniquíes salidos de un escaparate. Les hizo reaprender el uso del reloj de pulsera, del paraguas y del impermeable.

-Ningún ser humano permanece con la cabeza descubierta bajo un chaparrón -les decía, con suavidad-. Los vivos detestan que se les moje la ropa.

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Interplanetaria

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