Orquídeas Negras

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Cuando el vulcanólogo Ricardo Dax llega a la isla de El Hierro buscando un lugar lo más cercano al fin del mundo para escapar de la tragedia que lo acosa, no puede imaginar que está a punto de encontrarse con su destino: Puerto, una mujer turbadora y frágil que le arrastrará a un torbellino de pasión y muerte en el que nadie resulta ser quien parece ser.

ANTICIPO:

A Ricardo Dax no le faltaban motivos para elucu­brar de ese modo. Según los datos disponibles en la Estación Vulcanológica, durante los meses de di­ciembre de 2008 y enero de 2009 se habían registrado temblores en varios puntos del archipiélago. Todos ellos por debajo del segundo grado de la escala de Richter, pero encadenados con una frecuencia inusual.
A propósito de esas inquietantes manifestaciones de la corteza insular, Dax había intercambiado opinio­nes con sus expertos compañeros. En la línea del direc­tor Manglano, ninguno de ellos descartaba por com­pleto que en alguna de las islas llegara a producirse lo que, de manera eufemística, denominaban «una erup­ción tranquila».
Por decisión de la dirección, Dax debería hacerse cargo de la subestación de El Hierro, en estado de semiabandono desde octubre de 2008.
A mediados de ese mes, Luis Manglano, el director, se había visto obligado a dar de baja al técnico herreño, un meteorólogo llamado Rubén Olmo Seco, cuyos apellidos habían motivado machadianas bromas entre sus compañeros tinerfeños.
Además de la subestación de El Hierro, Olmo Seco se ocupaba de mantener, también en la misma isla, el faro de Orchilla y el observatorio meteorológico de Malpaso. Fue precisamente en ese agreste paraje donde un patinazo de su jeep le hizo dar vueltas de campana por un desnivel, fracturándose varias costillas y rom­piéndose un peroné. Era dudoso que estuviese recupe­rado antes del verano, por lo que muy bien Dax, si se adaptaba a las condiciones del trabajo, podría perma­necer en El Hierro hasta bien entrado el otoño; celebrar allí, incluso, la llegada de 2010.
Uno de sus cometidos consistiría en poner al día el material de la subestación. Con ayuda de un buzo, instalaría sensores submarinos para mejorar los nive­les de previsión sísmica en la plataforma litoral. Di­chos indicadores, diseñados por la propia Estación tinerfeña, se hallaban en período de pruebas. No se descartaban fallos. Por eso, siguiendo las órdenes de su director, Dax debía observar una estricta reserva con los colaboradores de que iba a disponer en El Hierro: el guía para sus desplazamientos por la isla y el buzo que le escoltaría en las inmersiones, en busca de zonas óptimas para la implantación de sensores. Si las corrientes submarinas lo permitían, Dax se propo­nía asimismo instalar cámaras que registrasen, ade­más de cualquier anomalía tectónica, la actividad de la fauna marina.
Desde un punto de vista muy diferente, Ricardo Dax iba a El Hierro a olvidar. Su novia, Leticia, había muerto durante esa pasada Navidad, en Barcelona, de un accidente de moto. Por un descuido fatal, se había saltado un semáforo, estrellándose contra un coche en pleno paseo de Gracia. Como consecuencia del im­pacto, Leticia había fallecido al instante.
Sólo tenía veinticinco años, cinco menos que él. Es­taban enamorados, planeaban casarse… Dax había acudido al tanatorio con la madre de Leticia. Enfren­tarse al cadáver de la que había sido su chica, a la ima­gen de su rostro despellejado por los golpes contra el asfalto le había sobrecogido y, con el paso de los días, de las semanas sin ella, hundido en una profunda de­presión. Se pasaba horas en la cama, sin pisar su des­pacho universitario. Para combatir ese estado de pos­tración, un psiquiatra amigo suyo le había recetado una mezcla de psicotrópicos y ansiolíticos cuyos acu­mulados efectos estaban alterando sus reflejos y hábi­tos. No era su voluntad, sino esta pildora o aquella cápsula lo que le recordaba cuándo precisaba activarse, concentrarse en sus actividades docentes, investigado­ras, o si, por el contrario, era preceptivo relajarse y dormir. Con frecuencia venía registrando síntomas de dispersión, somnolencia, irritación nerviosa; sus ideas parecían flotar en una burbuja gaseosa, destrabándose y alejándose unas de otras como molinillos de viento impulsados por corrientes de aire que soplasen en di­recciones opuestas…
En ese preciso momento, sin ir más lejos, sus sienes estaban latiendo con alocada presión contra la venta­nilla del helicóptero. La forma de El Hierro se desdibu­jaba a sus ojos. ¿Se debía a la neblina o al efecto de los medicamentos? Dax no podía saberlo, pero un fuerte mareo y una aprensiva sensación de inseguridad se estaban apoderando de él.
No supo a qué, pero tuvo miedo. Era un pánico en­fermizo, del tipo que se puede sentir poco antes de entrar a un quirófano, o del que se experimenta después, cuando uno empieza a despertar de la anestesia y nota un lacerante y desconocido dolor.
Por eso, casi agradeció que el piloto se dispusiera a contarle otro chiste. Desde que habían despegado de La Palma, Gabriel Sendín le había contado unos cuan­tos, todos escabrosos.
—¿Sabe el de los porrones? —le preguntó el piloto, soltando los mandos para rascarse la nuca.
—¿Le ocurre algo?
—¡Me pica! Es como si se me hubiera metido un bi­cho. ¡Sal de ahí!
Dax se le quedó mirando, atónito. En su intento de rascarse la espalda, el piloto se había quitado el cinturón de seguridad y se retorcía en su asiento. El helicóptero cayó una decena de metros. Paralizado por el temor a estrellarse contra la superficie de aquella accidentada tierra volcánica cuyos agresivos contrastes desfilaban vertiginosamente debajo de él, Dax acertó a exclamar:
—¡Coja los mandos!
El piloto dejó de rascarse y estabilizó el aparato. Dax soltó un suspiró de alivio.
—¿Era una broma, no?
—¿El qué?
—Lo que acaba de hacer. Fingir que nos íbamos a estrellar.
—¿Un piloto bromista? —repitió Sendín, abriendo mucho la boca—. ¡Sí! —reconoció, rompiendo a reír—. Lo que acaba de ver no es nada comparado con las pi­ruetas que me gusta hacer en las prácticas de acroba­cia, pero ¿a que ha sido emocionante?
—Me gustaría llegar vivo. No haga más locuras.
—Está bien, no se ponga así. Le aseguro que otros pasajeros lo encuentran divertidísimo. Uno tiene que dar satisfacción a toda clase de clientes, incluidos los neuróticos que…
—¿Lo dice por mí?
—¡Claro que no! Y, para demostrárselo, voy con el siguiente chiste.
—Ya me ha contado demasiados.
—Este le va a encantar. Verá. Es uno que llega al cielo y se encuentra a un amigo que había muerto años atrás. El amigo está estupendamente, de lo más rela­jado y feliz. Y no es de extrañar, porque en el cielo le rodean un montón de chicas desnudas que sostienen en las manos porrones de vino, sidra y champán. «¿Esto es el cielo?», pregunta el recién llegado. «¿A que no te lo imaginabas así? —le responde el amigo—. No seas tímido, hombre. Puedes disponer a tu antojo de cuanto ves… ¿Qué te pasa, no me crees? Compruébalo por ti mismo. Anda, ven aquí y coge uno de esos po­rrones». El otro se anima a seguir su consejo, agarra un porrón y lo alza para beber un trago. Pero, por más que sacude el porrón, no cae una sola gota. Después de examinarlo, acaba haciendo un descubrimiento: «¡Este porrón no tiene agujero!». «¿Y qué te creías?», le replica su amigo, añadiendo: «¡Y las chicas tampoco!».
A su pesar, Dax esbozó una sonrisa. Como estímulo, fue suficiente para que el comunicativo piloto se lan­zara a contarle otro chiste:
—Un tío se acerca a una tía buena en una discoteca y le pregunta: «¿Bailas?». Ella le suelta un despectivo «no» y él añade: «En ese caso, lo de follar es que ni te lo planteo».
Una compulsiva carcajada hizo inclinarse al piloto sobre el panel de navegación. El helicóptero perdió es­tabilidad. Dax reparó en que el patín de babor sobresa­lía por encima de su eje visual y zarandeó a Sendín.
—¡Reaccione! ¡Vamos a matarnos!
Sin alterarse lo más mínimo ni dejar de reír, el pi­loto recuperó el dominio de la aeronave.
—¿No es buenísimo?
—¿El qué?
—¿Qué va a ser? ¡El chiste!
—Está usted como una cabra —masculló Dax.
—Hay que estarlo para volar en un trasto como éste. ¡Eh, nos estamos quedando sin combustible! ¡Mire a ver si hay una gasolinera por aquí cerca!
Otra vez el piloto se estaba partiendo de risa. Dax renunció a celebrar su última broma y decidió dejarlo por imposible. Sabía que ciertos episodios de la histo­ria personal de Gabriel Sendín permanecían en zonas de sombra. No le había conocido hasta esa misma ma­ñana, en el aeropuerto de La Palma, pero sus compa­ñeros de la Estación tinerfeña le habían hablado de él. Y no demasiado bien.
Sendín había llegado a Santa Cruz de Tenerife como médico. Firmó un contrato con una cadena de hoteles y abrió consulta propia. En tan sólo unos cuantos me­ses adquirió casa y coche. Tenía amigos, éxito con las mujeres. Continuó ganando dinero y disfrutando de la vida hasta que fue denunciado por haber emitido un diagnóstico erróneo, con graves consecuencias para la salud de uno de sus pacientes. En el curso de la inves­tigación posterior, la organización colegial descubriría que, aunque llevaba cinco años despachando como tal, Sendín no era médico. Nunca había terminado la ca­rrera. Un tribunal le condenó a tres años de prisión, de los que cumpliría diecinueve meses. Al salir, se matri­culó en las asignaturas que le faltaban, concluyó Medi­cina y obtuvo el título de piloto, oficio que acabaría ejerciendo.
El helicóptero en el que estaban volando era de su propiedad. Sendín lo utilizaba indistintamente para transporte de pasajeros o tareas de rescate. Algunas de ellas, de alto riesgo, le habían rehabilitado ante las au­toridades de salvamento marítimo, redimiendo su golfa leyenda y concediéndole un cierto y —aquí sí— bien merecido prestigio. El dinero lo ganaba, sobre todo, con turistas o particulares, en tours aéreos y vue­los individualizados que incluían aterrizajes en parajes apartados o exóticos de las islas.
—Voy con otro chiste —amenazó Sendín—. ¿En qué se parecen una chica y un helicóptero?
—No tengo ni idea —bostezó Dax.
—Piénselo.
—No lo sé, ya le digo.
—En que el helicóptero tiene una cabina con alas y a las chicas…
—¿Qué es aquello? —le interrumpió Dax, deseando cambiar de tema e interesándose en algo que acababa de divisar en tierra.
Atravesaban un área de turbulencias. Sendín aferró el timón.
—¿A qué se refiere?
Estaban sobrevolando los conos del extremo suroc- cidental de El Hierro. Dax no acertaba a definir lo que se vislumbraba en la cima de uno de ellos, el más próximo al mar.
—A esa curiosa… instalación. Allí.
El piloto alargó el cuello hacia la ventanilla.
—¿Cerca del faro, en la ladera de aquel cráter de co­lor mostaza?
—Eso es.
—¿Con paneles solares, vegetación y una piscina adaptada a una cubeta de lava?
—¿Quiere decirme que esa especie de lágrima ce­leste es una piscina?
—De diseño —matizó Sendín—. La casa se abre al interior, adaptada a una cueva. Pero no vaya a imagi­narse algo así como la madriguera de un squatter. Se trata del capricho de un millonario. Una verdadera mansión, según tengo entendido, al estilo de las cons­trucciones de César Manrique.
Al vulcanólogo le costó creerlo.
—¿Una vivienda de lujo dentro de un cráter? ¿Cómo han permitido las autoridades urbanísticas construir algo así?
—No tengo ni idea, pero en estas islas el dinero suele abrir muchas puertas. Las costas están plagadas de viviendas que no respetan la legislación, edificadas en enclaves prohibidos. Ésta es, simplemente, una irregu­laridad más.
—¿Ha visitado esa casa?
—No, ni creo que lo haya hecho nadie. Un construc­tor de Valverde me enseñó unas fotos cuando estaban acondicionando la vivienda. Es insólita, una auténtica virguería. Tiene túneles, un estanque subterráneo… ¿Le interesa? Aguarde, nos acercaremos un poco más. De ese modo la verá mejor.
El helicóptero trazó un amplio círculo sobre el ana­ranjado cono en el que alguien, lo bastante excéntrico y rico para ello, pensó Dax, había edificado un sueño hundiendo sus cimientos en aquel abrupto entorno de escoria volcánica y antiguos materiales eruptivos. El aparato siguió perdiendo altura hasta que el cuello del volcán, como el de un decapitado búfalo, quedó a me­dio centenar de metros de ellos. Entre la bruma se apreciaban las fantásticas tonalidades del cráter, rojo caldero, negro carbón, variedades y matices de amari­llos y verdes apagados como la retama o el musgo, o brillantes como el caparazón y las alas de algunos in­sectos… Un jardín tropical, con altas yucas, cactus y palmeras se escalonaba en la ladera interior del cono. Entre las plantas se apreciaban construcciones de ma­dera y lo que parecían reflejos de superficies acristala- das; grandes ventanales, quizá.
—El emplazamiento es idílico —observó Dax—. Pero ¿dónde comprarán el periódico y el pan?
—Esa gente no necesita a nadie.
—¿Viven ahí?
—Que yo sepa, buena parte del año.
—¿Cómo se abastecen?
—Utilizan energías alternativas.
—¿Y el agua?
—Puede que dispongan de algún manantial. Como en tantas casas de El Hierro, almacenarán en aljibes el agua de lluvia. Pero esa edificación es única, ya le digo.
—¿La gente la conoce?
—Una guía la incluyó entre los atractivos de la isla, pero el dueño no paró hasta que consiguió retirar la publicación. ¿No quiere saber a quién pertenece?
—Al final, ha conseguido despertar mi curiosidad.
—A Leo Cosmo.
El helicóptero estaba remontando el vuelo. El rotor de las hélices hacía tal ruido que no dejaba oír.
—¿A quién?
El piloto tuvo que elevar la voz.
—Cosmo, el director de cine. Creo que fue muy fa­moso en su época, allá por los años setenta y ochenta.
—Lo sé. He visto sus películas. ¿Y usted?
—Mentiría si dijera que sí. Una vez entré en Inter­net y me enteré de que había adaptado algunos cuen­tos de Edgar Alian Poe y filmado una versión sui géne- ris de Jack el Destripador.
Dax asintió. Era muy aficionado al cine. En su me­moria, las películas, como los minerales, se clasificaban por antigüedad y género. Había visto una decena de cintas de Cosmo, entre ellas su versión del Destripador. Se titulaba Vayamos por partes y era un cóctel entre trá­gico y gótico, con unas gotas de esperpento y fantasía, sobre los sanguinarios crímenes de Whitechapel.
Leo Cosmo no se llamaba así. Se trataba de un seu­dónimo, pero Dax nunca había sabido su verdadero nombre.
En cambio, sabía que, aunque el director era espa­ñol, prefería trabajar con actores extranjeros. Había fil­mado con los hermanos Fonda y con un jovencísimo Jack Nicholson. Muchas de sus películas se habían ro­dado en España. Solía utilizar escenarios reales, casti­llos, monasterios. Vayamos por partes no era su mejor trabajo, aunque sí muy representativo de su humor corrosivo y, en ocasiones, por truculento, desagradable. Cosmo había facturado productos de más calidad, pero su estilo siempre había sido… Original, deca­dente, pensó Dax. Para apelar a su memoria, el vulca- nólogo cerró los ojos. En débiles policromías, su mente iluminó imágenes de mórbidas doncellas, resbaladizas escaleras de piedra por las que reptaban seres de ultra­tumba, criptas en las que los vampiros dormían el li­gero sueño de la eternidad… El cine de Cosmo era ex­cesivo, kitsch, y, sin embargo, poseía una rara fuerza, una malsana inspiración…
—¿Cuándo se trasladó Leo Cosmo a El Hierro? —le preguntó al piloto.
—Hará unos tres o cuatro años que hizo construir la casa del volcán. Lleva una vida apartada. De vez en cuando abandona la isla, pero siempre vuelve.
—Creí que había muerto.
—Y yo, hasta que un buen día contrató mi aparato. El de volar, quiero decir.
Sendín volvió a estallar en carcajadas. Su pasajero temió que fuese a castigarle con un nuevo chiste. Para evitarlo, preguntó:
—¿Qué impresión le causó?
—¿Quién? ¿Cosmo? Entre una cobra y una pitón, ¿qué reptil elegiría?
—Hablo en serio.
—¿No sabe que los artistas llevan una bolsa para el veneno?
—Cosmo no tenía fama de mala persona.
—A mí me pareció un prepotente.
—Su cine me interesa. Hábleme de él.
—Lo haré mientras seguimos sobrevolando la isla.
—¿Tiene que prolongar el vuelo?
—No necesariamente.
—¿Entonces?
—Será una corta travesía de placer.
—Malgastará combustible. ¡Espere un momento! ¿No lo hará por mí?
Sendín le guiñó un ojo.
—¿Por quién, si no?
—¿Con qué propósito?
—Para que se vaya ambientando. La estancia en El Hierro es dura y yo no estaré ahí abajo para confortarle con mi selección de chistes. De entrada, intentaremos que su llegada a la isla del fin del mundo sea lo más grata posible. Tiempo tendrá de arrepentirse por haber venido.
—Espero no tener que hacerlo.
—Lo lamentará, eso está escrito. De lo único que puede uno estar seguro en El Hierro es de echar de menos al resto del mundo.
—Suena como una maldición. ¿No hay excepciones?
—Como hay locos para llenar los manicomios.
—Deduzco que no es un admirador de la isla.
—No, no lo soy. El viento es traicionero y este mar… Me produce frío. Ni loco me bañaría en estas costas.
Como dando la razón al piloto, se puso a llover. La meteorología no invitaba a continuar en el aire, pero Dax terminó agradeciendo aquel paseo panorámico. Había estudiado infinidad de gráficos e imágenes de El Hierro, incluido un programa informático en tres dimensiones que permitía recrear su génesis, la coli­sión entre las placas oceánicas, las convulsiones que habían hecho aflorar hirvientes calderas, ríos de magma, un triángulo de tierra volcánica en medio de la nada; pero así, tan cerca, entre bancos de niebla, con cientos de cráteres a cielo abierto, con los tenebrosos acantilados salteados aquí y allá por misteriosas ca­vernas y petroglifos, la isla le resultó una perfecta des­conocida, inhóspita y altiva, envuelta en un halo de leyenda.
Sendín fue señalándole algunos lugares de interés y las minúsculas poblaciones. Después, como si estu­viera obsesionado con Leo Cosmo, y sin que Dax le hubiese vuelto a preguntar sobre él, se refirió de nuevo al director de cine.
—Cosmo necesitaba desplazarse a Lanzarote —re­cordó el piloto—. Previamente, me hizo volar sobre las islitas de Alegranza y La Graciosa. Llevaba una cámara y se puso a filmar desde al aire. Su mujer era de esas que…
—¿La última? —curioseó Dax. Sabía que Cosmo ha­bía estado casado en varias ocasiones. Su vida privada era poco conocida.
—Supongo.
—¿Muy joven?
—Unos veinticinco.
—¿Atractiva?
—Provocativa —matizó Sendín—. Le daré más de­talles, para que sueñe con ella. Llevaba un top muy ce­ñido y tres gaviotas tatuadas alrededor del ombligo.
Dax sonrió.
—Veo que le impresionó.
El piloto sentenció:
—Hay tías por las que uno perdería la bola. Ésa era una.
Dax frunció los labios.
—No sigamos hablando de mujeres. No en otra isla semidesierta.
Sendín estalló en una carcajada.
—¡Lo he cogido! ¡Es gay!
Semejante salida de tono irritó al vulcanólogo.
—Ese chiste no ha sido tan divertido.
El piloto le propinó un puñetazo amistoso.
—No me lo tenga en cuenta. ¿Estoy disculpado? Gracias. Volviendo a la mujer de Cosmo… ¿Qué haría esa chica con un tipo cuarenta años mayor que ella? ¡Viejo rijoso! Le decía cosas bonitas, pero como se las diría a una mascota, a un animalito de compañía. Sim­plemente el tono con que se dirigía a ella ya resultaba insultante. La pobre parecía anulada, colgada… Jamás me había tropezado con una pareja tan estrambótica. Los dejé en el aeropuerto de Lanzarote. Un Rolls que habían hecho transportar en barco les estaba espe­rando. Antes de subir a aquel automóvil de superlujo, Cosmo se volvió, me enfocó con su cámara y nos grabó a mi helicóptero y a mí. Tuve una sensación invasiva. Ese hombre te intimidaba con los gestos, con la voz… Era todo arrogancia, un pedazo de cabrón como he visto pocos.
Dax volvió a señalar a tierra y Sendín asintió. Abajo, cerca de la costa, se distinguía el aeropuerto, con el pe­queño edificio de la terminal y una pista que desde el aire aparentaba ser demasiado corta. El fuerte viento desestabilizaba la aeronave.
—La cosa se está poniendo fea —advirtió el pi­loto—. Vamos a aterrizar.
Justo cuando la libélula de acero apuntaba a la torre de control, un relámpago desgarró el cielo y se puso a llover torrencialmente. Dax tuvo la vertiginosa sensa­ción de que un dinamismo más poderoso que la grave­dad se disponía a succionarles hacia el centro de la tie­rra, pero Sendín apeló a su pericia y el aterrizaje fue rutinario.
Cuando las hélices dejaron de girar, Dax estrechó la mano del piloto, abrió la portezuela y echó a correr bajo el aguacero. Llevaba su mochila a la espalda, en una mano la bolsa con el equipo de buceo y en la otra el maletín con su ordenador portátil.
Antes de refugiarse en la terminal permaneció unos segundos bajo la lluvia, contemplando el mar. Las olas restallaban contra el espigón con tal fuerza que el solo pensamiento de quedar a su merced infundía pavor.
Había llegado a su destino.

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