Némesis

NemesisJMAguileraJRedal

Cuando sucedió no fue como nadie había imaginado. No hubo trípodes cruzando las calles de Londres. No se intercambiaron disparos entre ejércitos humanos y alienígenas. No hubo embajadas ni intentos de comunicación. En realidad, fue algo tan impersonal como rociar gasolina sobre un hormiguero.
Después de la catástrofe que se ha abatido sobre la Humanidad, los desconcertados supervivientes intentan reorganizarse, aprender a convivir con los escasos recursos que les quedan, y construirse un futuro a partir de las cenizas de las extintas sociedades terrestres. Entre ellos están Susana Sprintze, una bióloga experta en la comunicación con delfines. Hassan Ibn al-Haytham, un submarinista sin trabajo. Y Jacobo Kramer, un arqueólogo jesuita empeñado en encontrar respuestas. Sobre los supervivientes pesa el terrible misterio de quién los ha atacado y por qué. Y lo que es peor, la estremecedora revelación de que no ha sido la primera vez que ocurre algo así.
El Refugio fue la tercera novela del dúo formado por Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, después de Mundos en el abismo y de Hijos en la Eternidad. Publicada por primera vez en 1994, Némesis es más que una reedición de aquella novela, es un retorno al escenario de El Refugio con nuevas situaciones y personajes.

ANTICIPO:

10

Después de dejar sus cosas en el camarote, Hassan se dirigió al comedor. La mesa tenía forma de anillo, los bancos eran curvos y estaban sujetos al casco, y los comensales se sentaban con la espalda apoyada en él. Del techo colga­ban el monitor de vídeo, el microondas y los dispensadores de alimento. Un túnel conducía de allí a la zona de almacenaje y el impulsor. La pantalla del dispensador presentaba una lista escrita en chino, pero afortunadamente apa­recían unos iconos que indicaban cada plato.
«Algún día la humanidad se olvidará del alfabeto», se dijo con una son­risa. No le importaba demasiado, porque nunca había sido muy aficionado a la lectura. Aunque conocía el alfabeto occidental y el arábico, prefería las imágenes a las letras.
Se sirvió algo parecido a un pastel de carne y lo calentó en el microondas.
—¿Qué tal ese pastel? —le preguntó una joven china que leía un man­ga, flotando tranquilamente cerca del techo del comedor.
—-Bastante bien… —dijo Hassan después de probarlo, alzando la vista para mirarla—, casi parece carne de verdad.
—-Pues es proteína de soja y harina de plancton.
—Sí, ya lo imaginaba… pero está bueno.
—Me llamo Ziyi. —Era una joven algo regordeta, de pelo corto y aspec­to decidido. Hassan distinguió las insignias de guardiamarina en sus hombre­ras. Se impulsó hacia él y le tendió la mano—. Soy la especialista en carga y soporte vital.
—Hassan Ibn al-Haytham. Submarinero.
—Sabes, se me ha abierto el apetito. Creo que me voy a servir uno de esos —dijo mientras flotaba hasta el dispensador y señalaba el mismo icono.
Mientras comían hubo un corto silencio, que Ziyi se apresuró a romper.
—¿Qué tal si te cuento algo sobre mí?
—Bien.
—Soy de Hong Kong, y desde los diez años estoy viajando de un lado a otro en las naves de la Xinjiang Inc.
—¿Entraste a trabajar tan joven en esta empresa?
—¿Estás de broma? Nací en la Xinjiang. Vivía en la Xinjiang. Igual que Shunji y el ingeniero Fong Shangou. Mi familia trabaja para esta empresa desde hace tres generaciones. De todos nosotros, tan solo la del comandante Okedo, de Shin Nihon, tiene más antigüedad y rango que la mía —dijo con sincero orgullo—. Desde muy niña me sentí atraída por el espacio, así que he visto mi sueño hecho realidad. A los dieciséis ingresé como guardiamarina en la Zheng He, y aquí me tienes.
Hassan asintió. Las grandes empresas como la Zhongchuang Ltd, la Sanyo, o la misma Xinjiang Inc, habían recreado un feudalismo tecnológico en el que cada hombre solo era fiel hasta la muerte al estandarte de su empre­sa. Y no era una frase hecha, pues cada corporación disponía de sus propios ejércitos, sus propias flotas de barcos y aeronaves de guerra, y su uso entraba dentro de las estrategias comerciales habituales. Y tan solo tenían un dios: satsutaba shúkyó (religión del fajo de billetes).
—¿Y tú? —le preguntó Ziyi al andalusí—. ¿Cuál es tu historia?
Yo soy arador frec-lance. Trabajaba para la Corporación, pero…
—(Ah, ya sé quién eres! —exclamó—. ¡Tú eres el que vio al monstruo!
—Vaya, las noticias vuelan —dijo Hassan algo fastidiado—. ¿Cómo lo sabes?
—Me lo contó la chica de los delfines… Susana.
—¿Susana? ¿Susana Sprintze está aquí? —se asombró Hassan.
—Sí, es la cuidadora de los dos delfines que van a bordo: Semi y Tik- Tik. Ella te cree, es decir, cree a los delfines que corroboran tu historia.
«Claro», pensó Hassan, no podía ser de otro modo.
Susana Sprintze llevaba varios días en la Zheng He. Había supervisado en persona las instalaciones de los delfines. Para acomodarlos, los ingenieros habían ideado una piscina a partir de uno de los tanques esféricos de com­bustible.
El tanque estaba lleno de agua salada en un ochenta por ciento. Podía girar sobre su eje cuando la nave no aceleraba, de modo que Tik-Tik y Semi dispusieran siempre de suficiente espacio libre para nadar, además de un hueco lleno de aire en forma de tubo donde respirar. Cuando la nave acelerase, el volumen de aire adoptaría la forma de un casquete. El sentido de la rotación era contrario al de la cubierta, para dar un momento angular cero. Claro está, el tanque al ser mucho más masivo debía girar más despacio. Pero a los delfines esto no les afectaba, porque la flotabilidad de un cuerpo no estaba influida por la gravedad. Su masa y la del volumen de agua desplazada se multiplicaba por el mismo factor.
Mientras daba los últimos toques, Susana escuchó que alguien se acer­caba.
—Hassan Ibn al-Haytham —se quitó la máscara de soldar y le tendió la mano—, me alegra verle por aquí.
—Y yo de ver una cara conocida —dijo Hassan mientras estrechaba su mano. Susana solía ser así de formal—. ¿Cómo están los delfines?
-—Al principio un poco asustados, pero se están acostumbrando rápida­mente.
Hassan alargó una mano hacia el tanque y Tik-Tik se alzó del agua, como esperando un obsequio de pescado.
—¡Hola, hola! —dijo pronunciando con el traductor ajustado junto al orificio respirador.
—Ey, Tik-Tik. ¿Qué tal, colega?
—Tenga, déles esto —dijo Susana pasándole un puñado de galletas de concentrado de pescado que guardaba en una gran caja metálica.
Hassan le dio una galleta y luego le palmeó el lomo. Al cabo de un instante apareció el otro delfín, una hembra a la que Hassan no conocía, Tras saludar educadamente como había hecho su compañero, acudió a por su ración de galletas de pescado.
—Se llama Fuyu no Ara-Umi. Muy hermosa, como ve. Yo la llamo «Semi», por su voz que parece una chicharra.
—¿Por qué lleva un nombre japonés?
—La educaron en el instituto NISSUI de las islas Daito. Se llevará bien con Tik-Tik, los delfines siempre lo hacen…
Carraspeó al darse cuenta de lo que decía. Macho y hembra. Sin duda que se llevarían muy bien.
Hassan se limpió las manos sacudiendo una contra otra y se volvió hacia Susana.
—Qué extraño todo esto, ¿no? —dijo.
—¿A qué se refiere?
—A todo. Usted lleva varios días aquí, es posible que pueda acla­rarme algo.
—He estado casi todo el tiempo trabajando en el tanque para los delfines.
—¿No le parece extraño que quieran usar delfines en el interior de un cometa? Jamás he oído algo así. ¿Es que hay agua dentro de los cometas? Parece una locura.
—Sí. Es extraño. Al parecer unos astrónomos jesuitas de la colonia marciana detectaron que ese cometa posee un núcleo líquido y quieren inves­tigarlo. Han alquilado los servicios de la Zheng He (a un alto precio, imagi­no), y van a usar por primera vez un equipo de alta tecnología diseñado por la Xinjiang para una futura expedición a la luna Europa. Tik-Tik y Semi se ofrecieron voluntarios, estaban deseando ver el espacio.
—¿Sabe que ha embarcado un pequeño ejército de mercenarios con nosotros? Bueno, de «profesionales especialistas de combate».
—No, no lo sabía. ¿Para qué? Un cometa es solo una bola de hielo.
Eso mismo me pregunto yo. Viajaron conmigo en el transborda­dor, armados hasta los dientes como si pretendieran conquistar un orbital rebelde.
—Quizá es una de sus normas de seguridad. Los chinos son muy estric­tos para según qué cosas, ya sabe…
—Pero nunca he oído hablar de una norma así. ¿Mercenarios armados para investigar un cometa? ¿Qué enemigo esperan encontrar, un ejército de muñecos de nieve o de yetis? Es… —Hassan observó que Susana miraba ha­cia abajo, hacia la soldadura que había hecho un momento antes, y que ape­nas prestaba ya atención a sus palabras—. Bueno, no la interrumpo más, ya
veo que quiere volver al trabajo.
—¿Eh?… Sí, lo siento —dijo Susana bajándose las gafas de soldador—. Si me disculpa, seguiré con lo mío. Ya voy un poco contrarreloj.
Hassan asintió. De repente se sentía algo incómodo con su actitud de «aquí pasa algo raro». Llevaba suficiente tiempo en el negocio frec-lancc, como para comprender que cada empresa tenía sus manías y particularida­des, y que muchas veces estas podían parecer absurdas para el recién llegado. Lo más sabio era dejar pasar un tiempo para aclimatarse. Exactamente lo
que parecía estar haciendo ella.
—Bueno —dijo—, yo seguiré curioseando por ahí. Ya nos veremos.
—Claro —dijo Susana.
Volvió a encender la llama de acetileno y siguió con su trabajo.
Hassan se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida. A pesar de todo, tenía un mal presentimiento. El peor de toda su vida.

11

El doctor Tariq al-Banna irrumpió enfurecido en la sala de trabajo de su observatorio astronómico. El único ocupante de la misma, su joven alumno Mohamed Alí, le dirigió una mirada de asombro.
—¿Quién ha sido el estúpido hijo de un perro judío que ha manipulado estas lecturas? —vociferó el astrónomo.
Se encontraba muy irritado; hacer astronomía pura, en los tiempos que corrían, era una tarea difícil. Era prácticamente una afición de tiempo libre, y de no ser por la necesidad de mantener la vigilancia sobre los satélites cris­tianos y sus bases y naves espaciales, los Creyentes no tendrían siquiera saté­lites de observación. El observatorio del Kilimanjaro era una creación perso­nal del doctor Tariq.
Suya exclusivamente había sido la iniciativa de la construcción de un ob­servatorio que centralizara la información de la red de satélites, resultado de patear cientos de oficinas, de lamer metafóricamente traseros encumbrados y de gastar aliento cerca de los imanes, a los que Dios no había dotado del discer­nimiento para distinguir un planeta de una estrella. Habían sido años de es­fuerzo, y solo cuando empleó el truco del almirante norteamericano Rickover, padre del submarino atómico («le digo al Presidente que los rusos van a man­dar un hombre al infierno y recibo cien millones de dólares para mandar un americano al mismo sitio»), logró obtener por fin un éxito moderado.
Con ello, naturalmente, había adquirido compromisos de todo tipo; los datos que llovían del ciclo eran «secretos militares», y el análisis subsiguiente una tarea de defensa. Aquello había representado muchos inconvenientes al principio, hasta que logró convencer a los imanes. La investigación de las distantes estrellas y galaxias merecía la pena. Los imanes habían cedido y retirado las reglas de seguridad más ofensivas, y ahora el doctor Tariq traba­jaba con bastante libertad, y en la plegaria vespertina nunca dejaba de orar para que los satélites no se averiaran allá arriba.
Por ello se había irritado bastante al descubrir algo raro en las imágenes archivadas en el ordenador,
—¿Qué pasa, doctor? —trató de calmarlo Alí.
—¿Qué me dices de esto? —El doctor Tariq señaló indignado una am­plia zona blanca en el centro de un listado de ordenador—. Alguien ha bo­rrado las lecturas obtenidas por Jomeini L5/3. Fíjate, nada en un espacio de tres horas.
—Hmmm… —Alí jugueteó ociosamente con su rosario—. Vamos a ver.
Examinó una serie de números y letras que el ordenador había impreso en una esquina. Se dirigió a un teclado y empezó a manipular. En pocos momentos, una serie de listados aparecieron en un monitor. El dedo de Alí señaló unas líneas luminosas. Para cada archivo de la memoria, aparecía una lista de quiénes lo habían leído o editado: nombre del operador, hora, fecha y tipo de operación.
—Nadie manipuló los archivos —dijo al fin.
El doctor Tariq miró la pantalla, inseguro. Su cólera empezaba a en­friarse.
—¿Estás seguro?
—Seguro. Los archivos gráficos son de tipo «solo lectura», a menos que alguien le cambie el tipo y luego lo abra para escritura. Y eso aparecería aquí.
—Pero, no puede ser —meditó el astrónomo—. El satélite no pudo que­darse ciego durante tres horas… Así, sin más. Maldita sea, si se ha estropeado…
—No hagás mala sangre, viejo. ¿Un matecito?
Alí dijo la frase en castellano. Había nacido en Argentina como Arturo Pérez; al convertirse a la Verdadera Fe había adoptado el nombre de un anti­guo boxeador al que admiraba. El doctor Tariq era de Canarias, y los dos acostumbraban hablar el español cuando estaban solos. Lo cierto era que desde que un grupo terrorista de uno de los estados independientes de los antiguos Estados Unidos había hecho estallar una bomba sucia sobre la Kaaba, era difícil encontrar a un árabe autentico.
—Pues… sí, gracias.
Se dejó caer en una silla, examinando pensativo el listado. Alí puso a hervir agua en una jarra y sacó el paquete de yerba mate. Llenó la calabacita hasta dos tercios de su volumen y la sacudió durante un rato. Su jefe exami­naba ceñudo el papel.
—Mohamed, no lo entiendo. Si el satélite hubiera resultado dañado, lo habríamos detectado, ¿110?
—¿Dónde apuntaba durante esas horas? —preguntó Alí. Añadió azú­car, colocó en el mate el tubito de metal llamado bombilla, y echó el agua hirviendo.
—-A una zona más allá de la órbita de Plutón, en la nube de Oort.
Mohamed sacudió la cabeza.
—-Bueno, recemos a Alá todopoderoso, para que nuestro querido satéli­te no haya sufrido ningún contratiempo.
Dijo esto último con una leve sonrisa. Argentina no era una nación con mayoría islámica, y el doctor Tariq siempre había sospechado que la conver­sión de Alí era puramente de boquilla, y que en el fondo era tan tibio en asuntos de religión como él mismo. Por supuesto, jamás lo dijeron en voz alta, ni siquiera estando solos.
Quien ceba el mate es el primero que lo prueba. Alí sorbió un poco, y añadió más azúcar. Le alargó el mate al doctor Tariq, junto con una servilleta de papel para que limpiase la boquilla.
—Voy a ver cuándo… —succionó la infusión caliente con impaciencia, hasta que se oyó un fuerte grgrgrgrgrhhh— habrá tiempo libre.
Se levantó y buscó la agenda de trabajo. Leyó la programación para las próximas semanas.
—Tal como sospechaba, casi llena —murmuró.
Alí añadió más agua hirviendo y chupó a su vez.
—¿Qué sucede ahora?
—No podemos volver a confiar en Jomeini L5/3 hasta que no coteje­mos sus datos con los de otro satélite. Pero están todos ocupados durante las próximas semanas.
—Sós el director. ¿No podés hablar con algún otro, y que ceda el turno?
—Podría, aunque no me gusta. Después de tanto insistir en que se respe­ten los turnos de trabajo… —pasó las páginas— y además, algunas de estas observaciones son de importancia estratégica… pero, espera. Esta noche hay un par de horas libres.
Como el observatorio dependía de los satélites, era utilizable las veinti­cuatro horas. De noche había menos usuarios, era el momento en que solían acudir los estudiantes avanzados.
—No voy a poder estar aquí —dijo. Su propia agenda estaba igual de repleta—. Alguno de mis doctorandos podría…
—¿Querés que yo me encargue? Solo es cuestión de apuntar alguno de los satélites libres hacia ese sector de cielo y ver qué sucede.
—De acuerdo —dijo Tariq con evidente alivio—, si no tienes inconve­niente.
—Ninguno.
Succionó lo que quedaba del mate con un gorgoteo.
Esa noche, Alí encendió las luces del observatorio y se dirigió a la sala de terminales. Dio un rápido vistazo a los monitores, alineados como centinelas uno junto a otro, transcribiendo interminables listas de números enviados desde los satélites artificiales, y se sentó frente a la terminal central. Tras una ojeada al menú pidió incidencias. Se dirigió hacia la cocina, para prepararse una infusión, mientras el ordenador procesaba, incidencias era un programa capaz de seleccionar los datos de algún interés recibidos desde los satélites
que había redirigido.
Alí apartó la tetera del fuego cuando el pitido le avisó que el agua estaba
hirviendo. Colocó en su interior una bolsita de mate y un puñado de piñones. Se había acostumbrado a tomarlo así desde que había llegado a África. Ver­tió la infusión en la calabaza y se dirigió hacia la sala de terminales.
incidencias había concluido su trabajo. Una lista de acontecimientos aparecía en el monitor. Ninguno demasiado interesante. Un satélite meteoro­lógico preveía el inicio de un tornado en Mexi-Texas; varios nuevos incen­dios registrados en los escasos restos de la antigua selva amazónica; un repen­tino ennegrecimiento infrarrojo en el Indico revelaba escasez de plancton. Aquel sería un asunto para el Consejo Marino. Las fotos sobre Ucrania mos­traban un inicio de plaga de roya o algo así. Bien, eso lo compensaría. Esca­sez de pescado en la India, escasez de trigo en occidente. Pasó rápidamente sobre los infinitos ojos que, desde el cielo, inventariaban los recursos de la Tierra o las perturbaciones de su cambiante atmósfera. ¿Algún indicio de
actividad solar?
De repente se detuvo ante algo sorprendente. Uno de los satélites situa­do en el punto de Lagrange 4… sí, era uno de los que había apuntado hacia Oort, había registrado un aumento inesperado en… ¿qué? Revisó las listas que tenían un aspecto bastante normal, sin embargo CEB 254 mostraba un aumento insospechadamente alto en un período de apenas tres horas. ¿Qué
era el experimento CEB 254?
Consultó una hoja impresa. Silbó: era un contador de positrones de alta
energía. Aquello le hizo arquear las cejas. Por descontado, en la radiación cósmica se encuentran presentes casi cualquier tipo de partículas. Pero ¿antipartículas? Se rascó la cabeza. En algún lugar del cosmos algo estaban lanzando chorros de antipartículas al espacio, positrones generados en algu­na exótica reacción estelar o galáctica.
¿Y cuál era el número de positrones que llegaban? Utilizando el lápiz óptico, señaló un apartado del experimento CEB 254, correspondiente a un mes atrás. De inmediato, el ordenador mostró una parpadeante lista de nú­meros. Se puso en pie de un salto. Con incredulidad, detuvo el listado y pidió al ordenador que presentara los resultados acumulados de todo el mes anterior. ¡En ese tiempo, el aparato no había llegado a contar cien positrones! ¡Y en dos horas había pasado de casi doscientos al millar!
Aquello era absolutamente increíble. Pegó su nariz al monitor, paseó nervioso por la sala, se enredó con un cable y, al tirar de él, hizo caer una impresora al suelo.
—No, no, tranquilízate —dijo mientras se llevaba las manos a las sie­nes—, no puede ser, no existe nada capaz de justificar ese aumento, el satélite debe de haberse estropeado, igual que el primero. Sí, eso debe de ser…
Recordó aquella vez que un astrónomo afirmó, muy contento, haber descubierto un nuevo quasar; pero se trataba de unas palomas, que habían anidado en la antena y dejado abundantes «huellas» de su estancia en el lugar. Pero dos satélites fallando, casi simultáneamente, mientras apuntaban al mismo sector del firmamento… era demasiada casualidad. Decidió pedir una confirmación. En estos casos, lo mejor era actuar científicamente. Dio las instrucciones al ordenador de que orientara la antena de otros satélites, e iniciase una solicitud de datos.
Veinte minutos más tarde llegaba la información.
Jomeini L 4/78 informaba ele partículas altamente energéticas con car­ga positiva (el detector no podía discriminar).
Al Kindi L 5/34 mostraba un inesperado aumento de rayos gamma. ¿Podría tratarse de positrones aniquilándose con el propio aparato detector?
Al Farabi L 5 /12 detectaba partículas con masa y carga que las señala­ban como positrones.
Pero lo importante eran las fechas y lugares: los satélites habían registrado, con algunas décimas de segundo de diferencia, una serie de sucesos compati­bles con una repentina lluvia de positrones. ¿Todos, al mismo tiempo? Pero, si los satélites estaban en buenas condiciones, entonces se encontraba ante un nuevo tipo de fenómeno cósmico, no un montón de cagadas de paloma.
¡Algo que nadie había encontrado antes! Positrones, en una cantidad ampliamente detectable. Eso significaba antimateria.
Dudo un instante y le pidió al ordenador del teléfono que marcara el número del doctor Tariq. Estuviera donde estuviera, hiciera lo que hiciera, no podía ser más importante que aquello. Quizá todo era una falsa alarma, en cuyo caso se llevaría una reprimenda por parte de su profesor. Pero en aquel momento estaba demasiado asustado para que aquello le importase. Qué raro. El ordenador había marcado el número, pero la pantalla solo mos­traba interferencias.
—¿Qué sucede? —gritó irritado.
—No lo sé, señor —respondió el aparato con calma inhumana—. No consigo una línea clara.
«¡Por las peludas orejas de Shaitán!» Alí dio un puñetazo en la mesa. Justo ahora se estropeaba el teléfono.
—Sigue intentándolo. Y avísame en cuanto tengas línea.
—Así lo haré, señor.
Regresó a la sala de terminales mordiéndose las uñas, ¡justo ahora se encontraba aislado en lo alto de aquel jodido volcán!
Nervioso, caminó en círculos. Volvió al teléfono.
—¿Sigues sin tener línea?
—Lo siento, señor. He probado en varias bandas. Nada hasta el momento.
«¡Malditos africanos!» Regresó a la sala de pésimo humor. Revisó los números, y… sí, allí estaban. Los observa torios habían registrado el aumento de positrones de forma progresiva.
Llevado por una intuición pidió al ordenador que buscara alguna rela­ción entre los tiempos de diferencia de registro y las posiciones entre los saté­lites. ¡Coincidía! Los satélites con mayor separación angular de la línea Tierra-Luna habían registrado los positrones antes que los más cercanos. Aque­llo significaba que un haz de positrones a la velocidad de la luz barría el espacio acercándose a la Tierra.
Sintió un escalofrío de aprensión. Se trataba de radiación de antimateria… ¡y el frente de antipartículas que avanzaba hacia ellos como un tsunami imparable!
Pidió al ordenador los últimos datos de los satélites.
Jomeini L 4/78 no responde…
Al Kindi L 5/34 no responde…
Al Farabi L 5/12 no responde…
—¿Qué está sucediendo? —se preguntó en voz alta. El ordenador no dijo nada—. Creía que las emisiones por satélite eran microondas, inmunes a las interferencias.
—Así es, señor.
—¿Recibes alguno de los satélites lagrangianos?
—De Khayyam L 5/7, señor.
—Bien, hazme un volcado de datos.
La pantalla empezó a llenarse de números. Los ojos de Alí se abrieron como platos por el profundo horror que lo invadió en aquel momento.
—¡Dios misericordioso!
El recuento de positrones aumentaba en progresión geométrica. Los números cambiaban ante sus ojos: 30064, 60312, 120463, 240393, 480880, 961227… el ordenador empezó a imprimirlos en forma exponencial: 1.92E+6, 3.85E+6 7.70E+6, 1.54E+7, 3.08E+7, 6.17E+7, 1.23E+8, 2.47E+8, 4.93E+8, 9.85E+8 1.98E+9, 3.95E+9, 7.88E+9…
¡Ocho mil millones de positrones por minuto y centímetro cuadrado!
¡Y seguía aumentando! De repente se interrumpió.
¿Qué sucede? —gritó de nuevo, esta vez al borde del pánico.
—He perdido el contacto con Khayyam L 5/7, señor.
Se volvió hacia una de las ventanas. Un resplandor penetraba por ella desde el exterior, a través de la cortina. Observó el reloj en un gesto mecáni­co. Las cuatro, faltaban dos horas para que amaneciera. Poco a poco, con paso temeroso, se acercó a la ventana; subió la persiana, abrió la doble hoja…
Y los cielos estallaban en llamas.

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