Pasaje al noroeste

pasajeNoroeste

El protagonista de esta novela es el creador de los Rangers, el oficial Rogers, que en Estados Unidos es una de las figuras más célebres de las guerras contra franceses e indios, pero la atención se centra también en Langdon Towne, un pinto que pretende captar los modos de vida de los indígenas antes de que estos desaparezcan. A través de los ojos del pintor asiste el lector a la pericia vital de Rogers, quien está empeñado en encontrar un paso al Pacífico por el noroeste y para ello emprende una impresionante expedición que le expone a él y a sus hombres a las más emocionantes aventuras. Mediante este relato, asuntos como las costumbres de los indígenas, el carácter tempestuoso de Rogers y la dureza del medio van cobrando protagonismo y contribuyen a dotar de densidad a una emocionante novela histórica de aventuras.

ANTICIPO:
Cuando me incorporé sobre mis rodillas, aturdido, el grupo de hombres que momentos antes había sido la encarnación de la más violenta energía, yacía en tierra, como un montón de ruinas humanas del que brotaban débiles movimientos, gruñidos e incoherencias. El aire estaba cargado con el denso y salitroso olor de la pólvora y del hedor mohoso del cuero quemado. En las copas de los árboles se cernía una nube de humo azulado que subía lentamente.

Me di cuenta de que corrían hombres por todas partes hacia aquella pila contorsionada y humeante. Me adentré en ella buscando a Hunk Marriner, al que en seguida reconocí por su cabellera rubia. Estaba de rodillas, tocándose el hombro de su camisa de ranger, de la que salían unas volutas de humo gris. Tenía el rostro y las manos ennegrecidas.

-Espera -le avisé-: yo te la cortaré. Corté la manga con mi cuchillo. Entre manga y piel se había introducido la pólvora que, ardiendo aún, ennegrecía y ensangrentaba el brazo.

-¿Puedes quitar la pólvora? -preguntó Hunk-.¿Todavía arde? -Ya no -contesté-. Ha salido toda. Pasa el brazo por mi hombro, y te sacaré de aquí.

Hunk levantó las manos. Tenía ambas palmas llenas de granos de pólvora.

-Me faltó muy poco para arrebatarle ese saco de pólvora -comentó-. Casi le había puesto las manos encima cuando disparó el mosquete. ¿Qué le ha ocurrido a ese mohawk?

-Se ha ido -contestó detrás de mí la voz áspera y avinagrada de McNott.

Le miré. El sargento estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas. Tenía el rostro tan negro como Hunk. La pernera izquierda de su pantalón estaba rasgada, y la pólvora ardiente le había alcanzado de tal modo en la rodilla que podía apreciarse el blanco de los tendones entre la carne ensangrentada y ennegrecida.

Odien, acercándose por la espalda, miró fijamente al sargento.

-Aquí está McNott –anunció-. Subidle a la colina.

-Cuidado con esa pierna -avisó McNott-. ¡U os retorceré el pescuezo! La mitad de mis polainas se echaron a perder en ese agujero.

-Yo llevaré a Marriner -dije a Ogden-. Si no, le harán daño en el hombro al transportarle.

Le rodeé la cintura y le alcé por los pies. Cuando me dirigía hacia la colina, Williams se acercó y observó con atención el hombro de Hunk. El capitán estaba casi desfigurado. Todo un costado de su rostro había sido alcanzado por la pólvora, su ojo izquierdo estab completamente cerrado, y la mitad de su cabello color de estopa había desaparecido, dejando en su lugar una barba incipiente y chamuscada.

El capitán Ogden le imploró, hablándole a la altura del codo: -Hay que hacerse mirar ese ojo, capitán. Ya deberían haberle atendido.

-No es nada, capitán -respondió Williams animadamente-. Me encuentro muy bien. Ocúpese de los demás y no se preocupe por mí. -y luego comentó a Hunk-: Se ha portado bien. Le ha faltado poco para salvarnos.

-Creí que lo había hecho -respondió Hunk-. Debí de haberme percatado de sus intenciones cuando hundió el cuchillo en el saco.

-Nada de eso -contestó Williams-. Nada de eso. Obró usted tan deprisa como cualquier otro. Llegará a ser un buen ranger. Estoy encantado de tenerle en mi compañía. -Después echó un vistazo a la herida de Hunk con el ojo bueno-. Sí -añadió con una alegría disimulada-. Se pondrá bien. Todo irá bien.

Tambaleándose como un borracho, se alejó de nosotros, pero Ogden lo asió por el brazo y lo condujo hasta una arboleda. Brotando del ojo dañado, un húmedo torrente había abierto un surco blanco en la ennegrecida mejilla de Williams. Tuve el doloroso pensamiento de que muy probablemente no volvería a dirigir otra compañía; y que Hunk no sólo no podría volver a servir en alguna compañía, sino que tal vez ni siquiera podría cargar un fusil al hombro.

Acomodé a mi amigo en el montículo tan cómodamente como pude. Mientras le retiraba la pólvora de la herida, vi volver a Rogers después de pasar revista a los balandros. Esperaba verle mostrar violenta ira o disgusto por lo sucedido; pero sólo me pareció interpretar en su rostro cierta macabra ironía y un curioso alivio. El sargento Bradley acudió a atender a Hunk, y yo me acerqué a Rogers con mi cuaderno en la mano. Los oficiales le rodeaban y, ante él, Butterfield daba una presurosa explicación. Parecía totalmente ileso.

-Necesitábamos esa pólvora -comunicó Butterfield-. Si el capitán Williams no hubiese intervenido, le habría arrebatado el saco al indio sin la más mínima dificultad, y nada de eso habría pasado.

Rogers se echó a reír.

-¿Y cómo sabe usted lo que hubiese pasado? Trata usted con un indio, y debió de saber que con los indios no pueden tomarse ciertas libertades. Se porten como se porten, necesitamos su amistad. ¡Ya tenemos bastantes enemigos como para encima aumentar su número!

Rogers se echó la gorra hacia atrás, miró a los oficiales, y fijó la mirada en Butterfield.

-Pero eso no nos ocupa en estos momentos. Lo esencial es que usted no mantuvo la disciplina y cuando eso falla, todo se desmorona. Perdió usted la cabeza, y quizá eso sea bueno para el resto de la compañía. El oficial que pierde la cabeza una vez, generalmente volverá a perderla, así que más vale que esto se haya producido ahora y no más tarde, cuando no nos fuera tan sencillo salir del apuro.

-Mayor -dijo Butterfield con seriedad-, yo no perdí la cabeza ni un solo momento. Fueron los demás quienes la perdieron. Era consciente de lo que estaba haciendo en todo momento.

-No quiero discutir eso -repuso Rogers-; pero cuando alguien pierde la cabeza, normalmente se puede contar con una cosa: que el único que sale bien parado es precisamente quien ha perdido la cabeza. Todos los demás perecen de un modo u otro. Y veo que usted no está herido. Por tanto, capitán Butterfield, ha de regresar a Crown Point. Bastante daño ha causado ya a mis hombres. Preveo que, de someterle a un consejo de guerra, aún nos haría más. Supongo que será suficiente castigo que vuelva y diga al general Arnherst que por motivos de salud no puede atravesar Otter Point. Se retira por enfermo, al igual que todos los provinciales que regresarán con usted, así como los regulares y los rangers que hayan de abandonar por encontrarse heridos. Estos hombres están enfermos o quemados por la pólvora. Eso es lo único que contará sobre lo ocurrido.

Avanzó unos pasos hacia los botes, pero luego se giró y gritó:

-¡Capitán Williams!

Williams avanzó, sostenido por Ogden.

-Le confío -dijo Rogers- el mando de todos estos hombres: Indios, rangers, regulares y provinciales. Los llevará al fuerte. El resto nos quedamos aquí.

El capitán Williams ofrecía un doloroso espectáculo. Aunque Ogden se había esforzado en quitarle los granos de pólvora, la carne que rodeaba su ojo herido estaba abierta y ensangrentada y el otro ojo se cerraba también por un acto reflejo, de modo que tenía que apartar mucho la cabeza para conseguir ver.

-Mayor -repuso, moviendo los labios con dificultad-, estaré curado en un par de días. Puedo ver con el ojo derecho; puedo

apuntar un mosquete. Y caminar igual de bien que…

-Volverá al fuerte -le interrumpió Rogers-. Estas son mis órdenes. Volverán por tierra, porque necesito todas las barcas. Se llevará a todos los rangers y regulares que hayan sufrido quemaduras y también a aquellos cuyos uniformes presenten rastros de pólvora.

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