Pequeño, Grande

PequenoGrandeJohnCrowley

Smoky Barnable es un joven anodino que viaja a pie desde la ciudad hasta un lugar de nombre Edgewood, que no figura en ningún mapa, con la intención de casarse con Daily Alice Drinkwater, tal y como le han profetizado. Es una historia épica de cuatro generaciones de una peculiar familia que vive en una casa que es muchas casas.
Pero también es la historia de un amor fantástico, de una pérdida desgarradora, de cosas imposibles y destinos inamovibles, y de la visión de un futuro distópico en el que Estados Unidos es gobernado por un déspota siniestro.
En una mansión que es un sinuoso laberinto se esconden unas puertas pequeñas que comunican con el parlamento de las hadas. Un libro verdaderamente original en todos los sentidos. Una fantasía tan extraordinariamente bien contada que escapa a cualquier categorización. La escritura es simple y clara: la ventana a través de la cual observamos las cosas asombrosas que pasan en el interior… Pequeño, Grande cuestiona la realidad, describe círculos dentro de círculos, mundos dentro de mundos, vidas dentro de vidas.
John Crowley es autor de El verano del pequeño San John, Daemonomania, Bestias, Amor y sueño, AEgypto, Traduciendo el cielo y La novela perdida de Lord Byron. Fue galardonado con el premio de literatura de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. Es profesor en la universidad de Yale. Vive en las colinas que se alzan sobre el río Connecticut, en el norte de Masachusets.

ANTICIPO:

Un largo trago de agua

No pensaba mucho en ella mientras caminaba, aunque por supuesto no había estado lejos de sus pensamientos durante los casi dos últimos años que la había amado; con frecuencia recordaba la habitación en la que la conoció, a veces con la emoción que sintió en aquel momento, pero últimamente con agradecida felicidad; recordaba a George Mouse mostrándole desde lejos un vaso, una pipa, y a sus dos primas, tan altas. Ella, y junto a ella, su tímida hermana.
Fue en la casa de los Mouse en la ciudad, la última casa de huéspedes del bloque, en la biblioteca del tercer piso, la sala cuyas ventanas con parteluz estaban parcheadas con cartones y cuya oscura alfombra mostraba caminos blanqueados por el desgaste entre la puerta, el bar y las ventanas. Fue en esa misma habitación.
Era alta.
Medía casi uno ochenta y eso eran bastantes centímetros más que Smoky: su hermana, que acababa de cumplir catorce, era tan alta como él. Sus vestidos de fiesta eran cortos y brillaban; el suyo era rojo, el de su hermana blanco; sus largas, larguísimas medias relucían. Le pareció raro que a pesar de ser tan altas fueran tímidas, sobre todo la menor, que sonreía, pero no quiso estrecharle la mano y se escondió detrás de su hermana.
Gigantes delicadas. La mayor miró a George mientras este hacía cortésmente las presentaciones. Su sonrisa era titubeante. Su pelo, fino, rizado y de bronce. Su nombre, dijo George, era Daily Alice.
Le cogió de la mano y mirando hacia arriba dijo:
—Un largo trago de agua.
Ella se echó a reír. Su hermana también rió y George Mouse se inclinó hacia delante y se dio una palmada en la rodilla. Smoky, sin entender por qué su ocurrencia les hacía tanta gracia, miraba a unos y a otros, sin soltar la mano de Daily Alice y con una tonta sonrisa angelical en la cara.
Aquel fue el momento más feliz de su vida.

Anonimato

Hasta que conoció a Daily Alice Drinkwater en la biblioteca de la casa de los Mouse en la ciudad, su vida no había sido especialmente feliz; pero resultó la ideal para el cortejo en el que se embarcó. Era el único hijo del segundo matrimonio de su padre y nació cuando este tenía casi sesenta años. Cuando su madre se dio cuenta de que la sólida fortuna de los Barnable se había desvanecido baj o la gestión de su marido y que, por tanto, no había habido razones para casarse con él y, menos aún, para darle un hijo, lo abandonó en un arrebato de amargura. Fue una pena para Smoky, porque de todas sus relaciones, ella era la menos anónima; de hecho, era la única persona emparentada con él cuyo rostro recordaría a la perfección en su vejez, aunque se marchara cuando él era un niño. Lo que Smoky heredó casi por completo de los Barnable fue el anonimato y solo un destello de concreción de su madre; de hecho, esa era la impresión que se llevaban los que lo conocían; era un destello, un destello de presencia rodeado por un turbio halo de ausencia.
Eran una gran familia. Su padre tenía cinco hijos e hijas de su primera mujer; todos vivían en barrios anónimos de ciudades situadas en estados cuyos nombres comenza­ban con i y que los amigos de Smoky en la Ciudad no distinguían. Smoky también los confundía a veces. Como suponían que tenía mucho dinero y nadie sabía qué iba a hacer con él, papá siempre era muy bienvenido en sus hogares, así que después de la marcha de su mujer, decidió vender la casa en la que nació Smoky para llevar una existencia itinerante de la vivienda de un hijo a la de otro, acompañado por el menor de sus vástagos, una sucesión de perros anónimos y siete arcones hechos a medida en los que guardaba su biblioteca. Barnable era un hombre cultivado, aunque su educación era tan remota y estricta que lo dejó sin talento para el arte de la conversación y no atenuó en nada su natural anonimato. Sus hijos e hijas mayores veían los arcones llenos de libros como un estorbo, como cuando sus calcetines se mezclaban con los de él en la lavadora.
(Más tarde Smoky adquirió la costumbre de intentar distinguir a sus hermanastros y sus casas, y situarlos en sus ciudades y estados correspondientes mientras estaba sentado en el váter. Quizá fuera porque era precisamente en sus baños donde se había sentido más anónimo, anónimo hasta llegar a la invisibilidad. En cualquier caso, allí pasaba el rato, barajando hermanos, hermanas y sobrinos como si fueran cartas, intentando encajar caras, porches y jardines, hasta que, años después, logró agruparlos todos correctamente. Le proporcionaba la misma fría satisfacción que cuando lograba resolver un crucigrama, pero también la misma duda: ¿y si había acertado con las palabras, pero estas no eran las que el creador del crucigrama tenía en mente? El periódico de la semana siguiente nunca llegaba con las soluciones.)
El abandono de su mujer no agrió el humor de Barnable, pero le hizo más anónimo; sus hijos mayores tenían la impresión de que se estaba derritiendo y que acabaría evaporándose de sus vidas; creían que existía cada vez menos. Smoky fue el único al que confió su solidez secreta: sus conocimientos. Como los dos viajaban tanto, Smoky jamás fue al colegio; y cuando uno de los hermanastros, de los estados que empezaban por i, se dio cuenta de lo que el padre de Smoky le había hecho durante todos aquellos años, ya era demasiado mayor para obligarlo a ir a clase. Así que a los dieciséis, Smoky sabía latín, clásico y medieval, griego, algo de matemáticas antiguas y tocaba un poco el violín. Apenas había olido otros libros que no fueran los clásicos encuadernados en piel de su padre. Podía recitar doscientos versos de Virgilio con bastante precisión y escribía con una perfecta caligrafía cancilleresca.
Su padre murió aquel año agostado, según parece, por haber entregado a su hijo lo único que le proporcionaba sustancia. Smoky prosiguió con sus viajes durante unos años más. Le costaba encontrar trabajo porque no tenía ningún título. Al final aprendió a escribir a máquina en una rancia academia, que si no recordaba mal estaba en South Bend, y así se convirtió en oficinista. Vivió mucho tiempo en tres barrios diferentes con el mismo nombre, en tres ciudades diferentes, y en cada una sus parientes lo llamaban por un nombre distinto, el suyo, el de su padre y Smoky, y este último le iba tan bien a su natural evanescencia que fue el que mantuvo. Cuando cumplió los veintiuno, unas operaciones financieras de su padre, de las que no sabía nada, le proporcionaron un dinero extra. Cogió un autobús a la Ciudad y olvidó, en cuanto la dejó atrás, la última ciudad en la que habían vivido sus familiares, y a estos también, de modo que mucho después tuvo que reconstruir sus rostros jardín a jardín. Una vez en la Ciudad, se desvaneció total y plácidamente, como una gota de lluvia en el mar.

Nombre y número

Tenía una habitación en un edificio que, en otros tiempos, fue la rectoría de la antiquísima iglesia que se alzaba detrás, reverenciada y vandalizada. Desde su ventana podía ver el cementerio donde hombres con nombres alemanes se daban la vuelta cómodamente en sus viejas camas. Por las mañanas se levantaba con el repentino tráfico, con cuyo ruido jamás se acostumbró a dormir tal como había conseguido con los largos truenos de los trenes del medio oeste. Después se iba al trabajo.
Trabajaba en una gran habitación blanca donde los pequeños sonidos, que él y sus compañeros ocasionaban, se elevaban hasta el techo y volvían a descender extrañamen­te alterados; cuando alguien tosía, era como si el mismo techo lo hiciera y, educadamente, se tapara la boca con la mano. Durante todo el día Smoky deslizaba una barra de lectura columna abajo, y columna tras columna de texto diminuto, examinaba cada nombre, con su dirección y número de teléfono correspondientes, y ponía unas marcas rojas en aquellos donde el nombre, la dirección y el número de teléfono no coincidían con lo que figuraba en las tarjetas, apiladas a su lado una sobre otra.
Al principio los nombres que leía no significaban nada para él, eran tan profunda­mente anónimos como sus números de teléfono. Lo único que distinguía un nombre de otro era su posición accidental y, aun así, inevitable en el orden alfabético, posición que a Smoky le pagaban por descubrir. (Que el ordenador cometiera muy escasos errores impresionaba a Smoky menos que su extraña estupidez; por ejemplo, no distinguía cuándo la abreviatura St. significaba «calle» y cuándo significaba «santo», y si se le pedía que expandiera la abreviatura, escribía sin vergüenza cosas como «Parilla el Séptimo Santo» o «iglesia de Todas las Calles».) Sin embargo, con el paso de las semanas, y a medida que Smoky llenaba sus desocupadas tardes caminando por la ciudad, manzana tras manzana (ignorante de que la mayoría de las personas se quedaban en casa cuando anochecía), comenzó a aprender los nombres de los barrios y sus límites, clases, bares y portales; los nombres que leía a través de la barra de lectura comenzaron a adquirir rostro, edad y carácter; la gente que veía en los autobuses, trenes y tiendas de caramelos, los que se hablaban a gritos a través del hueco de la escalera y se quedaban mirando los accidentes de tráfico, y los que discutían con camareros y dependientas, y estos también, comenzaron a tomar forma en sus finas páginas. El Libro empezaba a parecer una gran epopeya de la vida en la Ciudad; con sus idas y venidas, sus tragedias y sus farsas, cambiante y llena de drama. Encontró viudas con antiguos nombres alemanes que vivían en edificios con ventanas muy altas en grandes avenidas, que administraban los bienes de sus maridos y cuyos hijos tenían nombres como Steele y Eric, y eran decoradores de interiores y vivían en barrios bohemios. Leyó sobre una gran familia con nombres imposibles, que sonaban a griego, y que vivían en varios edificios de un barrio repulsivo por el que pasó una vez; una familia que ganaba y perdía miembros cada vez que los contrastaba con el alfabeto: Serán gitanos, decidió por fin. Sabía de hombres cuyas esposas e hijas adolescentes tenían números privados (por los que arrullaban a sus amantes) mientras ellos utilizaban los muchos teléfs. de las financieras que llevaban su nombre. Comenzó a recelar de aquellos que utilizaban sus iniciales o sus segundos nombres porque todos resultaban ser cobradores de deudas o abogados cuyos dpchos. estaban en la misma c/. que sus residencias, o alguaciles que además vendían muebles de segunda mano. Descubrió que casi todo aquel que se apellidaba Singleton y todos los que se llamaban Singletary vivían en la ciudad negra del norte, donde los nombres de pila de los hombres eran de antiguos presidentes y los de las mujeres de piedras preciosas: perla, rubí, ópalo e incluso joya, y siempre con un orgulloso sra. delante… las imaginaba grandes, morenas y relucientes en pequeños apartamentos, solas con muchos niños limpios. Desde el orgulloso cerrajero, que escribía el nombre de su pequeño taller con muchas aes para ser el primero, a Arquímedes Zzzyandottie, que salía el último (un viejo erudito que vivía solo y leía periódicos griegos en un destartalado apartamento), los conocía a todos. Bajo su lupa de barra surgían diminutos un nombre y un número, como los restos flotantes de un naufragio arrastrados por las olas a una playa, para contarle su historia. Smoky escuchaba, consultaba su tarjeta, comprobaba que eran los mismos y le daba la vuelta mientras el cristal de aumento le mostraba el siguiente relato. El corrector que estaba a su lado suspiró exageradamente. El techo tosió. El techo rió a carcajadas. Todo el mundo alzó la vista.
Un joven, nuevo en la plantilla, se había reído.
—Acabo de encontrar en la guía —dij o— un club de caza y pesca llamado Puente Ruidoso. —Apenas pudo terminar por la risa, mientras Smoky lo miraba asombra­do de que el silencio de todos los demás correctores no lo hiciera callar—. ¿No lo pillas? —le preguntó directamente a Smoky—. Desde luego tiene que ser un puente ruidoso. —Smoky, de repente, también se echó a reír y sus carcajadas se elevaron al techo y allí se dieron la mano.
Se llamaba George Mouse; llevaba anchos tirantes para sujetar sus amplios panta­lones y cuando terminaba el día se echaba por encima una gran capa de lana cuyo cuello atrapaba su largo pelo negro, por lo que tenía que sacarlo con las manos, como las chicas. Tenía un sombrero como el de Svengali, y sus ojos eran muy parecidos; con sombras oscuras, apremiantes y divertidos. No lo despidieron hasta una semana después, para alivio de todos los pares de bifocales de la sala blanca, pero para entonces, Smoky y él ya se habían convertido, como solo Smoky en el mundo entero podía decir con total seriedad, en amigos de los buenos.

Un Mouse en la Ciudad

Con George como amigo, Smoky comenzó una carrera de moderado desenfreno; un poco de alcohol, algo de droga; George cambió su ropa y su forma de hablar por un colorido estampado de cuadros más urbanita y le presentó a Chicas. En poco tiempo, el anonimato de Smoky se cubrió de ropa, como el Hombre Invisible con sus vendas; la gente dejó de tropezar con él en la calle o sentarse en su regazo en los autobuses sin una disculpa; hechos que Smoky siempre había atribuido a que la mayoría de las personas apenas percibían su presencia.
Para la familia Mouse, que vivía en la última casa de huéspedes de un bloque de apartamentos construidos por el primer Mouse que se instaló en la ciudad y que aún les pertenecía en su mayor parte, no había dudas sobre su presencia; y más que su nuevo sombrero y su nuevo vocabulario, Smoky le agradecía a George su familia, compuesta por gente peculiar y reconfortantemente escandalosa. Se sentaba, desapercibido, durante horas, en la niebla de sus discusiones, bromas, fiestas, paseos con pantuflas, intentos de suicidio y ruidosas reconciliaciones, hasta que el tío Ray o Franz o mamá alzaban la vista sorprendidos y decían:
—¡Smoky está aquí! —Y entonces él sonreía.
—¿Tienes familia en el campo? —preguntó una vez Smoky a George mientras esperaban a que amainara una tormenta de nieve frente a un café royale en la barra del hotel favorito de George. Y claro que la tenía.

Flechazo

—Son muy religiosos —le dijo George con un guiño, mientras lo apartaba de las risueñas jovencitas para presentarle a sus padres, el doctor y la señora Drinkwater.
—No ejerzo como médico —dijo el doctor, un hombre arrugado con el pelo crespo y la alegría circunspecta de un animal pequeño. No era tan alto como su mujer, cuya estola de seda generosamente ribeteada con multitud de flecos tembló al estrechar la mano de Smoky mientras le pedía que la llamara Sophie. Ella, a su vez, no era tan alta como sus hijas.
—Los Dale somos altos —dijo, alzando los ojos hacia ninguna parte, como si pudiera verlos a todos en algún lugar por encima de su cabeza. Por eso dio su apellido a sus dos grandes hijas, Alice Dale y Sophie Dale Drinkwater; pero ella era la única que llegó a llamarlas así, salvo una vez que, siendo Alice Dale niña, algún otro crío la llamó Daily Alice y así se quedó, de tal modo que ahora eran Daily Alice y Sophie a secas, sin más, aunque nada más verlas, cualquiera se daba cuenta de que eran Dale; y todos se volvían a mirarlas.
Fuera cual fuera su religión, no les impedía compartir una pipa con Franz Mouse, sentado a sus pies, porque que las dos ocupaban todo un pequeño diván; o beber el ponche con ron que su madre les ofrecía; o reír, tapándose la boca, más por lo que susurraban entre ellas que por las tonterías que pudiera decir Franz; o mostrar, cuando cruzaban las piernas, sus largos muslos bajo los vestidos de lentejuelas.
Smoky siguió mirando. Aunque George Mouse le había enseñado a ser un hombre de Ciudad y las mujeres no lo amedrentaban, el hábito de toda una vida no se olvida fácilmente y siguió mirando; y solo tras pasar un rato considerable paralizado por la inseguridad, se obligó a sí mismo a atravesar la alfombra hasta donde estaban sentadas. Deseoso de no ser un aguafiestas: «No seas aguafiestas, por amor de Dios» le decía siempre George, se sentó en el suelo, junto a ellas, con una sonrisa clavada en el rostro y una postura que lo hacía parecer extrañamente frágil (y lo era, se quedó paralizado al descubrirlo cuando Daily Alice se volvió para mirarlo, visible ante ella). Tenía la manía de hacer girar el vaso entre el pulgar y el índice para agitar el hielo rápidamente y que la bebida se enfriara. Lo hacía en ese momento y el hielo hizo tañer el cristal como una campana que solicitara atención. Se hizo el silencio.
—¿Vienes aquí a menudo? —preguntó.
—No —dijo ella con tranquilidad—. A la Ciudad no. Solo de vez en cuando, cuando papá tiene algún asunto u. otras cosas.
—Es médico.
—En realidad no. Ya no. Es escritor. —Daily Alice sonreía y Sophie a su lado volvió a reír, pero ella prosiguió con la conversación como si pretendiera descubrir hasta cuándo podría mantener la compostura—. Escribe historias de animales, para niños. —Ah.
—Una al día.
Smoky alzó la vista hacia sus ojos risueños, claros y marrones como el cristal de una botella. Había comenzado a sentirse muy raro.
—Pues no serán muy largas —dijo, tragando saliva.
¿Qué estaba ocurriendo? Se había enamorado, por supuesto, y a primera vista. Aunque ya lo había estado antes y siempre había sido un flechazo, nunca se había sentido así. como si algo estuviera creciendo, inexorablemente, en su interior.
—Escribe bajo el seudónimo Saunders —dijo Daily Alice.
Fingió buscar aquel nombre entre sus recuerdos cuando, en realidad, escudriñaba en su interior lo que le hacía sentir tan extraño. Ya se le había desplegado en las manos; las examinó mientras descansaban con aspecto pesado en su regazo de pata de gallo. Entrelazó los plúmbeos dedos.
—Asombroso —dijo, y las dos jóvenes rieron, y Smoky también rió. Aquella sensación hacía que tuviera ganas de reír. No podía ser por el humo, que siempre le había hecho sentir ingrávido y transparente. Esto era todo lo contrario. Cuanto más la miraba, más fuerte se hacía ese sentimiento, cuanto más lo miraba ella, más sentía. ¿qué? En un momento de silencio sus ojos simplemente se encontraron y se produjo un zumbido de entendimiento que resonó en Smoky como un trueno, al darse cuenta de lo que había sucedido: no solo se había enamorado de ella, y a primera vista además, sino que ella se había enamorado de él, a primera vista también, y las dos circunstancias tuvieron el siguiente efecto: la curación de su anonimato. No lo disfrazó como había intentando hacer George Mouse, sino que se curó, de dentro a fuera. Así se sintió. Fue como si le hubiese echado harina de maíz. Había ganado densidad.

El joven Santa Claus

Había bajado las estrechas escaleras hasta el único váter que aún funcionaba en la casa y se quedó mirando el ancho espejo, salpicado de manchas negras, que había en aquel cuarto de piedra.
¡Vaya, quién lo habría dicho! Desde el espejo lo miraba un rostro; no le resultaba desconocido, pero aun así le pareció verlo por primera vez. Era redondo y abierto, una cara que se parecía al joven Santa Claus, si uno pudiera verlo en fotografías antiguas; un poco serio, con bigote oscuro, nariz redonda y con arrugas ya en torno a los ojos, por donde los gorrioncillos de la risa habían saltado, aunque aún no había cumplido los veintitrés. A pesar de todo, era un rostro amable, con algo en los ojos, todavía en blanco, por resolver, pálido y vacío, que quizá, pensó, jamás llenaría. Era suficiente. De hecho, era milagroso. Asintió, sonriendo a aquel nuevo conocido y lo miró de reojo una vez más al marcharse.
Mientras subía de nuevo las escaleras, se topó de repente, al doblar una esquina, con Daily Alice, que bajaba. Ahora en su rostro no había una sonrisilla tonta, esta vez no reía. Lentificaron el paso al acercarse; tras pasar por su lado con dificultad en la estrecha escalera, no continuó, sino que se giró para mirarlo; Smoky se encontraba un escalón más arriba que ella, así que sus cabezas estaban en la distancia ideal dictada por los besos de película. El corazón le latía con miedo y euforia, y en su cabeza zumbaba la feroz convicción de la certidumbre total; la besó. Daily Alice respondió como si para ella también se hubiera demostrado una certeza; y en la neblina de su pelo, sus labios y sus largos brazos rodeándolo, Smoky añadió un tesoro de gran valor al pequeño almacén de su sabiduría.
Entonces se produj o un ruido en lo alto de las escaleras y se apartaron de repente. Era Sophie, que los miraba desde arriba con ojos desorbitados mientras se mordía el labio.
—Tengo que hacer pis —dijo y comenzó a bailar suavemente junto a ellos.
—Te irás pronto —dijo Smoky.
—Esta noche.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé.
las examinó mientras descansaban con aspecto pesado en su regazo de pata de gallo. Entrelazó los plúmbeos dedos.
—Asombroso —dijo, y las dos jóvenes rieron, y Smoky también rió. Aquella sensación hacía que tuviera ganas de reír. No podía ser por el humo, que siempre le había hecho sentir ingrávido y transparente. Esto era todo lo contrario. Cuanto más la miraba, más fuerte se hacía ese sentimiento, cuanto más lo miraba ella, más sentía. ¿qué? En un momento de silencio sus ojos simplemente se encontraron y se produjo un zumbido de entendimiento que resonó en Smoky como un trueno, al darse cuenta de lo que había sucedido: no solo se había enamorado de ella, y a primera vista además, sino que ella se había enamorado de él, a primera vista también, y las dos circunstancias tuvieron el siguiente efecto: la curación de su anonimato. No lo disfrazó como había intentando hacer George Mouse, sino que se curó, de dentro a fuera. Así se sintió. Fue como si le hubiese echado harina de maíz. Había ganado densidad.

El joven Santa Claus

Había bajado las estrechas escaleras hasta el único váter que aún funcionaba en la casa y se quedó mirando el ancho espejo, salpicado de manchas negras, que había en aquel cuarto de piedra.
¡Vaya, quién lo habría dicho! Desde el espejo lo miraba un rostro; no le resultaba desconocido, pero aun así le pareció verlo por primera vez. Era redondo y abierto, una cara que se parecía al joven Santa Claus, si uno pudiera verlo en fotografías antiguas; un poco serio, con bigote oscuro, nariz redonda y con arrugas ya en torno a los ojos, por donde los gorrioncillos de la risa habían saltado, aunque aún no había cumplido los veintitrés. A pesar de todo, era un rostro amable, con algo en los ojos, todavía en blanco, por resolver, pálido y vacío, que quizá, pensó, jamás llenaría. Era suficiente. De hecho, era milagroso. Asintió, sonriendo a aquel nuevo conocido y lo miró de reojo una vez más al marcharse.
Mientras subía de nuevo las escaleras, se topó de repente, al doblar una esquina, con Daily Alice, que bajaba. Ahora en su rostro no había una sonrisilla tonta, esta vez no reía. Lentificaron el paso al acercarse; tras pasar por su lado con dificultad en la estrecha escalera, no continuó, sino que se giró para mirarlo; Smoky se encontraba un escalón más arriba que ella, así que sus cabezas estaban en la distancia ideal dictada por los besos de película. El corazón le latía con miedo y euforia, y en su cabeza zumbaba la feroz convicción de la certidumbre total; la besó. Daily Alice respondió como si para ella también se hubiera demostrado una certeza; y en la neblina de su pelo, sus labios y sus largos brazos rodeándolo, Smoky añadió un tesoro de gran valor al pequeño almacén de su sabiduría.
Entonces se produj o un ruido en lo alto de las escaleras y se apartaron de repente. Era Sophie, que los miraba desde arriba con ojos desorbitados mientras se mordía el labio.
—Tengo que hacer pis —dijo y comenzó a bailar suavemente junto a ellos.
—Te irás pronto —dijo Smoky.
—Esta noche.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé.
La rodeó de nuevo con sus brazos; el segundo abrazo fue más tranquilo y seguro.
—Tenía miedo —dijo ella.
—Lo sé —contestó feliz.
¡ Dios, qué alta era! ¿ Cómo iba a manej arse cuando no hubiera escalera a la que subir ?

Una isla en el mar

Como hombre que había crecido siendo anónimo, Smoky siempre había pensado que las mujeres elegían o no elegían a los hombres de acuerdo a unos criterios de los que no sabían nada; por capricho, como los monarcas, por gusto, como los críticos; siempre había asumido que el hecho de que una mujer lo eligiera a él o a otro era algo predeterminado, ineludible e inmediato. Así que aguardaba, como un cortesano, esperando a que se fijaran en él. Al final resulta, pensó en el portal de los Mouse aquella noche, al final resulta que ellas, o al menos ella, siente las mismas pasiones y dudas, es como yo, tímida y dominada por el deseo, y su corazón se aceleró como el mío cuando nos íbamos a besar, lo sé.
Permaneció un largo rato en el portal, dándole vueltas a su joya de conocimiento y olfateando el aire que había virado, como ocurre con frecuencia en la Ciudad, y ahora procedía del océano. Podía oler la marea amarga, y la orilla salada y los detritus marinos agridulces. Y se dio cuenta de que la gran Ciudad era, después de todo, una isla en el mar, y además bastante pequeña.
Una isla en el mar. Podías vivir años allí y olvidar algo tan fundamental como aquello. Pero ahí estaba; asombroso, pero cierto. Baj ó el escalón del portal hasta la acera, rígido como una estatua del pecho a la espalda, sus pisadas tintinearon en el pavimento.

Correspondencia

Su dirección era: «Edgewood, eso es todo», había dicho George Mouse. Y no tenían teléfono, así que como no había otra opción, Smoky se sentó a hacerle el amor a través de sus cartas, con un afán prácticamente desaparecido en el mundo. Sus gruesas cartas iban dirigidas a ese Edgewood, y esperaba la respuesta hasta que ya no podía más y escribía otra, y así, sus mensajes se cruzaban en el correo, como la correspondencia de todos los que se quieren de verdad; y ella las guardaba y las ataba con una cinta color lavanda, y años después sus nietos las encontraron y conocieron la improbable pasión de aquella gente vieja.
«He encontrado un parque» escribió él en negro, con su puntiaguda letra de gnomo, «con una placa en la columna de la entrada que dice “Stone Mouse Drinkwater, 1900″. ¿Son familiares tuyos? Tiene un pequeño pabellón de las estaciones, con estatuas, y todos los senderos son curvos para que no puedas atravesarlo sin más. Caminas y caminas y, de repente, te encuentras saliendo del parque. El verano está muy avanzado allí (en la ciudad no te das cuenta de esas cosas, solo en los parques), está descuidado y polvoriento, y el parque además es pequeño, pero todo me recordaba a ti», como si algo no lo hiciera.
«Encontré una vieja pila de periódicos» decía la carta de ella que se cruzó con la de él (los dos conductores de camión se saludaron con la mano en el peaje desde sus altas cabinas azules en una mañana nubosa). «Había unas tiras cómicas sobre un chico que sueña. La tira cómica es lo que sueña, su Mundosoñado. Mundosoñado es bonito; siempre hay palacios y desfiles replegándose y encogiéndose hasta desaparecer, o haciéndose enormes e inabarcables, o cuando miras de cerca, resulta que son otra cosa, ¿sabes? como en los sueños de verdad, solo que estos siempre son bonitos. La tía abuela Cloud dice que las guardó porque el hombre que las dibujó, cuyo nombre era Stone, fue en su época un arquitecto en la Ciudad, ¡con el bisabuelo de George y el mío! Eran arquitectos de beauxarts. Mundosoñado es muy beauxarts. Stone era un borracho, esa es la palabra que utiliza Cloud. El chico de los sueños siempre parece adormilado y sorprendido al mismo tiempo. Me recuerda a ti.»
Tras unos comienzos tímidos, sus cartas se hicieron tan directas que cuando por fin se volvieron a ver, en el bar de un viejo hotel (tras cuyos cristales caía la nieve), ambos se preguntaron si no se habría producido algún error, si Dealgunamanera no habrían enviado sus cartas a la persona equivocada; a esta persona, a este desconocido difuso y nervioso. Esa sensación se esfumó al instante, pero durante un rato tuvieron que hablar por turnos, porque era la única forma que conocían; la nevada se convirtió en ventisca, el café royale se quedó frío, una frase de ella encajó con una de él, y una de él con una suya, y a pesar de la euforia que sintieron al descubrir el truco, conversaron.
—¿No te. bueno, no os aburrís de estar solos todo el tiempo? —preguntó Smoky cuando ya llevaban un rato practicando.
—¿Aburrirnos? —preguntó sorprendida. Parecía que aquello no se le hubiera ocurrido nunca—. No. Y no estamos solos.
—Bueno, yo me refería a. ¿Qué clase de personas son?
—¿Quiénes?
—Las personas. con las que no estás sola.
—Ah, bueno, antes había muchos granjeros. Al principio eran inmigrantes escoce­ses. MacDonald, MacGregor, Brown. Ahora ya no hay tantas granjas. Solo algunas. Y muchas de esas personas ahora son parientes nuestros, más o menos. Ya sabes cómo es.
La verdad es que no lo sabía. Irrumpió el silencio y desapareció cuando los dos comenzaron a hablar al mismo tiempo, y luego volvió a aparecer. Smoky dijo:
—¿Es una casa grande?
Ella sonrió.
—Enorme. —Sus ojos marrones eran delicuescentes a la luz de la lámpara—. Te gustará. A todo el mundo le gusta. Incluso a George, aunque él dice que no.
—¿Por qué?
—Porque siempre se pierde.
Smoky sonrió al pensar en George, el abridor de caminos, el guía a través de oscuras y siniestras calles, vencido por una casa normal y corriente. Intentó recordar si en alguna de sus cartas bromeó con la fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad. Ella dijo:
—¿Te puedo decir una cosa?
—Claro. —Su corazón palpitaba rápido, sin razón para ello.
—Te conocí, cuando nos presentaron.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que te reconocí. —Bajó sus pobladas y suaves pestañas de bronce, luego alzó la vista un momento y después echó un vistazo al somnoliento bar como alguien que teme que lo escuchen—. Me habían hablado de ti.
—George.
—No, no. Fue hace mucho. Cuando era niña.
—¿De mí?
—Bueno, no exactamente de ti. O sí exactamente de ti, pero no lo supe hasta que te conocí. —Se cogió los codos con las manos, se apoyó sobre el mantel de cuadros y se inclinó hacia delante—. Yo tenía nueve o diez años. Llevaba mucho tiempo lloviendo. Entonces, una mañana, mientras paseaba a Spark por el Parque.
—¿A quién?
—Spark era nuestro perro. El Parque es, bueno, el campo de alrededor. Soplaba la brisa y tuve la sensación de que iba a dejar de llover. Estábamos empapados. Entonces miré al oeste; había un arcoíris. Recordé un dicho de mi madre: «Arcoíris de mañana en el oeste, pronto hará mejor tiempo que este».
Smoky la imaginó con toda claridad, con un impermeable amarillo, botas anchas y altas, y el pelo aún más fino y rizado que ahora; y se preguntó cómo sabía qué tiempo era mejor, un problema con el que todavía a veces tropezaba.
—Era un arcoíris, pero brillante, y parecía como si tocara tierra justo allí, bueno, no muy lejos; podía ver la hierba, reluciente y manchada de todos sus colores. El cielo se había hecho grande, ¿sabes?, como ocurre cuando escampa por fin después de mucho tiempo lloviendo, y todo parecía estar cerca; el lugar donde el arcoíris tocaba tierra estaba próximo; y yo lo que más quería era subirme a él, y mirar hacia arriba y sumergirme en los colores.
Smoky rió.
—Eso es difícil —dijo.
Ella también rió, agachando la cabeza y llevándose el dorso de la mano a la boca de una forma que a Smoky ya le parecía conmovedoramente familiar.
—Desde luego que lo es —dijo—, parece que no vayas a llegar nunca.
—¿Quieres decir que.?
—Cuánto más crees que te acercas, resulta que está igual de lejos, en un lugar diferente; y si llegas a ese lugar, entonces está en el sitio del que venías; me dolía la garganta de correr, y no estaba más cerca. Pero ¿sabes lo que se hace entonces?
—Alejarte de él —dijo, sorprendido ante el sonido de su propia voz, pero Dealgunamanera seguro de que esa era la respuesta.
—Claro. No es tan fácil como parece, pero.
—No, supongo que no. —Ya no se reía.
—Pero si lo haces bien.
—No, espera —dijo.
—Justo entonces.
—En realidad no tocan la tierra —dijo Smoky—. En realidad no.
—Aquí no —repuso ella—. Escucha. Seguí a Spark, lo dej é elegir, porque a él le daba igual y a mí no. Solo tuve que dar un paso, volverme y adivina qué.
—No lo sé. Estabas sumergida en colores.
—No, no es así. Desde fuera ves colores dentro; así que dentro.
—Ves los colores fuera.
—Sí. Todo el mundo coloreado, como si estuviera hecho de caramelo… no, como si estuviera hecho de arcoíris. Todo un mundo coloreado e igual de suave y ligero, en todas las direcciones y hasta donde alcanza la vista. Quieres correr y explorarlo. Pero no te atreves a dar un paso, porque podría ser un error. así que solo miras y miras. Y piensas: Aquí estoy por fin. —Se quedó pensativa—. Por fin —repitió en voz baja.
—¿Cómo.? —preguntó Smoky, tragó saliva y añadió—: ¿Cómo aparecí yo allí? Dijiste que alguien te habló.
—Spark —contestó—. O alguien como él.
Daily Alice lo miró con vehemencia y él intentó que sus facciones reflejaran un interés respetuoso.
—Spark es el perro —dijo.
—Sí. —Ahora parecía reacia a continuar. Cogió su cuchara y se contempló, pequeña y bocabajo, en su concavidad, luego la volvió a dejar—. O alguien como él. Bueno. Eso da igual.
—Espera —dijo.
—Solo duró un minuto. Mientras estuve allí, me pareció —decía con cautela y sin mirarlo— me pareció que Spark decía. —Alzó la vista—. ¿Te cuesta creer esto?
—Bueno, sí. Me cuesta. Es difícil de creer.
—No pensé que lo fuera. No para ti.
—¿Por qué para mí no?
—Porque —contestó y apoyó la mejilla en una mano con el rostro triste, incluso decepcionado, silenciando a Smoky totalmente—, porque Spark me habló de ti.

Ilusión

Probablemente solo fue porque no sabía qué decir, por lo que en ese momento, o más bien, en el instante después de ese momento, se le cayó de la boca de forma totalmente inacabada una pregunta difícil o una proposición delicada a la que Smoky había estado dando vueltas todo el día.
—Sí —contestó ella sin separar la mejilla de la mano, pero con una nueva sonrisa iluminándole el rostro como un arcoíris de mañana en el oeste. Y entonces, cuando el falso amanecer de las luces de la Ciudad les mostró la nieve amontonada, crujiente, gruesa y uniforme en el alféizar de la ventana, se taparon con las crepitantes y voluminosas sábanas hasta el cuello (la calefacción del hotel falló con el repentino frío) y hablaron. Aún no habían dormido.
—¿A qué te refieres? —preguntó él.
Ella rió y enroscó los dedos de los pies contra él. Smoky se sintió raro, mareado, era una sensación que no había experimentado desde antes de la pubertad, lo cual resultaba extraño, pero ahí estaba: el sentimiento de estar tan repleto que las yemas de los dedos y la parte superior de la cabeza le hormigueaban; puede incluso que los viera brillar, si los miraba. Cualquier cosa era posible.
—Es como imaginar, ¿verdad? —dijo. Ella se volvió sonriendo hacia él y acoplaron sus cuerpos formando dos eses.
Imaginar. Cuando era niño y él y otros encontraban algo enterrado, el cuello de una botella marrón, una cuchara descolorida, incluso una piedra con la marca de un antiguo clavo, imaginaban que era muy antiguo. Que llevaba allí desde los tiempos de George Washington, incluso más. Era una antigüedad e inmensamente valiosa. Y lo conse­guían a través de un esfuerzo de voluntad colectivo, que luego disimulaban entre sí; como una ilusión, pero diferente.
—Pero ¿lo ves? —dijo ella—. Es el destino. Y yo lo sabía.
—Pero ¿por qué? —preguntó fascinado y atormentado—. ¿Por qué estás tan segura?
—Porque es un Cuento. Y los Cuentos se hacen realidad.
—Pero yo no sé que es un cuento.
—Las personas de los cuentos no siempre lo saben, pero ahí están.
Una noche de invierno siendo aún niño, mientras vivía con un medio hermano que era medio religioso, fue cuando vio por primera vez un anillo alrededor de la luna. Lo miró fijamente, inmenso, helado, la mitad de ancho que el cielo de la noche, y tuvo la certeza de que solo podía significar «el Fin del Mundo». Esperó emocionado en aquel jardín de las afueras a que la plácida noche se desintegrara en un apocalipsis, sabiendo todo el tiempo que no lo haría; que no hay nada en este mundo ajeno a él y que no hay tales sorpresas. Aquella noche soñó con el Paraíso; era un oscuro parque de atracciones, pequeño y triste, con una solitaria noria de hierro girando por toda la eternidad y unos recreativos sombríos que divertían solo a los creyentes. Se despertó aliviado y nunca volvió a creer en sus oraciones, aunque las recitara sin rencor por su hermano. Ahora podía recitar las de Alice, si ella se lo pedía y lo haría encantado; pero no dijo ninguna, que él supiera; en su lugar le pidió que accediera a algo; algo muy raro, incongruente con el sencillo mundo en el que siempre había vivido, muy. rió divertido.
—Un cuento de hadas —dijo.
—Supongo —contestó ella adormilada. Echó la mano hacia atrás en busca de la suya y se arropó con ella—. Supongo, si tú quieres.
Smoky supo que tendría que creer para ir adonde ella había estado; sabía que si creía, podría ir aunque ese lugar no existiera, aunque fuera una ilusión. Acarició su larga carne con la mano con la que ella se había arropado y, emitiendo un pequeño sonido, Alice se apretó contra él. Smoky buscó en su interior aquella voluntad, olvidada durante mucho tiempo. Si iba allí alguna vez, no quería quedarse atrás, quería tenerla siempre así de cerca.

La vida es corta o larga En mayo, en Edgewood, en la oscuridad del bosque, Daily Alice se sentó sobre una reluciente roca que sobresalía de un profundo estanque, creado por el agua que caía de una grieta en lo alto de una pared de piedra. La corriente que se abría paso incesante­mente a través de la hendidura para lanzarse a la charca hablaba, pronunciaba un discurso repetitivo, pero aun así, lleno de interés; Daily Alice escuchaba, aunque ya lo había oído antes. Se parecía mucho a la chica que salía en la botella de soda, aunque no era tan delicada y no tenía alas.
—Abuelo Trout —dijo mirando al estanque y repitió—: Abuelo Trout.
Y  esperó y como no sucedía nada, cogió dos piedras pequeñas y las lanzó a la corriente (fría y sedosa como solo el agua que cae en un estanque de piedra puede ser) y chocaron entre sí, lo que dentro del agua hizo un sonido como de distantes pistolas que perduró más tiempo que en el aire. Entonces, como salido de algún lugar oculto entre los juncos, apareció nadando a lo largo de la orilla una gran trucha blanca, un ejemplar albino sin mancha alguna ni cinturón, con su solemne ojo, rosa y grande. Las ondas repetitivas creadas por la catarata parecían que lo hicieran temblar, que guiñase su gran ojo o incluso que se le llenara de lágrimas (¿lospeces lloran ?, se preguntó Daily Alice no por primera vez).
Cuando creyó que tenía toda su atención, comenzó a contarle que había ido a la Ciudad en otoño, que había conocido a un hombre en casa de George Mouse y que había sabido al instante (o al menos muy rápido) que era el que le habían prometido que «encontraría o inventaría», como Spark le explicó hacía mucho tiempo.
—Mientras tú dormías durante el invierno —dijo tímidamente, siguiendo el músculo de cuarzo de la piedra sobre la que estaba sentada, y sonriendo, pero sin mirarlo (porque estaba hablando del hombre al que amaba)—, nosotros, bueno, nos volvimos a ver y nos hicimos promesas, ¿ sabes ? . —Vio que movía su fantasmagórica cola; sabía muy bien que aquel era un tema doloroso. Estiró su largo cuerpo sobre la piedra y con la barbilla en las manos y los ojos iluminados, le habló de Smoky en términos brillantes y vagos que no parecieron entusiasmar al pez. Ella no se dio cuenta. Smoky tenía que ser el hombre destinado para ella y ningún otro—. ¿No crees? ¿No estás de acuerdo? —Y con más cautela—: ¿Quedarán satisfechas?
—Ni idea —contestó sombrío el abuelo Trout—. ¿Quién sabe lo que tienen en mente?
—Pero tú dijiste.
—Yo solo entrego sus mensajes, hija. No esperes más de mí.
—Bueno —dijo, decepcionada—, no voy a esperar por siempre. Lo quiero. La vida es corta.
—La vida —dij o el abuelo Trout como si ahogara un llanto en la garganta— es larga. Demasiado larga. —Giró sus aletas con cuidado y con un movimiento de la cola se deslizó hacia atrás, hacia el interior de su escondite.
—Pero diles de todas formas que he venido —le gritó; su voz sonó pequeña comparada con las cataratas—. Diles que yo he cumplido con mi parte.
Pero ya se había ido.
Escribió a Smoky: «Me voy a casar» y el corazón se le heló justo en el lugar en el que estaba, junto al buzón, hasta que se dio cuenta de que se refería a él. «La tía abuela Cloud ha echado las cartas con mucho cuidado, una vez por cada una de las partes. Tiene que ser el día del solsticio de verano y esto es lo que tienes que hacer. Por favor, por favor, sigue todas las instrucciones con mucho cuidado o no sé qué pasará.»
Y   esa era la razón por la que Smoky fue a Edgewood caminando y no montado en algo, con un traje de novio en su mochila, viejo, no nuevo, y comida hecha, no comprada; y por la que comenzó a buscar dónde pasar la noche, un lugar que él descubriera o donde lo alojaran por caridad, pero sin pagar.

Tirada de cartas en Edgewood

No sabía que el polígono industrial dejara paso al campo tan rápidamente. La tarde estaba avanzada, había caminado hacia el oeste; la carretera se deshacía por los márgenes y, como un zapato viej o, mostraba numerosos parches de diferentes tonos de alquitrán. A ambos lados, los campos y las granjas bajaban para encontrarse con la carretera; anduvo bajo árboles guardianes, que no lo eran de las granjas ni de la carretera, y que de vez en cuando proyectaban numerosas sombras sobre él. Las hierbas gregarias que frecuentan los márgenes de los caminos; polvorientas, gruesas y desaliñadas, amigas del hombre y del tráfico, asentían desde las vallas y las cunetas. Cada vez era más raro oír el zumbido de un coche; el ruido crecía de forma intermitente mientras el vehículo subía y bajaba colinas, y entonces, de repente, estaba sobre él, estrepitoso, y pasaba rugiendo, sorprendido, potente, rápido, dejando a las hierbas agitándose y riendo ahogada pero furiosamente por un momento. Luego, igual de rápidamente, el rugido se convertía de nuevo en un lej ano zumbido y desaparecía, hasta que lo único que se oía era el insecto orquesta y sus propias pisadas.
Durante mucho tiempo caminó cuesta arriba, pero ahora la inclinación llegaba a su fin y contempló desde aquella altura una gran extensión de campo estival. La carretera sobre la que se encontraba, proseguía colina abajo y lo atravesaba, pasaba por prados y pastos, y rodeaba colinas arboladas; desaparecía en un valle cerca de una pequeña ciudad cuyo campanario sobresalía de la explosión verde, y luego volvía a aparecer; una pequeña línea gris que se retorcía hacia las montañas azules en cuyas quebradas el sol se ponía entre nubes rechonchas.
Y justo entonces, muy lejos, una mujer en el porche de Edgewood le dio la vuelta a una carta llamada el Viaje. Ahí estaba el viajero, con la mochila a la espalda, un resistente cayado en la mano y una larga y retorcida carretera que recorrer ante él; y el sol también, aunque nunca supo si salía o se ponía. Además de las cartas extendidas sobre la mesa, había un cigarrillo marrón que se consumía en un platito. Apartó el plato, dejó el Viaje en su lugar dentro de la tirada de cartas y luego dio la vuelta a otra carta. El Huésped.
Cuando Smoky llegó al fondo de la primera de las colinas que avanzaba en simbiosis con la carretera, se encontró en un valle de sombras. El sol ya se había puesto.

Los Juniper

En realidad prefería encontrar un lugar donde dormir a pedir que lo alojaran; llevaba dos mantas. Incluso había pensado en buscar un granero para pasar la noche, como hacen los viaj eros de los libros (sus libros), pero los verdaderos graneros que había visto no solo parecían propiedad privada, sino además bastante funcionales y repletos de animales enormes. De hecho, comenzó a sentirse algo solo a medida que caía la noche y los campos comenzaban a difuminarse, y cuando llegó a una cabaña al final de la colina, se acercó a la valla y se preguntó cómo podría expresar con palabras lo que a él le parecía una petición extraña.
Era una casita blanca, arropada por frondosos árboles de hoja perenne. Las rosas recién florecidas subían por las espalderas que flanqueaban la puerta holandesa de color verde. Piedras pintadas de blanco marcaban el camino desde la verja; en el oscuro césped, un ciervo joven alzaba la vista hacia él, inmóvil por la sorpresa, y unos enanos permanecieron sentados sobre setas con las piernas cruzadas o se disponían a huir, tesoro en mano. En la puerta del jardín había un tablero rústico con dos palabras grabadas a fuego en él: Los Juniper. Smoky tiró del pestillo, abrió la verja y una campanita tintineó en el silencio. La parte superior de la puerta holandesa se abrió y una luz amarilla de lámpara se escapó a raudales del interior. Una voz de mujer dijo:
—¿Amigo o enemigo? —Y rió.
—Amigo —contestó Smoky, y caminó hacia la puerta. El aire tenía aroma inconfun­dible a ginebra. La mujer apoyada sobre la parte inferior de la puerta era de esas que tenían una prolongada mediana edad; Smoky no sabía muy bien en qué tramo se encontraría. Su fino pelo podría ser gris o castaño, llevaba gafas de oj o de gato y sonreía con una sonrisa de dientes falsos; sus brazos doblados sobre la puerta eran acogedores y pecosos.
—Ya, pues no te conozco —dijo.
—Me gustaría saber —dijo Smoky— si esa carretera lleva a un lugar llamado Edgewood.
—No sabría decirte —contestó—. Jeff, ¿puedes decirle a este joven cómo se va a Edgewood? —Esperó una respuesta del interior que Smoky no pudo escuchar, y luego abrió la puerta—. Entra —dijo—. A ver.
La casa era pequeña, estaba ordenada y repleta de cosas. Un perro viejo, viejísimo, de esos que parecen mopas, le olfateó los pies mientras reía sin aliento; después chocó contra una mesita de bambú, se dio un golpe en el hombro con una estantería cuadrada de madera, tropezó con una pequeña alfombra bastante resbaladiza y cayó a través de un estrecho arco a un salón que olía a rosas, loción para el afeitado hecho con hojas de malagueta y ron y a los últimos fuegos del invierno. Jeff baj ó el periódico y alzó del cojín los pies calzados con pantuflas.
—¿Edgewood? —preguntó con la pipa en la boca.
—Edgewood. Me indicaron cómo ir, más o menos.
—¿Haces autoestop? —La delgada boca de Jeff se abrió, como la de un pez cuando da bocanadas, mientras estudiaba a Smoky desconfiado.

—No, voy caminando. —Sobre la chimenea había un cuadro bordado. Decía:

 

Viviré en una Casa

 junto al camino

y seré amiga de los hombres.

Margaret Juniper 1927
—Voy allí para casarme. —Aaah, parecieron decir.
—Bien. —Jeff se puso de pie—. Marge, trae el mapa.
Se trataba de un mapa del condado o algo así, mucho más detallado que el de Smoky; encontró la constelación de ciudades que conocía claramente marcada, pero ni rastro de Edgewood.
—Tiene que estar por ahí. —Jeff encontró un lapicero casi gastado y con un «humm» y un «vamos a ver», conectó los centros de las cinco ciudades formando una estrella de cinco puntas. Dio unos golpecitos con el lápiz al pentágono cerrado por las líneas de la estrella y alzó sus doradas cejas a Smoky. Un viejo truco de lector de mapas, dedujo Smoky. Distinguió la sombra de un camino que cruzaba el pentágono, uniéndose a la carretera que él había utilizado y que, por cierto, se detenía para siempre allí, en Meadowbrook.
—Humm —dijo.
—Eso es todo lo que te puedo decir —añadió Jeff, enrollando de nuevo el mapa.
—¿Piensas caminar durante toda la noche? —preguntó Marge.
—Bueno, tengo mi petate.
Marge frunció los labios al ver las incómodas mantas atadas en lo alto de su mochila.
—Y supongo que no habrás comido en todo el día.
—Oh, tengo, bueno, tengo sándwiches y una manzana.
La cocina estaba empapelada con cestas de fruta increíblemente deliciosa; uvas azules, manzanas rojizas y melocotones de dos cachetes que sobresalían como traseros entre la recolección. Marge trasladó de la cocina al mantel un plato humeante tras otro y cuando ya no quedó nada, Jeff sirvió licor de plátano en pequeños vasos roj os. No hizo falta más; todas sus educadas protestas ante tanta hospitalidad se desvanecieron; Marge le preparó el sofá y lo acostaron arropado con una manta india de color marrón tierra.
Después de que los Juniper lo dejaran, permaneció durante un momento tumbado, pero aún despierto, mirando la habitación. Solo estaba iluminada por una lámpara conectada directamente a un enchufe, tenía la forma de una pequeña casa de campo cubierta de rosas. En su resplandor vislumbró la silla de madera de arce de Jeff, de esas cuyos brazos naranjas en forma de remo siempre le habían parecido apetitosas, como un caramelo brillante y duro. Vio las revueltas cortinas moverse en la brisa perfumada de rosas. Escuchó al perro mopa suspirar en sueños. Descubrió otro cuadro bordado. Este decía, aunque no estaba del todo seguro:

Lo que nos hace felices,
nos hace más sabios.

Se quedó dormido.

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