Oficio de difuntos

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Con Oficio de difuntos, Andrew Taylor cierra la trilogía Roth (compuesta, además de esta obra, por Las cuatro últimas cosas y El juicio ajeno) situando al lector a finales de los años cincuenta del siglo XX, y sigue los pasos de Wendy Appleyard cuando, tras cinco años de matrimonio, abandona a su marido Henry para establecerse con su vieja amiga Janet en la catedral de Rosington para ocuparse de la rica biblioteca. Casada con una guapo pastor protestante, David Byfield y madre de una preciosa niña, Janet parece gozar de una vida perfecta, envidiable. Pero todo se tuerce cuando el crimen irrumpe en la ciudad. Y sólo Wendy, ajena a la comunidad, está en disposición de advertir dónde se oculta el mal…

ANTICIPO:
En aquella época, en la década de 1950, la gente aún escribía cartas. Janet y yo nos habíamos acostumbrado a escribirnos una vez al mes y seguimos haciéndolo después de su boda. Así supe que se había quedado embarazada y que habían echado a Henry de la Escuela del Coro.

Janet y David pasaron su luna de miel en un hotel de Lake District. Debió de quedarse embarazada entonces o poco después de su regreso a Rosington. Fue un embarazo difícil, con mucho sangrado en los primeros meses. Pero tenía un buen médico, uno joven llamado Flaxman, que la obligó a descansar al máximo. «En cuanto las cosas mejoren —me escribió Janet—, tienes que venir a vernos.»

La envidiaba por su embarazo, como la envidiaba por tener a David. Yo anhelaba tener un hijo. Me decía a mí misma que lo deseaba para enmendar todos los errores que mis padres habían cometido conmigo, pero con el tiempo creo que en realidad necesitaba a alguien a quien querer. Necesitaba a alguien a quien cuidar y, sobre todo, alguien que me diera una razón para vivir.

A Henry lo despidieron en octubre. Aunque exactamente no lo habían despedido, según me contó Janet en una carta. La historia oficial era que había dimitido por motivos familiares. Ella estaba furiosa con él y yo la conocía tan bien como para sospechar que lo estaba porque le había tomado cariño. Al parecer, una de las responsabilidades de Henry era administrar el «banco» de la Escuela del Coro, es decir, el dinero que los niños recibían para gastos personales al principio de cada trimestre. El se encargaba de repartirlo los viernes por la tarde. Por lo visto, había tomado prestadas cinco libras para apostar en las carreras de caballos. Por desgracia, el viernes siguiente se puso enfermo. El director del colegio lo sustituyó ese día y descubrió que faltaba dinero.

En aquella época yo estaba muy ocupada. Mi madre y su abogado habían decidido vender e! negocio y yo estaba ayudando a hacer el inventario del género y a reclamar el dinero a los acreedores. Me sorprendió descubrir que me gustaba el trabajo y que hasta tenía ganas de ir a la tienda, pues me obligaba a salir de casa.

Una mañana llamaron por teléfono y, pensando que se trataba de alguien que nos debía dinero, respondí.

—Wendy, soy Henry.

—¿Quién?

—Henry Appleyard. ¿No te acuerdas? Nos conocimos en Cambridge.

—Sí—respondí débilmente—, ¿Cómo estás?

—De maravilla, gracias. ¿Te apetecería comer conmigo?

—¿Cómo?

—Ir a comer juntos.

—Pero ¿dónde estás?

—Aquí.

—¿En Bradford?

—¿Y por qué no? Hay cientos de miles de personas en Bradford. Entre ellas, tú, y por eso estoy aquí. Podrás quedar para comer, ¿no?

—Supongo que sí.

Normalmente solía salir a comer un bocadillo.

—He pensado que podríamos ir al Metropole.

—Sí, pero…

«Sí, pero ¿no es muy caro? ¿Y qué me voy a poner?»

—Muy bien. ¿Qué tal hacia las doce y veinticinco en el vestíbulo?

Tuve el tiempo justo de ir a casa, capear la curiosidad de mi madre («Un amigo de Janet, madre, no le conoce»), vestirme con algo más apropiado para el Metropole y llegar al hotel cinco minutos antes. Era un lugar espacioso venido a menos, construido para impresionar a finales del siglo XIX. Nunca había entrado. Tuve el valor de hacerlo porque iba a ver a Henry. Abrumada por mi propia vergüenza, me senté entre las macetas de palmeras y las butacas de piel, evitando en todo momento cruzar la mirada con el servicio del hotel. El tiempo pasaba despacio. A los cinco minutos, estaba convencida de que todo el mundo me miraba y de que él no acudiría. Entonces, de pronto, Henry apareció inclinado sobre mí, rozándome la mejilla con sus labios, lo que hizo sonrojarme.

—Lamento haber llegado tarde.

No es que hubiera llegado tarde, sino que yo había llegado pronto.

—Tomemos una copa antes de comer —propuso.

Henry no era guapo a la manera convencional, ni de ninguna otra manera. Entonces aún no había cumplido los treinta, pero parecía mayor. Ese día llevaba un traje con chaqueta cruzada. Yo no sabía mucho acerca de trajes masculinos, pero me convencí de que aquél era uno de esos que mí madre consideraba «buenos». Tenía el cuello ligeramente sucio, pero en aquella ciudad los cuellos se ensuciaban enseguida.

Después de pedir los dry martinis, no se anduvo con rodeos.

—Supongo que te habrás enterado de lo mío por Janet.

—¿Lo de que… que has dejado la Escuela del Coro?

—Me echaron, Wendy— Y sin referencias. ¿Sabes por qué?

Asentí sin decir nada y me miré las manos, pues no quería ver la vergüenza en sus ojos.

—Lo irónico es que el maldito caballo ganó. —Echó la cabeza hacia atrás y se rió.— Sabía que iba a ganar. Podría haberles pagado cinco veces más. Aun así, no debería haberlo hecho. Todos los días se aprende algo nuevo, ¿eh?

—Y ahora…, ¿qué vas a hacer?

—Bueno, la enseñaza queda descartada. No quisieron darme referencias, el director lo dejó muy claro. La verdad es que es una lástima, porque me gusta enseñar. En la Escuela del Coro eran un poco estirados, eso sí. Pero solía dar clases en un sitio de Hampshire donde me lo pasaba muy bien, un colegio privado de primaria llamado Veedon Hall. Lo lleva una pareja llamada Cuthbertson, a la que los niños les gustan de verdad.

Por un instante, la risa se desvaneció y su semblante reflejó un fugaz gesto de nostalgia. Luego, desde el otro lado de la mesa, me sonrió.

—Aun así, hay que mirar esta situación como una oportunidad. Puede que empiece un negocio.

—¿De qué tipo? —pregunté.

—Puede que algo de inversiones. Correduría de bolsa quizá. Sobran posibilidades. Pero no hablemos de eso ahora. Es demasiado aburrido. Quiero que hablemos de ti.

Y eso hicimos, una y otra vez, a lo largo de los cuatro meses siguientes. Aunque no sólo hablábamos de mí. Henry conquistó a mi madre también y la convenció de hablar con él. Ambas recibíamos flores y bombones. No sé si mi madre había querido a mi padre, pero sé que lo echó de menos cuando ya no estuvo allí. También echaba de menos las tareas que él solía hacer en la casa y e! jardín. Así que Henry encontró en ello una oportunidad.

Tenía una habilidad especial para crear la impresión de que ayudaba sin hacer gran cosa en realidad. «Ya lo hago yo», te decía, pero acababas haciendo el trabajo tú o no lo hada nadie. Tampoco es que te importara hacerlo; no sé cómo temas la sensación de que Henry te había quitado un peso de encima. Creo que él estaba convencido de que ayudaba de verdad.

Aún hoy siento cierta inquietud al recordar los detalles de nuestro noviazgo. Yo quería romanticismo y Henry me lo dio. Entretanto, Henry debió de descubrir —ayudando a mi madre con el papeleo— que las propiedades de mi padre, incluidas la tienda y la casa, tenían un valor de casi cincuenta mil libras. Las dejó en fideicomiso a mi madre y luego pasarían a mí.

Dicho así a mí me hace parecer ingenua y estúpida y a Henry calculador e interesado. Es así en ambos casos. Pero no es toda la verdad ni mucho menos. Yo creo que no se puede definir a una persona con un puñado de adjetivos.

¿Para qué molestarme en dar detalles? El albacea de mi padre desconfiaba de Henry, mas no pudo evitar que nos casáramos. Sólo pudo impedir que Henry echara mano del capital que dejó mi padre hasta la muerte de mi madre, cuando pasara a ser enteramente mío.

Nos casamos por lo civil el miércoles 4 de mayo de 1953. Janet y David nos enviaron un juego de café de porcelana fina, pero no pudieron asistir porque Janet estaba en las últimas semanas del embarazo de Rosie.

Al principio vivimos en Bradford, que no fue ninguna maravilla. Al morir mi madre vendimos la casa y nos mudamos a Londres una temporada y luego a Sudáfrica en busca de la buena vida. La encontramos durante un tiempo. Henry constituyó una suerte de sociedad con un persuasivo hombre de negocios llamado Grady. Pero Grady se arruinó y regresamos a Inglaterra más pobres y, acaso, más resabiados. Fuera como fuere, no sería fácil olvidar que Henry y yo pasamos buenos momentos. Cuando él disfrutaba de la vida, conseguía que tú también la disfrutaras.

Bien mirado, el dinero nos duró bastante. Henry trabajaba de corredor de bolsa, o algo similar, unas veces por su cuenta, otras con socios. De no haber sido por Grady, quizás hoy aún se dedicaría a ello. En una ocasión me dijo que era como apostar a las carreras de caballos, pero con el dinero de otros. Y la verdad es que era bastante bueno para convencer a los demás de que le dieran su dinero para invertir. En ocasiones, hasta les hacía obtener beneficios considerables.

—Me temo que ha habido una serie de idas y venidas —le oí decir docenas de veces a clientes decepcionados—. Todo lo que sube tiene que bajar.

¿Y por qué se fiaban de él estos clientes? Porque les hacía reír y porque se mostraba absolutamente convencido de que iba a hacerles ganar fortunas.

¿Y por qué estuve con él tanto tiempo?

En parte porque me gustaban muchas de las cosas que hada. Y de hecho todavía me gustan. Uno se acostumbra enseguida a los buenos hoteles, a los coches rápidos y a las fiestas. Me gustaba el tacto de los abrigos de piel contra la mía y el brillo de los diamantes a la luz de las velas. Me gustaba bailar y coquetear y correr ciertos riesgos. De vez en cuando ayudaba a Henry a atraer a cuentes potenciales y hasta eso podía ser divertido.

—Tomemos unas copas de la vieja viuda —solía decir cuando las cosas nos iban bien y, de pronto, sacaba otra botella de Veuve Clicquot y brindábamos por nosotros, por el futuro.

Cuando Henry me conoció, yo era una chica tímida y torpe. Me rescató de Harewood Drive y me dio confianza en mí misma. Creo que en parte permanecí a su lado porque temía que sin él perdería cuanto había ganado.

Sin embargo, y por encima de todo, permanecí con Henry porque me gustaba. Supongo que le quería, aunque no estoy segura de qué significa esto. Pero cuando las cosas iban bien entre nosotros, era lo mejor del mundo. Incluso mejor que los dry martinis y la vieja viuda.

Janet y yo seguíamos escribiéndonos. Era cartas genuinas: largas y llenas de novedades que contar. Yo no le decía gran cosa de Henry y ella decía poco de David. Un tema común eran los planes para vernos. En un par de ocasiones pasamos un día juntas en Londres. Pero nunca íbamos a casa de una o la otra. Siempre había razones que obligaban a aplazar las visitas.

Henry y yo siempre íbamos de acá para allá. A Henry nunca le gustó quedarse en un lugar más de cierto tiempo. Cuando se sentía rico, alquilábamos pisos o nos alojábamos en hoteles. Cuando íbamos justos, alquilábamos habitaciones amuebladas.

Sin embargo, después de la Pascua de 1957, iría a pasar unos días a Rosington con Janet y David. Yo sola, claro, porque Henry tenía que marcharse de viajes de negocios, como él decía, y en cualquier caso no quería volver a Rosington, donde demasiada gente sabía por qué se había ido del lugar.

Ya tenía la maleta hecha, cuando el día antes de salir llegó un telegrama: la señora Treevor había tenido un fuerte ataque al corazón. De modo que la visita volvió a aplazarse. Falleció tres días después. Entonces se celebró el entierro y surgió la cuestión de acomodar al señor Treevor en un piso de Cambridge. Janet me escribió que a su padre le estaba costando adaptarse a la vida sin su madre.

Así que seguimos escribiéndonos. Pese a la muerte de su madre, yo tenía la impresión de que Janet había encontrado su cuento de hadas. Me envió fotos de los primeros meses de vida de Rosie y, luego, de cuando estaba algo más crecida. La niña tenía la tez de su madre y los rasgos de su padre. Saltaba a la vista que era perfecta a más no poder, como David y la Obscura Hostería.

A veces esta puñetera vida es tan poco sutil. Era demasiado fácil comparar la de Janet con la mía. Pero una tiene que seguir adelante, incluso cuando su vida se parece más a una enorme resaca que a una fiesta enorme. ¿Qué iba a hacer si no?

Sin embargo, algo más sucedió. No podía ser de otro modo, como descubrí en una playa un día soleado de principios de octubre de 1957. Henry y yo nos alojábamos en un hotel al sudoeste de Inglaterra. No estábamos allí de vacaciones, sino porque un cliente potencia], una viuda rica, vivía en el vecindario.

Era una tarde agradable, cálida como en verano; yo salí a dar un paseo después de comer, mientras Henry acudía a un encuentro con ella. Yo fui a pasear por la playa; deambulaba con una cámara Box Brownie colgada de la mano, tratando de hacer pasar una resaca incipiente, cuando bordeé un pequeño cabo rocoso y me encontré a Henry con la viuda sobre una manta.

Era una mujer fea con bigote y unas piernas gordas. Pude ver muy bien las piernas porque tema el vestido levantado a la altura de los muslos y Henry se movía arriba y abajo sobre ella. Tenía el trasero al aire y, por un momento, contemplé el temblor de aquellas nalgas piriformes. La viuda no se había quitado unos zapatos de tacón azul marino, asombrosamente refinados, que no me habría importado tener. Recuerdo que me pregunté cómo podía haber andado por la arena con semejantes tacones y sí no se habría dado cuenta de que el agua del mar podía echar a perder la piel.

Nunca había visto a Henry desde aquella perspectiva. Yo sabía que era vanidoso y que detestaba la idea de hacerse mayor (se teñía las canas de negro en secreto). La carne trémula era arrugada y fofa. Henry se estaba haciendo viejo y yo también. Fue la primera vez en mi vida que reparé en que el tiempo se agotaba; se agotaba para mí, para los demás y para el planeta.

Quizá fuera el alcohol, pero me sentí ajena a la situación, capaz de considerarla un problema abstracto. Me acerqué a ellos con los pies desnudos sobre la arena. Me agaché a unos metros de aquellos cuerpos que se bamboleaban. De súbito se dieron cuenta de que no estaban solos. Volvieron la cabeza hacia mí simultáneamente, la viuda con las piernas levantadas y los bonitos zapatos al aire.

A pesar de mi estado de ebriedad trascendente, tuve la conciencia de levantar la Box Brownie y apretar el disparador.

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