Neuromante

Un futuro invadido por microprocesadores, en el que la información es la materia prima. Vaqueros como Henry Dorrett Case se ganan la vida hurtando información, traspasando defensas electrónicas, bloques tangibles y luminosos, como rascacielos geométricos.

En este espeluznante y sombrío futuro la mayor parte del este de Norteamérica es una única y gigantesca ciudad, casi toda Europa un basural atómico y Japón una jungla de neón, corruptora y brillante, donde una persona es la suma de sus vicios.

Muchos dicen que Neuromante fue el libro que creo terminos como ciberespacio, cyberpunk o muchos otros, pero lo que es indudable es su aportación a la ciencia ficcion y a todo un género en el que muchos han visto reflejado la pelicula Matrix.

ANTICIPO:
Entró en la tienda sin molestarse en mirar la exhibición de shurikens. Nunca había arrojado uno en su vida.

Compró dos paquetes de Yeheyuans con un chip del Mitsubishi Bank que lo identificaba como Charles Derek May. Era mejor que Truman Starr, lo mejor que había logrado en cuestión de pasaportes.

La japonesa que estaba detrás de la terminal parecía tener algunos años más que el viejo Deane; ninguno de ellos con ayuda de la ciencia. Sacó del bolsillo su delgado fajo de nuevos yens y se lo mostró. -Quiero comprar un

arma.

La mujer señaló una caja llena de navajas.

-No -dijo él-, no me gustan las navajas.

Entonces ella sacó del mostrador una caja oblonga. La tapa era de cartón amarillo, estampada con una cruda imagen de una cobra enrollada, de abultada capucha. Adentro había ocho cilindros idénticos envueltos en papel. Case observaba mientras unos dedos jaspeados y morenos rasgaban el papel. Ella lo alzó para que él lo examinara: un tubo de acero opaco con una tirilla de cuero en un extremo y una pequeña pirámide de bronce en el otro. Tomó el objeto con una mano; la pirámide entre el otro dedo pulgar y el índice, y tiró. Tres aceitados segmentos de apretados resortes telescópicos se deslizaron hacia afuera y se conectaron entre sí. -Cobra -dijo ella.

Detrás del estremecimiento de neón de Ninsei, el cielo era de un mezquino tono gris. El aire había empeorado; aquella noche parecía tener dientes, y la mitad de la gente llevaba máscaras filtradoras. Case había pasado diez minutos en un urinario, tratando de descubrir un escondite adecuado para su cobra; por último resolvió enfundar el mango en la cintura de los pantalones, con el tubo en diagonal sobre el estómago. La punzante punta piramidal se movía entre la caja torácica y el forro de la cazadora. Parecía que la cosa iba a caer a la acera cuando diera el próximo paso, pero hacía que él se sintiera mejor.

El Chat no era realmente un bar de traficantes, pero por las noches atraía a una clientela afín. Los viernes y los sábados era distinto. Los clientes habituales seguían allí, la mayoría; pero se desvanecían tras la afluencia de marineros y de los especialistas que los despojaban. Case buscó a Ratz desde que empujó las puertas, pero el barman no estaba a la vista. Lonny Zone, el macarra residente del bar, observaba con vidrioso y paternal interés cómo una de sus chicas iba a trabajarse a un joven marinero. Zone era adicto a una marca de hipnótico que los japoneses llamaban Bailarines de la Nube. Case le indicó con señas que se acercara a la barra. Zone fue deslizándose en cámara lenta entre la multitud; el alargado rostro relajado y plácido.

-¿Has visto a Wage esta noche, Lonny?

Zone lo miró con la calma de costumbre. Sacudió la cabeza.

-¿Estás seguro?

-Tal vez en el Namban. Hace dos horas, quizás.

-¿Lo acompañaba algún matón? ¿Uno delgado, pelo negro, quizá chaqueta negra?

-No -dijo Zone frunciendo la frente para indicar el esfuerzo que le costaba recordar tanto detalle sin sentido-. Hombres grandes. Implantados. -Los ojos de Zone revelaban muy poco blanco y menos iris; bajo los párpados entornados, tenía las pupilas dilatadas, enormes. Observó el rostro de Case detenidamente, y luego bajó los ojos. Vio el bulto de la fusta de acero.- Cobra -dijo, y arqueó una ceja-. ¿Quieres joder a alguien?

-Nos vemos, Lonny. -Case se fue del bar.

Lo seguían de nuevo. Estaba seguro. Sintió una puñalada de exaltación, los octógonos y la adrenalina se mezclaron con algo más. Estás disfrutándolo, pensó; estás loco.

Porque, de alguna extraña y muy aproximada manera, era como activar un programa en la matriz. Bastaba con que uno se quemara lo suficiente, se encontrara con algún problema desesperado pero extrañamente arbitrario, y era posible ver a Ninsei como si fuera un campo de información; del mismo modo en que la matriz le había recordado una vez las proteínas que se enlazaban distinguiendo especialidades celulares. Entonces uno podía flotar y deslizarse a alta velocidad, totalmente comprometido pero también totalmente separado, y alrededor de uno, la danza de los negocios, la información interactuando, los datos hechos carne en el laberinto del mercado negro…

Dale, se dijo Case. Jódelos. Es lo último que se esperan. Estaba a media manzana de la vídeo galería donde había conocido a Linda Lee.

Arremetió a través de Ninsei; dispersó a una partida de marineros paseantes. Uno de ellos le gritó algo en español. Luego llegó a la entrada; el sonido se desplomaba sobre él como un oleaje, los subsonidos le palpitaban en el fondo del estómago. Alguien se apuntó un tiro de diez megatones en la Guerra de Tanques en Europa; una explosión aérea simulada ahogó la galería en sonido blanco al tiempo que una espeluznante bola de fuego holográfica dibujaba un hongo más arriba. Case dobló a la derecha y subió a medio correr unas escaleras de madera gastada. Había estado allí una vez visitando a Wage para discutir un negocio de detonadores hormonales proscritos con un hombre llamado Matsuga. Recordaba el corredor, la moqueta manchada, la fila de puertas idénticas que conducían a diminutos despachos cubiculares. Una puerta estaba abierta. Una chica japonesa en camiseta negra de manga sisa alzó los ojos, sentada tras una terminal blanca; a sus espaldas un poster turístico de Grecia: azul egeo salpicado con ideogramas aerodinámicos.

-Di a los de seguridad que suban -le dijo Case.

En seguida corrió hacia el fondo del corredor, donde la chica no podía verlo. Las últimas dos puertas estaban cerradas, presumiblemente con llave. Dio media vuelta y con la suela de su zapatilla deportiva golpeó la laca azul de la puerta enchapada del fondo. Saltó en pedazos: un material barato cayó de un marco hecho astillas. Había oscuridad allí: la curva blanca de una terminal. Se volvió a la puerta de la derecha, apoyando las dos manos en el pomo de plástico transparente. Algo se quebró, y él ya estaba adentro. Había sido allí donde Wage y él se habían reunido con Matsuga; pero fuera lo que fuese, la empresa de Matsuga no estaba allí desde hacía tiempo. Ni terminal ni nada. Desde el callejón trasero, una luz se filtraba a través del plástico tiznado de hollín. Alcanzó a ver un sinuoso lazo de fibras ópticas que sobresalían de un enchufe en la pared, un montón de cajas de comida desechadas, y la barquilla sin aspas de un ventilador eléctrico.

La ventana era una lámina simple de plástico barato. Se quitó la chaqueta, se la enrolló en la mano derecha, y golpeó. Rompió la lámina pero tuvo que darle dos golpes más para sacarla del marco. Sobre el enmudecido caos de los juegos comenzó a sonar una alarma, detonada por la ventana rota o por la chica que estaba a la entrada del corredor.

Case se volvió, se puso la chaqueta, extrajo la cobra y la extendió.

Con la puerta cerrada, contaba con que su perseguidor pensase que se habría marchado por la que había roto de un puntapié. La pirámide de bronce de la cobra comenzó a balancearse levemente; el eje de acero en espiral le amplificaba el pulso.

No sucedió nada. Sólo la onda de la alarma, el fragor de los juegos, el martilleo del corazón. Cuando el miedo llegó, fue como un amigo a medias olvidado. No el frío y rápido mecanismo paranoico de la dextroanfetamina, sino simple miedo animal. Hacía tanto tiempo que vivía en un filo de constante ansiedad que casi había olvidado lo que era el miedo verdadero.

Aquel cubículo era el tipo de lugar donde la gente moría. Él mismo podía morir allí. Ellos quizá tenían pistolas…

Un estampido, al otro extremo del corredor. Una voz de hombre que gritaba algo en japonés. Un alarido; terror agudo. Otro estampido.

Y ruido de pasos; pausados, acercándose.

Pasaron frente a la puerta cerrada. Se detuvieron durante tres rápidos latidos. Y regresaron. Uno, dos, tres. Un tacón de bota raspó la moqueta.

Lo último que le quedaba de su bravata octógono-inducida se derrumbó de golpe. Metió la cobra en el mango y gateó hacia la ventana; ciego de miedo, con los nervios chillando. Se irguió, salió y cayó, todo antes de ser consciente de lo que había hecho. Golpeó el pavimento y un dolor sordo le subió por las canillas.

Una estrecha franja de luz que salía de una puerta de servicio semiabierta enmarcaba un atado de fibra óptica desechada y el armazón de una herrumbrosa consola. Había caído boca abajo sobre una húmeda plancha de madera astillada; rodó hacia un lado, bajo la sombra de la consola. La ventana del cubículo era un tenue cuadrado de luz. La alarma subía y bajaba, allí era más fuerte; la pared trasera apagaba el estruendo de los juegos.

Apareció una cabeza, enmarcada por la ventana, envuelta en las luces fluorescentes del corredor; y desapareció. Regresó, pero él seguía sin poder distinguir la cara. Un destello de plata le cruzaba los ojos. -Mierda -dijo alguien; una mujer, con acento del norte del Ensanche.

La cabeza desapareció. Case permaneció bajo la consola durante veinte segundos bien contados, y luego se levantó. Tenía aún en la mano la cobra de acero, y tardó unos segundos en recordar lo que era. Se alejó cojeando por el callejón; cuidando de no forzar el tobillo izquierdo.

compra en casa del libro Compra en Amazon Neuromante
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑