Omega

omega

Una nube Omega amenaza una civilización recién descubierta. Este nuevo mundo es frágil y, aunque está desarrollado en muchos aspectos, todavía no ha entrado de lleno en la era tecnológica. La Academia, liderada por Priscilla Hutchins, se enfrenta al reto de salvarlo de una destrucción segura a manos de la nube… Y deberán hacerlo sin que sus habitantes se den cuenta del peligro que se cierne sobre ellos.

Con personajes comunes y la misma ambientación que Las máquinas de Dios, Deepsix y Chindi (todas publicadas en la misma colección), el autor nos trae una aventura interestelar plena de «sentido de la maravilla».

ANTICIPO:
Se trataba del más majestuoso conjunto de estructuras que David Collingdale hubiese visto en su vida. Los chapiteles, cúpulas y polígonos surgían regios del hielo y la nieve. Las pasarelas se elevaban entre las torres, o al menos entre lo que de ellas quedaba, y, que muchas se habían desplomado. Había pirámides y plazas abiertas que podían haber sido en su día parques o patios y un obelisco se erigí, en el centro de a ciudad. Se trataba de un lugar fuera del tiempo, congelado, preservado del paso de los anos, un paisaje que perfectamente podría haber sido descrito por Montelet. Un paraíso de cristal y vidrio y en una época más amable de árboles florecidos, setos recortados y atractivos bosques. Si lo hubiéramos descubierto en el momento preciso, cuando su gigante satélite, de 1a mitad del tamaño de Luna, estaba aún en su cielo, hubiéramos llegado a pensar que se trataba de una ciudad celestial; el Valhalla, Argolis, El Dorado suspendido en la noche.

Parecía demasiado etérea para haber sido hogar de una próspera población. Collingdale no podía huir de la idea de que la pretensión de sus constructores había sido crear una obra de arte, de que deseaban que no se utilizase, de que había sido erigida como un monumento en lugar de como una ciudad. Varias de las torres se habían derrumbado, y sus fragmentos rotos despuntaban entre 1a espesa alfombra de nieve. Se desconocía su nombre. Así que la llamaban Moonlight, tanto a la ciudad como a1 mundo; y también a1 turbador sentimiento de que se había perdido algo que se generaba en el alma al ver todo aquello.

Un viento desapacible rugió al bajar por las calles vacías e hizo que un escalofrío lo recorriese de arriba abajo, a pesar de que iba envuelto en su traje energético El frío era tal quedaba la impresión de que el dispositivo no podía estar funcionando adecuadamente. Por si acaso, se ocuparía de que lo revisasen en cuanto regresara a la cúpula. No serían nada agradable que faltase allí fuera, a veinte grados bajo cero.

El sol pugnaba por asomarse sobre 1a cima plana de una cumbre. Hacía varios miles de anos aquel territorio debía de haber sufrido algún cataclismo. Abrams se lo había explicado; podía haberse debido a un exceso de metales o algo por el estilo Pero se trataba de un efecto temporal, había insistido, y esperaba que volviese a la normalidad al cabo de unos cuantos miles de años- Aunque en realidad ya no importaba demasiado.

Se encontraba en el ecuador, donde los restos de lo que una vez había sido una auténtica civilización se habían desvanecido. Existían otras ciudades, la mayor parte enterradas bajo enormes capas de nieve, y otras emparedadas tras muros de hielo.

Su equipo y él sabían poco sobre la raza que allí había habitado, excepto que llevaba mucho tiempo muerta y que su arquitectura rivalizaba con cualquier cosa que el hombre hubiera podido diseñar. Puentes de cristal que atravesaban ríos inmensos, cúpulas hiperbólicas, anchas pasarelas construidas en el mismo cielo. Y todo estaba ahora congelado; los puentes y los ríos; el cristal y su espíritu.

Resultaba una cruel ironía que Moonlight, que ya había prosperado y muerto cuando los humanos aún estaban sacando piedras de las canteras para construir las primeras pirámides, probablemente hubiera permanecido oculta a nuestros ojos de forma indefinida de no haber sido porque estaba a punto de recibir un visitante nada grato. Una nave de reconocimiento, la Harry Coker estaba observando una Omega, una de las monstruosas nubes que viajaban en oleadas, a la deriva, procedentes del centro mismo del universo, y que parecían resueltas a des fruir cualquier civilización con la que se cruzasen. En la Coker estaban ansiosos por comprobar cómo se comportaría la nube ante el complejo campo gravitatorio de un sistema planetario, cuando se percataron de la existencia de ciudades en el cuarto planeta.

Collingdale entornó los ojos para observar el cielo plúmbeo e impenetrable. La nube se podía ver desde entrada la tarde hasta poco después de la medianoche. Ahora se encontraba allí arriba, parcialmente oscurecida por la deslumbrante luz del atardecer. De día parecía absolutamente inofensiva, tan solo una oscura y enorme tormenta eléctrica, como los millones que había visto a lo largo de su vida, Pero esta relacionaba con la destrucción masiva, en tiempos remotos, de Quraqua, Beta Pacífica III y otros dos mundos. Los humanos habían lanzado objetos de muy diferentes formas geométricas para que pasasen flotando junto a ellas, y ahora sabían sin duda alguna que cualquier diseño que no se encontrase en la naturaleza no podría esperar otro futuro que atraer la atención de las nubes y acabar destruido por sus rayos.

Nadie comprendía el cómo ni el porqué. Nadie sabía de dónde venían. Y muy pocos parecían creer en la posibilidad de que algún día lo descubriésemos.

Hasta entonces, nadie había visto una nube cambiar de rumbo y deslizarse al interior de un sistema planetario. Nadie había sido testigo del ataque a una ciudad.

Desde luego, era una suerte que Moonlight estuviese deshabitado. Los habitantes, obviamente, habían perecido a causa del periodo glacial que había acarreado la inestabilidad de su sol. Les estimaciones más halagüeñas decían que allí no había habido vida desde hace al menos dos mil años

David Collingdale había crecido en Boston, con una madre alcohólica y un padre ausente, sobre quien ella había insistido, hasta el día mismo de su tan llorada muerte, que se había marchado al oeste en viaje de negocios y que regresaría en cualquier momento. Al quedarse solo, el niño había pasado dos años en un orfanato, había sido adoptado por una pareja de fanáticos religiosos, y había huido tantas veces que finalmente acabaron implantándole un rastreador. A pesar de todo, había conseguido una beca de la universidad de Massachussets y se había licenciado en arqueología, tomado lecciones privadas de vuelo por puro capricho, y, como le gustaba decirse a sí mismo, desde entonces ya nunca había vuelto a tocar el suelo. Finalmente había decidido que los vuelos entre Chicago y Boston resultaban demasiado limitados. Aprendió a pilotar superluminares y ocupó puestos de responsabilidad en varias importantes empresas y en la Academia, pero se había aburrido de trasladar gente y suministros de acá para allá a través del vacío, por lo que había vuelto a la universidad, y se había especializado en una disciplina que, en aquel momento, carecía de objeto real de estudio: la xenología.

Durante todo ese tiempo, había tenido que asistir a los funerales de sus padres adoptivos, que habían muerto con un año de diferencia entre sí, incapaz de vivir el uno sin el otro. Habían rechazado someterse a tratamientos de longevidad argumentando que aquello no encajaba en los planes de Dios. Nunca se habían rendido con él, aunque no aprobasen los derroteros que su vida había tomado. Collingdale había dejado de visitarlos durante los últimos años de sus vidas porque ellos insistían en repetirle que lo perdonaban y que estaban seguros de que Dios también lo hacía.

No sabía por qué sus padres se habían colado en sus pensamientos mientras observaba aquella ciudad con los ojos de su cara y los de su alma, aunque lo cierto era que le hubiera gustado que hubieran podido ver Moonlight. Estaba seguro de que se hubieran quedado prendados de su majestuosidad y hubieran comprendido por fin lo que estaba haciendo con su vida.

Las Omega, como rutina, lanzaban rayos contra las perpendiculares. Cualquier objeto diseñado con ángulos rectos o marcadas desviaciones de los arcos de la naturaleza, se convertía en su objetivo.

La primera vez que había oído hablar de ellas le pareció un simple cuento de viejas. Collingdale recordaba que la comunidad científica casi al completo se había mofado de aquellos informes iniciales. La idea de que existiesen nubes capaces de viajar por sí mismas resultaba absurda. Y que pudiesen acelerar hasta alcanzar elevadas velocidades era aún más descabellado. La mayor parte no había aceptado la realidad hasta que la que se aproximaba a Moonlight, la nube Brickmann, había cambiado su trayectoria, había comenzado a perder velocidad, y se había dirigido hacia el interior del sistema. Aquello había ocurrido hacía ya cuatro anos. El planteamiento resultaba tan estrafalario que nadie a quien le importase lo más mínimo su reputación se hubiera atrevido tan siquiera a indagar sobre el tema. Pero una vez que la Brickmann había demostrado su habilidad para navegar, habían llegado investigadores y se había puesto en marcha un proyecto para tratar de explicar lo inexplicable. Todo había comenzado con el descubrimiento de nanos en muestras tomadas de la Omega.

¿Se trataba de objetos naturales? ¿O serían artificiales? ¿Acaso no aprobaba el universo la vida inteligente? ¿O existía en algún lugar una fuerza psicótica que las había creado? O tal vez, como pensaban sus padres, ¿estaba Dios mandándoles una advertencia?

— ¿Vienes Dave?

Habían conseguido abrirse camino hasta la base de la torre nordeste, y Jerry Riley permanecía a un lado para dejar a Collingdale el honor de ser la primera persona que entrase en la estructura. Le dio unas palmaditas en el hombro a su compañero, y caminó a grandes zancadas entre los montones de nieve que habían excavado; se detuvo a la entrada, asomó la cabeza, y encendió la linterna para poder ver a su alrededor.

El interior era tan grande como la terminal principal de Nueva York. El techo se elevaba varios pisos. Había bancos esparcidos por toda el área. Unas columnas de metal lustroso sustentaban balconadas y galerías. Unos nichos, que probablemente en su día hubiesen sido tiendas, se alineaban en los muros. Y, en medio de todo, se erguía una estatua.

Dio unos cuantos pasos hacia el interior, sin atreverse apenas a respirar. Ya sabían cuál era el aspecto de los nativos, porque habían encontrado algunos restos, pero nunca habían visto ninguna representación de ellos. Ni esculturas, ni dibujos, ni grabados. Y qué extraño resultaba que una especie tan indinada al arte no hubiera realizado copias de su propia imagen.

Los demás se alinearon y fueron extendiéndose en un arco a su alrededor, fascinados todos con la estatua. Jerry alzó lentamente su linterna, casi con reverencia, y dejó que su luz la bañase. Se trataba de un felino. En lugar de garras tenía dedos prensiles, pero el morro y los colmillos aun podían reconocerse. Poseía unos ojos rasgados que miraban constantemente al frente. Era, sin lugar a dudas, un depredador, pero llevaba sombrero, algo similar a la boina de un artista, inclinada de modo que le cubría un ojo. Estaba ataviado con pantalones, una camisa de largas y vaporosas mangas, y una chaqueta que no hubiera resultado demasiado extraña en Boston. Además llevaba un pañuelo atado al cuello, y lucía un bastón.

Una de las mujeres se rió.

Collingdale no pudo evitar que también a él se le escapase una sonrisa, pero, a pesar de su aspecto cómico, la criatura irradiaba un considerable grado de dignidad.

Había una inscripción en la base, una sola línea de caracteres ejecutados en un estilo que recordaba al inglés antiguo. Probablemente se tratase de una única palabra.

—¿Será su nombre? —sugirió alguien.

Collingdale se preguntaba qué habría hecho merecedor a aquel sujeto de semejante honor. ¿Se trataría de un Washington? ¿O de un Churchill? ¿Tal vez de un Francis Bacon? Quizá fuera un Mozart.

—El arquitecto —sentenció Riley, con su aire seco y un tanto cínico de siempre—. Debe de ser el tío que construyó este lugar.

A Riley no le gustaba estar allí, pero necesitaba aquella última misión para establecer su estado de bona fides con no sé qué universidad de la Tierra. El sí sería una verdadera inspiración para sus estudiantes,

Resultaba extraño observar como los conceptos más abstractos se mantenían vigentes en todas las especies: la dignidad, la majestad, el poder… Ya se tratase de un ave, de un mono, o de un ser a caballo entre uno y otro, aquellas cualidades siempre se mostraban de la misma forma.

El intercomunicador vibró contra su muñeca. Era Alexandra, que había llegado dos días antes en la al-Jahani y traía consigo una carga de bombas nucleares con las que se había entrenado para intentar hacer volar por los aires aquella nube. Nadie creía que aquello fuera factible, pero tampoco tenían otra opción. La nube era, simplemente, demasiado grande, tenía treinta y cuatro mil kilómetros de diámetro; lo más probable era que unas pocas bombas atómicas no tuvieran efecto alguno sobre ella.

——Sí, Alex. ¿Qué hay?

—Aún está perdiendo velocidad, Dave. Y sigue teniendo el objetivo fijado.

—Muy bien.

—Se está aproximando a vuestro lado del mundo, parece que se está concentrando en la ciudad en la que os encontráis. Vamos a detonar las bombas esta noche, dentro de unas seis horas.

La Omega estaba decelerando por el método de disparar chorros de polvo e hidrógeno hacia delante. Riley pensaba que era posible que también estuviese afectando a la gravedad, pero aún no existía ninguna evidencia que apoyase su idea. Lo único que importaba era que, comoquiera que estuviese actuando, la nube iba a situarse justo encima de Moonlight.

Deambularon durante horas bajo aquella estructura subterránea. Había una red de Encontraron una innumerable cantidad de sillas, cuencos, aparatos de radio, monitores, piezas de fontanería y mesas de conferencias, además de unos cuantos artefactos que no pudieron identificar. La mayor parte de ellos estaban sorprendentemente bien conservados. Había cajas con discos de plástico que, sin duda, serían unidades de almacenamiento de memoria. La pena era que las grabaciones electrónicas resultaban muy frágiles. Las civilizaciones antiguas habían grabado su historia sobre tablillas de arcilla, que duraban casi para siempre. Las comunidades más avanzadas eligieron el pape!, que tenía un tiempo de duración bastante razonable, siempre y cuando se guardase en un lugar seco y se tratase con cuidado. Pero los datos electrónicos no tenían demasiada resistencia; aún no habían sido capaces de recuperar ni una sola grabación de este tipo.

Había unos cuantos libros, pero no habían sido correctamente almacenados, así que era posible que tampoco se pudiese sacar demasiado de ellos. No obstante, los recogieron y los colocaron en contenedores de plástico. Habían vagado por el área durante varias semanas, pero en aquella visita tenían una prisa especial. La nube estaba llegando y cualquier cosa que no se llevasen consigo aquel día no sobreviviría a su ataque.

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