Pequeños delitos abominables

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¿No te molesta cuando nadie te da las gracias? ¿O cuando un camarero te deja abandonada en un rincón sin atenderte? ¿Y los que se exhiben sin pudor desde la televisión?
Esther Tusquets nos acerca a las costumbres que se han perdido y valía la pena conservar, a las que más nos molestan y a algunas que pueden, incluso, agradarnos. Todo con el humor y el desenfado que le proporciona la experiencia de una vida bien vivida. Además, el libro se complementa con numerosas ilustraciones y un decálogo final que no hay que olvidar cuando tratemos con nuestro prójimo.

ANTICIPO:

La hija, muy joven, de una de mis amigas sufre de repente un terrible dolor de muelas. Mi amiga sale con ella de casa, la mete en un taxi y le da al conductor la dirección de su dentista. Durante el trayecto, la mucha­cha llora desconsolada, y mi amiga la coge en sus brazos, le cubre el rostro de besos y musita bajito cariñosas fra­ses de ánimo y consuelo. Hasta que el taxista detiene el vehículo, se vuelve hacia ellas y las increpa: «Si vais a seguir así, mejor os bajáis del taxi y buscáis otro. Yo no quiero tortilleras en mi coche.» Mi amiga no es en abso­luto tortillera, pero tiene más agallas que nadie… Por una vez al taxista entrometido, indiscreto y grosero se le ha caído el pelo.
La simpatía y la amabilidad —sean innatas o adqui­ridas— revisten una importancia especial en los indivi­duos que trabajan en contacto con el público: depen­dientes, camareros, taxistas… Y creo que son los taxistas los que reciben mayor número de críticas y los que son menos apreciados por los ciudadanos. Hay excepciones, claro, sobre todo entre los jóvenes (se quejan algunas veces de que, a causa de unos pocos taxistas amargados, viejos y sin educación, los descalifiquemos a todos) y tengo amigos que dicen encontrar siempre taxistas estu­pendos, pero el balance general es malo y por razones muy diversas.
Empecemos por el principio. Subes al taxi. Saludas. Recibes el silencio o un gruñido por respuesta. Si es el silencio, vuelves a saludar, hasta que a la tercera surge el gruñido. Es sorprendente la profusión de gruñidos que uno oye cada día, como en una película de Tarzán pero sin los simpáticos chillidos de Chita. Es justo, sin embar­go, señalar que el delito de no responder al saludo (for­ma especialmente desagradable de desairar, ningunear, dirían los argentinos) al prójimo no es sólo propia de los taxistas, sino que es practicado por buena parte de la población.
Mientras se desarrolla ese duelo entre el saludo y el no saludo, tú has tenido tiempo de calibrar el estado de conservación del taxi, si está lo bastante limpio, si huele bien…
Después dices adonde quieres que te lleven, y si en lugar de dar una dirección indicas un teatro, un museo, un edificio público, una iglesia importante, ocurre con abrumadora frecuencia que el taxista conoce menos la ciudad que un turista mal informado. Me contó un inglés que los taxistas de Londres, antes de obtener la licencia, tienen que haber pasado dos años recorriendo en bici la ciudad, lo cual me parece un poco fuerte; pero sea o no verdad, lo indiscutible es que los taxistas de Londres conocen al dedillo su territorio.
En Barcelona, en Madrid y supongo que en cualquier otra ciudad de España, puede ocurrir que no des la indi­cación de la calle y del número a donde quieres ir, sino, por ejemplo, la esquina entre dos calles, y que el taxista se acabe de comprar ese chisme parlante que le va indicando la dirección que debe tomar, pero que necesita una dirección completa. Si el taxista no conoce la ciudad y lo fía todo a su maquinita, y si tú no sabes el número al que quieres ir, puedes pasarte un buen rato peinando la zona y sin llegar a tu destino.
Y, sin embargo, lo que ocurre durante el trayecto pue­de ser mucho más desagradable. Hay taxistas que se obs­tinan en contarte sus vidas, incluyendo auténticas bar­baridades, o que ejercen contigo su proselitismo a favor de los mormones o los testigos de Jehová, y hay taxistas —muchísimos, muchísimos taxistas— que te obligan a oír por la radio a todo volumen lo que se les antoja, y si se trata de un partido de fútbol has tenido suerte, aunque el fútbol no te interese en absoluto, porque lo más proba­ble es que te endilguen la COPE, lo cual te pone tan his­térica que en alguna ocasión has hecho que cambien de emisora (y al pagar has aumentado la propina explican­do: «Por haber hecho que se perdiera usted su programa favorito»). A veces, mientras suena a todo trapo la radio, el taxista habla a gritos por el teléfono de la compañía, con unos términos que debe de haber aprendido de la televisión: «afirmativo», «negativo», «cierro y paso», nunca el «sí» o el «no» o el «hasta luego» de las conver­saciones pedestres, aunque el resto del discurso no pue­da ser más vulgar.
En este punto, tú ya empiezas a rebuscar dentro de tu bolso, previendo que el taxista no tendrá cambio y que mejor le das la cantidad exacta (¿con o sin propina?, ésa es la cuestión), si no quieres que te largue un rapapolvo.
Pero falta lo peor. El taxista, que ha rezongado todo el tiempo contra los peatones, contra los semáforos, con­tra los otros conductores, contra los guardias, contra el alcalde, contra Zapatero (¿por qué habrá elegido este trabajo, si todo lo irrita tanto?), entabla una violenta discu­sión y profiere a gritos una catarata de insultos, tacos, blasfemias y obscenidades que te asombra por su varie­dad y por la riqueza del vocabulario; pero ¿no les ha advertido nadie, antes de darles el permiso para llevar un taxi, que además de conocer la ciudad, contestar cuando los saludan, asegurarse de que al pasajero no le molesta la radio, disculparse en lugar de abroncarlo si no tiene cambio, no puede permitirse utilizar ese lenguaje cuan­do está de servicio?

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