Odisea en Marte

odiseaMarte

Stanley G. Weinbaum fue una luminaria breve pero de gran esplendor en el campo de la ciencia ficción: empezó a escribir a los treinta años y murió a los treinta y tres, un año y medio después de publicar su primer relato.

En 1970, los escritores de ciencia ficción de los Estados Unidos eligieron por votación los mejores cuentos del género de todas las épocas. Entre los favoritos destacó Odisea en Marte, el único relato publicado en revista capaz de resistir, una generación más tarde, el juicio de los profesionales del género.

Odisea en Marte publicado por Sam Moskowitz en 1962, reúne sus mejores cuentos: Odisea en Marte, Máxima adaptabilidad, Lotófagos, La isla de Proteo y El límite del infinito, más un plus: El valle de los sueños, feliz continuación de Odisea en Marte.

«Con una Única obra Weinbaum fue reconocido de inmediato como el mejor escritor de ciencia ficción del mundo y, al punto, casi todos los escritores del género intentaron imitarle.»

Isaac Asimov

ANTICIPO:
Jarvis se estiró lánguida y cómodamente en el angosto espacio del cuartel general del Ares.

-¡Aire respirable! -exclamó con alegría-. ¡Parece tan espeso como sopa después del enrarecido airecillo de ahí fuera! -y señaló con la cabeza el panorama de Marte que se extendía, llano y desolado a la luz de la luna más cercana, más allá del cristal de la portilla.

Sus tres compañeros le contemplaban con simpatía: Putz, el ingeniero; Leroy, el biólogo; y Harrison, el astrónomo y capitán de la expedición. Dick Jarvis era el químico de la expedición Ares, el equipo formado por los primeros seres humanos que se posaron en el misterioso vecino de la Tierra, el planeta rojo, el planeta Marte. Esto sucedió, naturalmente, en los viejos tiempos, unos veinte años después de que el loco norteamericano Doheny perfeccionase el combustible atómico, en cuya operación perdió la vida y sólo diez años después de que el también chiflado de Cardoza usara ese mismo combustible para llegar a la Luna. Estos cuatro miembros de la Ares eran auténticos pioneros. Salvo una media docena de expediciones selenitas y el infortunado vuelo de Lancey hasta la atractiva órbita de Venus, eran los primeros seres humanos que experimentaban una gravedad diferente de la terrestre y, por supuesto, la primera tripulación que se alejó con éxito del sistema Tierra-Luna. Y merecían aquel éxito cuando se considera las dificultades y molestias -los meses pasados en cámaras de aclimatación en la Tierra- que hubieron de arrostrar, aprendiendo a respirar un aire tan tenue como el de Marte, la proeza de hacer frente al vacío en el diminuto cohete impulsado por los caprichosos motores a reacción del siglo XXI y, sobre todo, el tener que enfrentarse con un mundo absolutamente desconocido.

Jarvis se estiró de nuevo y se llevó una mano a la punta despellejada de su nariz, mordida por la escarcha. Suspiró otra vez con satisfacción.

-Bien -estalló Harrison bruscamente–, ¿vamos a enteramos por fin de lo que ocurrió? Te llevas todo lo de la nave en un cohete auxiliar, no tenemos noticias tuyas durante diez días y por fin Putz te recoge cerca de un hormiguero enloquecido con un extravagante avestruz como compañero. ¡Canta de una vez, hombre!

-¿Cantar? -inquirió Leroy perplejo-. Moí ie no comprendo ríen.

-Quierre dessir desembucharr -explicó Putz con pedantería-, eso quierre dessirr.

Jarvis tropezó con la mirada divertida, aunque sin una sombra de sonrisa, de Harrison

-Exactamente, Karl-dijo, confirmando la explicación de Putz-. ¡lch spíel íss! Es decir, voy a dessembucharlo todo.

Carraspeó satisfecho y empezó:

-De acuerdo con las órdenes, vi que Karl se dirigía hacia el norte y entonces entré en mi cuba voladora y me dirigí hacia el sur. Como recordarás, capi, teníamos órdenes de no posarnos sino de observar sencillamente en busca de lugAres interesantes. Puse las dos cámaras en funcionamiento cuando volaba a unos seiscientos metros, por dos motivos: primero, porque de este modo las cámaras tenían más campo de acción, y segundo, porque los propulsores funcionan a gran velocidad en este semivacío que aquí llaman aire y sólo servirían para levantar polvo, si fuesen más despacio.

-Ya sabemos todo esto por Putz -rezongó Harrison-. Me gustaría que hubieses salvado las películas, que habrían pagado el coste de esta chatarra. ¿Recuerdas cómo el público se apretujaba para ver las primeras películas sobre la Luna?

-Las películas están a salvo -asintió Jarvis-. Bien -continuó-, como dije, avancé un buen trecho; tal como nos pensábamos, a menos de cien millas por hora, pues las alas no ofrecen mucha sustentación en este aire, y aun así tuve que servirme de los cohetes.

»De este modo, con la velocidad, la altitud y la confusión creada por dichos cohetes, la visión no era demasiado clara. Sin embargo, podía distinguir lo bastante para apreciar que estaba volando sobre una extensión mayor de esta llanura gris que examinamos la primera semana de nuestro descenso: las mismas protuberancias bulbosas y la misma alfombra ilimitada de los diminutos animales-plantas reptantes, o biópodos como los llama Leroy. Así pues, seguí navegando y comunicando mi posición cada hora aun sin saber si me oíais.»

-¡Yo sí te oía! -aseguró Harrison.

-Unas ciento cincuenta millas al sur -continuó Jarvis, imperturbable- la superficie se modificaba hasta transformarse en una especie de meseta baja, un desierto de arena de tonos anaranjados. Entonces pensé que teníamos razón en nuestra suposición y que esta llanura gris sobre la cual nos posamos era realmente el Mare Cimmerium, y el desierto anaranjado la región llamada Xanthus. Si estaba en lo cierto llegaría a otra llanura gris, el Mare Chronium, al cabo de otras doscientas millas, y luego a otro desierto anaranjado, Thyle I o II. Y eso fue lo que hice.

-¡Ya! Putz comprobó nuestra posición hace una semana y media -gruñó el capitán-. Vamos al grano.

-Ya voy -contestó Jarvis-. A unas veinte millas en el interior de Thyle, lo creáis o no, crucé un canal.

-Putz fotografió un centenar. ¡De vez en cuando me gustaría oír algo nuevo!

-¿Vio también una ciudad?

-Más de veinte, si llamas ciudades a esos montones de barro. -Bien -prometió Jarvis- de ahora en adelante voy a contar unas cuantas cosas que Putz no vio. -Se frotó la nariz y continuó-: Sabía que contaba con dieciséis horas de luz en esta estación del año, por lo que, a las ocho horas de haber salido, decidí regresar. Estaba todavía volando sobre Thyle, no estoy seguro de sí sobre I o II, cuando, de repente, el motor preferido de Putz falló.

-¿Valló? ¿Cómo? -preguntó Putz solícito.

-El dispositivo atómico se aflojó. Empecé a perder altura y me di un trastazo en el centro mismo de Thyle. ¡Además me aplasté la nariz contra la ventanilla!

Se frotó compungidamente el apéndice maltratado

-¿No trataste de lavarr la cámarra der combustible mit ácido sulfúrrico? -preguntó Putz-. Algunas fesses, der plomo suministra un radissión secundarria.

-Lo intenté diez veces al menos -gruñó Jarvis-.Además, el trastazo aplastó el tren de aterrizaje y desbarató los propulsores. Suponiendo que hubiera podido poner el cacharro en funcionamiento, ¿qué es lo que habría conseguido? ¡Diez millas así y el suelo se habría ido fundiendo a mi paso! -Se frotó de nuevo la nariz-. Suerte que aquí un kilo pesa menos de medio. De lo contrario, me habría hecho trizas

-¡Yo podrría haferlo arreglado! -exclamó el ingeniero-. Apuesto a que no erra nada serio.

-Probablemente no -convino Jarvis en tono sarcástico-. Simplemente se negaba a volar. Nada grave, pero no me quedaba más elección que esperar a ser recogido o tratar de volver a pie: ochocientas millas cuando quizá quedaban veinte días para salir del planeta. ¡Cuarenta millas por día! Bueno -concluyó-, preferí ir andando. Tenía las mismas posibilidades de ser recogido y eso me tenía ocupado.

-Te habríamos encontrado -dijo Harrison.

-No lo dudo. Pero el caso es que preparé un arnés con algunas correas del asiento, me puse el tanque de agua a la espalda, me equipé con un cinto de municiones, una pistola y algunas raciones de hierro, y emprendí la marcha.

-¡El tanque de l´eau! -exclamó el menudo biólogo Leroy-. ¡Pero si pesa un cuarto de tonelada!

-No estaba lleno. Pesaba unos ciento diez kilos según el peso de la Tierra, lo que aquí representa unos cuarenta. Además, mi propio peso de ochenta kilos es aquí en Marte de sólo treinta y dos, por lo que, con tanque y todo, yo venía a pesar lo que en la Tierra. Pensé en todo eso cuando me puse en marcha. ¡Ah, desde luego me equipé con saco de dormir para poder aguantar las ventosas noches de Marte!

»Y avancé con bastante rapidez. Ocho horas de luz significan veinte millas o más. Resultaba aburrido, desde luego, ir chapoteando sobre la blanda arena del desierto sin nada que ver, ni siquiera los biópodos reptantes de Leroy. Al cabo de una hora llegué a un canal: una enorme zanja tan recta como la vía de un ferrocarril.

»Estaba seco, pero allí había habido agua alguna vez. La zanja estaba cubierta con lo que parecía ser un bonito césped verde. Con la diferencia de que cuando me acerqué, el césped se apartó para dejarme paso.» .

-¿Q´est-ce que tu dis? ¿Cómo dises? -exclamó Leroy.

-Sí, era un pariente de tus biópodos. Atrapé uno, una hojita que parecía de hierba, casi tan larga como uno de mis dedos, con dos delgadas patitas.

compra en casa del libro Compra en Amazon Odisea en Marte
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑