Pequeño Gran Hombre

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Un desocupado coleccionista y aficionado a las antigüedades indias tiene oportunidad de entrevistar a un irascible anciano de más de ciento diez años, el viejo Jack Crabb, superviviente de la batalla de Little Bighorn, aquella en la que sioux, cheyennes y otros aliados hicieron picadillo a Custer y parte su séptimo de caballería. Pero Jack Crabb no sólo fue el único superviviente de aquella legendaria batalla. En su relato nos cuenta que primero fue niño blanco, luego, tras el asesinato de su familia por los indios, niño cheyenne, y adolescente blanco y guerrero cheyenne después (con el nombre de Pequeño Gran Hombre), y jugador de ventaja, y buscador de oro, y cazador de búfalos, y explorador del ejército, y confidente del general Custer, y amigo de Wild Billl Hickok. También conoció personalmente a Calamita Jane y a Wyatt Hearp, y recorrió la ruta del Chilshoom y estuvo en los años duros de Denver. Valiéndose de esta vida itinerante y aventurera, Thomas Berger hace un recorrido nostálgico por destacados episodios históricos –las batallas de Wasitah, Sand Creek, Solomon’s Fork, Little Bighorn, etc.- y personajes reales –Custer, Wild Bill Hickok, Toro Sentado, Cuchillo Sangriento, Dos Lunas, etc. – del legendario Oeste.

ANTICIPO:
Los crows vinieron a buscamos al día siguiente y libramos una buena batalla, que quedó en tablas respecto al vencedor. Y luchamos con los utes y luchamos con los shoshones, y después de intercambiar algunos caballos con los pies negros, también luchamos con ellos. El combate era placentero para los cheyennes cuando mataban a los enemigos y muy triste cuando ocurría lo contrario. En este caso se oía el lamento de los dolientes desde la mañana hasta la noche. Pues aunque los indios adoran la guerra, no quiero que se haga la idea de que les gusta perder a sus parientes en ella. Dentro de la misma tribu se tienen gran afecto. Y en cuanto al enemigo, le odian por lo que es, pero no pretenden convertirle en otra cosa.

Cuando los cheyennes eran quienes repartían, había una celebración. Si ocurría cerca de nuestro campamento, las mujeres y los niños salían y aporreaban y apuñalaban a los enemigos heridos que había caídos, y mutilaban a los muertos, quedándose como recuerdo con artículos tales como las narices, las orejas y las partes íntimas. Era un auténtico festín para ellos. Si hubiera visto lo mismo que yo, habría desarrollado un estómago resistente. Mujer Baño de Bisonte era un poco mi madre, un alma bendita. Son incontables las veces que siendo pequeño me estrechó contra su gordo vientre, sonriendo con su cara de luna cubierta por un lustre de grasa; o que me dio un pedazo especialmente jugoso de carne de perro, me arropó en la cama de noche, me dio un poco de goma de mascar india, puso adornos en mis ropas y cosas así. Era una mujer al ciento por ciento, igual que Vieja Tienda era un hombre, y no creo que fuera fácil aproximarse a su calidad aunque se hirviera una veintena de mujeres para sacarles su esencia. Pero ¿qué pensaría si viera a esa persona tan dulce abriendo en canal a un crow indefenso y sacándole las tripas?

Le diré algo: al cabo de un tiempo, yo no pensaba nada. Los crows, los utes y los shoshones no protestaban nunca, porque ellos hacían lo mismo, así que aquello no era asunto mío. Recordará la actitud de Vieja Tienda hacia los blancos: sus costumbres no tenían sentido para él, pero se imaginaba que tendrían sus razones. No iba a dejar que los indios me superasen en tolerancia. Si Mujer Baño de Bisonte o algún crío de cara tostada volvía del campo con un montón de menudillos humanos, caminando tan ufano, yo le decía el equivalente de:

-¡Genial!

Tenía un problema más grave que ése. Todavía era joven pero había matado a un hombre, así que si había una guerra de cualquier calibre, no me resultaba fácil escaquearme. No sentía inclinación por convertirme en un heemaneh como Pequeño Caballo, aunque no lo digo como crítica hacia él. No había ninguna otra alternativa. Lo que intenté, al no ser realmente un cheyenne, fue matar al menor número posible de quienes estuvieran luchando contra nosotros; es decir, que iba a por todas si se trataba de una acción defensiva, pero me mostraba menos entusiasta si éramos nosotros quienes habíamos tomado la iniciativa.

Por tanto, intenté conservar alguna noción de civilización al mismo tiempo que no hacer nada que pusiera en peligro a mis amigos bárbaros. Caminaba sobre la cuerda floja. Y tampoco era siempre posible evitar ciertas prácticas bárbaras, si entiende lo que quiero decir. Demonios, supongo que no. Muy bien, pues. No me tomaba muchas molestias en hacerlo, pero de vez en cuando tenía que arrancar cabelleras. Ya que he confesado eso, también debería saber que en tales casos la víctima no siempre está muerta o ni siquiera inconsciente, y que el cuchillo no siempre está afilado y que a veces se produce un feo ruido cuando la cabellera se separa del cráneo. Lo mantuve en el mínimo, pero a veces Oso Más Joven estaba cerca de mí en el campo de batalla, lo cual no me dejaba elección. A la edad de quince años ya llevaba tantas cabelleras sobre su persona e indumentaria que a cierta distancia parecía que estuviera cubierto completamente de pelo, como un oso pardo.

No quiero poner excesivo énfasis en esta práctica. Había otra, afortunadamente para mí, que tenía preferencia sobre ésta: me refiero a dar coups, que consistía en cabalgar hasta irrumpir en medio del enemigo y golpear a uno de ellos con el asa de un arma o con un pequeño palo que se llevaba con ese propósito.

Esto representa un éxito mayor que matarle porque es más peligroso para el que lo practica, y si uno tuviera que reducir la condición de cheyenne a una sola frase, podríamos describirla como la toma constante de riesgos.

Siempre podía intentar dar coups cuando quería evitar el derramamiento de sangre, y a menudo lo hacía, aunque no estaba entre los más destacados en ese empeño. Para sobresalir en ello, tenías que estar loco. Me limitaba a aguantar el tipo, y nunca intenté competir con Coyote, que entre los chicos de mi edad era el campeón y se convirtió por ello en un héroe mayor que Oso Más Joven a pesar de todo su pelo. Oso se esforzaba, pero en el último momento no podía evitar cambiar el palo por un hacha y en vez de tocar, dar un hachazo. Pero Coyote cabalgaba desarmado en mitad del enemigo y, agitando rápidamente su pequeña vara, repartía golpes más rápidamente de lo que podías contados, y aunque sus adversarios hacían todo lo que podían para quitarle la vida, normalmente volvía sin un arañazo, ya que poseía una gran medicina.

Podría continuar relatando incidentes de guerra durante horas, pero aunque todos son distintos en los hechos concretos y nunca te aburres cuando tu vida está en juego, todos parecen iguales cuando se cuentan. Así que no los agotaré hasta el punto de que crea que luchar es tan rutinario como montar en tranvía. Tampoco entraré a mencionar mis numerosas heridas, de muchas de las cuales todavía me quedan rastros, como si fueran tatuajes difuminados.

Aquel mismo verano que estábamos en el Powder, un coronel llamado Harney atacó a los sioux brulé en su campamento del Río Azul, sobre el North Platte, y mató a ochenta. No hace falta decir que aquellos indios eran amistosos, de lo contrario el ejército no los habría encontrado; y no ofrecieron resistencia, de lo contrario no habrían sufrido un castigo tan severo. Parte del número lo sumaron mujeres y niños, debido a que los guerreros se retiraron de la carga de la caballería. Dicho así parece una cobardía, pero en realidad fue por ignorancia. Me refiero tanto a los indios como a los blancos. Un cobarde mata a mujeres, pero un soldado de aquella época a galope tendido a menudo no podía distinguirlas de los guerreros, y los críos murieron por la descarga indiscriminada de plomo.

En cuanto a los guerreros a la fuga, hay que conocer las costumbres indias para entenderlo. Cuando luchan unos contra otros, un bando carga y el otro se retira; luego se dan la vuelta y se invierte la situación. Así hay una competencia justa en la que todo el mundo tiene su oportunidad. El ejército no combatía siguiendo las reglas y sin duda no lo habría hecho si las hubiera conocido, pues el hombre blanco no obtiene placer de la guerra misma; no lucha nunca si puede conseguir lo que quiere sin hacerla. Lo que persigue es tu espíritu, no tu cuerpo. Eso sirve tanto para los militaristas como para los pacifistas, ninguna de cuyas dos especies se encuentra entre los cheyennes, que luchaban por el bien que les hacía. No tenían interés en el poder tal y como lo conocemos.

Bueno, en el río Powder supimos de este incidente mientras se producía, por los medios indios que ya he dicho que no puedo explicar, así que acéptelo sin más tal y como lo hago yo. Perro Rojo me lo mencionó, y por lo que yo sé, a él se lo dijo un águila, pues él capturaba águilas, que es una profesión especial entre los cheyennes. Al cabo de uno o dos minutos, se sabía en todo el campamento. Esta vez los jefes no celebraron ningún consejo, porque para empezar no apareció ningún sioux con ningún proyecto, y para continuar, sólo había servido para demostrar la sabiduría de Vieja Tienda al mantenerse apartado de los hombres blancos, evitando así que tuvieran la oportunidad de romper las reglas.

Permanecimos el resto del año en aquel territorio, que era una zona más bonita que junto al Platte, más cerca de postes para las tiendas, leña, alces, y osos, pues las Montañas Big Horn se alzaban a cincuenta y seis millas al oeste con su base púrpura elevándose hasta una cima plateada, y era muy rica en madera y caza, y las corrientes de agua seguían siendo frescas en verano gracias a las nieves que se derretían. Cuando llegó el invierno, abandonamos el combate a gran escala, aunque de vez en cuando podíamos encontramos con pequeños grupos enemigos que atrapaban bisontes en los neveras mientras uno había salido a hacer lo mismo, y la blancura acababa salpicada de rojo.

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Interplanetaria

16 Opiniones

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  • Gato ZGZ
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    Recuerdo con enorme agrado la película. Eso sí (no sé como será el libro), hay que tomarlo como una ficción. Porque ficción es tanta la de los heroicos blancos avanzando hacia el oeste enfrentados a la ferocidad gratuita de unos pieles rojas sedientos de sangre como la de los beatificos indios y los enloquecidos blancos. Al final fue un conflicto expansivo en el que sucumbieron, como siempre, los más débiles.

    Dejando de lado eso, ignoraba siquiera que existiera novela y desde luego la compraré a la primera oportunidad.

  • Cormor
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    Dustin Hoffman, ¿no? Tendría que volver a verla, porque siendo interesante me resultó un poco histriónica, sobre todo el personaje del general Custer.

  • Shaman
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    Mejor separar novelas y películas, porque luego hay sorpresas ante lo diferentes que son. Es verdad que pequeño gran hombre, película, es demasiado pro indio, hasta el punto de ponerlos como unos santos varones arrasados por una horda de locos, alcohólicos e idiotizados… lo que es dar la vuelta a la tortilla a la historia de los elegidos combatiendo a salvajes embrutecidos. Pero es una buena película, como lo son algunas del oeste antiguo. El libro ya lo he pillado y ya veremos.

  • campeador
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    Me recuerda en ciertos aspectos a Harry Flashman en su narración desenfadada, las contínuas aventuras del protagonista, su cruce habitual con personajes históricos y su prosperidad malentendidos mediante.

    Aviso, Pequeño Gran Hombre no es un tipo mezquino y miserable como el viejo Flashy.

    Un novelón.

  • F
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    Es una de esas novelas a la antigua usanza, de ésas que ya no se escriben. Me ha gustado más que la peli. Fabulosa

  • hur
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    Tb a Custer había que darle de comer aparte…, la criatura se las traía.

  • SIGEL
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    Hay un libro histórico sobre la batalla de Little Big Horn en el que se habla de Custer con bastante rigor, no recuerdo la editorial, pero está especializada en batallas y conflictos bélicos.

    Y, si, Custer era una histérica de mucho cuidado.

    El personaje del general en Pequeño gran Hombre es el más parecido a la verdad histórica que ha dado el cine.

    Había que ver al tipo, haciéndose uniformes con flecos y charreteras a medida, que si dorados, que si plumas por aquí, cordoncitos por allá, hecho un pincel y dando la nota por los cuarteles, hablando alto, riéndose a carcajadas, chuleándose. Era un fantoche acomplejado de mucho cuidado. Y además bastante gilipollas.

    Por eso no me extraña tanto la visión que dió la película.

  • Marheim
    on

    Recomendables las dos, pelicula y novela.

  • fettes
    on

    Recomiendo totalmente la novela, con todo el sabor del Oeste y con su mezcla de ficción y de personajes históricos.

  • fettes
    on

    Por cierto, mejor la novela que la película, en mi opinión.

  • pepe
    on

    en la línea de esta novela es muy buena la séptima entrega de harry flashman, que creo se llama flashman y los pieles rojas , en las que la acción acaba en little bin horne , el retrato de custer va por la línea qeu señalábais … y la idea de los indios que transmite .. creoque merece que la leáis

  • JavJimBar
    on

    Exacto, pepe. Además, al igual que el pequeño gran hombre, el pobre Flashman se encuentra en el bando de los pieles rojas, disfrazado como uno de ellos. En cuanto al retrato de Custer, coincide, y yo diría que resulta aún más caústico, dada la mordacidad de Flashy.

  • gandalin
    on

    Acabo de devorar la novela de Thomas Berger. La sensación que me ha dejado es de un notable muy alto. El tono cínico del narrador es muy interesante aunque detrás de ese cinismo hay una nota humana que el libro no pierde desde la primera a la última página

    La vida de los Cheyennes , o los "Seres Humanos" como se llamaban a sí mismos, de sus costumbres y usos sociales, queda reflejada magistralmente

    hay momentos cómicos muy buenos y el relato final de la batalla de Little BigHorn es terrible y a la par divertida, desmitificando mitos y personajes históricos como Custer al que tacha de demente pero con respeto

    Después de la experiencia, recomendable ( son casi 600 páginas que se leen de un tirón) , querría sugerencias sobre novelas ambientadas en los indios americanos.

    Después de "El último mohicano" de Fenimore Cooper sólo he leido "Pequeño Gran Hombre" y me gustaría continuar

    ¿ Alguna recomendación?

    Chao.

  • Mag
    on

    Yo te recomendaría dos grandes novelas:

    Pasaje al noroeste de Kenneth Roberts, editorial (Edhasa).

    Y las dos novelas de la saga de Harry Flashman, la sexta y la séptima,

    Flashman se va al oeste y sobre todo Flashman y los pieles rojas, en la cuál con el transfondo de la batalla de Little Big Horn el protagonista nos brinda una de sus mejores y divertidas aventuras… editorial (Edhasa).

    Adeu.

  • fettes
    on

    Yo te recomendaría un libro de la editorial Turner llamado CABALLO LOCO Y CUSTER: VIDAS PARALELAS DE DOS GUERREROS AMERICANO de Stephen Ambrose. No es una novela, pero se lee como tal, es interesantísimo, si te ha gustado pequeño gran hombre, este libro no te defraudará. También es recomendable el libro LA LARGA MARCHA, de E.L.Doctorow. Buen verano

  • pepe
    on

    ¿has probado con Un hombre llamado caballo? la novela de la pelíclula de igual título. es impresionante.

    estoy de acuerdo con lo que dicen de las novelas de Flashman sobre todo con el comienzo de la séptima donde el protagonista plantea las luces y las sombras de los indios americanos sin rubor y mucho cinismo …

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