Noches de Suburbio

NochesSuburbioVictorBlancoDiaz

Mientras las Valquirias se conjuran en exportar la guerra hacia todos los confines del ya arruinado mundo, algo se gesta en el Suburbio que rodea Dunenburgo.
Siempre ha habido bandas, pero ahora los Artistas Callejeros han demostrado una ambición sin precedentes. Liderados por Fanfarria el Faisán, un individuo sobre el que pesan todo tipo de leyendas, están agrupando a todos los pandilleros. No son la única amenaza, pues las Valquirias han descubierto una enésima conspiración por parte de los activistas políticos del Suburbio, y su respuesta no se hará esperar.
Envuelto en esta vorágine se encuentra Spade: pistolero, pésimo jugador de cartas, coleccionista de libros y drogadicto, sin saber que el destino le tiene reservado un papel en el drama que se avecina. La cercanía de la muerte hace despertar a este insignificante individuo, cobarde, débil y sin aliados, que recuerda súbitamente la promesa que se hizo una vez.
Ni el ejército de la capital ni todos los punks del Suburbio podrán alejarle de su venganza…

Víctor Blanco Díaz (Lleida, 1985). Combina el amor a los libros con una afición voraz por los cómics y videojuegos, tan propia de los jóvenes de su generación. Escribe sus primeros relatos, y algunas intentonas novelescas, siendo aún un bachiller. La fascinación por el género cyberpunk y postapocalíptico, tan pródigo en los años noventa, combinada con un cierto inconformismo hacia el propio género, le llevan a escribir su primera novela, “Noches de Suburbio”. Con ella es finalista, a los 21 años, del IV Premio Minotauro (2007). En los años siguientes alterna su dedicación literaria con los estudios universitarios. Escribe novelas y relatos, llevando la temática cyberpunk hacia un corte de novela negra, cultivando el western (Finalista del II Certamen de Escritores Errantes), y más recientemente la fantasía.

ANTICIPO:

Comida rápida, dinero rápido

Era media tarde y el sol brillaba como siempre en Dunenburgo: lejano, inalcanzable, incapaz de iluminar los rincones oscuros ni de calentar a aquellos que sintieran frío.
La blanca ciudad de Dunenburgo recibía con gusto los oblicuos rayos de sol, que la hacían resplandecer por encima del gris paloma que se repetía sin excepción a su alrededor, en todo el Suburbio. Sus largos edificios se elevaban como torres inexpugnables, siempre blancas y enhiestas, y las altas murallas impedían vislumbrar lo que ocurriera más allá.
Al noroeste, sobre una suave colina, el Asimilador hacía zumbar sus ventiladores y vomitaba un manto de negrura que emponzoñaba todo el cielo del lugar. Bajo su oscura influencia, un pequeño sector lleno de pórticos y muros bajos que cerraban sus salidas, brillaba como una verdadera ciudad en aquella malformación de cemento que era el Suburbio. Réquiem, el hogar de los obreros del Asimilador, todavía tenía farolas que funcionaran y conservaba la totalidad de sus cristales. Podía considerarse un lugar hermoso si para poder estar en él no se debiera consagrar la propia existencia a la esclavitud o al asesinato.
Más allá de Dunenburgo y de Réquiem, su triste y distante imitadora, se extendía una disposición invariable de edificios medio derrumbados, vacíos y descuidados. Una antigua gran ciudad sumida en sus últimos coletazos de vida, condenada ya a extinguirse. Un lugar donde la oscuridad era siempre rotunda y el agua podía ser verdadero veneno. Sus habitantes hacía muchas generaciones que habían olvidado que eran hombres, y no conocían las leyes que regían aquella raza ancestral, que parecía condenada a la extinción en aquel grotesco laberinto de cemento.
Pese a la oscuridad de sus traidores rincones y el abandono de su existencia, el Suburbio seguiría vivo mientras hubiera hombres que decidieran salir de su agujero para poder ofrecer algo a los demás. Hombres como Lars.

Cuando el viejo carro abollado se dejó oír por el solar con retraso, lo hizo renqueante, dejando que medio sector escuchara su chirriante lamento. Y los huesos cansados de Lars, su propietario, también se quejaban. Se molían un poco más a cada paso. Chirriaban más fuerte cada uno de los días en que el anciano, puntual y fielmente, salía de su agujero a vender comida barata a quien tuviera la osadía de consumirla. Pero ese quejido imborrable y doloroso sólo podía notarlo él.
Aparcó el abollado carro metálico, no sin esfuerzo, en el lugar habitual. Se sentó en el frío bordillo, resoplando exhausto. Hacía un tiempo que sospechaba que cada día podía ser el último, pero esta vez tenía la certeza de que iba a serlo.
—Se te han pegado las sábanas, ¿eh, viejo zorro? —dijo un tipo flaco y demacrado que había estado deambulando por el solar—. Es la primera vez en los veintitantos años que llevo comprando esa basura que tú llamas comida. La primera vez que llegas tarde, Lars. Nunca creí vivir para verlo.
—Y la primera vez en los más de treinta y cinco años que llevo repartiendo mi comida a basura como tú, Spade. Así que si quieres seguir viviendo para disfrutarla, no me busques. ¿Lo de siempre?
—Sí —dijo Spade acercándose al carro—. Pero no me pongas esa cosa roja. La última vez tuve cagalera durante tres días.
Lars colocó los bártulos sobre el carro: cuchillos, paletas, especias, pan, y algunas lonchas de carne de sospechosa procedencia. Comenzó a freír sobre la plancha, y las chuletas pronto despidieron un olor que sin duda hacía demasiado honor a su sabor. El aroma pronto se transmitió entre las calles hambrientas del Suburbio, y los clientes afloraron como hormigas. Unos pagaban, otros pedían para marcharse sin nada: Lars era muy disuasivo empuñando un cuchillo.
Spade masticaba con dificultad el duro bocadillo, observando el espectáculo.
Mmmmmm… el sabor de las calles ¿eh? —dijo mientras engullía pesadamente el último bocado—. No sé como tienes la vergüenza de cobrar medio Nibel por esto.
—Supuse que si mantenía ese precio, dejarías de venir, tocacojones —masculló Lars mientras volteaba algunas chuletas—. Pero veo que no he tenido suerte.
Spade tuvo que reírse. Pagó, y dejó al viejo Lars discutiendo con sus clientes sobre los lloriqueos habituales: el hambre, la delincuencia, la fugacidad del tiempo… nada de especial interés.
Cruzó la avenida que separaba los sectores seis y siete, aunque éste fuera un nombre algo presuntuoso para aquello: una calle poco más ancha de lo habitual, que aunque dejara penetrar el sol en sus rincones seguía siendo igual de sórdida que las demás.
En las ciudades de antaño los automóviles y el bullicio hacían rebosar calles y avenidas, que parecían no terminar nunca. En ese preciso instante, entre los sectores seis y siete del Suburbio de Dunenburgo, ni siquiera circulaba el aire. Parecía un maldito pueblo fantasma, sólo que estaba habitado, habitado por tipos de la peor calaña. Y lo peor de todo no es que fuera un lugar muerto, sino que no tenía ningún interés en dejar de serlo.
Spade avanzaba, y su figura grotesca, doblada por el peso de las circunstancias no destacaba de todo cuanto le rodeaba: un cielo asmático por el humo del Gran Asimilador, unos edificios descarnados, monótonos, repletos de amasijos de herrumbre y suciedad amontonada, un suelo hediondo, resbaladizo y traicionero que siempre se prestaba con gusto a ser una buena tumba, y unos individuos tristes y derrotados a los que parecían acechar sus propias sombras.
Spade paró para contemplar un viejo circuito de neumáticos que se extendía a lo largo de la avenida, hacia el norte. Dos chasis de motocicleta parecían resistirse al olvido, en la entrada, junto a la valla. Colocadas de frente, se miraban con más complicidad que desafío, haciéndose algo más llevadero el fardo de la intemperie y las horas.
Uno podía pensar que se habían conjurado en soportar el punto donde convergía la frágil telaraña de la ciudad, con sus chabolas, sus habitantes, sus vidas de mierda, sus sueños muertos en lápidas de caucho. Y que el hecho de que el caos absoluto no se apoderara de aquel lugar infecto dependía de que los dos monstruos de metal siguieran allí, obstinados, acompañándose para la eternidad sin que nadie reparara en su existencia.
Spade escupió con vehemencia, como para librarse de un viejo fantasma. Sus ojos estaban fijos en el circuito donde había perdido a todos los miembros de su banda y también al que un día llamó amigo. Se puso en marcha rápidamente, huyendo de los recuerdos que desde luego no había tenido ganas de conmemorar.
Así, andando nerviosamente para alejarse de allí cuanto antes, pronto se encontró en pleno sector seis. Sus casas eran algo más altas que las vecinas del sector siete. También tenían algo más de cuerpo, aunque poco. Podía considerarse, con un envidiable esfuerzo de imaginación, que el sector seis era una zona bien en el Suburbio. Parecía como si la plaga que cruzaba la región no se hubiera ensañado con él. Tiempo al tiempo.
El pintoresco buscavidas no anduvo demasiado, pues pronto su devenir se vio interrumpido por una música que no creía recordar: el pedaleo de una bicicleta. Buscó, ansioso, sabiéndose acariciado por la mano de la generosa fortuna: llevar zapatos por aquellas calles podía resultar arriesgado; montar un vehículo –aunque fuera una simple bici– era entrar sangrando en el estanque de las pirañas.
El tipo no era de allí: sus zapatos, sus pantalones, su peinado, su olor… reclamaban una intervención. Espoleaba su huesudo biciclo frenéticamente, huyendo de algo demasiado terrorífico, cuya monstruosidad sólo podía intuirse a medias por su rostro desencajado.
Spade miró en derredor: estaba solo. Estuvo a punto de besar el suelo y dar gracias al cielo, pero tenía que actuar rápidamente. ¿Un empujón, una traba, un sobresalto o una pedrada? Caviló tan deprisa como su deteriorada mente le permitía, y la última opción parecía la más adecuada.
Pero no fue necesario. Un bache del terreno clavó la rueda y lanzó a su conductor por los aires. La caída fue aparatosa y sin duda cargada de un dolor atroz. El hombrecillo sangraba por la cabeza, inmóvil, seguramente medio muerto. Tenía toda la pinta de ser de la misma Dunenburgo, un funcionario de los que trabajaban para las Valquirias, pero ahora el depuramiento genético y las armas de energía no estaban allí para protegerle.
Spade se acercó sin vacilar. Ya podía notar las pilas de Nibeles y las decenas de secretos que escondían sus bolsillos, pero entonces los vientos de la suerte le abandonaron.
—Es mío. Lárgate.
El tío había aparecido de la nada, con su voz gutural, casi primitiva, su cuerpo velludo y su mirada de amenaza. ¿Había estado al acecho todo este tiempo, o Fortuna le había escogido a él?
Por lo que Spade había aprendido de la vida, había tres factores a tener en cuenta.
Primero, el tipo estaba más cerca de la presa. Segundo, el tipo era muy grande, y el martillo que empuñaba aún era más grande. Y tercero, seguramente el más importante: de nada servía intentar cobrar un dinero si no podías vivir para gastarlo.
Podría dispararle, pero entonces perdería una bala, algo que seguramente no compensaría lo que pudiera sacar del aspirante a cadáver que estaba tendido en el suelo.
—Tienes razón, todo tuyo —se excusó Spade, desapareciendo fugazmente entre las calles sucias de la ciudad.
Al parecer habría que ir a trabajar.

¿Qué pintaba un funcionario cruzando el Suburbio en bicicleta a toda velocidad? Eso sólo parecía saberlo él, pero no pudo deleitar a la barriada con una historia que sin lugar a dudas hubiera sido la comidilla del mes. Pues tuvo que enfrentarse a la aplastante lógica a la que le sometió el hombre que se quedó con su dinero, sus ropas y sus zapatos: un buen martillazo en la base del cráneo hace más cómodo el saqueo.
***

Trotski financia a Spade

Narmo Trotski deslizó sus pesadas gafas negras hasta el inicio de su recorrido: el nacimiento de su resbaladiza nariz. Resolló, sentado frente a su escritorio. Las paredes blancas, impolutas, le cercaban alrededor. No poseían ningún elemento decorativo, pero su blanco era muy brillante, casi resplandecían, al estilo de aquella ciudad: Dunenburgo. En una habitación contigua, una mujer estaba en trance con su computadora. Sus dedos recorrían el teclado a ritmo vertiginoso, elevando un somnífero repicar de resortes.
Trotski hojeó a desgana la lista de desaparecidos. No pensaba mover ninguno de sus inflados dedos por aquellos imbéciles. Malditos funcionarios. Sabían que adentrarse en el Suburbio era peligroso, y aún así seguían haciéndolo. Pero, ah… había sitios tan adorables en aquel infierno, sitios como su pasión, en el sector seis.
—¿Linda, puedes traerme un café?
—Sí, señor Trotski —la mujer se levantó del escritorio, en un rincón de la abarrotada oficina donde había estado tecleando sin pestañear.
Trotski devolvió las gafas a su funda, frotándose los doloridos lagrimales. Linda cruzó la habitación nerviosamente, con una taza de café caliente en la mano. Tenía el cabello muy negro y usaba unos anteojos sin montura. Su rostro afilado de ratón mantenía una mueca impasible.
—Gracias, querida —dijo Trotski cuando la mujer se inclinó sobre la mesa para servirle, observando excitado uno de los senos que se insinuaba bajo la sudada blusa.
—¿Sabe cuando arreglarán el aire acondicionado, señor?
La voz de la mujer era algo impertinente. Trotski se encogió de hombros, aspirando profundamente con su nariz porcina. Mmm… ¿Cuánto hará que no se ducha esta cochinilla?, pensó.
La fragancia de su sudor, medio escondida entre el tejido y su piel tostada, le excitaba tanto que debía contenerse para no resoplar como un toro.
—Bueno, señor, espero que sea pronto. No puedo soportar este calor…
Esa es la idea, cochina.
La observó volver a su escritorio. Se está echando a perder, ya casi debe tener treinta años. Pronto no servirá para nada. Ah…pero como me gustaría olfatearle las faldas, seguro que huelen tan bien como su blusa.
Trotski saboreó el delicioso café. La vida de Dunenburgo tenía sus ventajas: casa, ropa de calidad, vida segura, aire limpio, buen sueldo, café, tabaco… sí, hasta el dichoso aire acondicionado, aunque él lo hubiera sacrificado con tal de ver a su secretaria sudar y exhalar gemidos acalorada.
Pero toda cara tenía su cruz, y el gordo agente de policía se lamentaba de ello. La misma mano que le daba de comer, que le atiborraba de lujos y placeres, le impedía montar a la estrecha de Linda sobre la mesa y hacer que gritara como una conejita asustada.
En Dunenburgo, una ciudad cuya vida diaria estaba estrangulada por el yugo de un régimen totalitario, había ciertas limitaciones. Las Valquirias rechazaban el contacto sexual y, aunque lo permitían, aprovechaban cualquier oportunidad para castigarlo. Si Linda le denunciaba, podía estar seguro de que no conservaría sus genitales adheridos al cuerpo durante mucho tiempo. Eso impedía que los tipos como él se excedieran en el acoso a sus subordinadas, o subordinados. Un amante sumiso y esporádico, de eso gustaban los tipos como Trotski. Y eso, sólo podía encontrarse bajo la vida arrastrada del perímetro marginal que rodeaba la esplendorosa Dunenburgo Capital.
El Suburbio.
Apuró su café, fingiendo atender a sus asuntos. Saldría a ver si encontraba una buena muñequita. La excusa sería la de siempre: investigar desapariciones.
Linda observó a su superior, el agente de policía Narmo Trotski, que le sonrió. Ella le devolvió el gesto. Era un hombre amable, pensó, aunque gordo y estúpido. Al menos no la agobiaba con pilas de trabajo, parecía que se contentara con tenerla allí.
Pobre cerdito solitario, pensó Linda, y siguió concentrada en sus tareas informáticas.
Tras el fiel parapeto de su escritorio, Narmo Trotski comenzó a masturbarse sosegadamente mientras observaba trabajar a su secretaria.

***

Trotski se ciñó el cinturón bajo su enorme panza. Acarició la fiable G-150: recarga semiautomática, quince milímetros de calibre y culata de goma. Aquella maravilla de tecnología le permitía pasearse entre las ratas del Suburbio sin temor alguno.
Se colocó la casaca de patrulla. Era azul, sintética, hecha a medida para el gordo oficial de policía. Se consideraba que su tejido aliviaba el calor de la recalentada atmósfera, pero eso no evitaba que las glándulas de Trotski desbordaran chorretones de sudor. Las siglas P.I. emitían áureos destellos.
Policía interurbana: un grupo de ineptos más preocupados en detectar posibles focos de rebelión que en velar por la seguridad de sus ciudadanos. Comadrejas de acusación rápida que las Valquirias utilizaban para mantener controlados a los funcionarios de Dunenburgo y a la chusma del Suburbio. No les importaba que se robasen, violasen, golpeasen o matasen entre ellos. Pero para los crímenes contra la Ciudad sólo cabía esperar la ejecución o el exilio.
La mayoría de las veces no eran necesarios auténticos culpables, sólo una lista cada cierto tiempo. Las ejecuciones públicas calmaban a las Valquirias y atemorizaba a las masas. Era funcional. La inocencia de los condenados poco importaba.
Trotski abandonó la desordenada oficina con su pesado caminar. Estaba situada en la última línea de edificios que aún se consideraba Dunenburgo Capital. Una forma sutil de demostrar la condición de sus habitantes: Miembros de la P.I., pequeños comerciantes, chivatos reinsertados y algún que otro funcionario jubilado. Peones que no podían siquiera alzar la voz a la misma altura que la de una Soldado, pero que al menos no eran considerados como la chusma del Suburbio.
Antes de haber recorrido los menos de quinientos metros que separaban su oficina de la Muralla Interior, Trotski ya estaba cansado y rebosante de sudor. Se acercó a una de las salidas. Dos figuras firmes y tensas le ordenaron que se detuviese. Medían más de dos metros, y los imponentes flexotrajes, tecnología punta en equipo militar, se adherían a sus trabajados músculos.
—Motivo —dijo una de ellas.
La voz sonaba distante y artificial, bajo el casco. Y las facciones que se insinuaban tras la blindada visera verdosa eran duras y despiadadas.
Un escalofrío recorrió el espinazo de Trotski. Fue seco, desgarrador, como un relámpago en una noche sin tormenta. Comenzó a temblar y a tartamudear estúpidamente, como siempre que se dirigía a aquellas frías criaturas.
—Y-yo… bueno… quería investigar la de-desaparición de algunos funcionarios…
Los ojos le observaron tras la visera, sin especial curiosidad.
—Vuelve a las nueve —fue toda respuesta.
La otra mole apuntó cuidadosamente en el pequeño ordenador:

TROTSKI, 5:52 P.M. – 9:00 P.M.

Las duras puertas de acero se abrieron estrepitosamente, y Trotski las cruzó aliviado. Dos figuras más patrullaban al otro lado de la Muralla, igual de altas y esculpidas, inquietantes y homogéneas. Nada parecía distinguir a aquellos autómatas, salvo el código numérico impreso en sus hombreras derechas. Ni siquiera le miraron.
—Malditos gorrinos —dijo la Valquiria al cuidado del ordenador, una vez hubo transmitido los datos—. Son la plaga de nuestro tiempo: vagos, gordos, y tontos. No sé cómo soportan ver cómo se atrofian sus cuerpos. Mira como se pasea, la maldita bola de sebo. Me gustaría despellejarle y hacerle comer su propio colesterol.
La otra asintió, esbozando una sádica sonrisa.

A Trotski le llevó casi tres cuartos de hora llegar a la zona noroeste del sector seis: una zona plagada de furcias y yonkis. Estos últimos, pensaba Trotski, unos tirados que apenas se mantenían en pie, no iban a suponer una gran amenaza. Y los treinta centímetros de pistola que colgaban de su funda deberían mantenerlos a raya.
En cuanto a las furcias, bueno, eran precisamente lo que él había venido a buscar.
A diferencia del resto del sector, esta zona destacaba por el tráfico de gente, dinero y mercancía. Drogas y sexo era lo que se venía a comprar aquí. Tipos harapientos merodeaban por el lugar, la flor y nata de cada sector. Pero también era posible encontrar a funcionarios aburridos de su ritmo de vida habitual, siempre que consiguieran una coartada que les dejara salir de la ciudad, algo difícil, y un arma lo suficientemente fiable que les permitiera garantizar su regreso.
La mercancía se compraba en la calle, y se disfrutaba en la calle. A veces entre casetas improvisadas, a veces en la misma calzada, sobre unos cartones sucios o un incómodo contenedor. Trotski deambuló por el lugar. Las mujeres se le ofrecían con aires de poco convincente seducción. Eran toscas, groseras, y todas se le antojaban demasiado viejas, demasiado gordas o demasiado malolientes; aunque él reuniera el doble de estas cualidades que cualquiera de ellas.
Ah… se quejó decepcionado. ¿Es que hoy las muñequitas no han salido de sus casas?
Siguió el recorrido, ya sin ganas. Estuvo a punto de regresar, pero entonces torció por un estrecho callejón, por probar suerte. El sitio apestaba a orín y vómitos, pero su intuición le invitó a seguir adelante.
Unos pasos más allá encontró a una delgada prostituta. Tenía la cara llena de pecas, y contemplaba con mirada absorta sus pies descalzos. El pelo corto y mal peinado, pelirrojo, seguramente estaba infestado de piojos. Una pequeña pulsera era todo adorno en su andrajosa indumentaria. Era un saco de huesos, y debido a su juventud apenas tenía pechos. Las caderas hacían caer la corta falda casi sin curvas. Parecía que fuera a romperse a la primera carantoña, pero eso era lo que excitaba al seboso pederasta.
Trotski se acercó ilusionado.
—Hola bonita… —dijo acariciándole la mejilla.
—Tres Nibeles —atajó ella con un hilo de voz.
—Bien… te pagaré el doble. ¿Sabes lo que eso quiere decir, pequeña?
—Sí.
Eso quería decir que él podía hacer lo que quisiera.
—Allí —dijo la chica señalando el final del callejón—. Hay una cama.
Trotski la siguió sin poder ocultar su emoción. Una vez en el lugar indicado, ella se acurrucó junto al colchón, de espaldas, quitándose la falda y mostrando su delgado trasero.
—No tan deprisa, conejita —aclaró Trotski, cerniéndose sobre ella y rodeándola con sus gordos brazos—. Primero deja que pruebe esa piel tan blanca que tienes. Y luego te pegaré un poquito.
Empezó a lamerle la cara y las menudas orejas con su áspera lengua de cerdo.

***

Spade se hurgó la nariz, sentado sobre unas cajas de madera, oculto en un rincón como sabía hacer cuando no quería ser visto. Se estaba acordando de cuando leyó esa parte en que Vinnie James se rascaba un ojo, escupía y… se desataba el infierno.
O cuando se cambiaba el puro de lado y dejaba caer las cartas sobre la mesa. ¿Qué nos jugamos?, decía el tipo. Y él respondía, con su voz quebrada y chulesca: El pellejo. Trazó una sonrisa bobalicona. De pronto se sobresaltó. Recordar al duro de Vinnie siempre le enturbiaba el juicio, y ya habían pasado los cinco minutos. Quizá hasta diez. Spade recorrió el apestoso callejón, preocupado porque la fiesta no hubiera acabado. Por suerte, el policía seguía allí. La casaca y los pantalones reposaban colgando de una silla astillada. Spade miró… sí, la pistola también estaba en la silla.
El viejo Trotski estaba inclinado, medio de pie, sobre el colchón. Los pliegues de michelines le caían a ambos lados del enorme culo peludo. Estaba cubierto de una película de oloroso sudor, y jadeaba con dificultad. Debido a su voluminosa figura parecía que se lo estuviera montando sin la pequeña Maxie, de no ser porque los chillidos de la prostituta se oían desde algún lugar más allá de la gigante bola de grasa.
Spade se sintió por un momento como Vinnie James, golpeando al villano, salvando a la chica, imprimiendo en todo aquello un irresistible toque de encanto… Pero los ladrillos viscosos, el olor a rancio y lo grotesco de la situación pronto le hicieron ver con claridad: se hallaba en el mundo real, no en una fantasiosa novela de ficción. Se acercó silenciosamente, como un gusano, aunque Trotski estaba demasiado volcado en golpear a Maxie y en decirle guarradas con oscura devoción como para poder oírle.
Prepárate cerdita, te voy a dejar muy sucia, alcanzó a oír Spade. Le acuchilló con su mellado puñal, agarrándole la garganta con la fuerza de una pinza mecánica. La carne se abrió como un pastel y la sangre afloró desde un costado, en un intermitente reguero. Spade no se detuvo, siguió apuñalándole frenéticamente, una y otra vez, una y otra vez. Trotski sangraba como un sifón y le manchaba el chaleco y los brazos. Intentó defenderse pero fue en vano: cuando quiso darse cuenta ya estaba herido de muerte. Emitió un bramido escalofriante, que no cesaba. Se agarraba a la pequeña, pero no se caía. Todo iba muy rápido, pero a la vez discurría con interminable lentitud. Varias veces contempló Spade como su arma se hundía en aquella carne, pero Trotski seguía quieto, paralizado.
¡Joder!, se quejó, hundiéndole la navaja en la pantorrilla, los riñones y la nuca. Al fin los ciento treinta quilos de Trotski se derrumbaron. Quiso seguir gritando, pero su voz se ahogó en un burbujeante quejido aspirado.
Spade le miró, restregándose con el antebrazo el sudor que le cubría la frente, debido al titánico esfuerzo.
—¿Podrías haber esperado a que acabara, no? —se quejó Maxie, limpiándose con asco la sangre que la había salpicado.
—¿Por qué? ¿Te gustaba?
—Cerdo —escupió mirándole con odio—. ¿Sabes lo repugnante que es que acuchillen a alguien mientras aún lo tienes dentro?
Spade se encogió de hombros: ni lo sabía, ni le importaba.
—Bueno, es más fácil si les pillas por sorpresa —se limitó a decir.
Rodeó el voluminoso cadáver, chapoteando en el charco de sangre, y comenzó a buscar entre sus ropas, que descansaban en el respaldo de la silla.
—¿Cuánto hay? —preguntó la pelirroja, inmóvil.
El otro se retorció de alegría, riendo a carcajadas, gritando:
—¡El maldito cerdo tenía ciento veinte Nibeles encima! ¡Somos un poco más ricos, niña!
Maxie no dijo nada. Aunque necesitaba el dinero, ningún precio podría pagarle aquella experiencia espeluznante.
—Bueno, toma, tu parte —dijo Spade una vez lo hubo recontado—. Mitad y mitad, y el arma para mí.
—Esto… Spade… ¿porqué no sigues tú y me das setenta? Puedes hacérmelo tantas veces como quieras…
—Quita, quita —respondió Spade meneando la mano, como quien espanta una mosca, plenamente concentrado el recontar el fajo de billetes por enésima vez—. Buen intento, pero no.
Ella le empujó, restallando:
—¿Eres invertido o qué, chapero de mierda? Seguro que ni se te levanta.
El otro siguió rebuscando en la casaca, distraído. Cuatro bagatelas: un reloj, un anillo, un bolígrafo. Sólo baratijas. Entonces la hiriente vocecilla penetró en la nebulosa de proyectos que rodeaban su percepción.
—Has acertado.
Y señaló la válvula de aluminio que había injertada a la altura de su sien.
—Venga, niña, te invito a cenar —continuó, abandonando la escena.
El cadáver de Trotski reposaba como un enorme montículo, cerca del colchón, mientras los dos caminaban hasta el nacimiento de la calle.
—Vale —accedió Maxie—. Pero no me lleves a ese viejo que sirve carne de perro y pan rancio.
—Desconfía de lo que sabe demasiado bien, decía mi padre. Aunque iremos donde quieras.
Ambos se adentraron en la zona más animada, sin duda para mal, del sector seis.
***

Los punks se divierten

La luz se retiraba del Suburbio, cansada de ser testigo de una existencia tan horrenda. Las sombras comenzaron a jaspear la bóveda azul, y los edificios se recortaban contra ella, celosos de sus muchos colores, y de que la garra del hombre no la hubiera humillado y dominado como había ocurrido con ellos.
La oscuridad parecía aliviar la desgracia de aquel lugar, cubriendo con su ciego manto unas formas toscas y vulgares de las que nadie se sentía orgulloso. Así, la desvencijada ciudad se entregó al abrazo de su más fiel compañera, la noche, que hacía olvidar sus carencias y unía el cielo y la tierra en una piadosa sombra.
Pero para los hombres que recorrían el fango, perdidos, todo era muy diferente, pues el ocaso también cobijaba a aquellos salvajes que rehuían el sol y ahora parecían acechar en cada esquina. No eran unos salvajes casuales, eran bestias que entregaban cada fibra de su ser a la crueldad, y habían hecho del vandalismo una nueva forma de entender la vida. Estas criaturas, retorcidas y violentas, parecían buscarse entre ellas, escogiéndose según su propio fetiche en lo relativo a sembrar el dolor ajeno.
Se organizaban en grupos, multiplicando su poder destructivo y derivando su ferocidad hacia un objetivo común: aunque este objetivo siempre era la violencia por el puro placer, los miembros de la banda podían asegurarse el éxito de cada nueva y depravada acción vandálica, y evitarse el fastidio de tener que molestarse en plena diversión.
Eran los punks, una marabunta de perros sin piedad que encarnaba el odio y salvajismo callejeros.
La última brizna de sol se escondió tras aquel horizonte tan lejano y envidiado, y todo dejó de moverse en el sector doce. Las calles estaban vacías, contraídas para aguantar el golpe. La tensión podía leerse en cada paso reprimido, en cada susurro contenido con intención de no desatar la tormenta. La batalla era tangible en cada baldosa, en cada ladrillo: y todavía no había empezado. Toda la ansiedad emanaba de allí, de aquella calle umbría y caracoleante como una escalera al infierno. La verja chirriaba en su inútil abanico: ningún loco hubiera cruzado aquel umbral en condición de intruso. Unos gimoteos lastimeros resonaban en aquel estrecho túnel, a veces superados por risotadas esporádicas de la más sincera y extrema alegría.
—Chicos, estoy harto de oírle —el tono era autoritario, pero apenas severo. Era el modo de hablar de un profesor suficientemente claro como para no generar preguntas—. Ya os habéis divertido bastante, así que cortadle la lengua, o matadle, o lo que queráis, pero que se calle.
—Sí, Sukul —respondió alguien.
Varias voces deliberaron. Se oyó un golpe seco y el gemido cesó.
—Venid todos. Y tú, Grunt, trae al Risas y también a los hermanos. Hoy tenemos asuntos más importantes que esos malditos combates a muerte.
—¿Pero cómo puedo saber yo dónde…? —protestó el tal Grunt.
Sukul se giró para mirarle, y un brillo de poca comprensión relucía en sus ojos. Grunt asintió, poniéndose en marcha y dejando la protesta a medio formular.
Sukul lanzó una lata de aceite de motor a la hoguera, y una llama brotó para iluminarle la cara. Si alguien la hubiera mirado hace unos años, hubiera descubierto unos ojos vivos y hundidos, una nariz esbelta y una escalofriante sonrisa torva. Pero ahora, todos sus rasgos estaban a medio camuflar por aquella capa de pintura epidermal que emulaba una calavera. No es que hubieran desaparecido, pues aquello, aunque permanente y muy dimensional, sólo era un tatuaje. Pero la maestría del trabajo hacía que lo único de humano que mostraba aquella cara fueran unas cínicas y malévolas pupilas.
Contempló a su banda. Cuando Grunt hubiera regresado con los cuatro paletos estarían todos. La totalidad de las Sombras Estridentes, liderados por él, un muerto en vida que se había levantado de su letargo para hacerse dueño del Suburbio.
—¿Cuántos habrá? —el ansia de la voz hizo emerger a Sukul de sus cavilaciones.
—Creo que dos por cada uno de nosotros. O más, quién sabe.
—¡Será una carnicería! —estalló el otro, emitiendo una carcajada salvaje y poderosa.
—Sí… lo será. Cuando lleguen los otros, escogeremos los juguetes. De momento esperad.
Sukul se sentó frente a la hoguera, y los demás le imitaron. Sujetó su par de hachas mientras las embadurnaba de su viejo aliado, el suero somnífero. El sector doce soportaba la presión, pensando con alivio que quizá aquella noche se libraría de esas sombras que abandonaban las sombras, y que sembraban el desaliento mientas proferían unos gritos que helaban la sangre.
***

La polilla orbitaba hipnóticamente alrededor de la tenue luz. Los amarillentos y molestos rayos estaban muy lejos de imitar a los del gran astro, y el zumbido impertinente de la bombilla era como una sierra que rasgaba la cordura. Los visitantes no lo soportaban, alteraba sus nervios con facilidad, transformándolos en maníacos deseosos de vender la mercancía y largarse cuanto antes. En cuanto a Josei, ni siquiera lo notaba.
Cuando trabajaba –que era prácticamente siempre– todo dejaba de existir. Sólo estaban él, el arma y la lupa de aumento. Estaba sentado más allá de la verja de metal que separaba la zona para clientes de su lugar de trabajo. Así, con el sudor resbalando por los mechones de su grasiento y escaso cabello, la desaliñada barba que contribuía a empeorar su ya poco cuidado aspecto, y los ojos inyectados en sangre que sólo reparaban en la multitud de piezas esparcidas por la mesa; parecía no haber descansado en años.
Y todo el taller daba esa impresión. Las paredes recordaban con nostalgia aquel día en que estuvieron decoradas de una dulce capa de pintura. El techo amenazaba con caerse a trozos, en realidad, había comenzado a desprenderse. En la totalidad de la tienda no había un rincón en el que la vista pudiera desprenderse de aquel caos amontonado. Los trastos ocupaban hasta el último palmo, cubriendo el suelo, las mesas, y los endebles estantes. Incluso en los lugares menos verosímiles había espacio para ingenios estropeados o incomprensibles, en ocasiones ambas cosas a la vez. Tenían muchas formas, pero muy pocos colores, básicamente eran metalizados, cobrizos o negros.
—Negocios.
La voz le sobresaltó. No únicamente por la gran cantidad de horas que había dejado atrás creyendo estar solo. Aquel timbre sonaba de un modo tan idiota… muchas leguas más allá del umbral de la estupidez. O quizá era la voz de un genio, tejida de notas que se tocaban dejando de lado el raciocinio humano.
—¡Joder, Spade! —exclamó Josei, una vez recompuesto del ataque de nervios—. ¿No sabes llamar? ¿Qué haces andando a hurtadillas? ¿Qué? ¿Qué quieres?
Spade advirtió que estaba algo alterado.
—Relájate, tío. ¿Cuánto hace que no duermes?
Josei se reclinó en su silla, frotándose los ojos. Miró a su alrededor, desconcertado. De vez en cuando parpadeaba inconscientemente, y se movía con gestos lacónicos y bruscos.
—No sé. ¿Qué día es?
Spade no supo responder.
—¿De dónde viene esa música?
—¿Música? —Josei se rascó la nuca con vehemencia, observándolo tras la reja protectora—. Supongo que te refieres a la bombilla. Sé que os molesta, pero no tengo tiempo para cambiarla.
El otro se alisó el chaleco, distraído. A decir verdad, tenía el sistema nervioso demasiado deteriorado como para que le molestara. Demasiado incluso para advertir que se trataba de un ruido insoportable y no de una música sedante.
—Toma —atajó, dejando una sofisticada pistola en la bandeja que conectaba a Josei con el exterior.
Había algo infantil en su conducta, recordaba al niño que ha demostrado tener la mejor peonza de la calle. Josei resopló impresionado, atrayendo el arma para sí en un rápido desliz de su bandeja. La inspeccionó durante minutos. Spade deambuló por el local, profundamente aburrido.
Observó el pequeño patio que se extendía más allá de los dominios del taller. La puerta estaba abierta, y un par de pájaros extraños danzaban extrañamente.
—¿Qué son esas cosas? —inquirió sorprendido.
—¿Nunca has visto una gallina? Me pagaron con ellas en una compra…son bastante útiles.
Spade rió maravillado.
—¿Y esa tan grande? ¡Mira cómo se pavonea!
—Es un gallo.
—Bah —concluyó, ya cansado de la clase de biología.
El dueño del taller seguía enfrascado en su exhaustivo análisis del arma. Spade curioseó un poco por las estanterías que saturaban la modesta tienda. Algo llamó su atención: una esfera cuyo considerable tamaño hacía que a duras penas cupiera en una mano humana. Recordaba a una calabaza, pero su color era de un rojo intenso. De la parte superior de su posición emergía un panel redondeado, seguramente rotatorio.
—¿Qué es esto? —preguntó, cogiéndola.
—Una granada Tomate, de las Valquirias —respondió Josei, visiblemente cansado del interés de su cliente-. Podría volar medio sector.
Spade la dejó en su lugar delicadamente, asustado.
—Tranquilo —aclaró el otro al observar la expresión de su rostro—. Sólo es una réplica. Tuve que usar lo que había en su interior para…bueno, un encargo.
—¿Qué me pides por ella?
—Con cinco Nibeles estará bien.
—Olvídalo.
Josei se encogió de hombros.
—Es una buena pieza —desvió, mostrándole la pistola—. Lo que no entiendo es por qué me la vendes. Podrías ser el rey con esto.
—Tú sabrás darle mejor uso, o venderla al tipo adecuado. No quiero que una Valquiria me coja con ese trasto en un registro.
—Tienes razón. Últimamente vienen por aquí casi cada día —respondió mecánicamente, plenamente concentrado en sus especulaciones: ese idiota ni siquiera sabría recargar el arma—. ¿Aún tienes ese viejo revólver? Puedo calibrártelo si quieres.
—Lo olvidé en el otro chaleco. Se me ha manchado.
Josei dejó la G-150 en su mesa de trabajo.
—¿Qué te parecen cien, y cinco frascos de felicidad?
—Que ya estás tardando en pagarme. Ni siquiera sabría cargar ese bicho.
Josei rebuscó en sus cajones, satisfecho del trato.
Quizá ese tipo no era tan estúpido como parecía: pocos podrían ofrecerle un pago mejor. Esas piezas tenían difícil salida, y se olía a distancia que el arma estaba enmarronada. Y si alguien podía ofrecerle mucho más de cien Nibeles por ella, es que era lo suficientemente poderoso como para no tener que pagársela.
Le entregó el dinero y los neurofármacos. Lo observó acariciar la correa que contenía los frascos, incluso la besó un par de veces antes de esconderla en su chaleco y desaparecer del taller con ansia.
Los miopes ojos de Josei no pudieron echar en falta la réplica de la bomba Tomate, que se había ido de viaje en uno de los bolsillos ocultos del chaleco de Spade.
***

Salieron en tropel. Y como cada noche, lo hicieron sin avisar. Eran una ola salvaje e impiadosa que se alzaba sobre las otras sin que nadie lo esperara. Lo arrastraban todo acompañados del vaivén y la espuma. Un eco de risas y alaridos… espuma de auténtica rabia.
Aunque Sukul sabía que aquella noche era muy diferente a las otras, no podía negar a los chicos la auténtica diversión. Uno de los hermanos había muerto en una pelea. Era una baja importante, pero ahora no se podía hacer nada. Motivado por la diversión de los demás, se unió a la fiesta, rajando con una de sus hachas a un tipo que se había rezagado en su ineficiente huida.
Siguieron golpeando, desgarrando, pateando, aplastando, mutilando… volcando la rabia alimentada durante su miserable existencia sobre todo aquello que se cruzara en su camino. Lo hacían al unísono, gritando hipnotizados y profiriendo carcajadas. Había una cierta armonía en ello, pero era demasiado terrible como para poder contemplarla sin reservas. Hacerlo podía costarte la integridad de tu mente, de tu cuerpo no si no sabías esconderte de sus penetrantes miradas.
Recorrieron sus dominios durante una larga hora. A casi un kilómetro del puente que delimitaba el sector, se detuvieron. Penetraron en el bar en una formación inconsciente, pero ineludible. Sukul era el primero. Grunt y el Risas cubrían sus espaldas.
Unos tipos tocaban en el fondo de aquel agujero inmundo. Palmeaban y recitaban un canto poco descifrable. Sus voces sonaban roncas, se habían metido hasta los topes y era difícil creer que se mantuvieran de pie.
—¡Bien! —exclamó Sukul—. ¡Flamenco!
—Tú dirás —preguntó el barman, una mole de carne y violencia que le observaba con indolencia a través de su único ojo.
—Absenta para todos —respondió el líder de las Sombras Estridentes, y pagó por adelantado.
Esa noche todo se haría bien. El barman no hizo esperar a la banda, sirviendo unos vasos sucios y quebrados, pero rebosantes de combustible. Los tintes y el pseudocuero pronto decoraban con generosidad la barra. Para las bandas había algo más importante que las drogas, las armas, o el territorio. Lo que definía el poder de un clan era su aspecto: cabellos de colores gritones, peinados agresivos, chupas decoradas, pendientes, tatuajes, máscaras, y una interminable retahíla de fetiches.
Brindaron y bebieron, y pidieron otra ronda después de que algunos arrojaran sus vasos al suelo. Al barman eso no le importaba demasiado: le sobraban vasos. Pero no era tan permisivo si alguien no le pagaba. Sukul lo sabía, y se lamentaba de no poder contar con él en su banda.
Se distrajo observando a la parroquia, deshechos derramados en bebida y drogas, cegados de euforia o desplomados entre las sillas. Estaba a punto de tragar de su vaso cuando reparó en una cara que le resultaba conocida. Un tipo que intentaba deslizarse hacia el exterior discretamente, y fue precisamente eso lo que le delató.
—¡Cogedle!
La respuesta al grito de Sukul no se hizo esperar. El Risas saltó sobre él con una ferocidad inusitada. Todos le sujetaron y lo acercaron al jefe.
—Dime dónde os escondéis, escoria —ordenó la calavera con desprecio.
El otro se limitó a reír con sorna.
—Estáis todos muertos, estúpido. Caeréis como moscas. Beso de…
Alguien le golpeó en ese instante, y Grunt sacó su gran hacha doble.
—Aquí no, Sukul —el barman habló serenamente. También se explicaba de un modo lo suficientemente claro como para no generar réplicas—. No pienso desatar la ira de Beso de Muerte.
Sukul meditó durante algunos segundos, aplacando los intentos de sus chicos de acabar con el dueño del local y también con el prisionero.
—Está bien, es tu garito. Dejadle ir, nos ocuparemos más tarde. Ninguno de ellos escapará.
Los demás se resistieron a obedecer, más por duda que por verdadera indisciplina, pues aquello era un hecho sin precedentes.
—¡¡Que le soltéis, imbéciles!! —rugió la calavera.
Le soltaron: no era bueno hacer esperar al Jefe. El barman devolvió la escopeta a su rincón, y continuó fregando vasos sin ganas ni éxito. El prisionero se escurrió, dispuesto a avisar a los suyos de que las Sombras Estridentes estaban en el sector. Sólo el puente le separaba de su destino: destino al que nunca llegó.
Sukul pagó otra ronda, la última, como si nada hubiera ocurrido. Y dejaron aquel tugurio, con la tensión exacta que precede a la batalla.
Caminaron en silencio, revisando el equipo, asegurándose de que todo estuviera en orden. Sukul repartía consejos y armas extra para la ocasión. Grunt recontaba los miembros una y otra vez y los mantenía alerta, y el Risas se reía. Los pasos tronaban acompasados y alguien entonaba con su flauta una desafinada serenata. Doblaron una de las muchas esquinas. Y entonces un desgraciado se cruzó en su camino.
—¡A por él! ¡Nos divertiremos antes de la batalla!
Spade comenzó a correr mucho antes de que alguien dijera esto. No tuvo tiempo de explicarse cómo se había metido allí, qué hacía huyendo o quienes eran exactamente los que iban detrás. Sólo sabía una cosa: qué ocurriría si no era lo bastante rápido. La verdad era muy sencilla en el Suburbio, sin adornos o dobles lecturas: corre lo suficiente y vivirás.
Spade sabía que no había brutalidad en ello, sólo era una realidad tan física como que un cuerpo cae siempre hacia abajo. Él sólo se lamentaba de tener que ser siempre el que corría delante.
Escalaba la pendiente de aquella calle, maldiciendo la falta de ejercicio. Ni siquiera miraba atrás. No se atrevía. Algo golpeó a sus pies, cerca pero no lo suficiente. Una botella que estalló en mil cristales gritones. Y oía risas, pero no sólo a su espalda. Parecían acecharle por todos lados, esperándole en cada rincón. El miedo le llegaba del suelo, del aire que respiraba con dificultad, del viento que le golpeaba la cara y de las paredes que guiaban su carrera. Oía las voces cerca, cada vez más cerca. Tenía la certeza de que iba a morir, pero estaba demasiado asustado como para llorar. El puto revólver. ¡Mierda! ¿Por qué yo?
Una figura apareció a su izquierda, sonriente. Por primera vez, Spade miró a sus espaldas. No lo conseguiría. Intentó sacar su cuchillo pero se le resbaló entre las manos temblorosas. El arma golpeó contra el suelo con una burla metálica, y quedó atrás, engullida por el torrente de piernas y siseos. Eso desató las carcajadas a su alrededor, demasiado alrededor para su bien. El tipo le sacó la lengua.
—¡Ya eres mío! —le informó entre jadeos, muy cerca.
Le había adelantado y estaba jugando con él.
Entonces Spade decidió pararse en seco, para que la carga del otro se viera fallida. Siempre lo intentaba cuando jugaban a perseguirse de niños, pero nunca le había salido bien. ¿Qué más da? Ya estoy muerto. Muerto. Muerto. Muerto.
Misteriosamente, funcionó. Se le cruzó ante sus narices, y la velocidad le hizo caer. Pero Spade no se detuvo para maravillarse de su jugada. Apretó los dientes con fuerza, en su último aliento. Notó como crujían del esfuerzo, a punto de romperse. Como sus piernas flaqueaban. Pero entonces descubrió que no había suelo y que estaba cayendo.
Zambullido en el Río, nadó lo más rápido que pudo siguiendo el caudal. El agua pestilente le entraba en la boca. Trozos informes le rozaban el cuerpo, desatando su repugnancia. Pero estaba a salvo, ningún idiota se metería en el Río.
Ni siquiera él estaba seguro de haber querido hacerlo. La idea contraer una infección en esa cenagosa tumba no era demasiado más alentadora que la de morir a manos de aquellos locos.
—Ah… —se quejó el Risas, observando desde el puente—. Se marcha.
Los demás se lamentaron a su alrededor.
—Se ahogará, no te preocupes —comentó alguien.
—Sí —corroboró el Risas decepcionado—. Pero eso no me divierte.
—Vamos —les azuzó Sukul, que ni siquiera había seguido la persecución—. Esas ratas nos esperan.
Siguieron con su marcha, adentrándose en el laberinto de cemento que aguardaba más allá del puente. El silencio llenaba el ambiente. Era denso, tangible. Las Sombras Estridentes sentían un hormigueo dentro de sus botas o zapatillas, la sensación de pisar un suelo prohibido, las ascuas prodigadas por un asfalto que no les pertenecía. En una plazoleta forzada, ocasionada por el derrumbe lejano, les estaban esperando. Ni siquiera necesitaban esconderse, pero aquella no era la banda de Beso de Muerte.
Eran más. Eran muchos más. Eran mucho más grandes y mucho más peligrosos. Y sus vestidos eran los mejores de todo el Suburbio. Sukul se fijó en ellos… los conocía, para su desgracia. No podía ser, no se lo merecía. No había escapatoria.
Uno de ellos se adelantó. Su gabardina y su larga cabellera ondeaban acompasadas.
—¿No te lo esperabas, eh? —dijo—. Te propongo un trato.
Sukul tembló de ira. Les habían pillado bien. Conocía aquella vez de loco implacable que siempre parecía reírse de ti. Aquella puta voz. Una vez la oías, ya habías perdido algo: tu libertad, tu orgullo o tu vida.
Era la voz de Fanfarria.
—Bien, la cosa es ésta. No quiero matar a tus chicos. Se portan bien. No se merecían a un jefe tan estúpido como tú.
Sukul no dijo nada. Fanfarria continuó hablando.
—Luchamos tú y yo. Y si no tienes lo que hay que tener, escoges a un guerrero y se enfrenta a Dudda.
Cuando Fanfarria pronunció este nombre, una mole de músculos que se recostaba contra una pared pintada hizo sonar su cuello, sabiendo que en aquel preciso instante todas las Sombras Estridentes le habían dedicado una mirada de respeto. Y el respeto del punk, sabía Dudda, sólo se encarna en el miedo.
—Si ganas tú —continuó Fanfarria— o tu pupilo en su defecto, os dejamos ir. Pero si soy yo quien te rebana el pescuezo, o es mi chico quien demuestra ser el mejor de la clase, me quedo con tu banda.
—Iré yo, Sukul —dijo Grunt adelantándose.
Sukul sabía que no se dejaría convencer, así que le golpeó con el mango de su hacha. El suero somnífero penetró en la sangre de Grunt, que cayó desplomado. Las Sombras Estridentes le envidiaron: acababa de salvarle la vida.
—Una última cosa —comentó Fanfarria—. No te preocupes por tu odiado enemigo, ya está muerto. Ganes o pierdas, ya has conseguido algo.
Abrió los brazos invitándole. Sukul se lanzó a la carga, blandiendo su par de hachas voladoras, la cara pintada. Lanzó un estridente alarido, que tantas veces se había oído en lugares tan distintos.
Era el grito universal e inmortal del guerrero.

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