Mirando a las Estrellas

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“Charlie” Manley vive en Winter Palms, Florida. Inmigrante jamaicano y buena persona, solo busca una existencia pacífica, lejos de las complicaciones del mundo moderno. Pero, aunque sus ambiciones son sencillas, la fortuna no le acompaña y pronto se ve convertido en el principal sospechoso de un crimen que le relaciona con las raíces del vudú más oscuro y sangriento.
Porque, si algo tiene el bueno de Charlie, son las promesas y juramentos que le atan. Unos juramentos que le impiden volver la espalda a los suyos.
Sean cuales sean las circunstancias.
O las consecuencias.

ANTICIPO:

AQUEL DÍA, CHARLES MANLEY LLEGÓ temprano a su casa.
Llamarla casa tal vez fuera un tanto excesivo. Situada a un lado de la carretera, donde un caminillo de tierra se adentraba en una de las pocas áreas que no se encontraban ocupadas por campos de cultivo, casas y chalés, la caravana era lo más parecido que tenía a un hogar. La había comprado en un desguace y se alzaba un par de palmos sobre el suelo, apoyada sobre bidones de metal y tablones que se combaban por su peso. Una vez instalada, había añadido unas planchas de chapa acanalada para formar unos tejadillos y un toldo, que protegían más mal que bien de la luz del sol durante el verano.
De ella no podían echarlo y, aunque hubiera querido, tampoco podría irse. El eje delantero de la caravana se había roto y el coche con el que la había arrastrado, un Chevrolet Monte Carlo del setenta y cuatro, se había rendido poco después. Sus restos, saqueados por los desaprensivos, permanecían al otro lado de las cuerdas que utilizaba como tendedero, convertidos en una carcasa de chapa oxidada sin valor alguno. Varias matas de sahel habían crecido en su interior y asomaban sus hojas y largos tallos por las ventanillas. Charlie las sembró tras llenar el habitáculo de tierra. Eran de la familia de los hibiscos que crecían en la playa, aunque las semillas de aquellas las había traído desde su patria, junto con lo poco que había sacado de la isla. Además de recordarle sus orígenes, aprovechaba los frutos para comerlos y preparar té con ellos. En ocasiones muy especiales, se los regalaba a sus vecinos para que hicieran mermeladas y dulces. A nadie le disgustaban y los comían con nostalgia, ya que resultaban imposibles de encontrar en ninguna otra parte de la ciudad.
El autobús en el que había llegado, que hacia el recorrido desde la playa hasta Homestead y que solo se desviaba al llegar a Winter Palms por casualidad, volvía a arrancar cuando Charlie abrió la nevera portátil que tenía medio escondida detrás de los tablones que sujetaban la estructura de la caravana. Antes de que hubiera quitado la chapa al botellín de cerveza, los reflejos del vehículo ya habían desaparecido, tragados por una nube de polvo. En unos pocos minutos, atravesaría los barrios periféricos de la ciudad, de regreso al norte. A Charlie no le gustaba el norte, la mera palabra en sí le hacía pensar en hielo, soledad y frío. El frío solo le agradaba en las bebidas.
La ciudad. Darle aquel nombre era tan exagerado como decir que la caravana en la que vivía era una casa. Las pocas calles que aquella línea recorría eran una prolongación del este de Winter Palms. Casas rodeadas de jardines que, a medida que se apartaban de su hermana mayor y se aproximaban a las lindes del Parque Nacional de Biscayne y sus aledaños, eran más amplios y descuidados. Allí no había ricos, como en las postales que los ancianos de la residencias de Orlando o Los Cayos enviaban a sus hijos —que nunca los iban a ver ni los llamaban por teléfono—, ni apenas clase media. Era una barriada ocupada por inmigrantes, aunque los de allí no eran expatriados cubanos, como los de las ciudades de verdad. En Winter Palms, y aún más a sus afueras, los que predominaban eran los haitianos, dominicanos, trinitenses y jamaicanos, como él. Muchos habían llegado allí como ilegales y la mayoría no tenían donde caerse muertos. Trabajadores por cuenta ajena en la Tierra de la Libertad, con empleos que nada tenían que envidiar a aquella esclavitud con la que sus antepasados habían convivido y contra la que habían luchado. Trató de no pensar en aquello y centrarse en la bebida, aunque hacerlo nunca lo llevó por el camino más recto. La vacío de dos tragos. Cuando bajó el botellín tras el segundo, una figura se aproximaba por la carretera, a pie y siguiendo la ruta inversa al autobús.
El isleño aguardó a que llegara, sentado bajo el toldo y tratando de evitar todo el calor que le era posible. El sol, no eran las doce del mediodía, caía de plano sobre su cabeza. La chapa del tejado gemía llena de lástima, recalentada durante todo el día, dilatada y deformada. Por no haber, no había ni insectos que se acercaran a ella. Terminó la bebida y enterró el botellín hasta la mitad en la tierra del suelo, junto con una docena más, en una especie de cementerio de elefantes.
La silueta fue haciéndose más clara a medida que se acercaba, con un paso lento y comedido, dejando ver primero un sombrero panamá sobre su cabeza y después un perfil flaco como un palo seco, que se apoyaba sobre un bastón de caña tan delgado como él.
El recién llegado dejó la carretera y se internó por el senderillo de tierra y grava que conducía a la caravana de Charlie. Al cabo de unos pocos pasos, lo que antes era una silueta lejana, ganó en consistencia. Camisa de lino blanco sobre unos pantalones del mismo material, sandalias y el inconfundible sombrero adornándole la cabeza y tapándole el rostro con la sombra de su ala. Aun sin él, su cara no mostraba muchos más detalles que la del jamaicano. Tenía la piel oscura como un tizón, una mancha entre sus ropas claras. En aquel instante no sonreía, parecía que el calor era un mal amigo de las alegrías, y sus abultados labios formaban una escueta línea recta. Sobre ellos, su nariz era una forma imprecisa. Solo sus ojos, de un color tan claro que cualquiera habría jurado era imposible en semejante hombre, se dejaban ver. Azules, chispeantes, a pesar de que del resto de Prosper Dechamps no pudiera decirse lo mismo. Su rostro, al igual que su cuerpo, se encontraba demacrado desde mucho antes de que se conocieran en Florida, tan delgado como el de un espectro y cubierto de arrugas. Los rizos de pelo que le sobresalían bajo el panamá eran de un color blanco grisáceo que apenas contrastaba con su sombrero. Los de un anciano. Pero no lo era. Prosper, el señor Dechamps o papa Dechamps, como lo llamaban en la calle Saint George, una de las más pobres en Winter Palms, no llegaba a los sesenta años. Su aspecto poco tenía que ver con su edad.
Bonswa, Charlie. Me alegro de volver a verte —lo saludó con aquel acento que mezclaba las voces del inglés mal aprendido tras su llegada al continente y el criollo jamaicano que había hablado durante la mayor parte de su miserable vida. Porque, si en Winter Palms la gente estaba a un paso de la indigencia, la vida de Prosper Dechamps no podía describirse con una palabra distinta a misérrima—. Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Kijan ou ye?
—Muy bien, papa. Y sí, es verdad que ha pasado bastante.
—Sonrió el isleño, de pie, invitándolo con un gesto a pasar a aquel lugar que había aprendido a considerar su hogar—. El sol se ha puesto muchas veces y la luna se ha elevado otras tantas.
—Lo sé. Las mareas han cambiado desde mi última visita y las estaciones han madurado —respondió Dechamps, dejando ver que varios de sus dientes estaban cubiertos de oro antes de quitarse el panamá para poder rascarse sus grisáceos rizos—. El tiempo no ha pasado en balde, sin embargo. ¿No tendrás algo de beber que ofrecerme? Mwen swaf anpil.
—Tengo unas cervezas y guardo una botella de ron para las ocasiones especiales. Aunque no creo que sean horas para empezar con él.
—No me importaría, pero preferiría un refresco.
—¿Un refresco? —Sonrió Charlie, extrañado—. ¿Desde cuando el papa de Saint George toma refrescos?
—Por el médico. Dice que mi hígado ya no es el que era, está maladi.
—Tengo soda ahí dentro, aunque estará caliente.
Pa gen pwoblem —dijo Prosper, con un movimiento de cabeza tan leve que apenas resultó visible—. En casa nunca pudimos permitirnos esos lujos.
El isleño subió los tres escalones que separaban la caravana del suelo y tiró de la portezuela hasta que, tras varios intentos, logró abrirla con un largo chirrido y una cascada de polvo y tierra seca. Después, entró. Allí apenas se estaba más fresco que en la calle.
La luz del día entraba por las mosquiteras que tapaban los cristales, tamizada, o se filtraba por los cartones que había instalado para evitar la claridad. Al fondo, había una litera y las paredes de ambos lados estaban cubiertas por estanterías, dejando libre tan solo el espacio que ocupaba una diminuta cocina de gas y la estrecha puerta que conducía al escusado. Sobre los estantes se hallaban la multitud de objetos que había ido recogiendo de aquí y de allá. Se agachó para coger una lata del inferior. Varias cucarachas echaron a correr cuando trató de separarla de las otras cinco. Uno de los insectos se detuvo a media huida y movió sus antenas y sus élitros, produciendo un curioso crujido. Después fue a reunirse con los otros, en una de las muchas grietas abiertas en el óxido de la estructura.
Cuando Charlie salió, papa Dechamps había tomado asiento junto a la puerta y se frotaba sus flacas pantorrillas a través de los pantalones. Los dedos de sus pies se dejaban ver entre las tiras de cuero de las sandalias. Le faltaban varias falanges y las uñas de los que tenía enteros eran amarillentas y estaban enquistadas. La de uno de sus dedos gordos estaba rota, siguiendo una línea quebrada, con la forma de un rayo. Los azules ojos del haitiano se mantenían fijos en la uña rota. Dejaban ver un profundo dolor que no se permitía mostrar ante los demás. Tampoco ante Charlie. Al escucharlo llegar, levantó la vista y tendió la mano para coger el refresco. Le puso la soda en ella, una lata roja, blanca y plateada. La abrió y bebió.
Mesi, pero tenías razón: está caliente. No debí dudar de tu palabra.
—Siempre tengo razón, aunque sea a mi modo. ¿Qué es lo que quieres, papa? Si has recorrido la carretera y el sendero, no ha sido solo para beber una soda caliente. Nos conocemos desde hace demasiado —argumentó Charlie. La sonrisa de su boca permanecía allí, colgada entre sus facciones como un trozo de luna, pero sus ojos no sonreían—. No has venido tampoco a contarme lo de tu hígado. Mucho me temo que ese asunto me importa más a mí que a ti.
Prosper Dechamps bebió otro sorbo de su lata de soda, sin decir palabra. El fresco lino con el que vestía estaba manchado de polvo del camino. Los dedos de sus manos, terminados en unas uñas tan amarillentas como las de sus pies, arrugaban el ala del sombrero. Sus ojos claros volvieron a perderse entre ensoñaciones. Ensoñaciones que tenían mucho de pesadillas. Aparte de misérrima, la vida de papa Dechamps había sido tan horrible que el jamaicano apenas podía imaginársela. O quería imaginársela. Su imaginación llegaba muy lejos cuando se lo proponía.
El calor húmedo del mar resultaba exasperante. A pesar de encontrarse a poco más de una docena de millas tierra adentro, no corría brisa alguna. El caminillo de grava, la carretera alquitranada y la tierra sobre la que se encontraban estaban resecos, aunque no hacía mucho que había llovido. El agua, tragada por el suelo, solo servía para alimentar a las corrientes subterráneas. Bajo la arena y la tierra parda, miles de millones de diminutos canales se unían a los ríos subterráneos que daban de beber a los pantanos de la región. Como en el haitiano, poco tenía que ver la superficie con lo que había debajo de ella.
—¿Qué es lo que quieres? —repitió Charlie.
—Tienes que devolver algunos de los favores que me debes.
—Sabes que no es necesario recurrir a esos términos en los días que corren. —Rio, con las manos metidas en los bolsillos de sus bermudas. Los colores de la bandera jamaicana quedaron así más expuestos que de costumbre.
Non. Mucho me temo que para esto sí. La mueca de desinterés y abulia que solía rondar el rostro de Prosper se transformó en una de preocupación. Lo hacía siempre que tenía que dar una mala noticia y, en su oficio, aquello no era raro. Sí lo era que tuviera que dársela a alguien como Charlie. Pero, si recurría a deudas, favores y pagos, el jamaicano no podía negarse. Aparte de por los muchos pactos que había entre ellos, porque, con el tiempo, además de resultarle simpático, se convirtió en uno de sus escasos amigos. Cosas de hacerse mayor, suponía. Aunque para poder aceptar, primero tendría que escuchar lo que iba a proponerle.
Mientras aguardaba, se agachó y sacó otra cerveza de la diminuta nevera. Un cable partía de ella y se unía a otros que, enfundados en una vieja manguera, se perdían un par de palmos por debajo del suelo para reemerger junto a una de las torretas eléctricas que guarnecían la carretera.
Había hecho los empalmes con la ayuda de uno de los sobrinos de papa Dechamps. Una toma ilegal, como tantas otras en el barrio, para la que habían utilizado unas largas escaleras, trepando por ellas en plena noche a fin de asegurarse de que nadie de la compañía los estuviera observando. Los vecinos no denunciarían sus actividades. No tenían nada en contra del jamaicano y muchos estaban en una situación parecida. Sin embargo, papa no se refería a aquel tipo de favores. Hablaba de otros, los que ataban con fuerza.
Bebió de la botella fría mientras el haitiano lo hacía de la lata caliente. A pesar de la ventaja que le llevaba, lo igualó en los últimos sorbos. Cuando terminó, enterró el botellín del mismo modo que lo había hecho con los otros. Al seguir los círculos de las bocas que sobresalían del suelo, no le resultó difícil imaginarlos como uno de esos pasatiempos consistentes en unir puntos hasta obtener una figura. Lo que vio en ellos no le gustó, del mismo modo que tampoco lo hizo contemplar el grupo de grandes cuervos —eran pocos para considerarlos como una bandada— que se habían amontonado en los cables eléctricos, justo encima de la encrucijada formada por la carretera y el camino de arena y grava.
Malè —auguró Prosper Dechamps, mirándolos también. Uno de los brillantes dientes dorados que se encontraban al frente de su demolida dentadura, relució con la luz del mediodía—. Mala señal.
—Sí. No sé a qué aguardan, pero no es bueno. —Charlie no se quedó atrás. El papa de Saint George era muy capaz de leer el futuro en los pájaros, o al menos de fingirlo ante quienes querían creer sus palabras. Esa era una de las ra zones por las que más se lo respetaba en Winter Palms—. ¿De qué se trata?
—Nada que no hayas hecho antes —fue la única explicación que le dio. Después se puso en pie. Las rodillas, nudosas y destrozadas por la artrosis, le resonaron como un par de maracas.
Los cuervos se elevaron en una pesada nube que desapareció en dirección contraria a la ciudad, sobrevolando la carretera hacia el mar. El haitiano hizo una mueca que apenas deformó su ya de por sí arrugado rostro. No supo interpretarla.
—¿Cuándo necesitarás mis servicios? —le preguntó.
Los problemas iban al mar o venían de él, aunque el sentido que tomaran dependía en gran medida de una decisión. Las aves y su vuelo nunca habían estado entre sus preferencias. Mirarlas era como observar las nubes. Podían ser muy hermosas y levantar gran envidia con su vuelo, pero no decían nada que no supiera ya de antemano. Quienes pensaban que era así, o eran más listos que él, o mucho más tontos. Charlie se había propuesto no juzgarlos ni por lo uno ni por lo otro.
Demen, al anochecer, en la parte de atrás de la casa de madanm Brooks.
—Allí estaré. Con poco tiempo me adviertes, papa.
Mwen regret sa, pero el mal ha sido reciente. Esa noche nos veremos. Tras el atardecer, no antes. Es desconfiada. Nap we.
Nap we, papa.
Charlie Manley observó cómo, tras calarse el sombrero, papa Dechamps se alejaba cojeando por el sendero. Mal, había dicho, pero aquella palabra en el creole que se le escapaba de continuo quería decir muchas cosas. Aspectos similares de lo mismo, pero que no eran idénticos. Podía ser una enfermedad o cualquier otro asunto de mal cariz. Prosper apenas se había alejado medio centenar de pasos cuando se decidió a llamarlo. Al detenerse, se acercó a él otra vez con un ritmo cadencioso que nada tenía que envidiar al suave cojeo del haitiano. Quería acercarse a la tienda. Las cervezas escaseaban y necesitaría algo para cenar aparte de los frutos de sahel que llevaba en el bolsillo. Irían a Winter Palms juntos. Mientras tanto, podrían charlar de temas menos serios que aquel, y el camino en compañía no se les haría tan pesado

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