Mujeres de vida apasionada y muerte trágica

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A través de la historia es fácil comprobar que la pasión, bien sea amorosa, ideológica o simplemente vital, ha tenido consecuencias trágicas para el sexo femenino. Son muchos los casos en los que la consagración de una vida al arte, al amor, o a una causa política o religiosa ha tenido un trágico final. La eterna lucha entre Eros y Tanatos, la pasión y la muerte, es una constante en la biografía de muchas mujeres a lo largo de todas las épocas y en todas las latitudes.
Por las páginas de este título, desfilan muchas de estas mujeres que, en su momento, fueron capaces de luchar por sus ideales o de vivir un amor aún a costa de su propia vida. Mujeres como Juana de Arco, Inés de Castro, Ana Bolena, María Estuardo, Mariana Pineda, Olimpia de Gouges, Mata Hari o Diane Fossey que murieron víctimas de la intolerancia de quienes las rodeaban o por haber cometido el delito de amar apasionadamente. Mujeres, que como Beatrice Cenci, Isabella di Morra o tantas víctimas de la violencia de género, en muchas ocasiones hubieron de convivir con sus propios verdugos. Mujeres como Astrid de Bélgica, Grace Kelly o Diana de Gales, que se convirtieron en iconos de leyenda.
Todas tienen su lugar en la historia, justo es que se las recuerde.

ANTICIPO:

JEZABEL, LA REINA MALDITA

Según la Biblia, Jezabel fue la encarnación misma del mal. El arquetipo de la mujer liviana y ambiciosa que, movida por sus propios intereses, causa la perdición de todo aquel que cae en sus redes[1]. Sin embargo, la historia y la arqueología hablan de una mujer enérgica y culta, princesa fenicia por nacimiento y reina de Israel por matrimonio, que solo pretendió ser fiel a la religión que la habían inculcado sus mayores, y reforzar el poder de la corona frente a la todopoderosa clase sacerdotal israelí.

Desde que en 1938, William Wyler dirigió el film Jezabel, el nombre de la fascinante princesa fenicia quedó perpetuamente ligado a los ojos eternamente asombrados de Bette Davis. Sin embargo, la película[2] poco tenía que ver con la peripecia de la heroína bíblica que le prestó el nombre. Por el contrario se trataba de un melodrama romántico nacido al albur del éxito de Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1936), en la que Davis, a quien daba réplica un jovencísimo Henry Fonda, hacía gala de su talento dramático encarnando a una atractiva y ambiciosa sureña. Lo único que tenían en común la auténtica Jezabel con su tocaya cinematográfica era, además del nombre, ciertos rasgos caracterológicos que habían hecho a la princesa fenicia acreedora de la lindezas que le dedican las páginas del Antiguo Testamento, a saber: una decidida voluntad de conseguir sus propósitos, un carácter poderoso y alguna que otra oscura pasión.

La auténtica Jezabel había nacido hacia el 900 a .C. Era hija de Etbaal, rey de Sidón, un monarca despótico, fanático adorador de Baal y un modelo de conducta no demasiado recomendable ya que, para hacerse con el trono, había asesinado a sus dos hermanos mayores.

Por entonces, Sidón era una próspera ciudad fenicia cuyos marinos comerciantes se habían expandido por todo el Mediterráneo. No es de extrañar que Acab, séptimo rey de Israel, tuviera interés en emparentar con tan poderoso vecino. El matrimonio con una princesa fenicia no solo implicaba una importante inyección económica para las maltrechas arcas del reino, exhaustas después de las continuas guerras contra Asiria, sino que iba a permitir que Israel dispusiera de un punto de acceso al Mediterráneo que reforzara los intercambios comerciales con otros pueblos costeros.

A Etbaal, por su parte, la alianza le ofrecía la posibilidad de abrirse paso hacia el interior , una atractiva perspectiva desde el punto político y comercial. Por tanto, aceptó gustoso el matrimonio de su hija con el rey israelí obviando que, según parece, ésta había decidido consagrarse como sacerdotisa de Baal, el más importante de los dioses del panteón fenicio, una decisión que, todo sea dicho, no la obligaba al voto de castidad sino todo lo contrario[3].

Consumado el matrimonio, Acab debió sorprenderse al ver que Jezabel, que había recibido una esmerada educación y estaba dotada de una poderosa personalidad , no se contentaba con ser una mera moneda de cambio y a ejercer el papel de consorte pasiva y vientre fértil para mayor gloria de Israel. Por el contrario, la joven fenicia no tardó en mostrarse bien dispuesta a tomar parte en el gobierno del reino y, puesto que era una mujer de firmes convicciones religiosas, comenzó por implantar en Israel el culto a Baal y a la diosa Asera, su complemento femenino. A decir de las Sagradas Escrituras no encontró objeción alguna por parte de Acab ya que gracias a su belleza y considerable inteligencia, rápidamente se hizo con la voluntad de su enamorado esposo.

Pero no hay que olvidar que el reino era prácticamente una teocracia. El poder de la clase sacerdotal hebrea prácticamente no conocía límites y con la rápida proliferación del nuevo culto los sacerdotes israelitas debieron verse amenazados en su omnipotencia y, de alguna manera, obligados a renunciar a una parte del pastel del poder. Evidentemente, montaron en cólera y se organizaron para movilizarse contra la joven reina.

Ni Acab ni su esposa pensaban consentirlo. La oposición fue duramente reprimida y para reforzar sus defensas, la reina llamó a su lado a medio centenar más de sacerdotes al servicio de Baal y otros tanto al de Asera siempre, claro está, a cargo del tesoro público. La respuesta en forma de levantamiento popular no se hizo esperar y Jezabel pasó de ser la aliada perfecta para la expansión del reino, a convertirse en una extranjera que intentaba acabar con la sacrosanta tradición del Dios de Abraham.

Elías, un enemigo peligroso

La antaño princesa fenicia no pareció preocuparse. Se sentía fuerte y poderosa, le guiaba una fe en la que creía ciegamente, y contaba con el apoyo del rey y de buena parte de la corte, ya convertida al culto a Baal. Pero no contaba con un poderoso enemigo: el profeta Elías–hoy pasto de teorías esotéricas que le quieren arrebatado por un OVNI y no por el carro de fuego que asegura la Biblia— quien, empeñado en la defensa del dios de Israel, se enfrentó abiertamente a la reina a quien acusó no solo de fomentar el paganismo sino de conducta liviana, una acusación, por cierto, repetida una y otra vez través de la historia cuando se trata de denigrar a una mujer.

El profeta contaba a su favor con el apoyo de Abdías, Gobernador de la casa del rey, y con el argumento que le facilitaba el episodio de la viña de Nabot. Parece ser que Acab con el propósito de ampliar su jardín, había querido comprar a un campesino llamado Nabot un viñedo que lindaba con su palacio. Como el propietario se negara a la transacción, Jezabel urdió una compleja trama en la que el labrador pasó por traidor ante sus propios convecinos quienes acabaron por lapidarle. En consecuencia, a la muerte de su propietario, la viña pasó a ser jurisdicción real tal como mandaba la ley israelí.

Elías afeó una y mil veces su conducta a Jezabel. Y, alentado por sus seguidores, maldijo a Acab diciendo[4] :

¡Mataste y te apropiaste de lo ajeno! Por eso, así habla el Señor: En el mismo sitio donde los perros lamieron la sangre de Nabot, allí también lamerán tu sangre

Y añadió[5] :

Yo voy a atraer la desgracia sobre ti: barreré hasta tus últimos restos y extirparé a todos los varones de la familia de Acab, esclavos o libres en Israel. Dejaré tu casa como la de Jeroboám, hijo de Nabot, y como la de Basá, hijo de Ajías, porque has provocado mi indignación y has hecho pecar a Israel. Y el Señor también ha hablado contra Jezabel, diciendo: Los perros devorarán la carne de Jezabel en la parcela de Izreel. Porque a aquel de la familia de Acab que muera en la ciudad, se lo comerán los perros, y al que muera en despoblado, se lo comerán los pájaros del cielo

Y luego de pronunciar tal perorata, Elías, temiendo con razón la cólera real, hizo caso al sentido común y huyó al desierto donde se escondió con ayuda de sus fieles .

Pero la semilla del descontento ya estaba sembrada. Elías y sus seguidores contaban con el apoyo de Jehú, un general del ejército de Acab quien, a la muerte de éste en una nueva batalla contra los sirios, se levantó en armas y asesinó a sus hijos y sucesores, Ozoquías y Joram.

Seguro de su victoria, Jehú se dirigió a palacio. Allí le esperaba Jezabel dispuesta a afrontar su destino con la dignidad que correspondía a su rango. Según la Biblia, al verle aproximarse, se asomó a una balconada y le increpó. Como respuesta, el general rebelde, sin pensárselo dos veces, mandó a dos de sus seguidores que la defenestraran. Luego, entró en palacio, donde según la Biblia “comió y bebió” antes de ordenar que dieran a Jezabel la sepultura que, como hija de reyes, le correspondía. La sorpresa fue que, al salir en busca del cuerpo de Jezabel, solo hallaron sobre el pavimento su cráneo, sus pies y sus manos. El resto del cadáver había sido devorado por los perros. Se había cumplido, pues, la maldición de Elías.

Fue el trágico fin de una mujer fiel a sus principios a la que no importó luchar contracorriente, ni enfrentarse con los sectores más tradicionalistas de su país de adopción. El crimen tuvo, además, nefastas consecuencias para Israel ya que, rota la alianza con los fenicios, Jehú se vio forzado en 838 a convertirse en tributario de Salmanasar III, rey de Asiria. Era el principio del fin del reino de Israel.

[1] «En verdad, ninguno fue como Acab, que se vendió para hacer lo malo ante los ojos de Jehová; porque Jezabel, su mujer, lo incitaba ». Libro de los Reyes 1, 21-25

[2] Basada en la obra teatral homónima de Owen Davis (1933)

[3] Las sacerdotisas de Baal estaban obligadas a prostituirse para el mantenimiento del culto y del templo.

[4] Libro de los Reyes I, 21,19.

[5] Libro de los Reyes I, 21,21-25.

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