Okela. Espartanos en Cantabria

OkelaPedroSantamaria

…parte de Cantabria fue sojuzgada por los espartanos. Aquí también está Okellas, ciudad que se dice fue fundada por Okela…
Estrabón – Geográfica III, 4, 3

Una vez que han conquistado toda Asia, los persas amenazan ahora a la Hélade con un ejército como nunca antes se había visto. Okela, uno de los generales espartanos, es enviado para comprobar si los informes que llegan a Grecia son ciertos, y se encuentra con que el ejército del rey Jerjes es invencible. Ante esta situación, los diferentes gobernantes griegos se reúnen para buscar una alianza que les permita impedir la invasión, pero el Oráculo de Delfos envía un mensaje claro a los espartanos: deben buscar las fuentes del «Nilo de Occidente» para fundar allí una nueva Esparta. Okela será de nuevo el elegido para realizar dicha misión. Junto con trescientos hombres más, deberá abandonar Grecia y dirigirse al Oeste en un viaje hacia lo desconocido.
Los aventureros se verán así envueltos en la lucha entre Siracusa y Cartago, sufrirán los envites de un mar tormentoso y arribarán a las costas de Iberia, donde encontrarán tribus bárbaras que se opondrán a su búsqueda, mientras intentan seguir el cauce del Ebros y crear una nueva nación en el corazón de aquel territorio inhóspito.
Pedro Santamaría se descubre como un gran narrador, tejiendo una novela trepidante que se sumerge en la Historia para dar una explicación sorprendente sobre el origen de los cántabros.
El autor nació en Santander en 1975. Es licenciado en derecho por la Universidad de Canterbury, Inglaterra, país donde ha vivido, estudiado y trabajado desde los catorce años. Después de haber viajado a Taiwan, donde fue profesor de inglés y castellano, decidió volver a su tierra natal para establecerse definitivamente. Okela, su primera incursión en la novela histórica, nace de su pasión por la historia de Cantabria y la Grecia Clásica.

ANTICIPO:

2

Avanzaban. El angosto, serpenteante y empedrado camino que lle­vaba de Mesenia a Esparta a través de los montes y escarpadas cum­bres del Taigeto había sido recorrido por los espartanos en innumerables ocasiones. Okela lo había atravesado en todas las es­taciones, en abrasadores veranos y gélidos inviernos. En unas horas, y tras un recodo en el camino, se vería el Eurotas, el río que bañaba Esparta y, desde allí, siguiendo su cauce, divisarían la ciudad sin mu­rallas: la invencible. El sol resplandecía en lo alto. Llegarían a su des­tino cuando la noche ganase su particular batalla al día.
La vida había derrotado de nuevo a la muerte en un ciclo intermi­nable. La primavera, que había sido precedida de un crudo invierno, inundaba los frondosos bosques del Taigeto y regaba con vitalidad fal­das y cumbres. Así es el mundo en esencia: para que haya vida, debe haber muerte, para que los lobos vivan, deben morir las ovejas.
Marchando al frente de sus quinientos Homoioi resaltaba la fi­gura de Okela, con su casco corintio, decorado con un penacho de negra crin de caballo, digno trabajo de Hefesto. Siempre que pasaba por el Taigeto, Okela recordaba la historia de Hefesto. Cuando era niño, su madre le contaba cómo el Dios herrero, hijo de Hera, había sido despeñado desde el Olimpo porque nació con horribles defor­midades. Así se hacía en Esparta. Así debía ser por el bien común. Cuando una mujer daba a luz, el fruto de su vientre era sometido a examen por los ancianos. Estos valoraban si la vida del bebé merecía la pena al resto de la sociedad espartana. Aquellos neonatos consi­derados no aptos para formar parte de la sociedad eran llevados al Taigeto y abandonados en un lugar llamado «el depósito». Allí llo­raban indefensos llamando desesperadamente a sus madres hasta que sus fuerzas les iban abandonando o hasta que las fieras los de­voraban. Así debía ser para que Esparta fuese lo que era. No había lugar para bocas inútiles. El individuo no es nada, la polis lo es todo; o como le gustaba decir a los espartanos: «lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja».
El agudo sonido de los aulós amenizaba la marcha acompasada de los espartanos, que entonaban los poemas de Tirteo:

¡Ah, jóvenes, pelead con firmeza y codo a codo;
No iniciéis una huida afrentosa ni cedáis al espanto;
Aumentad en vuestro pecho el coraje guerrero,
Y no sintáis temor de hacer frente al enemigo!

Avanzaban felices, jubilosos, orgullosos de sí mismos y deseo­sos de volver a su ciudad: su razón de ser.

Este es el hombre que resulta valioso en la guerra.
Y pronto las feroces falanges de los enemigos rechaza,
Y con su esfuerzo detiene el oleaje que trae la batalla.
Pero a quien en vanguardia caído la vida perdiera,
Tras dar gloria a su país, a sus gentes y a su padre,
Traspasado cien veces de frente a través de su pecho
Y del escudo en forma de ombligo su coraza,
A este lloran lo mismo los viejos que los jóvenes
Y con hiriente nostalgia lo añora su pueblo en conjunto.

De vez en cuando, la nutrida columna se cruzaba con algún pas­tor ilota que, por instinto, fingía estar ocupado y no darse cuenta de la presencia espartana.

¡Adelante, hijos de los ciudadanos de Esparta.
La ciudad de los bravos guerreros!
Con la izquierda embrazad vuestro escudo
Y la lanza con audacia blandid,
Sin preocuparos de salvar vuestra vida;
Que ésa no es costumbre de Esparta.

Okela se había refugiado en los versos de Tirteo más de una vez, especialmente cuando había sentido la necesidad de abstraerse del hambre, el frío y el dolor. Precisamente allí, en el Taigeto, en una de las innumerables cuevas excavadas por la paciente mano de la naturaleza, había buscado refugio del gélido invierno cuando apenas contaba veinte años. En aquella ocasión se le había encomendado su primera misión como parte de la Krypteia. Debía atravesar el ne­vado Taigeto, infiltrarse en Mesenia y, al amparo de la noche, elimi­nar a un tal Licodemo que, según las informaciones recibidas, estaba conspirando para provocar una gran revuelta entre los ilotas cuando llegara la primavera. Aquel fue el primer hombre que Okela había matado, pero su muerte evitó que muchos más murieran. Un perro puede vivir y morder sin patas, pero no sin cabeza. Lo mismo era cierto de los ilotas.
Identificar y acabar con este tipo de advenedizos era una de las labores de la Krypteia. Las revueltas ilotas siempre significaban una merma importante en la mano de obra, el retraso en las cosechas y muchas batallas innecesarias; aunque también es cierto que gracias a estas incursiones muchos jóvenes adquirían experiencia guerrera. Por eso, todas las primaveras, los éforos de Esparta declaraban la guerra a la ya sometida población ilota de Mesenia. La declaración de guerra era un mero formalismo, pero Esparta era una ciudad pia­dosa y, lo que en periodo de paz sería un asesinato deleznable a ojos de los dioses, no lo es con una guerra declarada.
Fue a la vuelta de aquella misión, atravesando en solitario el ne­vado Taigeto, con sus bosques blancos y el silencio roto únicamente por el silbido de un viento helado, cuando Tirteo había aliviado el entumecimiento de sus miembros congelados y el vacío en su esto­mago, y fue ante una de esas cuevas donde, buscando refugio, le sorprendió un lobo solitario, rabioso de hambre, que buscaba fre­néticamente comida. Probablemente había sido el olor de la sangre seca de Licodemo en su túnica la que había atraído al depredador; o quizá no, quién sabe. Ante aquella cueva, los ojos del hombre y los de la bestia entraron en contacto. Okela, imperturbable ante el miedo, asió su lanza con ambas manos y la inclinó lentamente, apun­tando a la cabeza del hambriento animal mientras suave y pausada­mente cantaba los versos de Tirteo en voz baja, como un hechicero, y giraba lentamente, con las rodillas flexionadas, describiendo un círculo. El lobo giraba sobre su propio eje manteniendo sus ojos sobre los del muchacho, buscando el momento y el lugar idóneo para acabar con su víctima. La boca rabiosa y babeante de la bestia saboreaba ya el bocado. Un macabro baile. De forma certera, sin soltar la lanza y con un movimiento seco, rápido y decidido, Okela atinó con su arma en la boca entreabierta del depredador en el ins­tante en que éste se preparaba para atacar. El rugido del ataque se mezcló con el alarido de dolor y muerte. La lanza había penetrado tanto en la garganta del lobo que Okela había tenido que usar todas sus fuerzas para recuperarla.
Aquellos recuerdos hicieron a Okela revivir el frío de ese día a pesar del sol castigador que caía como una maza sobre él y sus hom­bres cada vez que atravesaban un claro. La mente humana puede saltar de recuerdo en recuerdo como un gamo. Un recodo en el ca­mino, un olor, un sabor o un verso pueden transportarte a un mo­mento pasado y revivirlo completamente.
La columna espartana avanzaba firme por el paso del Taigeto. Los peñascos desnudos sobresalían amenazantes. Las cumbres pa­recían esculpidas por colosos. Horas de marcha después, el ascenso se tornó en descenso y el descenso desembocó en el fértil valle que el Eurotas había labrado placidamente con la ayuda del tiempo en su camino hacia el mar. Aquí y allá, grupos de ilotas se afanaban en labrar las tierras que, a diferencia de otras, daba dos cosechas al año. El valle del Eurotas era la tierra más fértil de la Hélade.
Ya divisaban Esparta. La única polis que presumía de carecer de murallas. Con hombres como aquellos, las murallas no eran nece­sarias. Una pequeña nube de polvo se transformó en un hombre que corría hacia la columna en marcha. Se detuvo ante Okela, y sa­ludó con solemnidad:
—Señor, traigo un mensaje del rey Leónidas —dijo el correo.
—Habla.
—Se me ordena comunicaros lo siguiente: «Querido amigo, con­fío en que vuestra misión en Mesenia haya concluido con éxito. Deseo veros en cuanto lleguéis a Esparta para comentar asuntos de vital importancia.»
Okela asintió y despidió al correo, que desapareció tal y como había llegado.

3

—¡Okela, querido Amigo! —exclamó Leónidas acercándose afable y con una sincera sonrisa—. ¿Qué tal por Mesenia? —dijo mientras se fundían en un largo y amistoso abrazo.
Sólo la luz de unas lámparas de aceite iluminaba la austera estan­cia del rey Agíada de Esparta. Se sentaron. Leónidas sudaba. Se veía por su atuendo ligero y lo brillante de su piel que había estado prac­ticando algún tipo de lucha cuando le anunciaron la presencia de Okela. Unos ilotas colocaron olivas y uvas de excelente calidad sobre una sencilla mesa de madera, y ambos cogieron un puñado. Leónidas despidió a los sirvientes como si espantara a una mosca.
—Traigo noticias interesantes, aunque no sorprendentes —co­menzó Okela—. Las revueltas de Mesenia no han sido espontáneas, como parecía al principio; hay indicios, o más bien pruebas, de que los persas están instigándolas y de que, además, desean que sepamos que lo hacen. Han conseguido hacer llegar gran número de armas a los ilotas, aunque estos combaten sin ningún tipo de preparación y han sido fácilmente derrotados. Por ahora no hay nada que temer: labran los campos, cuidan del ganado y las cosas parecen volver a la normalidad.
—Excelente trabajo. La Krypteia sospechaba que esos perros sarnosos de Jerjes andaban hurgando en nuestros asuntos e inten­tando causar problemas. ¿Tus hombres?
—He ordenado que los menores de treinta años vuelvan a sus barracones, el resto estarán ahora disfrutando de la calidez de sus esposas, especialmente Pantites: su mujer dio a luz justo antes de partir conmigo.
—Buen hombre Pantites; sincero, llano y leal.
—¿Y cuáles son esos asuntos a los que se refería el correo que me enviaste? —inquirió Okela mientras cogía otro racimo de uvas.
—Mi querido amigo, soplan de nuevo vientos de guerra. Como sabrás, desde hace un tiempo el rey de Persia, Jerjes, está reclutando un gigantesco ejército. Pues bien, nuestros agentes informan que prepara una invasión de Grecia como la que intentó su padre, Darío, pero esta vez a una escala nunca vista. Nuestros problemas en Me- senia responden a la voluntad de Jerjes de mantenernos ocupados; algunos cifran su ejército en más de dos millones de guerreros ve­nidos desde todos los puntos de su vasto imperio y más de mil naves. Es difícil imaginar un ejército de esa magnitud, ¿verdad?
—¿Dos millones de hombres? —interrumpió Okela con una iró­nica sonrisa—. No sólo es un ejército difícil de imaginar, sino im­posible de abastecer.
—Puede ser. Los informes son extremadamente confusos —continuó el Agíada—, pero imaginemos que se trata de una dé­cima parte de esa cifra. Nosotros sólo podemos poner en el campo a unos ocho mil homoioi. Las demás polis del Peloponeso juntas, una cantidad parecida, exceptuando Argos que, como siempre, pro­curará entorpecer cualquier iniciativa nuestra, aunque lo más pro­bable es que ya se hayan vendido a los persas. En resumen, dudo que una coalición entre Esparta, Atenas, Corinto, Tebas y las demás ciudades libres pueda poner en el campo más de veinte mil hoplitas para una batalla campal y un número similar de otros combatientes sin experiencia; y eso tan solo en el mejor de los casos. Como sabes, los atenienses han estado construyendo en estos últimos años una gran flota en previsión de una posible invasión, pero ni en número ni en pericia pueden compararse a la flota de Jerjes. Mañana hay luna llena y me reuniré con Leotíquidas, la Gerusía y los Éforos para comentar la situación. Debes saber también que hemos enviado un mensajero al Oráculo de Apolo en Delfos para buscar consejo. —Leónidas prosiguió—: Necesito que partas cuanto antes. Irás a Sardes, en Asia; allí se está reuniendo, según tengo entendido, el ejército de Jerjes. Quiero que te infiltres y que recabes toda la in­formación que puedas de su número y composición. Sé que cuentas con amigos en Atenas, allí podrás embarcar hacia Asia. No se me ocurre nadie mejor que tú para este propósito. Todas las ciudades de Grecia enviarán representantes a Corinto dentro de dos lunas. Allí nos veremos.
—Así se hará, señor. Por cierto, ¿qué tal progresa mi hijo Ático en la Agogé? —preguntó Okela.
—¡Ah! He seguido sus pasos, todo un hombrecito a pesar de su corta edad. No es el más rápido entre sus compañeros, pero es muy rápido; no es el mejor con la espada, pero es muy bueno con ella; no es el mejor con la lanza, pero es muy diestro en su uso; valiente, pero no temerario, y tiene pinta de ser bastante listo; en resumen, es un guerrero completo y sobresaliente; se parece bastante a su padre y es digno portador de tu linaje, aunque se diferencia de ti en una cosa… —Leónidas fingió un gesto abatido y triste moviendo la cabeza de derecha a izquierda y colocándole a Okela la mano de­recha sobre el hombro con sentimiento.
—¿Y bien? —pregunto Okela impaciente.
—¡Pues que no es tan feo!
Ambos soltaron una carcajada que duró varios minutos. Unos manotazos amistosos en la espalda de cada uno mientras se dirigían a la puerta sellaron el encuentro.
—Nos veremos en Corinto.

4

Ya era de noche, y Okela caminaba desde la casa del rey Leónidas hacia la suya con el escudo y el casco corintio colgados a la espalda y la lanza asida con la mano derecha, con la punta mirando al suelo. No notaba el peso de su coraza, ni del pesado escudo que, desde niño, eran una segunda piel. Cuando los espartanos partían en cam­paña siempre eran acompañados por ilotas que se ocupaban de car­gar con la indumentaria, pero, para la misión desempeñada en Mesenia, Okela había decidido prescindir de ellos. Le resultaba de­licado contar con sirvientes que probablemente tuviesen familiares entre aquellos que habían perecido. Marchar con la panoplia era in­cómodo, no por el peso, al cual todos estaban acostumbrados tras años de entrenamiento, sino porque cuando hacía calor, las corazas y los cascos se convertían en auténticos hornos y cuando hacía frío parecían témpanos de hielo.
Las calles estaban desiertas. Sólo la claridad de la luna guiaba sus pasos. Sentía el calor que siente cualquier hombre al volver a su hogar. Algunos perros ladraban a lo lejos. En breve llegaría a su casa, la que fue de su padre y antes de su abuelo; la que cuando él muriese sería de su hijo, la casa de los chacales de Esparta, la casa de los korkótidas, la estirpe que tantos grandes hombres había pro­porcionado a la polis; descendientes de reyes cuya genealogía se re­montaba al gran Menelao de Esparta, marido de la raptada Helena que pasó a la Historia como Helena de Troya. Allí lo estaría espe­rando su amada Kalisté. Aquella mujer era la perfecta espartana, descendiente también de reyes, excelente administradora de sus tie­rras y las de su marido cuando éste se encontraba lejos, inteligente y avispada, gran anfitriona, justa pero severa con los ilotas a su ser­vicio, madre abnegada y mujer de sabio consejo y, como correspon­día a toda espartana: bella. Siempre que Okela había tenido que ponerle cara y cuerpo a Helena de Troya los había tomado prestados de Kalisté. Una mujer cuya sola belleza invitaba al rapto y por la que Okela comenzaría sin dudarlo una guerra de diez años como hizo Menelao. Kalisté era virtuosa ante conocidos y extraños, pero una auténtica Afrodita en el lecho.
A Kalisté le encantaba el baile. Era la mejor bailando el bíbasis. De hecho, todas las espartanas practicaban la danza, la carrera e in­cluso la lucha. Al contrario de otras ciudades griegas, en Esparta las mujeres no estaban recluidas en los gineceos ni eran meros medios reproductivos, ni recibían la mitad de la comida de la que disfruta­ban sus hermanos, quizá por eso no eran raquíticas y débiles sino que nacían y vivían fuertes, robustas y atléticas, tenían una intensa vida social y disfrutaban al yacer con sus maridos. Eran educadas en la lectura, legítimas herederas y poseían y administraban estados. En muchas ocasiones daban sabio consejo a sus maridos, que las consideraban sus iguales en bastantes materias. El resto del mundo griego, a pesar de considerarlas las mujeres más bellas de la Hélade, las criticaba por casquivanas y lascivas. Okela sabía que estas acusa­ciones no reflejaban más que envidia y, quizá, eran propiciadas por el hecho de que las leyes espartanas no contemplaban el adulterio. Una mujer que yacía con otro hombre que no fuera su marido no era culpable de nada; de hecho, no era raro que un lacedemonio in­capaz de tener hijos escogiera a otro espartiata para yacer con su mujer y así tener la descendencia que todo hombre ansía. De todos modos, un hombre que no sabe encontrar en una mujer a su igual nunca podrá saborear las mieles con que los dioses les han bende­cido.
La mujer espartana era la columna vertebral de la sociedad, el pilar sobre el que se asentaban las bases de una ciudad invencible. En último término, si los hombres eran la muralla, ellas eran los ci­mientos de esa muralla. En una ocasión, una invitada ateniense le había confesado a Gorgo, la bella y abnegada esposa de Leónidas, que no se explicaba cómo las mujeres espartanas eran propietarias de pleno derecho de tierras y bienes y cómo es que eran capaces de discutir con los hombres asuntos políticos. Gorgo respondió lacó­nicamente: «Porque sólo las espartanas parimos verdaderos hom­bres».
La noche en que Okela había raptado a Kalisté de casa de sus padres para llevarla a su casa y tomarla como esposa, como era ritual en Esparta, sabía desde hacía tiempo que aquella mujer le llenaría completamente. Lo hizo la misma noche en que cumplió la edad estipulada para el matrimonio.
Se conocían desde niños. Habían compartido momentos de su niñez y adolescencia en los rituales religiosos, en los baños en el río y en las reuniones de sus familias, y aunque ambos, llegada su pu­bertad, habían tenido experiencias sexuales con personas de su mismo sexo, la unión de aquella noche había sido onírica, como un sueño. Siempre se habían deseado.
La noche del «rapto», como era costumbre, dos mujeres ilotas de la casa de los korkótidas habían preparado a la novia para recibir en su aposento y en su vientre al que a partir de ese momento sería su esposo. Fue rapada con mimo y vestida de forma austera con quitón de hombre y con un sencillo cinturón. Okela se escabulló de las barracas donde tenía obligación de permanecer, asumiendo el riesgo de ser descubierto, consciente de que, de serlo, le esperaba un severo castigo. Entró en el cuarto alumbrado por las tenues lám­paras de aceite, se acercó a ella, desabrochó su cinturón y le retiró la túnica. No hicieron falta palabras. Aquella noche se entregaron el uno al otro con pasión, poseídos por Eros. Antes de que amane­ciera, el espartano volvió a su puesto sin ser visto.
Al doblar una esquina, ya cerca de su casa, un grupo de jóvenes se divertía burlándose de un ilota borracho. No era costumbre en Esparta beber vino, ya que adormecía los sentidos y hacía a los hombres pendencieros e inconscientes, pero los ilotas bebían, y mucho. A veces, y como pasatiempo, los jóvenes obligaban a beber a estos siervos hasta que no podían sostenerse en pie y daban tum­bos de un lado a otro sin poder articular palabra. Era un espectáculo penoso, pero algo que hacía entender a los jóvenes el peligro del exceso. Okela había practicado aquel pasatiempo cuando era joven y no pudo más que esbozar una burlona sonrisa.
Llegó a su casa y se detuvo un momento antes de abrir la puerta que daba al patio. Saboreó ese instante. Cerró los ojos. Estaba en casa. Era feliz. Sólo los dioses sabían lo que el futuro le deparaba. El mismo día siguiente podría tener que servir de nuevo a su ciudad y lo haría con entrega. Pero ahora estaba en casa, sólo el «ahora» importa, el pasado no deja de ser un sueño y el futuro una quimera.
Entró. En una incomoda banqueta del patio interior roncaba un ilota que sin duda había recibido ordenes por parte de Kalisté para que esperara a Okela, le asistiese a deshacerse de su panoplia y le asease. Okela pasó su mano derecha por los pies ya desgastados de la estatuilla de la diosa del hogar, Hestia, que presidía la entrada al patio. Siempre que llegaba a casa hacía ese pequeño ritual. Se acercó al ilota y con dos firmes palmadas en la mejilla lo despertó. El sir­viente se irguió sobresaltado.
—Bien. bien. venido a casa, señor —dijo titubeante.
—Anda, holgazán; ayúdame a desvestirme —ordenó Okela.
Una mujer ilota debía estar preparando su cena. Desde la cocina llegaba el inconfundible olor del típico caldo negro de los esparta­nos: sangre de cerdo y vinagre. A Okela le encantaba ese caldo, es­pecialmente mojar en él un buen pan. A muchos griegos aquel plato típico y austero les resultaba repugnante, hasta el punto que un ciu­dadano de la lujosa Síbaris había llegado a afirmar que después de probar la sopa negra de los espartanos comprendía la disposición de estos hacia la muerte.
El ilota Alastor y Okela fueron al cuarto de aseo. Alastor, que en ningún momento miraba a los ojos de su amo, desprendió a Okela de su indumentaria: las grebas, la coraza y el casco, y fue a buscar agua caliente para asearlo. El aseo fue rápido pero concienzudo; perfumó a su amo y lo vistió con una ligera y cómoda túnica. Cuando terminó, Okela le indicó a Alastor que podía retirarse. Fue a la cocina donde tenía preparado su caldo negro, despidió a la co­cinera ilota y disfrutó de aquel momento de quietud y soledad. Qué delicia. No obstante, una idea rondaba su mente: ¿dónde estaba Ka- listé? Seguramente dormida. Su llegada habría sido informada de­bidamente por Pantites como se le había ordenado pero, dado que había llegado a esas horas y Kalisté se levantaba antes que cualquiera de la casa, era probable que estuviese ya en los brazos cálidos y pla­centeros de Morfeo.
Mientras se deleitaba con la cena, Okela pensaba en los ilotas so­metidos en Mesenia, y también pensaba en Persia, en la inminente guerra que daría alas a estos para levantarse de nuevo si el ejército espartano abandonaba el Peloponeso. Aquellos ilotas no eran de fiar, eran capaces de cualquier cosa, pero estaban por todas partes. Y lo que era peor: eran imprescindibles para el modo de vida es­partano. Sin ellos nadie labraría los campos, nadie serviría en las casas y los espartanos no podrían dedicarse exclusivamente al hon­roso oficio de las armas. Cualquier otro oficio le estaba prohibido por Ley a un espartiata.
Acabó su cena. Reinaba el silencio en toda la casa. No quería despertar a Kalisté. Subió sigilosamente las escaleras que llevaban a su dormitorio con la lámpara de aceite en la mano y, lentamente, abrió la puerta para descubrir que Kalisté no se encontraba en su lecho. Una inexplicable sensación de desconcierto recorrió su cuerpo partiendo desde el espinazo. Se acercó al lecho despacio. Ella no estaba allí, y sin embargo su olor lo inundaba todo. Detrás de él, la puerta se cerró mientras una voz marcial y de mujer le in­crepó:
—¡Soldado!
Okela dio media vuelta y vio a Afrodita. Era Kalisté. Vestía una túnica casi transparente que, a la tenue luz, permitía adivinar sus senos firmes, su cuerpo atlético, sus piernas perfectas. Esa bella faz, esos largos cabellos. Era tan hermosa… Sus dos embarazos no ha­bían causado mella alguna en el cuerpo de aquella mujer bendecida por los dioses. Okela se quedó paralizado, algo que ni el más feroz enemigo hubiera conseguido jamás. Kalisté se acerco lenta e insi­nuantemente y comenzó a besar de forma sensual aquel cuello de toro mientras la hombría de Okela comenzaba a manifestarse.
—Bienvenido a casa, soldado —le susurró al oído entrecortada­mente y sin dejar de besarlo.
Okela permaneció inmóvil y cerró los ojos dejándose llevar por aquella amorosa emboscada que su amante esposa le había tendido. Kalisté exploraba con sus labios las mejillas y el cuello del espartano, deslizó lentamente su mano derecha acariciando su poderoso brazo, hasta alcanzar su miembro viril, ahora erguido completamente, y comenzó a palparlo y a acariciarlo por encima de la túnica. Okela se rindió a su instinto. Asió a su mujer por la cintura y la atrajo hacia sí. Sus labios se unieron en un apasionado beso. La tomó en brazos y la tendió sobre el lecho con gran mimo. Admiró de nuevo aquella belleza que esperaba para recibirle en sus entrañas y se deslizó entre sus piernas, subiendo con delicadeza la túnica de su mujer, sin des­nudarla. No hacía falta. Okela penetró aquel templo reservado para él y, mientras la besaba dulcemente, comenzó con su vaivén lento, firme y amoroso. Jadeaban. El encuentro fue breve, pero intenso. Después de una larga ausencia, a ninguno de los dos les costaba al­canzar el cénit del amor. Okela derramó su virilidad en el vientre de Kalisté al tiempo que ella agonizaba de placer. Los besos de pa­sión dejaron paso a otros de amor. Okela se retiró de ella y se tumbó boca arriba. Kalisté acarició a su marido con mimo con la mano de­recha, descansando su cabeza sobre la izquierda. No habló, sencillamente sonreía. Le gustaba recorrer el cuerpo de su marido con los dedos, descendiendo poco a poco desde el pecho hasta las pier­nas, bordeando las numerosas heridas que lucía el espartano como si de trofeos se trataran. Cada una de ellas tenía su propio nombre. La argiva era una herida que trazaba una línea recta desde su hom­bro izquierdo hasta el pezón, causada durante una cruenta batalla contra trescientos hombres seleccionados por la eterna enemiga de Esparta: Argos. Las Mantineas eran dos agujeros de flecha, casi pa­ralelos, debajo de las costillas, recibidas durante el asedio a la ciudad del mismo nombre. La Tebana era la más grande de todas; le reco­rría el muslo desde la pelvis hasta prácticamente la rodilla. Aquella herida había sido la más grave que había sufrido el espartano. Sólo la rápida intervención de su compañero y amigo Agías le había sal­vado de una muerte segura. Varios otros vestigios de combates sur­caban el cuerpo del guerrero, y todos ellos tenían nombre. Eso sí, donde Kalisté no podría encontrar herida alguna debida al combate era en la espalda. Tan sólo los surcos, cicatrizados hacía años, de los latigazos recibidos durante su instrucción en la Agogé decoraban la espalda de su marido. Lejos de resultar desagradables, las cicatrices hacían que su hombre le resultase más atractivo todavía. Ella siguió acariciándole, sonriente, hasta que se quedó dormido. Llegaba de Mesenia sin un rasguño. Era bueno volver a casa.

compra en casa del libro

1 Opinión

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  • J.Diego
    on

    Me gusta, la compraré.

    Es curiosa la vida, el incosciente colectivo y los caminos que se cruzan sin saberlo. Resulta que tengo un primo que tb. se llama Pedro Santamaría -sin ser familiar, que sepamos- vive en Francia desde hace años y estaba preparando un libro (en frances) que se puede considerar “similar” a este. En su caso ambientado en nuestro pueblo natal: Ferrreras de Abajo (Zamora) o en nuestra familia.

    Es curioso… (no dejo de repetirme)

    SaluT a todos :o

    Jesus Diego Santamaría

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