Mobymelville

MobymelvilleDanielPerezNavarro

¿Quién es Mobymelville? ¿Qué es Mobymelville?

Centenares de ballenas acuden a la llamada de un extraño grupo que las acosa. El misterio de una insólita biblioteca, construida en un lugar imposible. Una niña de cinco años, la única persona capaz de desafiar a Mobymelville. Detrás de todo, un hombre atrapado en el más intrincado laberinto, que deberá averiguar qué se esconde tras cada una de las fichas de este, en apariencia, caótico dominó.

Una historia asombrosa, con sentido de la maravilla. Un universo en el que sus hilos se entrecruzan y tejen un apasionante juego de preguntas y respuestas.

Daniel Pérez Navarro es uno de los narradores de literatura fantástica contemporánea que más menciones y premios ha recibido en los dos últimos años. A propósito de sus historias, se ha escrito que el desarrollo inesperado de las mismas “crea continuas expectativas en el lector”. Una inventiva “increíblemente alejadas de los tópicos”, caracterizada por un “laconismo literario de gran plasticidad”.

Un libro capaz tanto de cautivar al aficionado a la ciencia ficción como de provocar el entusiasmo del lector alejado de ella.

ANTICIPO:
La matanza.

El aire transporta su olor desde hace más de medio día, desde antes de que amaneciera. Nada huele de esa forma, ni la mayor epidemia de peste. Ningún remedio de los hombres puede disimularla: ni la quema de ámbar oscuro, ni el bálsamo de copaiba y trementina, ni el gálbano de los judíos ante el altar de oro, ni el incienso, ni los perfumes que se desprenden de sus mejores ropas.

Sus vientres grisáceos se habrán dado la vuelta y flotarán mirando hacia el sol. Sus barbas, puestas a remojar de la misma manera. Sus cabezas alargadas, vueltas hacia atrás, tendrán los ojos cerrados, y los buitres marinos las estarán picoteando.

Antes de que se callaran, escuché sus cantos monótonos, largos y graves. Nos avisaban a las demás. Yo me encontraba a una distancia que los hombres establecerían en unos dos mil kilómetros. Por qué empezamos a nadar en aquella dirección en lugar de hacerlo en el sentido opuesto es algo que un hombre no entendería. Esta vez es distinto, decía el mensaje que transportaban las olas con la zozobra de una borrachera o de una borrasca en mitad del Atlántico. Nos persigue un grupo. Eso entendimos, esa fue la palabra que emplearon. No un ballenero, ni unos pescadores. Un grupo. Estoy cada vez más cerca y lo percibo en el aire: el olor es diferente.

Hace tiempo que lo aprovechan todo. Se comen nuestra carne y la abundante grasa no supone un desperdicio, ni la piel, ni siquiera los huesos. Todo se destila en conservas, en aceites, en jabones. Este olor a putrefacción que proviene de alguna de las islas del Atlántico Sur se asemeja al de antaño, cuando los primitivos balleneros abandonaban nuestros esqueletos y los restos de carne fermentada desprendían un hedor tan insoportable que ningún barco se aproximaba en un radio de varios kilómetros.

Debe de tratarse de una manada, porque sus cantos se acumulan unos sobre otros hasta confundirse y porque este olor no puede provenir de un solo espécimen, aunque sea uno de los mayores, aunque alcance a pesar cuarenta toneladas en una de sus básculas.

Estoy más cerca de lo que yo misma sospecho. El olor es tan penetrante que las gaviotas se alejan asqueadas. El mar está revuelto, como si debajo de ellas alguien pulsara sus cuerpos sin cesar, como si fueran las teclas negras y blancas de un piano.

He llegado.

Nada, sin embargo, hacía presagiar esto:

Tengo que levantar mi cuerpo para buscar el horizonte en el que los cuerpos se pierden y aún así no distingo dónde termina la masacre. Las aves carroñeras no tienen que mojar sus patas en el agua para saltar de una a otra porque la carne muerta de las ballenas azules, mis hermanas, se extiende de tal modo que resulta obsceno sacar uno de sus aparatos de medición para calcular el exterminio en cifras. Los tiburones están enfebrecidos, deliran en la bañera de agua salada, grasa y carne desgarrada y esparcida en trozos en que se ha transformado el mar. Son ellos los que tarareaban esa pieza de bravura que sacudía las aguas debajo de las montañas apiladas de ballenas agonizantes o muertas. El delirio que posee a los tiburones es de tal magnitud que se muerden entre ellos. No distinguen entre jirones colgantes de carne y sus propias aletas. Dos, tres, cuatro mil. Es imposible saberlo. Y aunque su canto nos avisó, todas corrimos hacia este núcleo que nos tritura.

Pero no son ellos, los tiburones, tan carroñeros como las aves, ni los balleneros, pues no me he cruzado con ninguno.

Ahora los veo, sólo para intuir que es demasiado tarde.

Un diminuto arpón, tan pequeño como un crustáceo, se clava en un lateral de mi vientre y dentro de mi cuerpo su carga estalla, reventando, lo noto, una de las arterias principales. La sangre mana con la fuerza que lo haría una columna de aire y agua a través de uno de los orificios de mi cabeza. Son ellos. Parecen hombres, pero no lo son.

Los hombres no se comportan así: nosotras los conocemos a ellos mejor que ellos a nosotras, aunque nos devoren. A este grupo, sin embargo, no lo comprendo. No busca nuestra carne. No pretende fabricar paraguas, ni hilos, ni detergentes, ni cremas. Entiende nuestro lenguaje, al contrario que los hombres, que lo han grabado y reproducido en sus aparatos sin entender absolutamente nada, y a pesar de esa ceguera inventan que su especie es más inteligente.

Ya nada importa.

Me debilito.

Daré la vuelta, como las demás. Mostraré mi vientre al sol para que lo caliente y dormiré para soñar con una constelación.

Llamadme Ismael.

Llamadme peregrino Darrell Standing, o astronauta Bowman, o Palmer Eldricht, o simplemente Ismael, porque habito páginas de fábula, como cualquiera de ellos. He llegado hasta aquí a bordo del Nimrod.

Cada vez que mis aminoácidos se encienden, comprendo que ha llegado la hora de embarcar, antes de que la secuencia de bases se descomponga y mis fragmentos caigan desperdigados en un inabarcable vacío, entre nebulosas distanciadas en un universo que ahora se dilata. Antes de que el malestar me resulte insoportable y me abandone a la nostalgia, debo subir a bordo. Los hay que se hacen soldados, o estudiosos, o artistas. Yo tengo que tomar un barco. Aunque sea el Nimrod, a la caza de una aberración enigmática y caprichosa que tiene tanto de oscura como de insaciable.

He aprendido de leeros. Me he ilustrado porque soy el escribiente del grupo. No es mi única tarea. En cualquier caso, soy insignificante, casi un grumete a bordo al lado de los demás.

Esto es lo que escribo de nuestro viaje:

Las grandes compuertas se abren ante nosotros, penetramos en los túneles y así bordeamos discos de cien mil millones de estrellas. Los rozamos antes de saltar al interior de un cúmulo globular en el que son tantos los minúsculos puntos luminosos que todo se confunde en un único espacio de fosforescencia que parece que nunca va a acabarse. He presenciado lo que los hombres llaman brazos espirales, y también he visto, mientras mis latidos dormían ralentizados, cómo una galaxia elíptica aceleraba para nosotros sus movimientos y se tragaba otra menor, fagocitándola del mismo modo que hacen ciertas bacterias con otras más pequeñas. Hemos dejado tantos túneles (la distancia más corta entre dos puntos lejanos del universo no es, ni siquiera se acerca, una línea recta, sino un túnel) detrás de nosotros para llegar aquí…

Después de leer vuestros libros, decidí que mientras sigamos cerca de este tercer planeta a él lo llamaríamos Mobymelville. Nuestro capitán, al que en esta lengua llamaré Zagreo, recuerda a un Abade chacurra: un sacerdote, también cazador (hasta lo enfermizo), que sufrió condena al abandonar el templo en el que oficiaba una celebración litúrgica cuando sintió ladrar a sus perros, enloquecidos por el olor de una presa en las inmediaciones de la iglesia. El castigo consistió en que echara a correr sin descanso detrás de sus perros en un torbellino inútil que no conoce final. Igual que nosotros.

A Hua Hsu y a mí nos avisaron: no era buena idea enrolarse en el Nimrod. Su capitán estaba perturbado desde que Mobymelville, hacía mucho tiempo, lo desfiguró, según nos dijeron. Mobymelville le arrancó un fragmento del ADN que no se pudo recomponer. Desde entonces no puede transformarse en otra cosa que en un retrato deforme de su propia imagen desfigurada. Vive encerrado en su camarote desde que comenzó la travesía, lo que con vuestros instrumentos de medición equivale a unos tres mil años. Yo apenas lo he visto en este tiempo. La incontinencia de la búsqueda nos lleva de un túnel a otro, alejados de cualquier centro gravitacional que frene nuestra caída infructuosa e inacabable en pos de Mobymelville, como si fuera un demonio que se esconde y se nos escapa cada vez que creemos que vamos a alcanzarlo. Sueño, como todos, con piernas negras, con alas azules, con su cabeza de salamandra y también con que daremos fin a su corrupción y deleite en el desorden.

Uno de nuestros exploradores, T`si, que también es el mejor de nuestros arponeros, lo encontró en este lugar. De eso hace poco más de cien de vuestros años. El capitán Zagreo recibió el mensaje y ordenó que el Nimrod pusiera rumbo inmediato a las coordenadas que marcó T’si, las de este pequeño planeta que gira alrededor de una modesta estrella, la cual a su vez está escondida en un extremo de una pequeña galaxia, un lugar apartado de todo. Puedo contarlo de una manera más sencilla: Mobymelville se escondió en el equivalente a una isla diminuta entre las miles y lejanas del océano Pacífico, y ahora nada en el Atlántico.

Cómo se quedó solo esperando nuestra llegada.

Uno de vuestros cuentos narra la historia de un ogro que podía transformarse en cualquier cosa. Un gato le pidió que adoptara la fisonomía de un león y el ogro lo hizo. Simuló asustarse y luego le propuso al ogro que hiciera algo más difícil: transformarse en un animal pequeño, como un ratón. Eso hizo el ogro poco antes de que el gato lo devorara.

He repasado vuestra historia. Hace varios siglos, en concreto durante el transcurso del año 1346, Mobymelville, aburrido en su escondite, sin otra cosa que hacer que reproducir a pequeña escala la devastación de la que era capaz, se transformó en un diminuto monstruo y asoló Europa. Se llamó a sí mismo Yersinia Pestis, y con ese nombre extendió una marea de muerte a la que se llamó Peste Negra. Para ello, evitó la luz, buscó la humedad y el agua corrompida y se introdujo y reprodujo en las pulgas, que también se multiplicaron, como las ratas a las que éstas mordieron, transmitiéndoles así la bacteria, que luego saltó a conejos, liebres, gatos y hombres. Destruyó ganglios y tejidos, multiplicándose hasta la náusea. Cuando terminaba con uno, saltaba a otro huésped. Así bailó una danza esperpéntica que lo entretuvo unos años, hasta que se cansó. Conservó el gusto de mutar su material genético hasta los límites de lo diminuto, y alguna vez lo ha hecho, simplificándolo en criaturas minúsculas, poco más que un hilo de ARN que precisa introducirse en huéspedes menos simples para multiplicarse.

T`si no viajó solo. Con él lo hizo un segundo explorador al que llamaré Raxda. Ambos descubrieron que Mobymelville adoptaba como forma preferida la del mayor de los mamíferos, una gigantesca ballena que nadaba en los océanos a placer y se alimentaba de toneladas de krill. Uno de vosotros, un hombre lúcido, le dedicó un libro.

T`si y Raxda hicieron sus cálculos y llegaron a la acertada conclusión de que desde donde nos encontrábamos, tardaríamos al menos cien años en llegar, aunque viajásemos a través de los túneles. Raxda ideó mientras un plan para cazar a Mobymelville. Su metamorfosis fue al mismo tiempo perdición y triunfo aparente.

Raxda se transformó en un hombre. Pronto hizo fortuna y ascendió. Desde su puesto en la sombra manejó a otros hombres, dinamitó economías y aceleró el progreso. A finales del siglo XIX alentó la caza de la ballena, confiando en que el azar lo llevara hasta Mobymelville. En Japón, Noruega e Islandia promovió una desatada cacería que asoló la población de rorcuales aliblancos, yubartas y ballenas azules, pero no sirvió de nada. No fue Raxda quien encontró a Mobymelville, sino Mobymelville a él.

Raxda cometió la imprudencia de alejarse de las plantaciones de algodón y de azúcar en una de sus expediciones por las selvas de Guyana. Atravesó, él creyó que por accidente, un lodazal y allí lo esperaba Mobymelville, transformado en una diminuta larva que penetró por una pequeña fisura que encontró en un dedo de un pie. Alcanzó una de las pequeñas venas de la extremidad y a través de ella viajó hacia otras de mayor tamaño, dejándose arrastrar por la corriente. Como si desde un camino de tierra hubiera acabado por alcanzar una autopista después de atravesar carreteras secundarias: así llegó Mobymelville a la vena cava inferior, por la que ascendió hasta la entrada a la aurícula derecha del mismísimo corazón de Raxda. La fuerza de la corriente lo llevó al ventrículo derecho y de ahí a las venas que se adelgazaban en dirección a los pulmones para oxigenarse, alcanzando así los alvéolos pulmonares. Ascendió luego de los bronquiolos a los bronquios y de ahí a la tráquea. Entonces ya había madurado de larva a parásito adulto y así fue deglutido por Raxda: pasó de las vías respiratorias a las digestivas a través del esófago, bajó al estómago y cuando alcanzó el intestino, que era el lugar que buscaba, quedó prendido con uno de sus garfios y empezó a consumir a Raxda. Cuando él percibió lo que ocurría, fue demasiado tarde. Raxda adelgazó hasta convertirse en un pellejo de piel y huesos. Intentó transformarse y recuperar su aspecto original, pero no pudo. Mobymelville, clavado en sus intestinos, se lo impidió. Luego Mobymelville rompió la doble hélice del ADN de cada una de sus células en miles de fragmentos, disolvió los enlaces de fosfato que unían sus bases y sus azúcares y dejó flotando en el aire de una selva apartada de Sudamérica las moléculas de adenina, guanina, citosina y timina que congregadas se llamaron Raxda. Y T`si se quedó solo esperando a que llegáramos.

El primer oficial en el puente de mando.

¡Viejo horrible! Todos estamos por debajo de él. A todos nos arrastra en esta locura en la que la razón ha sido la única que se ha rebelado contra su capitán. Sólo una implosión de toda la materia, succionada en un cataclismo, nos detendrá. Hasta que llegue ese momento, vagaremos como las últimas estrellas, en un lamento que huye y anhela al mismo tiempo el vacío del que procede. El capitán se siente rey en el espacio infinito de su camarote y yo me siento encerrado en un universo del que aún no encontré los límites.

¿Quieres evitar uno de los gigantescos agujeros negros? Yo, todo lo contrario. Deseo que el buque se despeñe por uno de ellos, que quede aniquilado en las proximidades de un horizonte de sucesos junto a las demás partículas que se atrevieron a acercarse, que se hunda en el frío de una millonésima de grado centígrado y en el silencio.

Tus cicatrices monstruosas inspiran lástima. Pero es lo único, Zagreo, todo lo demás en mí odia cada centímetro de nave. ¡Oh, Dios! Tener que navegar por túneles perennes y dejar atrás millones de estrellas por el capricho de uno, al lado de una tripulación necia, engendrada por este mismo gas que flota sin condensarse en cuerpos a lo largo de millones de años luz.

En esta hora de la guardia, los cuerpos sin vida de las ballenas se amontonan a mis pies como cañas de azúcar tronchadas sin que haya servido de algo.

El segundo oficial, en el bote.

Hua Hsu, atiende, llega una manada por el norte, prepara el arpón.

¡Todos en sus puestos! El capitán os mira desde un ojo de buey y está apuntando todos y cada uno de los disparos que dan en el blanco. Ni preguntas ni dudas. En fila india y a bailar.

Pronto recogeremos y volveremos al Nimrod, en cuanto terminemos. Las hierbas desaparecen en un mar de hierba y Mobymelville está en el agua.

¡A bailar!

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Interplanetaria

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