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Julien es un cretino traumatizado desde que su padre le sorprendió torturando a un gato. Obsesionado con alejarse de la vida pequeño-burguesa de su familia, consigue que le admitan para prácticas en la ONG ecologista Pista Verde, donde espera alcanzar la armonía con la tierra, pese a que su alma está contaminada por el alienante hábito de fumar y que se sorprende con deseos sexistas hacia su superiora en la organización, Celsa. Lamentablemente, sus búsqueda de la armonía se verá perturbada por la ONG Infancia y Vacunación, más preocupada por el hambre de los niños de coloración no discriminatoria que por los pingüinos polares, que se instala en el mismo edificio. Pronto surgirán las tensiones entre ambos grupos, lo que les llevará a una escalada de tensiones que desatará la guerra entre ambas organizaciones. Al fondo permanece a la expectativa el director de Minusvalías y Futuro, esperando beneficiarse de los despojos de la batalla.

ANTICIPO:
Era cierto que el cartel Infancia y Vacunación se había instalado a sus anchas en el ascensor. Aquel papel glicerina, de tan química arrogancia, ocupaba las dos terceras partes del panel de información. La banquisa negruzca del niño aquel tapaba nuestro pingüino.

Salimos en la cuarta planta con las tripas revueltas ante aquella manifestación de descortesía.

Ulis preguntó:

-¿La dirección?

-¿Tienen ustedes hora?

-Ya te digo

Antes de que pudieran reaccionar, ya nos habíamos invitado pasillo adelante. Comprobamos al pasar que acababan de hacer obras y lo habían puesto todo de cristal y acero mate con, acá y allá, incrustaciones de suntuosos tabiques de separación. Quedaba opulento y pijo que te mueres; en resumidas cuentas, totalmente inadecuado para una organización no lucrativa.

-¡Lo que hay aquí metido en subvenciones! –calibró Celsa con mirada de experta-. Sacan más que nosotros, os lo digo yo. Dólares, dólares.

Al fin dimos con el letrero «Dirección». Ulis se llenó de aire los pulmones inflados de medallas, y entramos.

La superiora de Infancia y Vacunación era una gordita bio alimentada, a mil leguas de los niños famélicos que colocaban en sus carteles. La interrumpimos en plena reunión. Sus lugartenientes se pusieron en pie para echarnos, pero los aplacó con un ademán.

-Estos señores de pista verde no parece muy contentos que digamos.

Celsa movió sus atributos femeninos.

-¡Ejem, ejem!

Ulis añadió:

-Señora mía, Pista Verde coloca la igualdad de los sexos en cabeza de los comportamientos positivos.

-Señorita –dijo la otra.

Hay personas con las que el flujo de comunicación se congela de entrada.

De mujer a mujer –dijo Celsa -, su forma de comportarse me parece lamentable.

Una lugarteniente de Infancia y Vacunación, de pasado visiblemente africano, nos pasó por las narices, muy indignada, las trencitas rastafari.

-No me iréis a decir que vuestro pingüino sobre fondo verde es un Miguel Angel!

-Los pingüinos árticos están en peligro de extinción en su propio entorno –le apostilló Ulis con voz trémula-. Solo ponen ya tres coma siete huevos por hembra. ¿Y eso por qué?, pregunto.

-A mí que me registren –dijo la mujer carbón en el colmo del cinismo.

-¡El recalentamiento del casquete polar, seño…rita!

El destino cruel de los pingüinos no pareció afectarla.

-El cartel estaba en el panel de información, al que tengo tanto derecho como ustedes –dijo la superiora.

Ulis tenía la respuesta preparada.

No del todo. ¿Le importa que echemos la cuenta juntos? Ocupamos tres de las cinco plantas. Eso quiere decir que nos tocan las tres quintas partes del panel. Es decir, más de la mitad.

-Mentira –contestó la muy descarada.

A punto estuvimos de atragantarnos, pero Ulis nos indicó con un gesto que nos tranquilizásemos. Era admirable la calma de que hacía gala ese hombre en las circunstancias más difíciles.

-Se olvida usted de la planta baja –dijo la bruja aquella-. Lo que ocupan en realidad es tres de los seis pisos, es decir el cincuenta por ciento. O sea, que tienen derecho a la mitad del panel y ni un centímetro más de pingüino.

Apestaba a estafa. Así que Ulis sacó un lápiz y garabateó unos números en mi cuaderno, sumas y porcentajes.

Y al acabar, declaró, radiante:

-En ese caso, su parte de panel equivale a dos de las seis plantas, es decir, la tercera parte.

¡Vaya cara que se les puso a las tías de las vacunas! ¡Ante nuestra impecable demostración, aquellas individuas se encanijaban a ojos vistas! ¡Si es que somos mucho, nosotros!

-Así que tenemos que rogarles que retiren en parte ese cartel tan feo –remató Ulis.

-La parte de las costras purulentas –sugirió Celsa.

Dicho lo cual, nos dimos media vuelta y nos encaminamos a la salida, convencidos de que les habíamos cerrado el pico.

-¡Los niños del tercer mundo pasan hambre! –vociferó a nuestras espaldas la tía de pasado africano.

Celsa contestó sin volverse:

-Por lo menos no pasan frío ¡Lo que tienen que hacer los niños esos es vivir en el Ártico! ¡Qué sabrán los niños esos de las lombrices intestinales, a ver! ¡Las orcas no se comen a sus crías!

-¡Como empezaron a saltar por detrás de nosotros! Como si explotase un arsenal.

-¿Y las minas antipersona? …¿Y la lepra?…¿La prostitución de los menores de dieciséis años?

Estábamos ya metidos en el ascensor cuando nos alcanzó la superiora con unos recibos en la mano.

-¡Ya me doy cuenta de que en Pista Verde sois muy legalistas! Estupendo. Pues os informo que en el prorrateo del coste de arrendamiento, os llevamos ventaja, y mucha, porque tenemos alquiladas las dos plantas altas y por el estado de nuestros locales.

Mejor no reproducir aquí el intercambio de vocabulario que vino a continuación, compuesto de insultos y frases negativas. La puerta del ascensor se cerró dejando en el aire una sensación de incomprensión mutua.

En agobiante silencio, compuesto de dignidad herida y malos presentimientos, resbalamos a nuestras plantas. El mal humor nos acompañaba chirriando los dientes. No podría decir en que iba pensando Ulis, pero tenía la cara seria y los labios apretados. En cuanto a mí, me estaba acordando de las monedas que les había dado en mi vida a las obras pías de Infancia y Vacunación, y la amargura me corroía. Un gilipollas que te mueres, eso había sido dándoles algo. ¡Que no se me acercasen nunca más porque se iban a enterar!

El golfillo Infancia y Vacunación se nos reía en las narices. Antes de salir del ascensor. Celsa le sacó el dedo. Nos es que fuera un además muy elegante, pero podía interpretarse como un signo de igualdad sexual y colaba. Ni decir tiene que me contuve para no hacer otro tanto.

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