Peligro tentador

PeligroTentadorEileenWilks

Lily Yu, una detective de San Diego, investiga una serie de macabros crímenes que parecen haber sido causados por un hombre lobo… y para cazar al asesino tiene que infiltrarse en los clanes. Solo hay un hombre que puede ayudarla, un hombre lobo llamado Rule Turner, príncipe de los lupi, cuya presencia carismática inquieta a Lily profundamente. La lógica y el honor exigen que Lily mantenga las distancias, pero la atracción entre ambos es inmediata y devastadora, más allá de la razón y la lógica humanas. En su carrera contra el mal, Lily se enfrentará a pruebas que jamás hubiera imaginado, y con un hombre en el que no está segura de poder confiar cubriéndole las espaldas.

ANTICIPO:

Irresistible

Lily evitaba observarle, como si al no mirarle directamente pudiera pretender que no se sentía atraída por él. Él dio dos pasos y se acercó a ella, parándose tan cerca que sintió cómo su olor lo envolvía, a pesar de que todo lo demás en ella pareciera rechazarle. El rápido latido de su corazón le aconsejó que hiciera lo que tuviera que hacer lo antes posible.
—De acuerdo, iremos —dijo—. Pero primero… —Se inclinó y la besó en sus labios fruncidos.
Esperaba recibir un puñetazo, y no solo por el beso. Ya había decidido dejar que ella se desquitara. Pero no esperaba aterrizar con el trasero en el suelo.
Rule la miró sorprendido. Lily había colocado su pierna detrás de su rodilla y le había empujado. Cayó al suelo antes de que sus labios pudieran tocar los de ella.
—Nunca des nada por sentado. —Ella abrió la puerta del coche—. Ah, y podrás darme esa explicación —dijo entrando en el coche— en el camino de vuelta. —Y cerró la puerta con un golpe seco.

1

No quedaba mucho de la cara. Lily se quedó lejos, intentando que sus zapatos nuevos, negros y de tacón, no se mancharan en aquel charco de sangre que empezaba a secarse por los bordes, pero que aún seguía pegajoso cerca del cuerpo. Se recordó a sí misma que había visto cosas peores cuando trabajaba en el departamento de Tráfico.
Pero no era lo mismo sabiendo que alguien había hecho aquella carnicería a propósito.
La niebla, atrapada en el aire caliente, era visible por los focos de la policía y la notaba húmeda contra su rostro. El olor a sangre llegaba intenso hasta su nariz. El flas del fotógrafo iluminó el lugar en secuencias de dos segundos mientras recogía instantáneas de la escena.
—Hey, Yu —dijo el oficial tras la cámara. Era un tipo bajito de mejillas coloradas y el pelo rojo tan corto que parecía la pelusa de la piel de un melocotón.
A ella no le hizo gracia. O’Brien nunca se cansaba de hacer chistes, aunque estuvieran rancios y gastados. Si llegaran a vivir cien años y se encontraran de repente en un asilo, lo primero que él diría sería «¡Hey, Yu!». (1)
Eso suponiendo que ella mantuviera su nombre de soltera durante los próximos setenta y dos años. Y considerando el torbellino que era lo que ella, de forma optimista, llamaba su vida social, parecía probable que ocurriera.
—¿Sí, irlandés?
—Parece que tenías una cita caliente esta noche.
—No, mi gato y yo siempre nos vestimos elegantes para cenar. Harry el Sucio está guapísimo con esmoquin.
O’Brien se rió y se movió para cambiar de ángulo. Lily se aisló de él, de los de la policía científica, de los curiosos que se agolpaban tras la valla y de los agentes de uniforme que los mantenían allí. La sangre derramada atrae a las multitudes como el azúcar derramado atrae a las moscas. Aunque, probablemente, el público que curioseaba en este crimen en particular ni siquiera fuera del barrio. Allí la gente sabía que la curiosidad siempre tenía un precio. Sabía cómo sonaba un tiroteo, y qué aspecto tenía una transacción de drogas. Los miembros del público que estiraban el cuello para poder ver un poco de sangre eran probablemente clientes del club nocturno que había en esa misma calle. El Club Infierno atraía a un tipo de clientela muy concreta.
Y la víctima tampoco tenía aspecto de ser de los alrededores. Estaba tirado sobre el cemento. Había un vaso de bebida extragrande aplastado junto a sus pies, un trozo de periódico bajo su trasero y una botella de cerveza rota junto a un pie. Lo que fuera que le había arrancado la garganta y destrozado su rostro había dejado intactos su ojo y mejilla derechos. Un ojo asustado de color marrón miraba hacia arriba y sobresalía de la suave piel del color de la mecedora del porche de su madre. Vaqueros de marca, observó, de los que se compran en tiendas caras. Zapatillas negras, de marca también. Una camisa de seda roja.
La tela en la manga derecha estaba hecha trizas hasta por encima del antebrazo. Tenía tres heridas profundas, probablemente defensivas. El brazo estaba extendido con la palma de la mano hacia arriba y los dedos encogidos como hacen los niños cuando duermen.
La otra mano estaba a cuatro metros, apoyada contra uno de los postes del balancín.
Un parque infantil. Alguien le había arrancado la cara a este tipo en un parque infantil, ¡por Dios! A Lily se le cerró la garganta y sintió un dolor que le atravesaba los hombros. Desde que la ascendieron a Homicidios había visto la muerte a menudo. Ya no le daban ganas de vomitar, pero el remordimiento, el dolor por el desperdicio, nunca habían desaparecido del todo.
La víctima no era tan joven como para haber disfrutado del balancín recientemente. Quizá mediada la veintena. Le calculó un metro sesenta de altura y ochenta y un kilos de peso. Los hombros y los brazos de alguien acostumbrado a levantar peso, muslos musculosos. Había sido fuerte, y probablemente había alardeado de su fuerza. Sin embargo, no le había servido de nada esa noche.
Tampoco la pistola del veintidós que aparentemente llevaba con él. Estaba cerca de la mano seccionada, como si en el estertor de la muerte los dedos la hubieran dejado caer al suelo.
—Cuidado, detective, no se vaya a manchar ese precioso vestido.
Lily siguió examinando el cuerpo. Conocía esa voz, era la voz del hombre que la había puesto al corriente nada más llegar.
—El escenario de un crimen se contamina más a menudo por culpa de los agentes de policía que por culpa de los civiles. ¿Tiene alguna razón para andar por aquí con sus enormes pies, Phillips?
—Estoy a tres metros del cuerpo, por Dios.
Ahora sí que le miró. El agente Larry Phillips era parte de la patrulla que había acudido a la escena del crimen en primer lugar. Lily no le había visto nunca antes, pero conocía a los de su clase. Él tenía más de cuarenta años, todavía patrullaba las calles y vivía amargado por eso. Ella era mujer, tenía veintiocho años y ya era detective.
A él no le gustaba ella.
—Lo crea o no, se pueden encontrar pruebas a tres metros del cuerpo. Incluso a más. ¿Qué es lo que quiere?
—Venía a decirle que ninguno de esos serviciales ciudadanos que hay detrás de la valla ha visto nada. Estaban de fiesta en el club, salieron todos juntos y vieron las bonitas luces parpadeantes de los coches de policía. Se acercaron para ver qué estaba pasando.
—¿Se refiere el Club Infierno?
—Ahí es donde va a tener que buscar a su asesino. En el laboratorio no van a averiguar nada de nada.
—Podría haber otro tipo de pruebas.
Él se rió.
—Sí, claro. Es posible que haya dejado una tarjeta de visita. O quizá esté usted de acuerdo con mi compañero, que cree que lo ha hecho un cachorrito.
Ella miró hacia el hueco en la valla que hacía de entrada y salida, donde el compañero de Phillips, un joven oficial hispano, intentaba mantener a raya a la multitud junto a otros policías, y recogía nombres y direcciones.
—¿Su compañero es novato?
—Sí. —Phillips sacó de su bolsillo un mondadientes envuelto en celofán, le quitó el papel y se lo metió en la boca—. Le he hablado de los cachorritos y de que, normalmente, no le arrancan la mano a un tipo de un solo mordisco.
Phillips no era estúpido, reconoció ella. Solo un poco cargante. Asintió.
—Un hombre que esté en forma puede librarse de un perro. Pero no hay signos de pelea, y está la pistola… —Que la víctima probablemente llevaba encima, aunque era posible que hubiera una tercera persona en la escena. Negó con la cabeza—. La bestia tuvo que ser muy rápida cuando atacó.
—Son rápidos. Seguro que el pobre imbécil ni se dio cuenta de que ya no tenía mano.
—Pero tuvo buenos reflejos. Intentó esconder la cabeza, protegerse el cuello, y ahí es donde perdió parte del rostro. Después, eso le arrancó la garganta.
—Vamos, vamos. No debe decir «eso». Tenemos que decir «él», ya sabe, tratarlos como a gente normal. Los mismos derechos ante la ley.
—Conozco la ley. —Miró a Phillips. Hacia arriba. Era un hombre alto, fibroso, probablemente medía más de metro ochenta. Aunque también era cierto que Lily tenía que levantar la cabeza para mirar a cualquiera a los ojos. Se había convencido de que ya no le molestaba tener que hacerlo—. Este es su terreno, oficial. ¿Puede identificar a la víctima?
—No es del barrio.
—Ya, hasta ahí he llegado. Quizá vino a por un poco de acción. Drogas, sexo o diversión en el Club Infierno, ligeramente más legal que todo lo demás. Si es un cliente asiduo quizá le haya visto por aquí alguna vez.
Él negó con la cabeza. El mondadientes parecía estar pegado a su labio inferior.
—Esto no ha sido una pelea por drogas, ni un chulo castigando a un tipo que no paga. Ni siquiera ha sido un asesinato, la verdad. Tres años atrás, la Patrulla X se habría encargado de un caso como este. Ahora, era cosa de Homicidios.
—Los tribunales dicen lo contrario.
—Y ya sabemos lo inteligentes que son esos puñeteros jueces. Ahora resulta que tenemos que tratar a esas bestias como si fueran seres humanos. Esa carnicería que tiene a sus pies prueba que ha sido una gran idea.
—Los hombres hacen cosas peores a otros hombres. Y a las mujeres. Y la escena tiene que mantenerse intacta.
—Claro, detective. —Phillips le dedicó una sonrisa burlona, se dio la vuelta, y entonces se paró y se sacó el mondadientes de la boca. Cuando miró a Lily a los ojos, la burla y la ira ya habían desaparecido—. Un consejo de alguien que estuvo quince años con la Patrulla X. Llámelos como quiera, pero no tome a los lupi por humanos. Son difíciles de herir, son más rápidos y más fuertes que nosotros, y les gusta nuestro sabor.
—No parece que este se haya parado a saborear mucho.
Él se encogió de hombros.
—Algo lo interrumpió. No olvide que legalmente solo son humanos cuando andan sobre dos piernas. Si se encuentra con uno que vaya a cuatro patas, no le arreste, péguele un tiro. —Tiró el mondadientes al suelo—. Y apunte al cerebro.
—Intentaré recordarlo. Y recoja ese mondadientes.
—¿Qué?
—El mondadientes. No es parte de la escena del crimen. Recójalo.
Él frunció el ceño, se agachó, lo cogió del suelo, y se marchó, murmurando algo sobre zorras marimandonas.
—No creo que hayas hecho un amigo —dijo O’Brien alegremente.
—Me destroza el corazón que así sea. —Hizo una pausa. El coche que acababa de aparcar detrás de la ambulancia era de la oficina del forense. Mejor darse prisa y acabar cuanto antes.
—Parece que en breves momentos van a declarar legalmente muerta a nuestra víctima. ¿Has acabado con las fotografías?
—¿Necesitas echarle un vistazo más de cerca?
Las palabras en sí eran inocuas, el tono de voz era indiferente, pero ella sabía lo que él había querido decir. O’Brien había trabajado con ella el suficiente tiempo como para saber que lo que ella necesitaba no era echar un vistazo más de cerca. Aunque él no diría nada más. No era ilegal ser un émpata, pero podía ser complicado. La política oficial del departamento era «no preguntes, no hables de ello».
No era prejuicio. Los tribunales no aceptaban información que no se pudiera reproducir, y cualquier buen abogado podía destrozar la declaración de un oficial de policía si había trazas de algo paranormal en la investigación.
Pero la policía era pragmática. La política no oficial era echar mano de cualquier recurso para coger a los tipos malos, aunque tuvieras que hacerlo a escondidas. Y por eso Lily estaba en los barrios bajos examinando un cadáver, en vez de estar evitando a Henry Chen en la fiesta de compromiso de su hermana. Lo que probaba que siempre hay un lado bueno en todas las cosas. Lily miró a O’Brien y asintió.
—Adelante —dijo él y se colocó entre ella y la multitud de curiosos tras la valla, haciendo como que trasteaba con su cámara.
No era lo suficientemente grande como para evitar que nadie se diera cuenta de nada, pero sí dificultó que cualquiera pudiera ver lo que Lily estaba haciendo. Lily se lo agradeció. Se quitó la mochila, la dejó en el suelo, se acercó al cadáver y se arrodilló con cuidado para no tropezar con su falda. Cogió la mano del muerto.
Estaba floja. Todavía no había rígor mortis. La piel parecía de cera. La mano estaba azul y la cara tenía un tono púrpura. Ligeramente lívida. Nada de esto era concluyente, pero se podía decir que no llevaba muerto mucho tiempo cuando la central recibió la llamada anónima a las once y cuatro minutos de la noche.
Tenía las uñas cortas y limpias. Cuadradas. Los dedos cortos para el tamaño de la palma de la mano, ancha y plana. Arañazos parcialmente curados en los nudillos… Había participado en una pelea hacía pocos días. El blanco de la uña estaba pálido. No llevaba anillos.
Y Lily no sintió reacción alguna en su propio cuerpo.
La sangre se había deslizado por la palma de la mano del muerto y se había secado en una mancha marrón que se partió ligeramente cuando ella movió la mano para que la luz la iluminara mejor. Esa sangre había atrapado un mechón de pelo moteado. Lily lo tocó. Era como tocar el hormigón cuando el sol ya se ha puesto y sentir el calor que aún permanece en él. O como el momento después de usar un taladro, cuando el cuerpo aún recuerda las vibraciones.
Pero no era calor o vibraciones lo que sentía. Lily todavía no había encontrado palabras para describir la sensación de tocar algo que ha estado en contacto con la magia, pero era inconfundible. Una vez había intentado explicárselo a su hermana, a la más joven, Beth, no a su perfecta hermana mayor. Si todo lo que tocaras todo el día, todos los días, fuera suave, al instante en que tocaras algo rugoso lo sabrías. Aunque fuera algo pequeñito, diminuto, como era el caso de esa noche.
No, pensó Lily soltando la mano con suavidad. Los técnicos del laboratorio no descubrirían nada sobre este asesino. Por lo menos, no más de lo que ella había descubierto tocando esa fibra de pelo que el asesino había dejado en su víctima. Se levantó.
—¿Qué? Es inútil, ¿no? —preguntó O’Brien—. ¿Pierdo el tiempo recogiendo pruebas?
Lily le reprendió con la mirada.
—Harás las cosas según el procedimiento.
Él puso los ojos en blanco.
—Sí, claro. Necesito que me digas cómo tengo que hacer mi trabajo.
—Perdona. —Exhaló, expulsando sus emociones junto con su aliento—. Phillips tenía razón. La víctima es humana, pero el asesino es un hombre lobo.
—Lupus, querrás decir. —Enarcó las cejas—. Recibimos una nota sobre eso. Lupi es en plural, lupus en singular.
—También se le puede llamar «asesino». —Encogió los hombros, harta de toda esa cháchara políticamente correcta, y miró hacia los curiosos tras la valla.
—Parece que esta noche voy a tener que hacer una visita al Club Infierno.

Quince minutos después, el ayudante del forense declaró muerta a la víctima y Lily tenía una identificación positiva: Carlos Fuentes, edad 25. La dirección del carné de conducir era 4419 West Thomason, apartamento 33C. Phillips estaba comprobándolo en la base de datos de la policía. Lily fue a conversar con los serviciales ciudadanos.
Había seis personas, cuatro mujeres y dos hombres. La moda predominante para ambos sexos implicaba cuero y perforaciones corporales. Y mucha piel a la vista.
La que estaba mirando el carné de conducir que Lily llevaba en una bolsa de plástico vestía unos pantalones de cuero teñidos de verde lima y dos estrechas tiras de cuero que cruzaban su pecho:
la «X» señala el lugar. Su pelo era rubio donde no era púrpura. Llevaba siete pendientes en la oreja izquierda y tres en la derecha, una joya de rubí en la nariz y un pequeño aro en el ombligo.
Se llamaba Stacy Farquhar. Su voz era suave y aguda como la de las niñas pequeñas.
—Sabía que le había visto antes, pero ya sabe qué pasa con los carnés de conducir, nadie se parece a la foto.
Un hombre esquelético embutido en un traje de cuero negro miraba el carné por encima del hombro de Stacy. Su pelo castaño oscuro, brillante y cuidado, le llegaba más abajo de los hombros. Llevaba un pendiente en la oreja izquierda; un diamante o una imitación muy buena.
—Parece Carlos Fuentes.
—¿Carlos? —intervino otra mujer, una caucasiana rechoncha con el pelo teñido de negro recogido en docenas de trenzas. Se acercó y miró el carné de conducir que sostenía Stacy—. Dios mío. Es él. Pobre Carlos.
—¿Conocía a Carlos Fuentes, señorita? —preguntó Lily.
—Todos le conocemos. Quiero decir… suele andar por el club, a veces. —Miró inquieta a la otra mujer.
—Vamos, hombre —dijo el hombre delgado—. No es que fuera un secreto. Si lo van a descubrir de todas maneras.
—¿Sabes lo que te pasa, Theo? —preguntó la mujer rechoncha—. Que estás celoso. Estás verde de celos.
—¿Celoso yo? Tú sí que…
—¡No puedo creer que vayas a delatarlo! —gritó Stacy—. Ya sabes cómo le tratarán los polis.
La mujer rechoncha asintió.
—Los lupi siempre han estado perseguidos. Siglos de…
—…de los nervios… hiciste de todo menos meter droga en la bebida de Rachel para tener tu oportunidad con él.
—La brutalidad policial no es un mito, ¿sabes? Precisamente el año pasado en New Hampshire…
—… rozándote con él el martes pasado. Tan, tan obvio…
—Solían dispararles en cuanto los veían, así que si crees que cualquier lupi podría tener un juicio justo…
—Pero no quería nada de lo que tú le ofrecías, ¿a que no?
—¡Tú querías que él se sintiera atraído por los tíos, como tú!
—¿Quién? —preguntó Lily suavemente.
Todos se callaron, intercambiándose miradas culpables.
Uno de los hombres, Franklin Booth, constitución media, cabeza afeitada, chaleco con la piel vuelta sobre una camisa negra y vaqueros con incrustaciones plateadas en las costuras, tiró el cigarrillo que estaba fumando.
—Pobre Rachel.
Lily se volvió hacia él.
—¿Quién es Rachel?
—La mujer de Carlos. —Suspiró—. Está en el club con…
—¡Franklin! —exclamó la mujer rechoncha.
—Cariño, es inútil —dijo dulcemente—. Theo tiene razón. Lo descubrirán tarde o temprano. Y quizá tenga coartada. Todos le hemos visto allí, ¿no?
Un murmullo de alivio recorrió el grupo, con Stacy asegurando vehementemente que «él» había estado allí durante horas. Lily volvió a hablar con Booth.
—¿Rachel Fuentes está en el Club Infierno en este momento?
—Allí estaba cuando nos fuimos.
—¿Con quién estaba?
El hombre delgado se rió.
—¿Quién pondría a las mujeres así de nerviosas? Incluso a algunos de nosotros también, lo admito —añadió, e hizo una reverencia ante la mujer rechoncha concediéndole el tanto—. Quizá debería alegrarnos que los lupi sean religiosamente heterosexuales.
—Me vendría bien tener un nombre.
—Rule Turner, por supuesto. El príncipe nos honra con su presencia en el club de vez en cuando. —Sonrió satisfecho—. Aunque últimamente ha estado honrando a Rachel mucho más de lo normal.

Lily tenía órdenes de llamar al capitán Randall una vez hubiera acabado con los preliminares. Lo hizo de camino al Club Infierno.
El clac clac de los tacones contra el pavimento hizo que se sintiera sola. Culpó de ello a esa extraña niebla tan poco común en una ciudad como San Diego. Flotaba en el aire como un sudor frío. Se alegraba de no llevar gafas, pero ojalá no llevara tacones. Correr con ellos habría sido un infierno.
Aunque también era cierto que se suponía que era su noche libre. Marcó el número del capitán.
No podía recordar el último caso que tuvieron de un humano asesinado por un lupus. Por lo menos no habían tenido ninguno en San Diego desde que el Tribunal Supremo había equiparado las leyes y los lupi que cometían un delito recibían el mismo castigo que un humano, en vez de una bala. No era necesario consultar a un precog para conocer los titulares de mañana. Aquel caso iba a armar mucho revuelo.
Los años que Lily había pasado en Antivicio y en Homicidios antes de llegar a detective la habían endurecido, pero su armadura seguía íntegra y sin mácula como la de un caballero andante. Pensó que sería conveniente tomárselo con filosofía si decidían asignar el caso a algún detective más veterano… una vez que ella hubiera interrogado a todo el mundo en el Club Infierno.
Randall estaba esperando su llamada. Y a ella no le llevó mucho tiempo resumir todo lo ocurrido hasta entonces.
—Después de hablar con los mirones seguí las huellas del asesino, que se esfumaron cerca del extremo oeste del parque infantil. Pero pude rastrearlas más allá sin ningún problema.
—De hecho, se había quitado los zapatos y las medias, y sus pies descalzos pudieron seguir el rastro que la magia había dejado al pasar por allí. Sus pies acabaron hechos un asco, pero había merecido la pena—. El rastro terminó en un callejón entre la avenida Humstead y North Lee.
—¿No pudo seguir adelante?
—No, señor. Creo que ahí es donde cambió, entre dos contenedores de basura. —La magia que había percibido en el sucio pavimento había sido intensa, desconocida, pero bastante característica—. En forma humana no dejan el mismo rastro que cuando son lobos.
—Ya. ¿Ha asegurado la escena del crimen?
—Sí, señor. Los de la científica se pondrán manos a la obra en cuanto puedan. He dejado a O’Brien al mando.
—¿Qué diablos significa que le ha dejado al mando? ¿Dónde está usted?
—Llegando al Club Infierno —dijo, exagerando un poco. Todavía le quedaba una manzana para llegar—. La mujer de la víctima debería estar ahí. Quiero informarle personalmente de lo ocurrido. También tengo que hablar con Rule Turner.
Identificó el sonido áspero e inteligible como una risa sarcástica porque lo había oído otras veces.
—No pretenderá tomarme el pelo, ¿verdad, Yu? No la he sacado de la fiesta de su hermana para tener a otro al mando.
—Así que, ¿todavía es mi caso?
—Y está al mando. A no ser que crea que es demasiado para usted.
—No, señor, no lo creo. Pero no tengo tanta experiencia como otros detectives.
—Sus, mmm, habilidades especiales podrían resultar muy útiles. Y lo último que necesito ahora mismo es a un imbécil lleno de prejuicios haciéndose el duro con el príncipe Nokolai. Sabe cómo tratar a la prensa, y no tenga dudas de que la vamos a tener encima con este caso. Así que es suyo. Pero a no ser que obtenga una confesión de golpe y porrazo, va a necesitar ayuda.
Lily, sorprendida aún, estuvo de acuerdo inmediatamente.
—Le puedo dejar a Meckle o a Brady.
—Mech, es decir, el sargento Meckle. —Los dos eran buenos policías, pero a Brady no se le daba bien trabajar en equipo, sobre todo si el equipo era una mujer joven—. Dígale que le pida a O’Brien el instrumental para recoger pruebas y algo de papel. Si los lupi del club colaboran, me llevaré sus zapatos al laboratorio. Mech podrá examinar sus ropas.
—El asesino no llevaba ropa cuando le arrancó la garganta a Fuentes.
—No, señor. No podremos vincularlo a la escena del crimen, pero sí quizá al callejón donde cambió. Cuando llegó allí debía tener encima un montón de sangre de Fuentes. Aunque el cambio hubiera limpiado cualquier rastro de sangre de su cuerpo, es imposible que eliminara hasta la última gota que pudo caer al suelo. Quizá pisara esa sangre una vez vestido. O quizá haya cualquier otra cosa de ese callejón con la que podamos vincularle. Incluso puede que algún mechón de pelo haya quedado enganchado en su ropa. Me refiero a pelo de lobo.
—Bien pensado. Merece la pena probar. Sacaré a Mech de la cama y se lo mandaré enseguida. Mientras tanto, tenga cuidado con Turner. Avísenos si piensa efectuar algún arresto. De lo contrario, espero verla en mi oficina a las nueve. —Hubo un clic seguido del tono de llamada del teléfono.
Lily frunció el ceño mientras guardaba el teléfono en un bolsillo de su mochila. Lo suyo no era la falsa modestia. Era una buena policía, una buena detective, pero no era la única en Homicidios. Sí era la única émpata del departamento, pero el capitán podía haber utilizado su habilidad sin tener que ponerla al mando. Nunca había dirigido una investigación tan importante.
El capitán debía pensar que ella podía dar la talla. Y Lily estaba dispuesta a demostrarle que no se había equivocado.

2

La niebla se había vuelto más densa. El más ligero soplo de viento habría empujado las gotas de agua convirtiendo la humedad en llovizna, pero el aire permaneció quieto. Un halo difuso rodeaba las farolas de la calle, los semáforos y los letreros de neón. Igual que el que Lily estaba mirando en ese momento. Pequeños diablos rojos de neón bailaban en una esquina del cartel, pinchando con sus tridentes las brillantes letras que formaban las palabras «Club Infierno».
—Qué kitsch —murmuró Lily. El cartel era travieso al estilo de los cincuenta, inocente comparado con la sordidez real del barrio en el que se encontraba. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí este club?—. O quizá sea así a propósito.
—¿Perdón?
Lily miró al joven que acababa de hablar, el agente Arturo González, compañero de Phillips. Era unos diez centímetros más alto que ella y tenía la voz ronca, aguardentosa, pero sus mejillas regordetas eran de esas que las mujeres mayores disfrutan pellizcando. Lily lo había mandado a vigilar la entrada del club hasta que llegara ella.
—Tiene aparcamiento privado y un guardia de seguridad. Al club debe irle bastante bien. ¿Alguna vez ha estado dentro, agente?
—No, señora.
Lily sonrió.
—Es usted sureño, ¿verdad?
—No, señora, del oeste de Texas.
—Bueno, creo que eso es el sur.
Él asintió muy serio.
—Es curioso ver cómo la gente que no es de Texas es de esa opinión. Debe de ser como los que viven en Los Ángeles, que nunca dicen que son de California o de la Costa Oeste. Son de Los Ángeles y punto.
—Comprendo. ¿Qué sabe usted del Club Infierno?
Hizo una mueca de disgusto.
—Es una guarida de hombres lobo. De ellos y de sus seguidores.
—No olvide a los turistas aventureros. También les gusta venir por aquí. —Estudió al joven oficial durante un momento. Teniendo en cuenta el comportamiento abiertamente sexual de los lupi, el club estaba considerado un lugar depravado. Por eso era un sitio muy popular—. Texas era uno de los estados en los que estaba permitido disparar a los lupi antes de preguntar, ¿no?
—Sí, señora. Lo era. Hasta que los tribunales cambiaron las cosas.
—En California nunca estuvo permitido. Así que siempre ha sido legal ser un lupus, siempre y cuando estuvieras registrado.
—Esos eran los que solían ir al club al principio, los que estaban registrados, los que habían sido vacunados para evitar el cambio, los que la gente creía que eran seguros.
—Sus Patrullas X los mataban.
—Solo si se negaban de forma violenta a inscribirse en el registro, o un tribunal dictaminaba que eran un peligro inminente.
—Al menos esa era la teoría. La ley federal exigía que todos los lupi se registraran, a la fuerza si era necesario, y todos tenían que ser vacunados. Pero la expresión «a la fuerza» cubre un amplio territorio cuando te tienes que enfrentar a una criatura que puede recibir varios disparos sin que se detenga un ápice en su determinación por arrancarte la garganta.
Los lupi habían sido particularmente contrarios al proceso de registro.
—Voy a charlar con los de dentro —dijo Lily—. Algunos de ellos serán lupi, pero ahora son ciudadanos, con los mismos derechos que usted o yo. ¿Le parece bien o voy a tener que buscarme a otro para que me eche una mano?
Él se lo pensó. Lily no sabía si escandalizarse por el tiempo que le llevó tomar una decisión o impresionarse por su honestidad. Al final, él asintió.
—Supongo que estamos aquí para hacer que se cumpla la ley, no para decidir lo que está bien o lo que está mal.
—Supongo. —Lily empezó a bajar. La entrada del Club Infierno estaba bajo el nivel del suelo, lo que era muy apropiado. Escalones anchos y poco profundos llevaban hasta el sótano, donde se encontraron con un túnel recubierto de piedra. Le daba a todo el lugar un bonito aire a mazmorra, pensó Lily, aunque la luz azul hacía que González pareciera un muerto viviente.
Al final encontraron una puerta metálica pintada de negro a través de la cual se filtraba la música. La abrieron con facilidad.
El olor, el sonido, el color… fue como una bofetada en el rostro. Luces estroboscópicas de colores iluminaban una estancia cavernosa llena de mesas, gente, voces y música. El techo era tan alto que se perdía en la oscuridad, la música estaba a todo volumen, olía a humo.
No era tabaco, ni tampoco hierba. Tampoco era humo de chimenea o cualquier otra cosa que ella pudiera identificar. Era más una fragancia que humo, de hecho… ¿Quizá era la idea de alguien sobre cómo olía el azufre?
La canción terminó abruptamente. Lily la identificó tardíamente como Hotel California. Estaba claro que la dirección del local creía firmemente en permanecer fiel a los inicios.
—Bienvenida al infierno —una voz grave la asaltó a su izquierda—. Ahora tienes que pagar el precio por cruzar el umbral.
Lily miró a su izquierda. Un tipo bajito, fornido y con una cabeza enorme estaba sentado en un taburete detrás de una mesa, manejando una antigua caja registradora. Su traje parecía salido directamente de una vieja película en blanco y negro, pero no era eso lo que hacía que Lily lo mirara fijamente. No tenía pelo, apenas se notaban su mentón o sus labios, y su piel era pálida como la de un champiñón. Sus pies eran del tamaño de las manos de Lily y colgaban sin tocar el suelo.
Lily parpadeó sorprendida.
—¿Hay que pagar entrada?
—Veinte por cabeza.
—Pues va a ser que no. Soy la detective Yu —dijo sacando su placa de la mochila y mostrándosela—. ¿Y usted es…?
—Puede llamarme Max. —Bizqueó al mirar la placa con recelo—. ¿Qué es lo que quiere?
—Hablar con algunos de sus clientes. Creo que Rachel Fuentes y Rule Turner están aquí.
—¿Debería importarme?
—Le conviene cooperar. ¿Están aquí?
Él se encogió de hombros.
—Supongo.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí el señor Turner?
—¿Por qué?
—Porque soy policía y tengo que hacerle algunas preguntas. ¿Ha estado vigilando la puerta toda la noche?
—Desde las nueve.
—¿Y sabe cuánto tiempo lleva aquí el señor Turner?
—Quizá.
No añadió nada más. Simplemente miró a Lily. Tenía una mirada desconcertante, no parpadeaba, igual que los reptiles. Lily empezó a enfadarse.
—Quizá debería hablar con el dueño o el gerente.
—No hay gerente, y yo soy el dueño. —Suspiró—. Está bien, está bien. Su Pomposa Señoría llegó entre las nueve y cuarto y nueve y media, más o menos. Fuentes ya estaba aquí.
Nueve y media. Se acercaba mucho a lo que ella había calculado como la hora de la muerte de Fuentes. Pero, claro, ella no era ninguna experta.
—¿Cuántas salidas tiene el local?
—Esta misma y la de incendios, al fondo. —Suspiró pesadamente—. Odio a los polis.
—¿Y debería importarme?
—Sabe, quizá no sea tan estúpida como aparenta. —Habló de un modo pesimista, como si no confiara del todo en esa remota posibilidad—. Y tiene bonitas tetas. Me gustan. ¿Quiere follar?
Lily abrió la boca sorprendida. Sus manos temblaron conteniéndose para no estrangular a aquel ser desagradable.
—¿Y usted quiere pasar las próximas dos semanas encerrado en una celda minúscula?
—Eh, solo preguntaba.
—Lléveme con Rachel Fuentes. —¿Palomitas? ¿Olía a palomitas? Suponía que no.
—Está con Turner.
—Entonces lléveme con Turner.
—¿Acaso no lee los periódicos? Todo el mundo sabe qué aspecto tiene.
—He visto las fotos. —El príncipe del clan Nokolai era una especie de famoso. Aparecía en las columnas de cotilleos y en las revistas, siempre posando con actrices, modelos, políticos o magnates.
Ejercía presión política en Sacramento y Washington a favor de los suyos, y tenía muchos amigos en Hollywood—. De todos modos, quiero que me lo señale. Y a Rachel Fuentes también.
—Está bien, está bien. ¡Tú! —Saltó del taburete al tiempo que le gritaba a un camarero que iba con el torso desnudo—. ¡Gilipollas! Encárgate de la puerta. —Miró irritado a Lily—. ¿Viene o qué?
—Y echó a andar.
A Lily le empezó a doler el estómago. En unos instantes iba a decirle a Rachel Fuentes que su marido había sido asesinado. Quizá la mujer estuviera disfrutando de un poco de sexo exótico extramarital, pero eso no significaba que fuera a tomarse bien la noticia de la muerte de su marido. La experiencia había enseñado a Lily que el amor adopta muchas formas, y que no todas ellas son obvias o, incluso, saludables.
Al menos esta vez no tendría que tratar a la viuda como a un sospechoso. Cómplice, quizá, pero quien fuera que había matado a Carlos Fuentes no había sido su mujer. No existían las mujeres lobo.
Su guía, enano y hosco, se paró para conversar con un par de clientes que querían saber cuándo iba a empezar el espectáculo. Cuando se pusieron en marcha de nuevo, Lily le volvió a preguntar por su nombre. Lo necesitaba para el informe.
—¿Es usted sorda o qué? Max.
—¿No tiene apellido?
—Smith.
¿Smith? ¿Aquel engendro lleno de malevolencia se llamaba Smith?
González se acercó a Lily y susurró.
—Creo que es un gnomo.
—Demasiado grande. Demasiado mezquino. ¿Y desde cuándo los gnomos viven entre humanos?
—Un gnomo loco. Que le da a los esteroides.
Lily sonrió.
—Puede ser un psicópata. Pero los gnomos no puede tener propiedades. —Aunque eso iba a cambiar pronto si aprobaban el proyecto de ley sobre el derecho de otras especies a ser ciudadanos.
Aquel sitio estaba atestado de gente. Se abrieron paso a través de un laberinto de mesas pequeñas, ocupadas por personas que no paraban de hablar. Las luces del techo ya no imitaban al arco iris y estaban fijas en un color rosa muy poco infernal. Un rápido vistazo le permitió descubrir que los focos estaban sujetos a un andamio que cubría la parte alta de la estancia.
Velas rojas ardían en la mayoría de las mesas. En medio de la sala había un escenario circular, aunque no había ninguna actuación en ese momento. Llamas de neón subían por las paredes. También había dos escaleras circulares que se perdían en la oscuridad del primer piso.
Lily vio muchos peinados extraños y ropa llamativa, pero la mayoría de los clientes vestían como cualquier asiduo a los locales nocturnos de cualquier otra parte de la ciudad.
El uniforme de González atrajo toda la atención cuando pasaron por la pista de baile, que poco a poco se estaba quedando vacía ahora que la música había terminado.
A través de la multitud que se dispersaba, Lily pudo ver hacia dónde les estaba llevado Max Smith. En el rincón derecho más alejado del local tres grandes mesas parecían un oasis de tranquilidad en medio de aquel bullicio, separadas de todo lo demás. Había cinco hombres sentados a esas mesas… y un montón de mujeres.
Todos los hombres tenían el pelo oscuro. Probablemente anglos. Uno de ellos parecía completamente desnudo, aunque la mesa ocultaba la parte inferior de su cuerpo. Quizá fuera uno de los camareros, que eran todos hombres, jóvenes e iban desnudos de cintura para arriba. Las mujeres eran más variadas. Lily contó dos pelirrojas, dos afroamericanas, tres rubias y cuatro mujeres con el pelo castaño o negro.
Lily acababa de salir de la pista de baile cuando dos de las mujeres se levantaron. La más baja parecía hispana, pero era imposible estar segura. La luz rosada era favorecedora, pero no iluminaba demasiado. Tenía el pelo largo hasta pasada la cintura y sus grandes pechos luchaban por salirse del escote de su ajustado vestido rojo. Se inclinó hacia el hombre más cercano a ella, el que estaba sentado en el centro de la mesa. Tenía a una de las pelirrojas acurrucada contra él.
Él volvió la cabeza. Lily pudo verle la cara brevemente, antes de que el pelo de la mujer lo cubriera como una cortina, ocultando lo que parecía ser un apasionado beso. Rule Turner. Incluso con esa poca luz era fácil de identificar.
Lily ya había adivinado que el hombre sentado en el centro de la mesa era el que tenía el poder en ese grupo. Los cuerpos estaban girados ligeramente hacia él. Las sillas estaban dispuestas de tal manera que todos pudieran verle. Y era la misma imagen de un elegante libertino, ¿no era cierto? Repantigado cómodamente en su silla, con las piernas relajadas, su camisa negra desabrochada casi hasta el ombligo. Besando a una mujer mientras tenía a otra en sus brazos.
Lily hizo un gesto despectivo.
—Señor Smith —dijo. Pero él no paró ni hizo gesto alguno que le indicara que la había oído. Así que Lily aceleró el paso para alcanzarlo y le puso la mano en el hombro para detenerlo.
Y la retiró inmediatamente, asombrada. La vibración había sido tan fuerte, que había atravesado el traje del gnomo. Supongo que algunos gnomos son realmente seres pervertidos y hostiles, y no sienten vergüenza de nada…
—¿Qué? —dijo bruscamente dándose la vuelta.
—¿Esa es Rachel Fuentes? —Resistió la tentación de frotarse la mano y señaló a la mujer que se alejaba de la mesa tras haber besado a Turner.
—Sí.
Lily se giró hacia González.
—No la pierda de vista. Probablemente vaya al tocador, pero mejor será que no nos arriesguemos. Si intenta marcharse, la detiene. No le diga por qué, no responda a ninguna pregunta. Tráigamela a mí.
El oficial asintió y se puso en marcha.
—Los hombres de esa mesa, ¿son todos lupi?
—Son un espectáculo, ¿a que sí? Aunque la verdad, tampoco yo soy de los que pasan inadvertidos. Quédese y lo verá. —Guiñó un ojo.
—Necesito un sitio privado para los interrogatorios.
—No quiero que moleste a mis clientes.
Lily contempló a ese pequeño hombre, si es que se le podía llamar hombre. ¿Los gnomos varones pensaban en ellos mismos como hombres?
— ¿Vamos a discutir sobre todas y cada una de mis peticiones?
—Probablemente. —El gnomo se dio la vuelta y se marchó.
Lily lo siguió, y tuvo la primera oportunidad de ver a Rule Turner de cerca.
Genes europeos, pensó al observar los pómulos esculpidos, y la nariz fuerte y ligeramente torcida. Unos dientes perfectos, añadió cuando él sonrió por algo que había dicho el hombre sentado frente a él, cuyos cabellos plateados apenas escondían unos números tatuados que indicaban que estaba registrado. Por no mencionar esas cejas traviesas. Lily solía fijarse en las cejas igual que otras personas observaban los hombros o los labios, y las cejas de Turner eran características, dos líneas oscuras que imitaban el ángulo de sus pómulos.
Las cejas en cuestión se arquearon inquisitivamente cuando los vio acercarse. Sus ojos oscuros tropezaron con los de Lily, y ella dejó de pensar inmediatamente.
… Qué?, pensó un segundo después. ¿Qué diablos ha pasado?
—… La lengua en tu boca —estaba diciendo Max—. Te he conseguido otra mujer, pero esta dice que es detective. —El gnomo añadió algo en un idioma que Lily no pudo reconocer. Uno de los hombres se echó a reír.
¿Y si había sido un bajón de azúcar? Pero no se había sentido mareada, ni se había desmayado. Tan solo… se había quedado en blanco.
—Ignora a Max —dijo el hombre con el torso desnudo—. No tiene que aparentar ser desagradable porque le sale natural.
Lily lo observó más de cerca. Era delgado, con el pelo alborotado color canela y el rostro más perfecto que ella había visto nunca en un hombre, o en una mujer. Por no mencionar que tenía un cuerpazo… del que Lily podía ver bastante, aunque la mesa ocultaba gran parte de él.
Lily parpadeó.
—Está desnudo.
—No del todo, cariño. Tanga. Todo legal al cien por cien.
Decía mucho en favor de Turner que Lily hubiera reparado en ese adonis semidesnudo en segundo lugar.
—¿Y usted se llama?
—Cullen. Ven, siéntate aquí, amor. —Puso su mano sobre su pierna como si esperara que ella fuera a dejarse caer en su regazo—. Rule no necesita más mujeres.
—¿Y tú sí? —replicó Turner. Su voz era agradable y suave, como el chocolate fundido. Lily notó que no lucía ningún tatuaje de registro—. Aunque sospecho que es un asunto que se puede debatir. ¿Es una visita oficial?
—Tengo que hacerle unas preguntas, señor Turner. Soy la detective Yu —dijo mostrando su placa.
Él ni la miró.
—Ayudaré en lo que pueda —murmuró, y sonó como si estuviera haciéndole un favor personal a Lily—. Puede llamarme Rule.
No en esta vida.
—¿Conoce a Carlos Fuentes?
Una de las mujeres empezó a reírse, pero pronto la risa se convirtió en un ataque de tos. Los demás sonrieron.
—Nos conocemos —dijo Turner imperturbable—. Salgo con su mujer, Rachel. Un encanto de hombre, ¿verdad?
—¿Están separados?
—No, son muy felices juntos.
—¿Y ha visto a Carlos Fuentes esta noche?
—No. —Las cejas se arquearon. Miró a los demás—. ¿Y vosotros? —A partir de los murmullos y las negaciones de cabeza, Lily dedujo que nadie había visto a Fuentes esa noche. Max afirmó que Fuentes ni siquiera había estado en el club.
Turner miró a Lily.
—¿De qué va esto?
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
Los dedos de Turner repiquetearon sobre la mesa.
—Voy a seguirle el juego un poco más. Después quiero respuestas. He llegado un poco más tarde de las nueve.
—¿Y no ha salido del club para nada?
—No. Creo que puedo encontrar testigos que lo corroboren, si es necesario.
Tres de las mujeres empezaron a hablar a la vez.
—Un momento —dijo Lily quitándose la mochila y sacando un cuaderno de notas—. Necesito sus nombres. Usted primero —dijo a la mujer alta y de piel morena que estaba cerca de ella.
La mujer se alarmó.
—¿Es necesario? No quiero que mi nombre salga en los periódicos.
La mujer pelirroja acurrucada contra Turner se rió sarcásticamente.
—Vamos, Bet, siempre dices que no te importa lo que piense tu marido.
—Ex marido a partir de mañana —replicó la mujer morena—, y por mí puede irse al infierno. No estoy preocupada por él, es por los socios. No son liberales, precisamente.
—Todos los despachos de abogados son conservadores. Es la naturaleza de la bestia. —La pelirroja se incorporó. Su pequeño rostro tenía una expresión pícara, y era ancho en la frente y las sienes, y estrecho en el mentón, como el de un gato. Llevaba el pelo muy corto y pendientes de oro colgaban de sus orejas. No vestía de cuero, pero un escaso top blanco mostraba gran cantidad de piel lechosa que sugería que era una pelirroja natural—. Estoy dispuesta a testificar que Rule lleva aquí desde las nueve y media más o menos, detective Yu.
Pronunció su apellido con un énfasis especial, y eso captó la atención de Lily.
—¿Y usted es?
—Ginger. —Sonrió ligeramente—. Ginger Harris.
Lily no se lo podría creer.
—No me has reconocido, ¿eh? Bueno, ha pasado mucho tiempo. Imagínate, tú creces y te haces poli. —Rió estrepitosamente—. Y yo me hago puta.
Turner dijo algo, pero Lily no le prestó atención.
¿Cómo no había reconocido los ojos de Ginger? El color, el tamaño, la forma… los tenía tan separados y profundos que el párpado inferior casi no existía. Sus pupilas eran de color ámbar oscuro, como una botella de cerveza iluminada por el sol. Sus cejas eran cortas, igual que sus pestañas. Pero había pasado tanto tiempo… Lily no había visto esos ojos desde… después de su séptimo cumpleaños. Excepto en alguna que otra pesadilla. Los ojos de Ginger eran exactos a los de su hermana.
—Llevas lentillas. —Comentó insustancialmente.
—Cirugía láser, de hecho. Tú no has cambiado nada, aunque has crecido un poquito. Sigues siendo la misma mojigata seria y boba de siempre.
Lily quería saber si el mundo de Ginger se dividía entre mojigatas y putas. Quería preguntarle cosas sobre sus padres, sobre su hermano. Pero en esos instantes había un cadáver camino del depósito. Tenía que comportarse como la detective Yu, no como Lily.
—Necesito tu dirección actual.
—Si quieres quedar a comer, cariño, te daré mi número de teléfono. No paso mucho por casa.
—Necesito tu dirección para el informe.
Ginger hizo un gesto de disgusto.
—Solo piensas en el trabajo, ¿eh? Está bien. 22129 de la calle Thornton, apartamento 133.
—Y ahora —intervino Turner— que hemos demostrado que estamos dispuestos a cooperar con la policía, me gustaría saber en qué investigación estamos cooperando.
Lily le miró a los ojos. No ocurrió nada.
Idiota. ¿Realmente había creído que algo iba a pasar? Había sido un bajón de azúcar, eso era todo. Le sostuvo la mirada un buen rato, solo para demostrar que podía… y sintió un tirón en el estómago, una ola de deseo. Inconfundible. Exasperante.
—Homicidio —dijo ella, y esperó que su rostro permaneciera tan imperturbable como el de él—. Es la investigación de un homicidio.
Todos reaccionaron a la vez. Todos menos Turner. Ni cambió su expresión ni se movió un milímetro. Es más, parecía ejercer un poder tranquilizador que hizo que todos los demás fueran callándose poco a poco. Solo dijo tres palabras.
—¿Quién ha muerto?
—Carlos Fuentes.
—¡Dios mío! —gritó uno de los hombres.
—Pobre Rachel —dijo una de las mujeres. Y Cullen, el adonis semidesnudo, dejó que su alivio trasluciera breve pero intensamente.
Turner miró de pronto más allá de Lily.
—Espero que sea amable con Rachel —dijo, y se levantó y rodeó la mesa.
Lily se dio la vuelta. Rachel Fuentes volvía.
Lo único que Lily había visto antes, desde lejos, eran unos pechos grandes y un pelo magnífico. De cerca… Lily parpadeó, sorprendida.
Según las revistas de cotilleo, Turner había salido con las mujeres más bellas del país. Rachel no era una de ellas.
Era joven, tenía poco más de veinte. Y, desde luego, su pelo era precioso, y sus pechos eran grandes, pero todo lo demás era más bien normal. Le sobraban unos siete kilos, y no los llevaba nada bien. Su rostro era estrecho y la nariz grande, con un puente que hacía que sus ojos estuvieran demasiado pegados. A pesar de todo, esos ojos eran lo mejor que tenía, grandes, oscuros y luminosos.
Parecía feliz.
—¿Me habéis echado de menos? —dijo cuando Turner la alcanzó, y pasó un brazo por el cuello de él.
—Hay ahí una oficial de policía que quiere verte —dijo suavemente—. Tiene malas noticias, querida.*
La alegría de Rachel desapareció, al igual que el color de su rostro. Lily se acercó a ella. No había una manera correcta de dar ese tipo de noticias.
—Lo siento mucho, señora Fuentes. Su marido ha sido asesinado esta noche.
—¿Asesinado? —negó con la cabeza—. No, tiene que estar equivocada. Carlos está en la iglesia. Tiene ensayo. Es cantante, ¿sabe usted? Tiene una voz maravillosa. Él… —Su voz se desmoronó—. E…está equivocada.
Lily explicó los hechos con tanta delicadeza como pudo: el lugar y modo de la muerte, la identificación gracias al carné de conducir, y lo que quedaba del rostro de la víctima. El hecho de que el asesino fuera un lobo.
Un escalofrío recorrió a Rachel Fuentes. Empezó a llorar. Lily miró a Turner brevemente. Rachel no se daba cuenta de la ironía del momento, de cómo su amante la estaba consolando por la muerte de su marido.
Rule Turner se daba cuenta.

1 N. de la t.: Juego de palabras entre «Hey, Yu» y Hey, Jude, la canción de los Beatles. Ambas expresiones suenan parecidas en inglés.

* N. de la t.: Los sintagmas seguidos de asterisco están en castellano en el original.

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