Mundo de Leyendas

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Zadoga es un mundo poco conocido y escasamente visitado. Sin embargo, su larga historia encierra enigmas y misterios, siendo su mayor singularidad la mortal Barrera que lo envuelve. Un sólo agujero estable permite su comunicación con el Conglomerado y el resto de la galaxia desde el único astropuerto que aún funciona, situado en el extremo norte del Valle de la Pentápolis. Más allá sólo hay tierras desconocidas, prácticamente inexploradas, donde confluyen todas las leyendas. 
Cuando en la Barrera comienzan las perturbaciones que presagian el inicio de la profecía anunciadora del resurgir en el presente los horrores del pasado, fuerzas antagónicas, nativas y foráneas, se enfrentan, unas para hacerse con el antiguo e incalculable poder que oculta Zadoga y otras para que éste quede conjurado mientras esperan contemplar en el cielo la última señal: la lluvia de objetos de plata que precederá a la aparición de la luz esmeralda.

ANTICIPO:

1

Esperaba encontrar a su maestra como la recordaba, joven y hermosa, llena de vitalidad, con la mirada de siempre, dulce y serena. Antes de serle permitida la entrada en la habitación donde la esperaba postrada en el lecho, las doncellas que la cuidaban la pusieron al corriente de la situación y le dieron los últimos consejos.
A la niña le costaba admitir que quien había sido su tutora se hallaba en trance de muerte. ¿Cómo podía aceptar el cruel designio del destino viéndola con tan buen aspecto?
Advertida de que debía comportarse con delicadeza cuando estuviera delante de su maestra, entró en la estancia caminando de puntillas. Las cuidadoras de la Eiyen Darai no la siguieron y escuchó el roce de las cortinas al cerrarse a sus espaldas mientras se dirigía a la cama medio oculta por los doseles de seda. Su maestra abrió los ojos al notar su presencia y volvió la cabeza hacia ella. Después de tomarla entre sus brazos y besarla en las mejillas, le dijo que no soportaría verla derramar una sola lágrima.
—No hay motivo para que estés triste, pequeña mía —añadió en medio de una sonrisa forzada—. Ha llegado el momento de hablar del futuro, no de recordar el pasado.
La niña contuvo el sollozo y logró devolverle la sonrisa.
—Estoy preparada —afirmó—. Sé para qué me has llamado y lo que esperas de mí. Te pido con humildad que vuelvas a darme tu confianza.
La mujer abrió la mano y mostró a la niña la pequeña esfera púrpura.
—Ya la has usado, sabes cómo emplearla. Tómala de nuevo, ve donde tu presencia sea necesaria y haz lo que yo haría si pudiera hacerlo, mi amada niña. Sólo tú puedes impedir que la tragedia se consuma, nadie mejor que quien pronto me sucederá sabrá discernir lo que se ha de evitar y lo que debemos permitir que ocurra.
Puso en las manos de la niña la esfera y se las cerró.
—Maestra…
—No digas nada, no es necesario. Puedes irte. Te prometo seguir con vida hasta que vuelvas, pero el tiempo te pertenece ahora a ti. Te esperaré para escuchar de tus labios que todo ha salido como las hermanas rezamos para que nos sea concedido.
La niña asintió con la cabeza, comprendió que la visita había terminado y caminó de espaldas hacia la salida. Una vez afuera, a solas, rompió a llorar.
Desde el fondo de la sala, las doncellas la miraron con tristeza pero al mismo tiempo con esperanza. Sabían que debían confiar en ella como habían confiado en la Eiyen Darai que la había hecho depositaria de su sabiduría. Los hombres de gris y las damas de blanco que aguardaban en el amplio pasillo la saludaron, en señal de consideración, con inclinaciones de cabeza cuando pasó ante ellos.

2

Había subido a la cima de la pequeña montaña a petición de Audarkas, el único humano que era merecedor de su respeto. El anciano, más conocido como el Pensador que por su nombre, le había suplicado que se reuniera con él a aquella hora del amanecer.
Recibió su mensaje, que le fue entregado por el negro pájaro que en silencioso vuelo entró en su tienda durante la noche; tras leerlo estuvo a punto de arrojarlo al fuego, tanto la enfureció, pero recapacitó y se dijo que no podía rechazar el ruego que le hacía el anciano de verla apenas destellaran sobre el turbulento cielo los primeros rayos del día.
¿Qué otra cosa podía hacer? No quería desairar al hombre que salvó su honor, y tal vez su vida, cuando siendo una niña estuvo a punto de ser capturada por aquella partida de esclavistas.
Una vez que alcanzó lo más alto de la roca, la reina Endalrin sonrió tras haber oteado los alrededores al comprender por qué Audarkas había elegido aquel lugar. La respuesta no podía ser otra que desde aquella altura se dominaba la llanura donde acampaba su ejército.
A esa hora del amanecer, cuando las luces del alba ya tenían fuerza suficiente para arrancar destellos de plata de los aceros de sus tropas, el espectáculo sobrecogería a Audarkas.
Le sorprendió no encontrarlo en el lugar de la cita. Según el mensaje, él la estaría esperando. Se preguntó cuál podría ser la causa de su retraso.
Mientras contemplaba con orgullo el inmenso campamento que parecía encogerse mientras se iba transformando en cientos de columnas compuestas de diez mil guerreros cada una, alineándose para emprender la larga marcha, Endalrin volvió a preguntarse cómo se las arreglaría el Pensador para llegar a la cresta de la montaña. Sus viejos huesos no soportarían la subida del empinado camino que le llevaría hasta la cima. Si tan importante era lo que tenía que comunicarle, ¿por qué había escogido un lugar inaccesible para alguien como él, tan anciano?
Se dijo que si Audarkas no aparecía en pocos minutos, podía apostar a que no se presentaría. Por un instante temió que hubiera podido ocurrirle algo. Desechó aquella idea con energía. Por su parte no le importaba concederle un plazo mayor, pero los príncipes a sus órdenes no tardarían en impacientarse si ella se demoraba en regresar. No les dijo que iba a entrevistarse con un humano puro, sino a aislarse para meditar y rezar a los dioses.
Elevó la mirada al cielo para contemplar su mágica reverberación, el misterio que albergaban sus corrientes mortales. No le causaba el menor temor que en el comienzo del nuevo día el firmamento exhibiera con tanta arrogancia la Barrera, actualmente herida con las señales inequívocas de la Locura que se cernía en sus entrañas.
Recordó que cuando era una adolescente le costaba localizar en el cielo los vacíos que ahora tanto se prodigaban. Entonces, los agujeros eran cambiantes, sus movimientos seguían las pautas de la metamorfosis anunciada en las profecías. Sólo en el norte, en la lejana Tierra Alta, y sobre la vertical del Gran Valle donde se asentaban las cinco poderosas ciudades humanas, era inamovible el vacío que se abría paso hasta más allá de la atmósfera, la única vía abierta que garantizaba el tránsito de las naves que descendían y partían de la Meseta, como llevaban haciéndolo desde la Era Imperial.
Al pie del monte, al mando de un oficial de su confianza, aguardaban los guerreros de su escolta. Endalrin les había ordenado que esperasen su regreso y les había prohibido que subieran a buscarla si se demoraba en volver con ellos.
Se humedeció los labios; empezaba a ponerse impaciente. Ni un minuto de más daría a Audarkas, decidió. Por imperativo estratégico tenía que ponerse al frente de su ejército y de sus aliados los príncipes a la hora fijada, para ordenar a los portaestandartes que anunciaran el inicio del largo viaje al norte que los llevaría a la victoria.
Escuchó un leve ruido a sus espaldas, un sonido extraño, lo más parecido al ronroneo de una paloma. Mientras se volvía se dijo que sólo podía tratarse de un vehículo aéreo, conocía bien el ruido que producían. Instintivamente puso la mano en la empuñadura de su espada, pero no llegó a desenfundarla: en la pequeña plataforma que se aproximaba, flotando a tres o cuatro metros del suelo, vio al Pensador. No estaba solo. Alguien lo acompañaba.
Audarkas era reconocible desde lejos por su inconfundible cabellera larga y canosa, su vieja túnica parda y el cayado de abedul del que nunca se separaba. La reina parpadeó sorprendida. ¿Dónde había obtenido el Pensador aquel medio de transporte? Entonces se dio cuenta de que el acompañante del anciano era quien pilotaba la plataforma, un humano puro en apariencia, alto y delgado, de mediana edad. Vestía oscura blusa y negro pantalón ajustado. Sobre sus anchas espaldas llevaba una larga capa, también del color de la noche; calzaba botas de media caña de brillante piel. El rostro lo tenía medio oculto por una amplia capucha. La luz del amanecer incidió en sus ojos, arrancándoles destellos grises.
El acompañante del Pensador exhibió su habilidad en el manejo de la plataforma. Tras inmovilizarla sobre el pequeño claro la hizo descender con suavidad, frenándola mediante una controlada descarga de energía que se transformó en una tenue nube de vapor. Una vez afianzado el vehículo, saltó al suelo y tendió al anciano su mano para ayudarle a bajar.
Endalrin se dirigió hacia ellos sin perder de vista al acompañante del Pensador. En su cinturón había visto un arma, pero le bastaba que fuera humano para desconfiar de él. Cuando llegó delante del anciano, inclinó la cabeza y dijo:
—Te saludo, Audarkas; te diría que me alegra verte si no fuera porque has elegido un mal momento para pedirme que me reúna contigo.
El Pensador recompuso con parsimonia su túnica de basto paño marrón. Después de ladear la cabeza a guisa de saludo, dijo con voz cansada:
—Te presento mis respetos y mis disculpas por mi tardanza, reina Endalrin —esbozó una sonrisa irónica y añadió—: ¿O aún debo llamarte princesa?
—Puesto que eres el único humano merecedor de mi confianza y mi respeto, puedes llamarme como mejor te plazca. Pero dime. ¿Por qué me has citado en este lugar, tan apartado de tu morada, tan lejos de la Frontera que divide la Tierra Alta de la Tierra Baja, y tan cerca de mi campamento?
Audarkas echó una mirada a la llanura. Después de pedirle a su acompañante que lo siguiera comprobó que el ejército de Endalrin era mayor que lo que había imaginado. Mientras señalaba con su cayado las columnas de guerreros preparadas para ponerse en marcha dijo a la nohu:
—No te molestes en fingir que desconoces el motivo de mi presencia aquí. Seguro que lo adivinaste cuando leíste mi mensaje.
—No debería sorprenderme tu perspicacia, Pensador. Sin embargo tengo mis dudas. Vamos, dime lo que sea. No dispongo de mucho tiempo.
—Hace muchos días me llegaron noticias de que los príncipes nohus habían dejado de practicar el estúpido deporte de matarse entre ellos y habían firmado un pacto de paz. Pero lo más sorprendente para mí fue enterarme que habían elegido como reina a mi amiga Endalrin, nada menos que a una mujer, la princesa del más poderoso de los Doce Pueblos. En cierto modo me alegré de que por primera vez en la historia de la Tierra Baja los nohus hubieran empleado la cabeza y no la espada para dirimir sus diferencias.
Endalrin soltó una carcajada. Sus puntiagudas orejas fueron sacudidas y su boca compuso un gesto divertido. Cuando dejó de sonreír, dio unos pasos delante del Pensador, pensativa. Se paró enfrente de él y lo miró a los ojos.
—No es tu mejor arma el halago hipócrita, viejo amigo. Te conozco desde que era una niña, recuérdalo. ¿Has olvidado el día que impediste que los esclavistas me hicieran su prisionera? No te limitaste a salvar mi honor y mi vida, sino que te enfrentaste a ellos y a todos diste muerte. Entonces eras menos viejo, más ágil y. bastante sanguinario. No contento con haberme librado de un destino ignominioso, pusiste tu cabeza en peligro al devolverme con los míos, exponiéndote a que los soldados de mi padre te mataran sin darte la oportunidad de explicarles lo que habías hecho por mí.
Audarkas dejó escapar un suspiro cargado de nostalgia.
—Entonces yo tenía treinta años menos y me quedaba valor suficiente para desafiar a toda una partida de malhechores, pero hoy no podría hacerlo porque mis fuerzas flaquean y mis achaques son demasiados; sin embargo, me queda la palabra y conservo la libertad de pensar por mí mismo. Creo que lo más noble que he hecho en mi vida ha sido salvar a la niña que el destino había elegido para que se convirtiera en la gran mujer que eres ahora.
—Déjate de cháchara y de llamarme mujer. Sé muy bien que no soy humana pura.
—No necesito recordarte que para mí las hembras nohus sois humanas, y los varones nohus también son humanos.
Ella se movió impaciente delante de él, sin dejar de echar miradas desconfiadas al acompañante del Pensador.
—Sin duda eres sincero y dices lo que sientes, pero no me consuela que sólo un humano entre millones de humanos piense como tú. Los nohus, para los tuyos, somos seres inferiores, estamos por debajo del nivel de los humanoides. Pero no removamos el cieno donde yacen los prejuicios y hablemos. ¿Qué quieres de mí?
—Una explicación a todo esto —dijo el Pensador señalando con la punta de su cayado al ejército que esperaba la orden de avanzar
—¿Por qué habría de dártela? Y menos lo haría delante de un humano al que no conozco. ¿Qué le has pagado a este tipo malencarado para traerte en su viejo vehículo?
—Ni la más pequeña moneda de cobre. Puedes confiar en él.
—¿En un desconocido? Mi instinto me dice que es peligroso.
—¡Claro que es peligroso! Y más que lo que imaginas, pero sólo para sus enemigos. Como siempre, seré sincero contigo, Endalrin; no voy a cambiar ahora que eres la reina de los todos príncipes. ¿Has oído hablar de la Entidad?
—Si te refieres a la Cofradía de Asesinos, claro que sí. Mi soledad no me priva de estar al corriente de lo acontece en el Conglomerado. — Señaló al humano—. ¿Tu amigo es un sicario enviado por el Señor de Argamun?
—Lo fue. Hace años renegó de su condición y ahora es buscado por sus antiguos hermanos para ejecutarle
—¿Y qué se le ha perdido en Zadoga?
—Aparte de que necesitaba esconderse de sus perseguidores, le mueve su interés por conocer la Verdad que surgirá en este mundo cuando la última Señal aparezca en el cielo.
Endalrin soltó una risa menos sosegada, más nerviosa que la anterior, dio un paso y examinó de cerca al acompañante del Pensador. Fracasó en su intento de turbarlo con su mirada más penetrante, la misma con la que había hecho estremecer de pavor a los príncipes nohus que se opusieron a su liderazgo.
—Sólo los imbéciles creen en las leyendas que tantos males han traído a mi pueblo —rezongó, retrocediendo.
—¿Te burlas de quienes tienen fe plena en los viejos legados, mi reina? —preguntó el Pensador. En su voz había un atisbo de sarcasmo—. ¿Cómo te atreves a expresar semejante despropósito? ¿Acaso no has movilizado a todos los varones y las hembras de la Tierra Baja en edad de combatir para organizar el más impresionante ejército jamás conocido en este mundo? ¿No es tu intención conquistar los dominios humanos porque está escrito en el testamento que tus antepasados te legaron, que redactaron con su propia sangre cuando fueron confinados a las tierras más estériles de Zadoga? A mí no me puedes engañar, mi reina: vas a cruzar la Frontera impulsada por el deseo irrefrenable de invadir la Tierra Alta, sagrado santuario de los mal llamados humanos puros, desafiando el poder de la Sede.
La nohu apretó los labios, cruzó los brazos y esperó la siguiente perorata del anciano. Conocía al Pensador lo suficiente para adivinar que aún no había acabado de lanzarle sus diatribas.
Audarkas ahora paseó delante de ella, hincando en el terreno la contera de su cayado a cada paso que daba, sin dejar de mirarla.
—Me costó mucho creer que llevabas meses reuniendo y adiestrando los ejércitos de los Doce Pueblos, que tu plan era avanzar al norte, conquistar el Valle de la Pentápolis y convertirte en la única dueña de la Meseta. Hace unas semanas aún pensaba que las noticias que me llegaban eran infundadas, hasta que el movimiento de tantos miles de guerreros me convenció de que tales rumores eran ciertos, y porque necesitaba comprobarlo con mis propios ojos, te pedí que nos reuniéramos en esta cima.
Ella miró entonces al Pensador, lamentando hacerlo con desconfianza.
—Cuando me enviaste el pájaro con tu mensaje, ¿ya disponías de un medio para viajar como el que has utilizado?
—Los años te han arrebatado la inocencia y te han dado sabiduría, pero te han hecho más desconfiada. ¿Me crees capaz de tenderte una trampa? ¡Por supuesto que te pedí que vinieras a este lugar porque mi amigo el ex Cofrade me ofreció su vehículo! —Volvió la cabeza hacia la llanura—. He necesitado ver con mis propios ojos el espectáculo de cientos de miles de guerreros en son de guerra para convencerme de que has perdido el juicio, Endalrin.
—¿Has terminado, Pensador?
—Sí, pero sólo por el momento.
Ella le lanzó una mirada de rabia, que también era de respeto.
—Los Doce Pueblos han sido embrutecidos durante siglos por las patrañas difundidas por nuestros enemigos, anciano. En las viejas crónicas sólo hay un hecho cierto, una Verdad en la que creo, pero el lastre de la superstición nos ha mantenido a los nohus en la ignorancia. Esto se acabó. Me ayudaste a interpretar los viejos textos escritos en perecedero papel y me guiaste a través de sus páginas amarillentas hasta conocer la Verdad inmutable. Quizá no esperabas que años después de impartirme tantas clases yo fuera capaz de aceptar el legado de mis antepasados. Pareces sorprendido. No deberías estarlo. ¿No es lo que esperabas de mí? Un día me dijiste que en las estrellas estaba escrito que yo liberaría a mis gentes de la humillación a la que habían estado sometidas. Ese día ha llegado, Pensador. Este mundo, que tantos nombres tuvo antes de ser conocido como Zadoga, fue cruelmente castigado por los dioses que antaño fueron sus dueños, un puñado de pérfidos dioses que, no contentos con sumir a sus habitantes en la desesperación, cubrieron de ponzoña su atmósfera y la envolvieron con una barrera mortal. Como dioses inferiores que eran, cometieron errores y no aislaron totalmente este mundo, dejando agujeros por los que podían penetrar sus enemigos. Sé sincero, anciano, y dime, mirándome a los ojos, si estoy equivocada, si he malinterpretado las crónicas que pusiste en mis manos. ¿Te parecen estupideces las que he dicho?
—No, Endalrin. Tu versión es la que más se acerca a la verdad de todas las que he oído a mis pupilos. Tienes razón en casi todo, pero has olvidado que los demonios, según la tradición, permanecen en este mundo; son cientos de miles que aguardan solapados en las tierras más inhóspitas, esperando a que sus creadores los devuelvan a la vida.
—No necesitas darme más lecciones al respecto, Audarkas. Las recuerdo todas. He pasado muchas noches en vela tratando de interpretar los viejos legajos para averiguar cómo y cuándo aparecerán en el cielo las señales que anunciarán el despertar de las huestes creadas por los dioses malditos. También dicen las crónicas que no serán éstos quienes sacarán a los guerreros invencibles del sueño semejante a la muerte al que fueron condenados, sino un ser perverso, humano además, quien les engañará induciéndolos a creer que es el dueño de sus almas; que entonces los lanzará a la conquista de mil mundos y fundará el mayor imperio jamás conocido, pero también el más cruel y más sangriento.
Endalrin se volvió hacia el silencioso acompañante del Pensador. Consideró ofensivo el gesto desafiante de aquel hombre y le espetó:
—¿Por qué me miras con tanto descaro?
El aludido rompió su largo silencio y respondió:
—No debes ver burla en mi gesto, sino admiración. Tu elocuencia me ha sorprendido. No esperaba.
—No calles. ¿Ibas a decir que no esperabas oír un discurso coherente de labios de una mujer no humana?
La reina no esperó su respuesta; después de obsequiarle con un gesto de desprecio, le dio la espalda y se encaró con el anciano.
—Si has venido a darme consejos, hazlo ya.
—Traía varios pero se pueden resumir en uno solo. Tu intención es noble, no cabe duda, pero los acontecimientos te obligarán a impartir órdenes crueles. No merece la pena sembrar de muerte y desolación las tierras que se extienden desde aquí hasta el Valle de la Pentápolis.
—Anciano, mis antepasados escribieron con su propia sangre que cuando el cielo empiece a cambiar, y su furia se haga más violenta, y sus vacíos modifiquen su posición, será la señal que anunciará el fin de la vida en Zadoga, tanto humana como no humana. Por tanto, es mi deber impedirlo.
—Pero la solución para poner fin a la amenaza no es la que tú supones. No se puede combatir el fuego con el fuego, ni la muerte con la muerte. Me temo que no te instruí lo suficiente en el arte de interpretar las viejas crónicas, en las que hay demasiadas metáforas y ocultas intenciones. Tus conclusiones podrían estar equivocadas. ¿Hasta dónde piensas llegar?
—Hasta el final. Hasta más allá de los desiertos de arena y de hielo, hasta donde el mundo termina, porque a esa meta me conducirán las señales que irán surgiendo en el cielo. En las crónicas está escrito que todos los hombres y todas las mujeres nohus en edad de combatir han de marchar al norte, cruzar el Valle de la Pentápolis en son de guerra si se nos impidiera el derecho de paso, y no detenernos hasta avistar el horizonte donde las luciérnagas de plata se entierran en la nieve, y una vez allí esperar a que del cielo surja la luz de color distinto que nos guiará hasta donde los guerreros duermen desde hace milenos. Como bien me enseñaste, nuestra misión será destruirlos, no permitir que despierten.
El Pensador meneó la cabeza.
—No llegaréis a tiempo si viajáis en vuestras bestias, y mucho menos si lo hacéis a pie.
La reina se echó a reír.
—¿Tu progresiva ceguera te impide ver que disponemos de plataformas mayores que la de tu amigo, y deslizadores en buen uso?
—Mi vista sigue siendo la misma de siempre. ¡Claro que he visto tus lamentables vehículos aéreos! Confieso que estoy sorprendido de que dispongáis de tantas plataformas y deslizadores. ¿Cómo los habéis conseguido?
—Aún quedan dioses magnánimos.
—No pretenderás que crea que los habéis recibido de los dioses a cambio de tus rezos, y las plegarias y sacrificios de tus fanatizados seguidores.
—No te diré cómo han llegado a nuestras manos.
El Pensador, pensativo, se rascó el mentón.
—Empiezo a entender —dijo.
—¿Qué entiendes?
—Los mercaderes que han pasado por mi humilde casa me contaron que muchas naves han estado descendiendo en la Tierra Baja, aprovechando las numerosas aberturas que han aparecido últimamente en el cielo. Ante semejante llegada masiva de elementos voladores, llegué a pensar que los esclavistas reanudaban su sucio negocio, pero es evidente que se trataba de vuestros proveedores de material de guerra.
El silencio de ella hizo ver al anciano que no estaba equivocado en sus suposiciones. Se aconsejó ser prudente y no dijo a la reina que sabía quiénes le habían suministrado los vehículos voladores. No quería encolerizarla más que lo que ya estaba. Endalrin podía deducir que la noticia le había llegado apoyada por la traición de alguno de sus príncipes aliados, montaría en cólera y muchos inocentes pagarían con la vida para sofocar su furia.
—De todas formas… —empezó a decir el Pensador. Hizo una pausa y carraspeó—. Espero que tengas en cuenta que para llegar a las regiones del norte sólo tienes un camino, y no me refiero al que atraviesa el Valle de la Pentápolis.
—¡Por supuesto que lo sé!
—El primer obstáculo que encontrarás será tan insalvable como el segundo, porque no podrás rodear las montañas que rodean el Valle. Los Señores de la Pentápolis defenderán a sangre y fuego sus ciudades. Por último, la Sede, como potencia protectora de Zadoga, no dudará en intervenir.
—Audarkas, te he contado lo que haré hasta donde me permite la prudencia más elemental. No pienso decirte más. He de volver con los míos y tú debes marcharte en compañía del hombre de fría mirada. — Miró al cofrade—. Dale un consejo, dile que abandone Zadoga antes de que cese el flujo de naves en la Meseta, que vuelva al mundo del que ha venido mientras pueda hacerlo.
—Mi amigo ha escuchado tu consejo y te lo agradece, pero no te hará caso.
—¿Hablas por él? No he escuchado su voz.
—Mi amigo es prudente, aprende más escuchando que hablando.
Ella empezó a volverse para tomar el camino que la llevaría a la llanura. Se detuvo y preguntó:
—Viejo Pensador, no sé si volveremos a vernos. Dime, ¿qué has leído en las estrellas?
El rostro del anciano se ensombreció.
—No puedo predecir el futuro, sólo soy experto en pensar, y mis conclusiones no pueden ser más desalentadoras.
—¿Qué malos presagios has visto para mí y mis guerreros en tus pesadillas?
—Tú no apareces en ellas, pero me he visto a mí mismo en tal estado de inanición que me impedía pensar. Si mi visión se hiciera realidad, nada podría ser más lamentable para mi salud que verme privado de la capacidad de discernir.
—Yo en cambio soy optimista, anciano, y estoy segura de que brindaré contigo cuando regrese victoriosa de las umbrías tierras del norte.
—No te molestes en guardar la botella de vino.
Ante su sorpresa, Endalrin vio que el Cofrade se acercaba a ella con el brazo derecho extendido. Cuando abrió la mano, contempló que le entregaba una pequeña joya que por su apariencia parecía de oro.
—Acéptala y llévala siempre contigo —le pidió.
La nohu no se atrevió a coger el objeto. Su forma alargada le pareció más una pequeña daga que un adorno para el cabello.
—No me engalano cuando entro en batalla —dijo.
—Es una vara de comunicación —respondió el hombre—. Pulsa uno de sus extremos cada dos días, al llegar la noche, y yo podré saber dónde estáis tú y tu ejército.
—¿Pretendes espiarme?
—Sólo quiero comunicarme contigo. También sirve para que hablemos.
—Ten confianza en él, Endalrin —intercedió el Pensador.
La nohu cogió la pequeña vara. La sintió cálida en su mano. Sin dejar de vigilar al hombre, la guardó en la pequeña bolsa que colgaba de su cinturón.
—Conozco la magia de los humanos para comunicarse a distancia — dijo—. Haré lo que me pides, pero no te daré las gracias por el regalo hasta que esté segura de que no intentas engañarme. Puesto que sabes cómo me llamo, me parece justo que yo sepa cómo te llamas tú.
—Alone.
—Alone, el hombre de la Entidad, el sicario. Tendrás que ganarte mi respeto para contarme entre tus amigos, Alone.
Lo saludó con una inclinación de cabeza. Al Pensador le hizo una reverencia. Alone la siguió con la mirada mientras ella bajaba por la ladera. Cuando desapareció tras unas rocas, el anciano le preguntó.
—¿Qué te ha parecido?
—Una mujer muy interesante.
Audarkas echó a caminar hacia el vehículo.
—La habrías hecho feliz si te hubiera oído llamarle mujer. Tus palabras le habrían sonado más sinceras y espontáneas que las mías.
—Lo habrían sido, Pensador. Para mí es una mujer entera, completa. Empecé a admirarla cuando me hablaste de ella.
Lo ayudó a subir a la plataforma.
—Vamos a casa —suspiró el anciano, sujetándose a la baranda—. Regreso a mi hogar con la sensación de haber fracasado. En realidad, no esperaba conseguir que la reina cambiara de opinión. Esta noche, al calor de la chimenea, me gustaría que me explicaras lo que opinas de la locura que se ha desatado en la Tierra Baja, y también que me digas si has hallado lo que andabas buscando.
Cuando Alone puso en marcha el vehículo, respondió:
—Me parece que vamos tener una larga sobremesa. Hablaremos hasta que el sueño cierre tus ojos, anciano.
—¿Me hablarás también del Cofrade que ha llegado a este mundo para matarte, el que hace el número siete de los que ha enviado el Venerable con la misión de acabar contigo?
—No tengo inconveniente en contarte lo que he averiguado de él.
—Colmarías mi curiosidad si me explicaras cómo te desembarazaste de los seis Cofrades que precedieron al que ahora te acecha.
—Te conformas con poco.
Cerrando los ojos frente al empuje del viento, el Pensador sonrió.
—Cuando te canses de hablar, yo te hablaré de las leyendas de Zadoga, y si me siento con ánimo te relataré algunos pasajes de mi vida. Espero que gracias a mi experiencia tengas una visión más amplia de este mundo, que antes de que los imperiales lo conquistaran fuera conocido por otros nombres. La conquista que llevaron a cabo las huestes del Imperio fue incruenta, por cierto. La población de Zadoga en aquellos tiempos no era muy numerosa. Los soldados que llegaron desde el planeta que muchos consideran la cuna de la humanidad no tuvieron que combatir apenas, pero más tarde…
Audarkas calló de pronto y se abstrajo de cuanto le rodeaba, refugiándose en el ámbito de sus reflexiones. Alone sabía que cuando asumía esta postura era inútil dirigirle la palabra. Respetó la decisión que había tomado el anciano y no le habló.
Una vez que puso el vehículo en marcha, antes de alejarse de la colina, echó una mirada a la llanura. El resto del gran ejército nohu estaba ultimando los preparativos para emprender la marcha. La amplia vanguardia ya se había puesto en movimiento. A la vista de tantas plataformas, de todos los tamaños y modelos, la mayoría muy antiguas, se preguntó quiénes las habían suministrado al pueblo no humano y a cambio de qué. Más tarde haría un cálculo aproximado del tiempo que la horda de la reina tardaría en llegar a la vista de las montañas que circunvalaban el Valle de la Pentápolis. Un contingente tan grande, que como medio de desplazamiento sólo contaba con vehículos que no podían sobrepasar los cien kilómetros por hora, estaría supeditado a un avance más lento que el que deseaba Endalrin.

3

Alone despertó antes del alba.
Aunque había hablado con el Pensador hasta bien entrada la noche, las escasas horas de descanso que se concedió habían sido suficientes para recuperarse de la agotadora jornada anterior. Después de una rápida visita al remanso del río, donde hizo sus abluciones, regresó a la cabaña. Como encontró al anciano durmiendo, se ocupó de avivar el fuego de la chimenea para calentar la estancia y se vistió sin prisas, recordando las historias que Audarkas le había contado mientras bebían el fuerte vino que el viejo atesoraba en su bodega.
Alone terminó de guardar sus escasas pertenencias en la bolsa de viaje, revisó sus armas y se dirigió a la puerta. Con un pie ya fuera, se volvió. El Pensador roncaba suavemente.
—Adiós, anciano —susurró—. Según tú, no volveremos a vernos. Espero que te hayas equivocado en tus vaticinios. Gracias por prevenirme de mi perseguidor. Seguiré tus consejos.
Salió de la cabaña y anduvo hasta donde había dejado la plataforma, subió a ella y se arrebujó en la capa. Dedicó un instante a estudiar el terreno abrupto y seco que tenía delante, para elegir la ruta más corta hasta la aldea. Al poco, volando a media velocidad para ahorrar combustible, calculó que llegaría antes del atardecer.
Bajó la mirada al piso del vehículo. Junto al atril de mando estaba el laúd que el Pensador le había regalado; había insistido en que se lo llevara como recuerdo y Alone acabó por aceptarlo. Lo cogió y templó sus cuerdas. El sonido que le arrancó le trajo viejos recuerdos: aprendió a tocarlo de niño. La noche anterior, cuando el viejo se cansó de contarle los mitos y las leyendas de la Tierra Baja, se puso a canturrear las estrofas inspiradas en las crónicas de Zadoga. Había pensado deshacerse del instrumento apenas se marchara, pero decidió conservarlo porque se le ocurrió una idea y creía que le daría buen uso.
Alone dejó el laúd en el suelo. Estaba decidido a poner en práctica su plan.
Se alejó del páramo a velocidad mínima. Más adelante aceleraría hasta el límite que el mecanismo del vehículo le permitiera. Aquel trasto estaba fallando con frecuencia y no sabía cuánto tiempo seguiría funcionando. Era demasiado viejo, había sido utilizado en exceso y en cualquier momento su motor callaría para siempre. ¿Qué haría entonces? Miró hacia el norte, su destino. Le quedaba mucho camino por recorrer.
Se acercaba a la Frontera. Al otro lado lo aguardaba la Tierra Alta, las llanuras veteadas por las viejas carreteras imperiales y el desierto final. Más adelante encontraría el último bosque y los caminos de metal. Una vez que abandonara la aldea le esperaban dos o tres días de monótono viaje. Con un poco de suerte avistaría en el horizonte la cadena montañosa que rodeaba el Valle antes del cuarto día. Que lo lograse iba a depender de que el impulsor de la plataforma resistiera. Los últimos acontecimientos le llevaban de regreso al punto de partida, a la Pentápolis y a la Meseta.
Una hora más tarde se preguntó si el viejo ya habría despertado.
Audarkas abrió los ojos, se los frotó y miró su alrededor. Por el resquicio de la puerta, entreabierta, se colaba la claridad del mediodía.
—Alone —dijo en voz alta.
No encontró la bolsa del Cofrade por ninguna parte y suspiró resignado; se había marchado sin despedirse de él. No debía extrañarle. Su invitado tenía tareas pendientes, no podía perder tiempo.
Conoció a Alone tres días antes, cuando se encontraron en el camino. El entonces desconocido personaje reparaba algún mecanismo de su plataforma. Al verle, suspendió lo que estaba haciendo. Audarkas lo miró con recelo. De un desconocido sólo podía esperar lo peor pero siguió adelante, y cuando llegó a la altura del hombre de mirada inquietante se atrevió a preguntarle si se había perdido, y éste le respondió se había visto obligado a interrumpir su viaje para reparar una avería. Después de cerrar la cubierta del motor, añadió que sabía dónde se encontraba y hacia qué lugar se dirigía, pero se había quedado sin agua y le preguntó si podía darle de beber. Audarkas le respondió que junto a su choza había un pozo y de él podía sacar toda el agua que necesitara. Viendo que el viajero mostraba signos de cansancio, le ofreció su casa para descansar; también le ofreció darle de comer.
De esta forma nació su amistad con quién más tarde le diría que su nombre era Alone y que su oficio había sido el de Asesino. En un arrebato de sinceridad, después de saciar el hambre y la sed, su invitado le explicó por qué había renegado de su condición de Cofrade. Luego le enumeró los motivos que lo habían llevado primero a Zadoga y luego al borde de la Frontera, añadiendo que estaba allí porque buscaba una determinada señal en el cielo. Al oír esto, movido por un irrefrenable impulso, Audarkas reveló a Alone algunos de sus secretos.
Su huésped, agradecido por su gesto de sinceridad, le dijo que mientras se acercaba a los límites de la Tierra Alta, estando de los dominios nohus a menos de una jornada de viaje, visitó una aldea y en la única taberna que encontró prestó atención a los muchos rumores que corrían entre los lugareños, la mayoría acerca del movimiento de tropas en el territorio de los Doce Pueblos, una información que le animó a adentrarse en las regiones prohibidas a los humanos puros.
Audarkas, una vez convencido de que Alone no albergaba intenciones que pudieran perjudicarle, le hizo partícipe de sus descubrimientos más recientes, los que tantas noches en vela le habían costado descifrar de los viejos legajos. Al poco, a causa del mucho vino que había bebido, cerró los ojos y cayó en profundo sueño.
Cuando el Pensador logró levantarse y dar unos torpes pasos por la cabaña, se dio cuenta de que la cabeza le dolía tanto que parecía que iba a estallarle. Había abusado del vino con la intención de que al Cofrade se le soltara la lengua y le confiara lo que había decidido callar. No sólo fracasó sino que fue él quien habló más de la cuenta. Se encogió de hombros y sonrió. No le importaba haberse sincerado con su invitado. En realidad, le habría revelado de buena gana los secretos que no estaba dispuesto a compartir con nadie.
No estaba arrepentido de haber empleado más de la mitad de su vida en el estudio de las viejas crónicas de Zadoga guardadas en cientos de libros, su tesoro más preciado. Sumergido en los recuerdos, rememoró las muchas noches que pasó con Endalrin, intentando enseñarle lo que sus ancestros humanos legaron a sus descendientes, pero también a los nohus. Aparte de los conceptos del honor, ella le debía el haber aprendido a interpretar los pergaminos que recogían la historia y el origen de su pueblo.
El Pensador cogió el pote de barro, comprobó que aún quedaba un poco de caldo y lo puso al fuego. Necesitaba comer algo caliente para librarse del maldito dolor de cabeza.
Se sentó a la mesa y esperó a que el caldo se calentara. Tomó un libro y lo abrió por la marca que había colocado en sus páginas, una pluma negra. Cuando iba a empezar a leer, escuchó un sonido seco que provenía de afuera. Cerró el libro al oír los pasos en el exterior. Alguien se acercaba a la cabaña. Su corazón se aceleró cuando pensó que Alone no se había ido, o bien estaba dando un paseo o comprobando si su plataforma había vuelto a averiarse. Se marcharía pronto, sin duda, pero lo haría al atardecer, o tal vez al día siguiente. Se dijo que debía preparar más comida.
—¿Alone? —preguntó cuando las pisadas se detuvieron ante la casa.
La puerta terminó de abrirse y bajo el dintel apareció un hombre envuelto en una capa negra. El sol le daba en la espalda y el anciano no podía verle la cara.
—¿Dónde estabas? —inquirió, empezando a levantarse.
Cuando el hombre dio un paso, el anciano descubrió que no era su amigo.
El susto que se llevó le impidió tragar la saliva que se había agolpado en su garganta. Sus manos, aún apoyadas en el libro, empezaron a temblar.
Haciendo un esfuerzo para conservar la calma, se levantó y dijo al desconocido:
—Bienvenido a mi casa, extranjero. El caldo que tengo al fuego no tardará en calentarse.
—¿Tú eres Audarkas, el anacoreta que tiene por oficio hurgar el pasado con el pensamiento?
—Yo soy. ¿Quién eres tú?
El hombre se detuvo delante de la mesa. Su mirada no era tan dura como la de Alone, pero Audarkas percibió que las dudas lo atormentaban. Era joven, demasiado joven para ejercer de asesino, pensó, pero podía apostar a que sus manos se habían teñido de sangre en más de una ocasión.
—Mi nombre no te incumbe —le contestó el hombre—. Un aldeano me ha dicho que diste albergue a un viajero venido de la Tierra Alta. ¿Dónde está?
—No sé de qué me hablas.
—¿Los años te han vuelto tan desmemoriado?
Audarkas entornó los ojos, ajustó las pupilas como le había dicho Alone que hiciera para ver la marca de la Entidad que los cofrades llevaban grabada en la frente, invisible a toda mirada no entrenada. Se estremeció al percibir el destello de las dagas cruzadas sobre las cejas del visitante. Como sospechaba, quien había irrumpido en su choza era un Cofrade, pero en activo, no un ex asesino como Alone.
Mientras el extraño tomaba asiento frente a él y ponía sobre la mesa su corta espada, y junto a ella una pistola de corto cañón y disparoversátil, se dijo que debía prepararse para morir.
—Puesto que ha sido tu huésped al menos un día, ha debido contarte algo acerca de los propósitos que le han traído a estas tierras —dijo el hombre—. Empieza a hablar, viejo.
—Sólo dijo que alguien le persigue con la intención de matarle.
—¿Qué dirías si fuera yo quien quiere acabar con su vida?
Audarkas había llegado al estado de éxtasis necesario para no experimentar el dolor que le infligiera el visitante. Sintiéndose fuerte, apretó los labios para no volver a abrirlos. Cuando el intruso se cansara de su silencio, sabría que había llegado su fin y no le daría el placer de escuchar sus súplicas.
—¿Por qué me miras con desprecio, viejo?
El anciano bajó la cabeza. Acabó de reunir las últimas migajas de pan de la mesa y las depositó sobre el plato de estaño, humedeciéndolas en la fría salsa.
—Me has reconocido, maldito seas, sabes quién soy —dijo el hombre, rechinándole los dientes—. Alone te ha enseñado a ver la marca de la Entidad de mi frente, ¿verdad? ¿Dónde está ese perro?
—Sólo te diré que se ha burlado de ti —dijo Audarkas, haciendo un esfuerzo para que su voz sonara natural. En unos segundos entraría en la última fase del proceso, sus sentidos se adormecerían y dejaría pensar—. Hace un rato que se marchó. Va a reunirse en el próspero poblado de Wirna con el trovador del que espera obtener la información que le compensará por el largo viaje que ha hecho. Es todo lo que sé.
—No es suficiente. ¿Qué le contaste del pasado de este mundo?
Audarkas lo vio levantarse, sujetar con fuerza la daga y acercar la punta del acero a su cara. El brillo del metal fue lo último que vio. No sintió el aguzado filo en su carne. El Cofrade tardaría en darse cuenta que su corazón se había parado para siempre tras las primeras heridas que le había infligido.

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • Interplanetaria
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