¡Muerdeme!

MuerdemeChristopherMoore

Ahora que sus antiguos amos vampiros, Jody y Thomas, están fuera de combate, la joven Abby Normal se ha erigido en Señora Sustituta de la noche San Francisco… Un papel que se le queda un poco grande a esta adolescente gótica salida, aspirante a vampira y fashion victim, sobre todo ahora que la ciudad ha sido invadida por una caterva de gatitos chupasangres que se han propuesto dejar secos a todos los indigentes y prostitutas con los que se cruzan. Menos mal que Steve, su “dulce amor ninja” y Jared, su mejor amigo gay, están ahí para… ¿ayudarla?
Abby desvela, a través de su diario, esta historia loca, sangrienta, pero muy divertida.

ANTICIPO:

La ciudad de San Francisco está siendo asediada por un enorme gato vampiro afeitado llamado Chet, y solo yo, Abby Normal, señora sustituta de las noches de la zona de Gran Bahía, y Perro Fu, mi esclavo sexual con el pelo a lo manga, nos interponemos entre ese monstruo hambriento y la sangrienta matanza del gran público, lo cual tampoco sería tan malo como parece, porque el gran público apesta.
Aun así, creo que esta batalla entre fuerzas oscuras, junto a lo de mantener mi apasionado y prohibido romance, la sacrificada tarea de domar mis nuevas botas Skankenstein® de vinilo rojo y plataforma que me llegan al muslo, así como la aplicación diaria de un elaborado maquillaje de ojos y demás, justifican que me salte la clase de biología (Introduc­ción a la mutilación de cadáveres de marmota en conserva, con el señor Snavely, que sé de buena tinta que se lo hace con las marmotas cuando no hay nadie delante). Pero ve a decirle eso a la unidad materna, que se merece toda esta desespera­ción y decepción por maldecirme con su contaminado ADN de tetas pequeñas.
Dejad que os ponga al día, sil vous plaít. Y prestad atención, cabrones, que luego habrá examen.
Hace tres vidas, o quizás fue el semestre pasado, porque como dice la canción: «Cuando estás enamorado, el tiempo es como un río de resbaladizos excrementos». A lo que iba, que durante las vacaciones de invierno, estábamos Jared y yo en Walgreens buscando sombra de ojos hipoalergénica cuando conocimos a la hermosa y pelirroja condesa Jody y a su consorte de sangre, mi Señor Oscuro, el vampiro Flood, que iba totalmente disfrazado de perdedor, con vaqueros y camisa de franela.
Yo solté un «Nosferatu» que susurré a Jared como el viento nocturno soplando entre árboles muertos.
Y Jared: «De eso nada, triste y confusa zorra».
Y yo: «Cierra tu fétida sorbepenes, presumido con aliento a semen». Cosa que se tomó como un cumplido, que era lo que yo pretendía, porque aunque Jared es profundamente gay, en realidad no se ha tirado a nadie, sin contar quizá a su mascota, la rata Lucifer. Siendo estrictos, podría decirse que Jared es roedorsexual, de no ser por la complicada geometría de esa relación (porque el tamaño sí importa, ¿sabéis?).
Nota para mí: debería presentar a Jared al señor Snavely para que hablen de follarse roedores y eso; igual así me salvo de repetir biología.
El caso es que Jared es el personaje secundario ideal dentro de la tragedia que es mi vida, ya que viste lúgubre chic, es muy bueno poniéndose melancólico y autodespreciándose, y es alérgico a los productos de belleza. He intentado conven­cerlo para que se haga profesional.
Pues eso, que el vampiro Flood me cita en un club, donde me ofrezco a él para que sacie sus oscuros deseos, cosa que rechaza, por el amor eterno que siente hacia la condesa. En vez de eso me invita a un capuchino y me nombra su esbirra oficial. El deber de una esbirra consiste en alquilar aparta­mentos, hacer la colada y llevar al amo un saco con un sabroso niño dentro, aunque nunca he hecho esto último porque a los amos no les gustan los niños.
Pues eso, que el vampiro Flood me dio dinero y yo alquilé un loft tres guay en el SoMA (que está de lo mejor conside­rado como barrio para vampiros porque casi todo son edifi­cios nuevos y nadie va a sospechar que allí vivan viejas criaturas de pura maldad). Pero resultó que estaba como a media manzana del loft tres guay del SoMA donde ya vivían. Pues eso, que cuando voy a entregarles la llave, esperando que me otorguen el oscuro don de la inmortalidad, aparece una limusina llena de universitarios porreros y una fulana pintada de azul con unas tetas giganormes de silicona. Y me dicen: « ¿Dónde está Flood? Tenemos que hablar con Flood. Déjanos entrar», y otras exigencias de mierda. Y voy yo y les digo: « ¿Y qué más? Quítate de en medio, Pitufina. Aquí no vive nadie llamado Flood».
¡Lo sé! ¡Por los putos clavos de Cristo en bicicleta! ¡La tía era azul!
Y no soy racista, así que no sigáis por ahí. Era evidente que la tía tenía problemas de autoestima que compensaba con las gigantescas tetas falsas, la pintura corporal azul de zorrón y tirándose a un coche lleno de porreros por pasta. No la juzgo por el color de su piel. Cada cual afronta el mundo a su modo. Cuando tuve que ponerme correctores en los dientes pasé por una fase Hello Kitty que me duró hasta los quince, y Jared aún sostiene que en el fondo sigo siendo happy, lo cual no es cierto. Lo que pasa es que soy complicada.
Pero ya volveré luego a la fulana de azul, porque entonces va el asiático del grupo y mira su reloj y dice: «Demasiado tarde, se pone el sol». Y se fueron. Fue entonces cuando abrí la puerta de la escalera del loft y me encontré con Chet, el enorme gato vampiro afeitado. (Solo que, en aquel momen­to, no sabía cómo se llamaba y llevaba un jersey rojo, así que no sabía que estaba afeitado, y todavía no era vampiro, pero sí enorme.)
Y yo le solté: «Vamos, minino, lárgate». Y se largó, dejando tirado en las escaleras a William, el sin techo del enorme gato afeitado. Pensé que estaba muerto por lo mal que olía, pero resultó que solo se había desmayado por la bebida y porque le habían chupado la sangre y eso. Pero estoy bastante segura de que ahora sí que está muerto porque luego Fu y yo encontramos su mierda de ropa apestosa en la escalera del loft, llena de ese polvo gris en que se convierte la gente cuando un vampiro les deja secos.
Así que subo y digo: «En la escalera hay un muerto y un gato enorme con jersey». Y la condesa y Flood me dicen: «No importa».
Y yo: «Y os busca una limusina llena de porreros».
Y se pusieron en plan «hala», y no os imagináis lo que parecieron flipar para ser viejas criaturas que viven un oscuro romance prohibido y eso. Y es que resultó que no lo eran, quiero decir que no lo son. Quiero decir que, sí, vale, su amor es eterno y son criaturas de maldad indecible y eso, pero para nada son viejos. Resulta que el vampiro Flood tiene solo como diecinueve años, y conoció a la condesa hace solo un par de meses. Y ella solo tiene unos veintiséis, que será algo carroza, pero no es tan vieja. Y es muy guapa pese a su avanzada edad, con largos cabellos de lo más rojos y piel blanca como la leche, y ojos verdes como un fuego esmeralda, y un cuerpazo que podría hacer que una chica se volviera lesbi si no fuera ya esclava de ese alucinante ninja experto en sexo-fu que es el delicioso Perro Fu. (Fu sigue insistiendo en que no puede ser ninja porque es chino y los ninjas son japoneses, pero solo lo dice porque es un cabezota y siempre que saco el tema se hace el asiático airado.)
Pues eso, que en el loft del amo veo dos estatuas de bronce, una es de un hombre de negocios carroza y la otra se parece a la condesa, solo que completamente desnuda, o con unas mallas, y en bronce. Y voy yo y le digo: « ¡Estábamos exhibicionistas, condesa! ¿Venía con barra de stríper?».
Y va ella y dice: «Ayuda a Tommy a mover los muebles, Miércoles». Como si eso tuviera algún sentido. (Resulta que miércoles es un personaje gótico de una peli carroza.)
Pues eso, que, más tarde, gracias a una investigación intensiva y a cotillear por ahí y eso, descubro que las estatuas no son estatuas. Que la condesa solía estar dentro de su estatua, y que en realidad dentro de la estatua del hombre de negocios carroza hay una vieja criatura de maldad indecible, el nosferatu que vampirizó a la condesa. Y el vampiro Flood, que entonces no era vampiro, los había bronceado a los dos mientras dormían el profundo sueño que tienen los muertos durante el día, que es como el sueño más profundo que se puede tener. (Deberíais saber que los vampiros no bostezan ni se duermen poco a poco. Cuando el sol asoma por el horizonte, se desploman como muñecos de trapo y caen allí donde estén, y puedes mover­los y pintarlos y ponerles las manos en el aparato y hacerles fotos y colgarlas en la red, sin que se enteren de nada hasta que anochece y despiertan de golpe y se preguntan por qué tienen las partes cochinas pintadas de verde y el buzón lleno de proposiciones de elfin_love.com.)
Lo sé. ¡Uau!
Resulta que la condesa eligió a Flood, al que llama Tommy, para que fuera su esbirro de día, su almuerzo en sangre y su esclavo sexual, porque trabajaba por la noche en el supermer­cado Safeway. Entonces, el viejo vampiro, que había vampirizado a la condesa como una semana antes, empezó a incordiarlos, diciendo que iba a matar a Tommy y a joderle la vida a Jody. Pues eso, que Flood y su banda de porreros reponedores del turno de noche del Safeway (llamados los Animales) fueron a por el vampiro alfa, que dormía en un gran yate en la bahía, y le robaron como tropecientos millones en obras de arte que tenía allí, y volaron el yate con el vampiro dentro, cosa que no le hizo mucha gracia, pero cuando salió del agua lo jodieron a base de bien con rifles lanzaarpones y eso.
¡Lo sé! ¡Para mear y no echar gota! ¡Lo sé! Eso demuestra lo que dice Lord Byron en un poema: «Hasta unos pocos porreros con la hierba y los explosivos suficientes pueden vencer a una criatura de gran poder oscuro, antiguo y sofisticado».
Estoy parafraseando. Igual es de Shelley.
Pues eso, que la condesa impidió que mataran al viejo vampiro, pero prometió a los policías (a esos dos policías de siempre) que se lo llevaría y nunca volvería a la ciudad, pero cuando se fueron a dormir, Flood, que no soportaba la idea de perder a Jody, los llevó donde los moteros escultores e hizo que los broncearan. Y a la condesa le hizo agujeros en la capa de bronce por los oídos para explicarle por qué lo había hecho, y ella se transformó en niebla y salió a la habitación y lo convirtió en vampiro. Cosa que le sorprendió mucho, porque no sabía que ella supiera hacer esas cosas. (Me refiero a convertirse en niebla y vampirizarlo.)
Así que ahora los dos son vampiros, eternos en su amor, pero un tanto cutres en habilidades nocturnas. Como Jody se había estado alimentando de Tommy, no se había parado a pensar en lo que comería cuando Tommy fuera vampiro. Así que primero fueron a por aquel sin techo, al que llamaremos William el del gato enorme (porque la gente lo llama así), que se sentaba en la calle Market con Chet y un cartel que decía «Soy pobre y mi gato es enorme». Y acabaron alquilándole el enorme gato para chuparle la sangre entre los dos. Pero resultó que buena parte de la enormidad minina de Chet era pelo, así que lo afeitaron para facilitar el proceso de morderle. Me alegro de que entonces aún no fuera esbirra suya, porque creo que todos sabemos a quién le habría tocado afeitar al minino.
¡Pero no! No funcionó. No sé muy bien por qué. William pilló un pedo de nivel «violación en primera cita» con el bebercio que compró con la pasta que le dieron por alquilar el gato enorme y acabaron alimentándose de él. Y fue entonces cuando acogieron en su seno a esta servidora, la nueva princesa electa de la oscuridad. (En su seno quiere decir en el grupo, en el rebaño, o sea, como en un rebaño de corderos, no me obligaron a chuparles el seno ni nada de eso.)
Fui yo quien metió a Tommy en el programa de intercam­bio de jeringuillas, aprovechando su pinta pálida y escuálida para hacerles creer que era yonqui y conseguir jeringuillas con las que sacarle la sangre a William y guardarla en la nevera para que la condesa pudiera tomarla con el café. Resulta que la única forma en que los vampiros pueden tolerar la comida o la bebida es echándole algo de sangre. (A la condesa le gustan las patatas fritas con sangre, lo cual es a la vez tres guay y de lo más pallá.)
Así que, para cuando la condesa y Flood descubrieron lo que pasaba con la comida y la sangre, resultó que William el del gato enorme se había dado el piro y la condesa tuvo que ir a buscarlo, dado que era ella quien tenía más experiencia cazando por la noche, mientras Flood y yo hacíamos la mudanza de un piso al otro. Pero tuve que ir a por champú antipiojos para la inútil de mi hermanita Ronnie, que estaba infestada de esas alimañas, y Flood me mandó pronto a casa para evitarme la ira de la unidad materna, ya que no quería que castigaran a su esbirra. (Qué noble. Creo que fue enton­ces cuando me enamoré de él.) Entonces se llevó al viejo vampiro al mar para hundirlo en la bahía antes de que volviera la condesa. Me resultó evidente que Tommy tenía problemas de celos con el viejo vampiro y quería deshacerse de él. Solo que antes de llegar a la bahía se le acabó la noche y tuvo que dejar al viejo vampiro en el edificio Ferry del embarcadero y huir del sol para salvar la vida. Entonces pasó por allí la limusina con los Animales y la estúpida fulana azul, y pillaron al vampiro Flood en el último momento, cuando abandonaba la calle antes de quedar calcinado por el sol.
Lo sé. ¿QCN?
(Para que os enteréis, se supone que cuando escribo QCN debéis leer « ¿Qué coño?». Y lo mismo con ODM y ODMHP, que es «Oh Dios mío» y «Oh Dios mío hostia puta». Solo un completo cutregil del Disney Channel dice las iniciales. No se dicen las iniciales ni siquiera con BMBYBC, o «Besa Mi Bonito y Blanco Culo», a no ser que alternes con monjas o gente de ese estilo a la que le da vergüenza hablar de besar culos.)
Pues eso, que los Animales volvieron a su trabajo en el Safeway, pero no sin atar antes a Flood a un somier, donde la fulana azul lo torturó para que la convirtiese en vampira, porque ahora tenía toda la pasta que sacaron los Animales al vender las obras de arte del viejo vampiro, que habían sido como seiscientos mil dólares, y quería tomarse su tiempo para gastarlo y por eso quería ser inmortal. Pero Flood era un completo novato en lo de ser vampiro. Nunca había matado a nadie, ni lo había convertido en polvo ni nada, y no sabía vampirizar. La condesa no le había dicho que el elegido debe beber sangre de vampiro para recibir así el don oscuro. Así que la fulana azul lo torturó sin parar.
Lo sé, menuda zorra.
Mientras tanto, la condesa encontró al tío del gato enorme y yo el champú antipiojos, pero no sabíamos dónde estaba Tommy. La condesa se había quemado al meterse por unas tuberías de agua, así que se alimentó de mí, allí mismo, en el loft, y yo pensé: Oh, mierda, voy a recibir el don oscuro, y yo con mis Converse Chuck Taylor verde lima que son lo menos para convertirse en una criatura de indecible poder. Pero no, la condesa solo tomó de mi néctar sanguíneo lo suficiente para curarse. Debió de ser entonces cuando me enamoré de ella. El caso es que fue preguntando por todas partes por Tommy, y el sin techo completamente chiflado que se cree el Emperador de San Francisco (siempre está con sus dos perros en la parte norte de la ciudad) le dijo que uno de los Animales había ido preguntando por Flood.
Yo suelto un «Ajá».
Y la condesa suelta un «Ya».
Antes de darnos cuenta estamos en el Safeway de Marina y la condesa, con sus vaqueros negros y su chaqueta roja de cuero, pero con los labios sin pintar, coge un cubo de la basura reforzado en acero, tan grande como una monitora de gim­nasio lesbiana, y rompe el escaparate con él, y luego entra en la tienda pasando entre los cristales rotos, cabreada como una mona, y empieza a dar de hostias a los porreros. Fue algo glorioso. Pero no mató a nadie, lo cual acabó siendo un error, como también lo es, en mi humilde opinión, no llevar los labios pintados. Pues aunque fue una de las tundas de hostias más heroica que se ha visto en el mundo real, habría molado mucho más si los hubiera sacudido con los labios pintados de negro, o de un granate oscuro. Y le dijeron que tenían a Tommy en el apartamento de Lash, el negro del grupo.
Les había machacado, y yo dije: « ¡Os hemos follado, cabrones!».
Y la condesa dijo: «Qué mona. Vamos a por Tommy».
A veces puede ser una zorra. El caso es que vamos al apartamento donde tienen a Tommy, y cuando llegamos sigue atado al somier, solo que está de pie, apoyado contra la pared, todo desnudo y cubierto de sangre hasta en el aparato. Y con la fulana azul muerta en el suelo.
Yo suelto un «Ajá».
Y la condesa suelta un «Ya».
Y dice algo sobre que la fulana azul ha debido de romperse el cuello o algo, porque si Tommy la hubiera dejado seca se habría convertido en polvo y no habría ningún cadáver. El caso es que el viaje en taxi hasta el loft fue tres embarazoso, ¿sabéis?, con Flood desnudo y cubierto de sangre y los dos en plan «oh, te quiero» y «oh, yo también te quiero». Y yo iba deprimida de lo más superemo porque estaba celosa, porque ellos tenían su amor oscuro y eterno mientras que yo solo tenía mis Chucks verde lima y a Jared el follarratas gay.
Pero estuvo bien. El rescate y eso. Porque encontramos el dinero de las obras de arte del viejo vampiro con el que los Animales habían pagado a la fulana azul, que era como medio millón de dólares. Pero entonces descubrimos que la fulana azul no estaba muerta, ya que debió de beber accidentalmente algo de la sangre de Tommy cuando lo besó mientras lo torturaba, y ahora era una nosferatu. Y había convertido a todos los Animales, lo cual era malo, ¿sabéis? Daba muy mal rollo.
Y el viejo vampiro se había escapado del caparazón de bronce e iba a por Tommy y a por Jody, e igual hasta a por mí. Incluso fue a por William el del gato enorme, mientras Jared y yo mirábamos desde un callejón al otro lado de la calle.
¡Lo sé! Nos quedamos en plan « ¿cómo?».
El caso es que eso fue en Nochebuena y Jared y yo habíamos ido a la sesión golfa de Pesadilla antes de Navidad en el Metreon. Y nos quedamos como traumatizados y eso viendo cómo el vampiro pegaba al tío del gato enorme, y entonces nos llamó la condesa. Y quedé con ella y mi Señor Oscuro Flood a tomar café en un restaurante chino, que era lo único abierto porque los chinos pasan de la Navidad porque es una historia sin dragones ni petardos.
Nota para mí: escribir un poema narrativo sobre lo que habría pasado si los tres reyes magos le hubieran dado al niño Jesús petardos, un dragón y cerdo mu-shu en vez de las otras porquerías.
Así que, tras tirarnos toda la noche bebiendo café con sangre de Jared y sacarles la historia del viejo vampiro a la condesa y a Flood, volvemos al lofty allí, en las escaleras, nos encontramos con el viejo vampiro, desnudo. Y nos suelta: «Tenía que hacer la colada. Ese tío se me meó en el chándal». (Cuando lo vi sacudiendo al tío del gato enorme llevaba un chándal amarillo de lo más gangsta.)
Así que huimos, y cuando mis amos se desmayaron con el amanecer tuvimos que esconderlos en las vigas de debajo del puente de la bahía. No bostezaron ni nada; cayeron como muertos en el sitio. Bueno, como no muertos.
Así que los envolvimos con precinto y bolsas de basura y los llevamos a la guarida del sótano de Jared en Noe Valley. (La guarida de su sótano es sacrosanta, porque su padre y su madrastra temen encontrarlo machacándosela con porno gay, así que es un lugar muy seguro para los amos.) Mientras tanto, yo volví al loft para alimentar a Chet, el enorme gato afeitado, y decapitar al viejo vampiro con la daga de Jared y así ganar puntos extra con los amos, pero resultó que no había calculado bien cuándo se ponía el sol. ¿Desde cuándo se pone el sol a las cinco? Es como de críos.
El caso es que cuando llego a las escaleras, escucho al viejo vampiro moviéndose arriba. Y yo me digo: «Caga­da». Entonces oigo que llega un coche y salgo corriendo, directa a los brazos de una fulana rubia, que resulta ser la fulana azul, que ahora es nosferatu, acompañada de tres de sus esbirros vampiro que antes eran Animales. Lo sé. «Ajá.»
Así que me coge y está a punto de desgarrarme la garganta cuando el viejo vampiro la agarra por el cuello y deja la huella de su cara en la capota de un Mercedes. Y el tío va y dice: «Estás rompiendo las reglas, fulana. No puedes ir por ahí convirtiendo gente como si nada».
Yo celebraba la victoria sobre la fulana rubia con una pequeña danza de caderas cuando todos vinieron a por mí. Así que saqué la daga de Jared, aunque sabiendo que de todos modos se chuparían en grupo mi pálido cuerpecito, cuando una pasada de Honda de carreras sale a toda hostia del callejón y todo se vuelve blanco luminoso alrededor del coche. Y mi amado Fu, con su pelo a lo manga y sus gafas oscuras de héroe, me suelta: «Sube».
Pues eso, que se me lleva en su carruaje mágico de empollón, al que ha puesto focos ultravioleta que han dejado a los vampiros tan quemados como si fuera la luz del sol. ¡Lo sé! Me lo habría tirado allí mismo dentro del coche de no estar yo procurando mantener un aura distante de aristocrá­tica frialdad. Así que en vez de eso lo besé hasta dejarlo sin respiración y luego lo abofeteé para que no me considerara su zorra personal, cosa que ya era del todo. O sería.
Resulta que Steve, que es el nombre de esclavo diurno de Perro Fu, llevaba como un mes vigilando el apartamen­to de la condesa Jody, desde que supo que era vampira porque en su laboratorio hemológico de Berkeley apare­ció la sangre de una de sus antiguas víctimas. Además de sus alucinantes habilidades de conductor ninja, Fu es como una especie de supergenio biotecnológico.
Entonces Fu me dejó en el café Tulley’s, en la calle Market, donde me reuní con Jared y Jody, que habían salido de casa de los padres de Jared simulando ser amantes, lo cual es asqueroso a tantos niveles que me han dado como arcadas mientras lo tecleaba. (Jared será mi APS de emergencia, pero no deja de ser un follarratas pervertido, como lo llama la condesa con cariño.)
Y la condesa va y dice: «Vuelvo al loft a por el dinero».
Y voy yo y digo: «No, el viejo vampiro».
Y ella: «No es mi dueño». (O algo así. Estoy parafraseando.)
Y yo: «Como quieras, pero da de comer a Chet».
Así que volvemos a casa de Jared, y cuando llegamos resulta que el vampiro Flood está todo jodido porque intentó bajar boca abajo por un edificio de la calle Castro cuando iba tras una preciosa drag queen, tal y como hace Drácula en el libro (solo que en el libro no es en el Castro ni Drácula va tras una drag queen).
Nota para mí: cuando por fin sea nosferatu, no bajar una pared escalando boca abajo.
entonces aparece Fu, mi dulce amor ninja. Y suelta: «No podía dejarte aquí desprotegida». Y yo por dentro pensaba Molas mogollón de gominolas, Fu, mientras que por fuera me limitaba a besarlo y a restregarme con clase contra su pierna. Así que nos metemos todos en su pasada de Honda y volvemos al loft.
Cuando llegamos, las ventanas del segundo piso están abiertas y Flood oye que el viejo vampiro está con Jody.
Y Fu va y dice: «Dejad que vaya yo». Y del maletero saca una larga gabardina cubierta con cuentas de cristal. «Diodos de luz ultravioleta. Son como la luz del sol», dice.
La salida de incendios a la calle está cerrada, así que Flood suelta: «Iré yo».
Pero Fu le replica: «No, te quemarías».
Pero cubren a Flood de arriba abajo, con guantes, sombrero y una máscara de gas que Fu lleva para casos de alarma biológica y eso, y luego le ponen la gabardina. Fu le da una goma elástica y un bate de béisbol, y Flood empieza a correr de un lado a otro de la calle, subiendo un poco por la pared de un edificio, y luego por la del otro, hasta que se mete por una ventana del primer piso con los pies por delante. Personal­mente creo que la condesa se habría limitado a saltar hasta allí, pero es vampira desde hace más tiempo que Flood y tiene mejores habilidades.
Pues eso, que de las ventanas sale una luz blanca cegadora y lo siguiente que vemos es al viejo vampiro atravesando la ventana como un cometa en llamas y dando contra la calle justo ante nosotros. Y se levanta todo ennegrecido y cabrea­do, y Fu alza los focos ultravioleta y le suelta: «Fuera de aquí escoria vampírica». Y el viejo vampiro se va corriendo.
Entonces Flood sale por la puerta llevando a la condesa, que parece más muerta de lo habitual, y los llevamos a un motel para que se escondan hasta que se nos ocurra qué hacer. Fu roba sangre donada al laboratorio de su universidad y se la da a Flood y a la condesa para que puedan curarse. Y Fu va y dice: «He estudiado la sangre que encontré en las víctimas, y creo que puedo invertir el proceso. Puedo hacer que volváis a ser humanos».
Que era por lo que seguía a la condesa cuando yo lo conocí. Así que Tommy y Jody sueltan: «Nos lo pensaremos».
Pues eso, que Flood abraza a Jody en la cama y hablan en voz baja, pero yo puedo oírlos porque estoy justo en la puerta y el cuarto no es muy grande. Y está claro que su amor es eterno y que durará eones, pero a Flood no le gusta ser vampiro porque el horario es un asco y eso, y a Jody le gusta ser vampira por el poder que siente tras pasar tantos años siendo una llorica, y más o menos estaban diciendo que van a cortar cuando justo sale el sol y se desmayan.
Yo me puse en plan «oh, diablos, no».
Así que hice que los recubrieran de bronce.
Ahora mismo los estoy mirando. Los hicimos posar como en El beso de Rodin y estarán juntos hasta el fin de los tiempos, o hasta que se nos ocurra el modo de sacarlos sin que nos salten al cuello y eso. Fu dice que es una crueldad, pero la condesa me dijo que podían convertirse en niebla, y que el tiempo pasa como en un sueño cuando son niebla y están bien.
Fu fabricó ese suero suyo. Atrajimos a los Animales a nuestro nido de amor y los drogué mientras yo llevaba puesta la pasada de chupa de cuero que me hizo Fu, verrugas ultravioleta incluidas, que es guay y cíber, y Fu los convirtió en humanos. Y el viejo chiflado del Emperador dijo que vio a tres vampiros jóvenes llevarse al viejo vampiro y a la fulana que antes era azul a un yate giganorme, así que ya no tenemos que preocuparnos por ellos.
Fu quiere sacar a Flood y a Jody de sus estatuas de bronce cuando sea de día, mientras duermen, y convertirlos en humanos. Pero la condesa no quería, así que creo que debe­mos esperar. Tenemos este apartamento tres guay, y toda la pasta, y Fu está a punto de sacarse el máster de bioempollón o lo que sea, y yo solo tengo que pasar por casa como dos veces por semana para que la unidad materna siga creyendo que vivo allí. (El truco está en condicionarla desde los doce años para que crea que dormir fuera es normal. Lily, mi antigua APS con la que lo hacía, lo llama «asar despacio la rana», cosa que no sé lo que significa, pero suena de lo más siniestro y misterioso.)
Así que estamos a salvo en nuestro nido de amor y en cuanto Fu vuelva a casa pienso recompensarlo con una insinuante danza de caderas de amor prohibido. Algo chilla fuera. Ahora vuelvo.
¡Mierda puta! Chet, el enorme gato vampiro afeitado, está en la calle. Parece más grande, y creo que se ha comido a una controladora de la hora. Su cochecito se aleja y en el suelo hay un uniforme vacío.
¡Gatito malo! Tengo q irme. Ciao.

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