Noches de Nueva York

Año 2040. Nueva York tiene treinta millones de habitantes y se ha convertido en un conglomerado urbano sin salida para la mayor parte de sus pobladores, que, al no tener escapatoria posible, hallan su única válvula de escape en la incipiente realidad virtual .

Hal Hallyday y Barney Kluger son dos detectives especializados en hallar personas desaparecidas, tarea muy compleja en un microcosmos casi imposible de abarcar. Pero su tranquila rutina se verá interrumpida por la repentina desaparición de una de las principales diseñadoras de RV (realidad virtual).

La desaparecida posee una información vital, y ambos detectives se verán sumidos en una carrera contrarreloj para descubrir el paradero de la científica en la gran urbe. Su éxito o su fracaso puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte de millones de personas.

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Pero lo peor era, pensó, que el cambio se había dado tan gradualmente que ya ni se acordaba de cuando Nueva York no parecía la capital de algún país tercermundista acabado. Las autoridades anunciaban que trabajaban para resolver el problema de la gente sin hogar; pero, no cabía duda, de que nada parecía mejorar. Los pobres seguían muertos de hambre en las calles y cada día llegaban más refugiados a la ciudad.

Por si fuera poco, el trabajo de Halliday consistía en localizar a personas desaparecidas en una población de unos treinta millones de habitantes. Era como buscar la aguja del dicho en el pajar. El milagro era que a veces lo conseguía.

A pesar de que las aceras estaban abarrotadas de vagabundos, las calles estaban de lo más tranquilas. A lo sumo, llegaba a ver una media docena de coches juntos. Éste era otro de los cambios a los que los ciudadanos de Nueva York habían tenido que enfrentarse. Hace dos años, la Unión Árabe había aumentado el precio del petróleo anticipándose a la caída de la producción y, a consecuencia de esto, el precio de la gasolina había aumentado alrededor de un quinientos por cien. Un galón de gasolina costaba ahora unos cincuenta dólares. La gran mayoría dejaba los coches en casa y usaba el transporte público; Halliday y Barney usaban el coche en pocas ocasiones, sobre todo por las noches porque los autobuses circulaban con menos regularidad.

Redujo el Ford al pasar por un conglomerado de refugiados dormidos que habían ocupado gran parte de la calle, giró hacia Park Avenue y se dirigió al centro, pasó por una fila de edificios adornados con lo último en fachadas holográficas. Sabía que no era lo que aparentaban porque la semana pasada había visto cómo unos ingenieros cubrían la fachada del edificio con series de holocapilares. Con sólo tocar un botón, cambiaban de los sosos ladrillos rojizos a cualquier maravilla arquitectónica que sus dueños desearan. La mayoría estaba decorada al estilo de las casas victorianas de pueblo, con columnas de color miel y cornisas ornamentadas. Halliday había visto otros ejemplos de extravagancias arquitectónicas, mucho más ostentosas: versiones en miniatura del Taj Mahal, la pirámide ocasional que no escondía más que un almacén.

Creyó que lo último en maravillas holográficas habían sido las enormes posibilidades de proyecciones de personajes, favorecido por los empresarios y los ricos. Nunca había pensado en la posibilidad de edificios mejorados mediante cosmética. Se preguntó qué sería lo que mejoraría el próximo avance holográfico… eso si la realidad virtual no desbancaba a la tecnología, tal y como decía Barney.

Reflexionaba sobre lo que Barney le había dicho antes de la realidad virtual cuando, a lo lejos, vio el primer local de RV de la ciudad o, mejor dicho, el anuncio holográfico que anunciaba a los ciudadanos la apertura reciente del paraíso. Sobre la intersección con la 72 Este, se proyectaba una escena de lujuria tropical: una playa dorada junto a una laguna azur. Una cabecera centelleante que se extendía entre los edificios anunciaba con muy mal gusto: ¿Frío? ¡Entre y disfrute del sol!

Halliday redujo la velocidad al pasar por delante del local. Vio que se trataba del antiguo Paradiso, un cine de hologramas que tuvo que cerrar el año anterior. Se acordó de las palabras de Barney, y se preguntó si sería una señal de lo que deparaba el futuro.

La acera enfrente del local estaba a rebosar con dos colas paralelas de ciudadanos que rodeaban toda la manzana. De vez en cuando, la cola avanzaba mínimamente y Halliday calculó que debían llevar horas esperando. A pesar de su anterior escepticismo, le picó la curiosidad. Si la experiencia era en realidad tan auténtica como le había asegurado Barney, si pudieses disfrutar de una imitación del sol en pleno invierno sin apenas distinguirlo del verdadero, entonces sí que quizás valía la pena pagar una entrada. Pero eso era otra cosa a tener en cuenta: ¿cuánto debía costar? Esa mañana se había enfrentado a Barney por ese mismo motivo. Al pasar el local, aceleró en dirección sur.

El Scumbar se encontraba en un callejón estrecho de Christopher Street, encima de una puerta cerrada había una luz de neón roja en forma de hacha de doble filo que brillaba en la oscuridad. Halliday aparcó el coche en la Séptima Avenida y caminó a paso acelerado empujado por el viento que parecía haber venido a refrescar la tundra. El callejón estaba ocupado por una docena de figuras acurrucadas envueltas en finas sábanas, todas con la mano expuesta al aire gélido.

-Un dólar, señor. ¡Déme un dólar!

Delante, la figura esporádica vestida de negro se acercaba a la puerta del Scumbar, enseñaba la entrada en la verja y se deslizaba hacia el interior. Cuando alcanzó la puerta, mostró la entrada que Villeux le había dado a Barney. Esperó, encogido par resguardarse del frío, mientras esperaba que le dijesen que se fuese a paseo. Para su sorpresa, un minuto después, la puerta se abrió tímidamente y entró sigilosamente en el calor y la oscuridad. Le recibieron un punzante hedor químico y la luz cegadora de una linterna apuntándole a la cara. Luego sintió como algo parecido al gancho de un arado mecánico le apresaba la parte superior del brazo. Gritó del susto.

-¿Qué es lo que quieres?

-Tengo una maldita entrada.

El gancho se relajó, un poco.

-Así que es eso.

Le empujaron a un lado y casi perdió el equilibrio. Otra puerta se abrió en una pequeña sala contigua, estaba iluminada tan intensamente con fluorescentes que era como el destello de una supernova. Se cubrió los ojos, trató de parpadear. El hedor químico se intensificó. Cuando consiguió acostumbrar la mirada, vio que la habitación la ocupaban dos mujeres vestidas de negro. Una estaba sentada detrás de una mesa y la otra, increíblemente, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una antigua caja de seguridad.

Inhalaban rapé de botes de aerosoles.

El gancho le liberó el brazo y Halliday suspiró de alivio. Miró a su alrededor: su captor le sonreía dulcemente. Aparentaba unos doce años y parecía tan inocente como una colegiala; pero su mano derecha era un gancho al final del hueso metacarpiano del brazo de acero.

Detrás de la mesa, la bollera de cara de asesina con una mata de pelo rubio le miraba fijamente. Se preguntó si la malicia de su expresión se debía a las drogas o era una manifestación de su prejuicio político.

-¿Qué quieres? -le preguntó, mientras puntuaba la pregunta con una esnifada de rapé. Por un momento el éxtasis se hizo presente en sus azules ojos glaciares.

-Tengo una entrada. He quedado aquí con Carrie Villeux.

La mujer extendió la mano.

-La entrada.

Halliday se la dio. La mujer observó el rectángulo plateado y le miró.

-¿De dónde la has sacado?

&-Ya se lo he dicho, de Carrie Villeux.

-¿Qué es lo que quieres de ella?

¿Cuánto debería contarle? Se preguntó hasta qué punto le podrían caer bien los detectives privados.

-Vino a mi oficina ayer. Su pareja, Sissi Nigeria, ha desaparecido. Trato de localizarla.

La mujer le miraba con desconfianza.

-¿Por qué razón debería haber acudido a tu agencia?

-Es obvio que debió oír que soy bueno.

La mujer empezó a hablar en algún tipo de código seguro, y Halliday no podía entender ni una palabra. ¿Sería algún tipo de jerga sáfica?

-Mi hermana dice que cómo podemos saber que no atacaste a Carrie y le robaste la entrada.

¿Paranoia mezclada con rapé, o pura estupidez?

-¿Robar una entrada para conseguir entrar en este local? ¿Por qué demonios debería hacer eso?

Las dos mujeres lo consultaron, las palabras no tenían ningún significado para él pero el tono era alto.

-Escuchad -interrumpió-. Soy un amigo, ¿vale? Carrie confió en mí y me dio la entrada. Estoy de vuestro lado. Dejadme entrar en el local y hablar con Carrie.

Cara asesina le miró e inhaló más rapé.

Intentó jugar su mejor carta, aunque sabía que podía cometer un grave error.

-¿Conocen a Sue… Susanna Halliday?

-¿De qué la conoces? Preguntó Cara asesina.

-Es mi hermana. ¿No ven el parecido? ¿Pelo oscuro y rizado, barbilla partida?

De pequeños siempre se habían llevado bien, pero cuando Sue alcanzó la adolescencia y descubrió algunas cosas sobre sí misma, su relación se deterioró. Hace cinco o seis años, sin explicación alguna, Sue dejó de contestar a sus llamadas y se fue del Edificio Solano sin darle la nueva dirección.

Ahora Cara asesina hablaba con Gancho, que volvía a sujetarle del brazo, esta vez con los pequeños dedos de niña de la mano izquierda. De nuevo le sonrió inocentemente.

-Yo le guiaré, Sr. Halliday -se rió tontamente-. Esto es como una jungla y necesitará un guardaespaldas.

-Tenga cuidado, Halliday. Algunas de nosotras no somos tan compasivas -le miró fijamente-. Recuérdelo -le dijo Cara asesina antes de que abandonase la habitación.

Cruzó el vestíbulo oscuro mientras las palabras de esa mujer retumbaban incómodamente en su cabeza. La niña le cogió la mano derecha y cruzaron una puerta de batiente.

-Ya le he dicho que esto es como una jungla, Sr. Halliday. Quédese pegado a mí y no le pasará nada, ¿de acuerdo?

El Scumbar era un teatro holográfico, y esa noche proyectaban el escenario de alguna película épica nemorosa: los holoproyectores proyectaban una ilusión óptica de árboles hasta donde la vista podía alcanzar. Las proyecciones estaban bastante bien, pero podía verse que eran falsos por la ligera falta de nitidez de la imagen en las periferias. Sonaba música ambiental, sintetizada adecuadamente con el canto de un pájaro y, en los claros entre los troncos de los árboles, había parejas que seguían el compás de la música.

Pasaron con dificultad entre los bailarines; su presencia provocaba miradas que iban desde la curiosidad hasta la evidente hostilidad. Estaba contento de que la luz fuese tenue, lo que hacía que su presencia fuese menos sospechosa; pero aún así se sentía incómodo.

Le llevó a una barra circular que representaba una especie de cabaña en la jungla, con palizadas de bambú y un techo de paja. Halliday se acomodó en un taburete.

-¿Quieres tomar algo?

-Gracias. Una cerveza. Brasileña, si me invitas.

La camarera vestida de negro le observaba inexpresiva.

Halliday pidió dos Caribas y la camarera le destapó las botellas y las deslizó por la barra.

-Serán cuarenta.

Intentó no reaccionar ante el robo. Se desprendió de cuatro billetes y los dejó encima de la barra. La niña cogió la botella con su gancho de acero y le dio un trago. Halliday sorbió su cerveza y repasó a las bailarines. Había muchos cráneos rapados a la última al ritmo de la música bajo la luz tenue, y parecía que los cuerpos voluminosos volvían a estar a la moda. El ciclo había vuelto; y la figura Madre Naturaleza hacía furor, al menos, entre las clientas del Scumbar.

-No veo a Carrie Villeux -dijo mientras echaba un vistazo a la pista.

Gancho sacó la lengua de la botella y miró a su alrededor.

-Debe de estar por aquí, Sr. Halliday. Siempre llega a las diez. Espere aquí, veré si puedo encontrarla.

Moviendo los brazos al ritmo de la música, cruzó la pista de baile mientras ofrecía sonrisas a las que bailaban. Halliday se preguntó si su madre debía saber dónde pasaba las noches de los viernes. Sonrió. ¿De qué le había acusado Sue? “¿De una tendencia condicionada a los valores burgueses tradicionales?” Supuso que después de haber sido criado por un padre educado en una escuela militar, eso era lo mínimo que cabía esperar.

La chica iba parando a algunas bailarinas, luego se ponía de puntillas y les decía algo a la oreja. Las mujeres miraban a Halliday, fruncían el ceño y negaban con la cabeza. La chica siguió moviéndose, fuera del alcance de su vista detrás de unos helechos.

Halliday jugaba tímidamente con su Caribas y trataba de aparentar que disfrutaba de la música. Dos minutos más tarde, la chica apareció de entre los árboles simulando secarse el sudor de la frente.

-Carrie aún no ha aparecido. Se suponía que tenía que llegar a las diez. Algunos de sus amigos están en la barra de aquí al lado. Puede invitarme a otra ronda, Sr. Halliday.

Esta vez ignoró su mano y la siguió a través de los árboles. Llegaron a otra barra, idéntica a la anterior, donde otro grupo de gente bailaba al mismo ritmo.

-Dos Caribas, Terri -dijo Gancho-; mi novio invita.

Halliday extendió otros cuarenta, lo incluyó en gastos, y se acabó la primera cerveza. Encontró una silla y observó a la gente que bailaba. Sin duda alguna, su conclusión de que los cuerpos robustos estaban de moda había sido prematura; las mujeres que se encontraban en este territorio no tenían nada que ver con sus hermanas Madre Tierra del otro lado. Para ser mujeres, eran delgadas, incluso angulares, e incluso había algunas que se habían extirpado los pechos; llevaban camisetas escotadas para lucir las cicatrices de la mutilación de moda.

Mientras miraba, una mujer, tan alta y de ébano como un guerrero Masai, dejó de bailar y se le acercó. Halliday se subió a un taburete y ella se acomodó en una silla más baja a su lado, cruzando sus largas piernas. Llevaba una chaqueta cruzada de raya diplomática y, cuando se agachó para coger su bebida y la solapa de la chaqueta se abrió, Halliday vio que había optado por hacerse una mastectomía radical.

-Hola, soy Kia -ronroneó-. Kia Johansen.

-Halliday -le enseñó su tarjeta-. Busco a Nigeria. ¿Vendrá más tarde Carrie Villeux?

-Cariño, normalmente a esta hora ya está aquí.

Tenía la exagerada feminidad de una drag queen, y Halliday se preguntaba si lo último en moda contracultural entre las lesbianas era pretender ser hombres que, a su vez, pretendían ser mujeres.

Kia llevaba la cabeza rapada y el contorno de su cráneo huesudo hubiese hecho las delicias de cualquier frenólogo. Al fijarse bien, le desconcertó ver un implante metalizado incrustado alrededor del cráneo. Una sonda se introducía por la diminuta oreja. Se preguntó si realmente se trataba de un implante neural o si se trataba de otra lograda simulación cosmética.

-Estamos todas muy preocupadas por Nigeria -dijo, mientras depositaba los dedos como puros sobre el antebrazo-. ¿Has dicho que eres capaz de localizarla?

-¿Eres una amiga cercana a ella?

-Una de sus mejores amigas. Quiero decir, que hace tiempo fuimos amantes; pero esa es otra historia. ¿No es así, Missy?

-A mí me lo vas a contar, Kia -la chica sonrió.

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