Miguel Mihura, humor y melancolia

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Partidario de la pereza y los placeres burgueses, mujeriego discreto, alérgico a los oropeles de la vida literaria, dio con un vanguardismo audaz mientras miraba la vida desde la terraza de La Granja del Henar. A la vuelta de una guerra que vivió pertrechado tras su ametralladora de papel, se trasladó a un rincón de Chicote y cocinó una peculiar posguerra con codorniz. Escribió guiones cinematográficos que su hermano Jerónimo le permitía codirigir. Y, al cabo, conoció el éxito en el teatro y llenó los escenarios de inolvidables personajes femeninos, que enamoraron a los espectadores –y seducen todavía hoy a los lectores- con su descarada ternura.

Este libro pasa revista a los sueños, los secretos –para él siempre confesables-, las contradicciones y las melancolías del hombre, y a los recursos artísticos del creador. Al tiempo, ofrece una crónica ágil, documentada y rigurosa, de una generación de españoles que nacieron con el cine, optaron por vivir la vida leve de quienes se sitúan al margen y se empeñaron en descifrar los misterios del mundo con la lúcida distancia del humor.

ANTICIPO:
Madrid para despreocupados

Durante la Primera Guerra Mundial, en medio de las encendidas polémicas intelectuales entre aliadófilos y germanófilos, la España pobre sufre las consecuencias de la carestía y el hambre, mientras algunos privilegiados aprovechan las buenas condiciones comerciales favorecidas por la neutralidad gubernamental para medrar. En las grandes ciudades, los caprichos, el tren de vida y las extravagancias de quienes se enriquecen a costa de los combatientes, dejan su huella. El Madrid burgués y desenfadado cobra en ese tiempo un aire más mundano, ajeno a las penurias en que viven buena parte de sus casi 750.000 habitantes. Así lo recordaría en unas notas autobiográficas Edgar Neville, miembro destacado de la nueva generación de humoristas y amigo de Mihura:

La guerra europea era como una calentura que encendió Madrid llenándolo de inquietud. En unas semanas se quiso convertir de una apacible capital más o menos provinciana en una moderna ciudad europea. Cayeron casas viejas y al levantarse las que venían en sustitución traían enredados en la planta baja un cabaret o un salón de variedades […J. Por cinco pesetas un hijo de familia podía ser «un calavera», tomarse un wisky en Maxim´s, en el Ideal Room, y bailar aquellos primeros tangos con «La Becos», «La Charlot» o «La Bilbao», al son de los Ramallí. […J. Un duro era una cantidad de tal importancia que bastaba su posesión diaria para considerarse dueño de la puerta del paraíso.

Cuando comienza la década de los años veinte, la ciudad continúa su desarrollo urbanístico mientras se ensancha la distancia entre clases y condiciones de vida. Una heterogénea mezcla de escritores, actores, artistas, señoritos desocupados y jóvenes tarambanas pueblan las mesas de los cafés hasta altas horas de la madrugada. Algunos aspiran a encamar aún la imagen del bohemio, aunque, en opinión de Julio Camba, no puede hablarse de una bohemia madrileña: «La bohemia es un lujo de sociedades ricas, y nosotros estamos muy pobres. Nuestra literatura producirá pauperismo y tuberculosis, pero nuestra tuberculosis y nuestro pauperismo no producen literatura ninguna […]. Cuando alguien hace de bohemio entre nosotros, es a fin de llevar, en lo posible, una vida burguesa» 4. Seguramente Tono 5 hablaba de lo mismo sin pretenderlo en una entrevista publicada en Pueblo el 9 de diciembre de 1959, al decir que en el Madrid de los años veinte «nadie tenía nada que hacer y siempre dejaba para mañana lo que tenía que hacer hoy». Acuciado por peculiares escrúpulos morales, el mismísimo general Primo de Rivera trató de poner orden en la vida desordenada de los españoles -pero quiso decir de los madrileños- en una de aquellas inefables «notas oficiosas» con que mataba el gusanillo literario y adoctrinaba a sus compatriotas:

En España se come mucho y se trabaja poco. Un diez por ciento actuando en menos sobre lo primero y en más sobre lo segundo, bastaría para nivelar la economía nacional. El plan de vida en España de la clase media y pudiente es disparatado. La comida o almuerzo, que no se sabe bien lo que es, ni cómo llamado, de las dos y media a las tres de la tarde; la comida o cena de las nueve y media a las diez de la noche, son un absurdo y un derroche y una esclavitud para la servidumbre doméstica, obligada a trabajar hasta casi las doce de la noche. Bastaría solo una comida formal, familiar, a mantel, entre cinco y media y siete de la tarde, y después, los no trasnochadores, nada; los que lo sean, un refrigerio, y antes., un pequeño almuerzo o desayuno de tenedor a las diez y media u once de la mañana, y los madrugadores podrían anticipar de siete y media a ocho una taza de café. Tal sistema es mucho mejor para la salud y, además de combatir la obesidad, ahorraría luz, carbón y lavado de mantelería.

Ignoro -aunque lo supongo- cómo eran recibidas notas como esa en las tertulias, una de las más asentadas instituciones madrileñas. El café era más que un establecimiento público: una manera de vivir, como dice Mihura cuando recuerda aquellos tiempos. Nuestro hombre era parroquiano de La Granja del Henar, un local situado en la acera derecha de la calle de Alcalá a la altura del actual Ministerio de Educación, en el que también paraban, sin por ello aparecer revueltos, Amiches, Valle-Inclán, Azaña y otras cabezas visibles de 1a intelectualidad y la farándula madrileñas. Allí se ubicó durante años una peña de humoristas a la que asistían, con diverso grado de asiduidad, K_Hito, Tono, Neville, Antoniorrobles, José y Francisco López Rubio, Jardiel Poncela, los dos hermanos Mihura… Se diría que hubieran pretendido atrapar el universo, por 55 céntimos, en una taza de café, o que el universo se redujera a los límites de la terraza que el establecimiento abría, con la llegada del buen tiempo, en la acera de la que muchos consideraban principal calle del reino. Y era aquella, a juicio de Mihura, una manera encantadora de vivir la vida:

Era un mundo gracioso, en el que entrábamos de tertulia a las seis de la tarde, a las diez nos íbamos a tomar un brebaje que no me acuerdo cómo se llamaba, un aperitivo, vamos. Luego, cenábamos y otra vez de tertulia, hasta la madrugada en que nos íbamos a casa a trabajar. Por eso ahora, cuando le dicen a uno lo de la contaminación, imagínese el cachondeo que me entra, cuando me he pasado los mejores años de mi vida metido en La Granja del Henar.

Edgar Neville, por su parte, hace1una apreciación sobre la importancia del café que constituye todo un ensayo abreviado de sociología aplicable a muchas generaciones de españoles, y, desde luego, a la suya:

El café es una institución formidable y no a causa de lo que en ella se ingiere, sino como fenómeno social y como necesidad administrativa. El café en España sustituye con ventaja a la oficina en América; los americanos creen que es posible saltarse las etapas naturales del desenvolvimiento de los países y es un error que bien caro lo están pagando, porque la causa secreta de la crisis que sufren es por tratar los negocios exclusivamente en las oficinas en vez del café. A una oficina va el que no tiene más remedio que ir […J. La oficina está hecha para planear los negocios pero ya sobre el papel y, si se quiere, para firmar los contratos, pero todo lo demás, lo que es trato humano, lo que es toma de contacto, pertenece a la esfera del café […J. En Madrid, en España, a Dios gracias, cuando buscamos a un hombre de negocios no solemos saber dónde tiene la oficina ni nos importa demasiado, pero sabemos a qué café va y, con eso, nos basta, porque allí lo veremos inmediatamente y nos recibirá con la cordialidad humana que se tiene en los sitios donde se bebe y se come y no tendremos que esperar en una salita donde no hay más que revistas de esas que nadie ha leído nunca […].

En el café no solo se trata del negocio que se lleva preparado, sino que se descubre otro más al ver a unas gentes a quienes no esperábamos encontrar allí. Los negocios teatrales, que en España han estado siempre mejor organizados que los industriales, se han tratado siempre en los cafés, y hoy mismo el cine firma los contratos en los despachos pero el reparto se hace en media docena de cafés.

Son, desde luego, ideas comunes al grupo, que trascienden la época de la guerra y alcanzan al Madrid de los años cuarenta. En Mi adorado Juan, Mihura hará decir al protagonista:

¡Ah! ¿Quiere usted hablar conmigo de negocios? Entonces, si le parece, vamos a un café… Estas costumbres americanas de hablar de negocios en un despacho me parecen desastrosas… No hay cordialidad, y, sobre todo, no hay igualdad… El que está detrás de una mesa de despacho, como detrás de un parapeto, es el que lleva más posibilidades de ganar… Solo en un café, que es tierra de nadie, es donde las fuerzas se igualan y los negocios salen más limpios.

Entre tanto, fuera, en la calle, se están produciendo algunos cambios notables. La sociedad madrileña se complace en una cierta relajación, en parte propiciada por la sordina que la administración primorriverista impone a problemas más acuciantes. Un calificado testigo de la época, Rafael Cansinos-Asséns, anota en sus memorias las contradicciones del momento y levanta acta de las interesantes novedades que registran la moda y las costumbres:

Esta dictadura de Primo de Rivera, siniestra en el fondo como toda dictadura, muestra una superficie brillante y alegre.

Nunca ha sido mayor la libertad de costumbres. Las mujeres se han recortado sus largas cabelleras de diosas tan cantadas por los poetas y acortado sus faldas hasta por encima de las rodillas, recordándonos por primera vez que tienen piernas y no alas.´

Los hombres han adoptado la moda norteamericana del rasurado íntegro y se han desprendido de esos bigotes y barbas formidables con que trataban de imponer respeto y confirmar su virilidad.

Hombres y mujeres se hacen el amor a lo largo de las calles. En un teatro se representa La Garçonne, en Price La orgía dorada, una revista ligera de ropa que va a ver el propio dictador…
.

Claro que las señoritas de buena familia siguen paseando con su carabina. Y no solo ellas, como recuerda con gracia Neville en el mismo lugar antes citado: «Hay que advertir que hasta en el mundo de las variedades no se concebía dejar a la "vedette" sin madre o hermana. Había algunas artistas que se anunciaban en las revistillas profesionales que repartían por provincias entre los empresarios: "Sultanita, cupletista a gran voz, aires regionales; viaja sin madre"».

En ese ambiente propicio al sibaritismo de cierta juventud ciudadana disconforme e indecisa, que no desconoce pero parece ignorar el drama social de una España cada vez más fracturada y se complace en fabricarse a diario un paraíso para despreocupados, se vive al día. Mientras los grupos más vanguardistas investigan en las posibilidades de un arte descaradamente imaginativo, la literatura de consumo registra un extraordinario auge de revistas y novelas eróticas, un despegue del entonces llamado género sicalíptico, paralelo a un cada vez más nutrido mercado sexual callejero. Aunque la dictadura impone la censura previa y algunas publicaciones sufren multas, cierres y expedientes diversos, lo cierto es que poco a poco la presión desciende y el género cobra nuevos bríos hasta el estallido de la-guerra civil, pese a las campañas en contra de la pornografía que periódicamente se recrudecen en la prensa. Precisamente en el mundo de las publicaciones galantes -uno de los eufemismos con que se aludía a la subliteratura y el periodismo de tono erótico- se inicia la carrera profesional del joven Mihura.

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