Monjas en guerra

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La guerra de la independencia que asoló toda la Península Ibérica no dejó al margen a las monjas, como nos cuentan los testimonios excepcionales que se contienen en este libro. Se trata de unos relatos, la mayoría de ellos inéditos y totalmente desconocidos, que algunos conventos femeninos de diferentes órdenes y de lugares distintos recogieron sobre lo sucedido a su comunidad durante esos años de incertidumbre y padecimiento. Quien disfrute con la novela histórica encontrará en estos relatos mucho más que ficción, aquí hay una historia real, de interés novelesco, sin los añadidos de la imaginación del escritor.

ANTICIPO:

¡QUE VIENEN LOS FRANCESES! [1]

Por los años de 1808, vivía en el real palacio un tal don Manuel Godoy, marqués de Valdegamas, gran valido de SS. MM., quien gobernaba a su arbitrio los destinos de la nación y en recompensa de cuyos servicios obtuvo de S. M. la Reina doña María Luisa el título de Príncipe de la Paz. Corrían rumores de haber este ministro vendido a la nación, mas sea de esto lo que fuere, lo cierto es que toda la Real familia fue conducida a Francia, incluso el mismo Godoy.
En el momento que los Reyes salieron de España, entraron despóticamente las tropas de Napoleón, y con ellas la desolación y miseria a nuestra amada patria. Contaban los antiguos que en el tiempo de la guerra de la Independencia estuvo Pamplona fuertemente sitiada por los franceses. En lo más apretado del sitio, faltaron el bastimento a la ciudad y en este conflicto los pobrecitos sitiados se vieron en el terrible apuro de no tener un bocado de pan que llevar a la boca, llegando la necesidad al extremo de hacerse necesario el majar trigo para hacer unas tortitas en el rescoldo, y era grandemente favorecido el que podía conseguir unas patatas. La carne de caballo llegó a ser tan apreciada, que sólo podían gustar de ella los muy ricos y a precio de mucho dinero.
Las tropas revolucionarias, seguían su jornada a Valladolid, haciendo destrozos por doquier pasaban, y quemando cuantos conventos e iglesias les venía en gana. Sabido por esta comunidad que los franceses se iban aproximando, tomaron la resolución de abandonar su amado palomarcito, por huir de la tea incendiaria.
El día 11 de noviembre de 1808, a las dos de la mañana, salieron las religiosas del convento con grande precipitación y desconsuelo, dejando en la portería cuantas preciosidades y alhajas había dado el duque fundador para el adorno de la Iglesia y culto divino. […]
En el momento que llegaban a los pueblos, se presentaban a los señores curas para que en vista de su dolorosa situación atendiesen a sus necesidades. Los buenos sacerdotes, llenos de caridad, alojaban a la comitiva en las casas más pudientes de sus feligreses, mas no bien se habían sentado para tomar un poquito de reposo y algo de alimento, cuando oían la fatídica voz: «¡Qué vienen los franceses!». Llenas de pena y cansancio tenían que abandonar aquella hospitalaria morada y emprender de nuevo su triste marcha, hasta que, rendidas de la fatiga (pues que todos sus viajes hicieron a pie) veíanse en la forzosa necesidad de hacer mansión en otro pueblo. […]
Como estas buenas gentes viesen la deslucida presencia de María Antonia y el buen tipo de María Dorotea, favorecida no poco de su velo blanco, pues que en todos sus viajes anduvieron vestidas de religiosas, creyeron que esta última sería la priora y a ella hacían los honores. La pobre Madre, que era muy humilde, se deshacía para hacerles ver que ella era una pobre lega, en tanto que su compañera había sido priora en su convento y de tan noble linaje que era hija del marqués de Belzunce y Conde de Saceda. La madre que tenía mucho de discreta, la interrumpió su relato diciendo: «Calle hija, y no sea boba, lo mismo es que nos llamen dueñas que señoras, el objeto es que nos den bien de comer, lo demás deje que ruede la bola».
Las demás religiosas, unas se refugiaron en casa de sus parientes; otras, después de mil rodeos, ingresaron en conventos de nuestra orden por donde la turba francesa no había acertado a pasar, o si pasó, por lo menos tuvo la bondad de respetar sus moradas. […]
Las riquezas que poseía esta comunidad eran inmensas. El duque fundador se había empeñado que este convento fuese poco menos que Real. Para conseguir su objeto, se esmeró en lo suntuoso de su fábrica y en el adorno y magnificencia de todo cuanto podía hacerle agradable a la vista y devoto al espíritu. Los vasos sagrados y demás utensilios necesarios los dispuso según la graduación de las fiestas. En los días de grande solemnidad todo era de oro purísimo de gran valor, y para diario el servicio era de plata, pues que en nuestra sacristía no se conocía otro metal. […]
Otro tesoro poseía la comunidad de mayor valía en su afecto que todas las riquezas. Era este el cuerpo incorrupto de la madre Luisa de la Cruz, consuegra del duque y fundadora y primera priora de este convento. […]
Cuando salieron del convento no pudieron llevar consigo los restos de su santa fundadora, y llenas de fe clamaron a Dios no permitiese que aquel tesoro llegase a perecer, sino que antes bien por un efecto de su misericordia le guardase de toda profanación como le había preservado de la corrupción.

[1] Relación de algunos sucesos ocurridos en España y en esta Comunidad desde el año 1808 hasta el de 1910. MM. Descalzas de Lerma, cuaderno. Copia hecha por la Madre María Teresa a instancias del padre Silverio. 19 de marzo de 1910 (Archivo Silveriano, Burgos, 21/M)

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