Perdidos

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En el pueblo de Millhaven, una mujer se suicida sin motivo aparente. Una semana más tarde, su hijo de quince años, Mark, se esfuma de la faz de la Tierra. Tim Underhill, escritor de novelas de terror, viajará desde Nueva York para asistir al funeral de su cuñada e investigar la desaparición de Mark. Con la ayuda del excéntrico y genial detective privado Tom Pasmore, seguirá la pista a un pedófilo asesino que ya se ha cobrado varias vidas y descubrirá que poco antes de que su madre se suicidara Mark se había obsesionado con una casa abandonada, cuya terrible historia también puede tener que ver con el destino de Mark…

Ésta es una novela tan fascinante como estremecedora, llena de intriga y un perturbador realismo. Una vez más, Peter Straub demuestra por qué es uno de los más famosos y reconocidos autores de literatura de terror.

ANTICIPO:
La muerte de Nancy Underhill había sido inesperada, repentina, una muerte como una bofetada en la cara. Tim, el hermano mayor de su marido, no sabía nada más. No podía decirse que la conociera de verdad. Ahora que se paraba a pensarlo, los recuerdos que Timothy Underhill conservaba de su cuñada se reducían a una diminuta colección de imágenes sueltas: la oscura y frágil sonrisa de Nancy arrodillándose junto a su hijo de dos años, Mark, en 1990; en otro momento de la misma visita, Nancy cogiendo en brazos al pequeño Mark de la sillita de bebé, llorando los dos, para salir corriendo del comedor sombrío y sin adornos. Philip, cuyas continuas quejas habían hecho que su mujer abandonara la habitación, se quedó mirando fijamente el estofado reseco, ignorando de manera deliberada la presencia de su hermano. Cuando finalmente levantó la vista, Philip dijo:

-¿Qué?

Ah, Philip, siempre fuiste un capullo. «El chico no puede evitar ser un capullo», dijo papá una vez. «Parece que es una de las pocas cosas que le hacen sentir bien.»

Otra de las crueles imágenes que le vinieron a la memoria fue de una visita, extraña y llena de incidentes, que Tim había hecho a Millhaven en 1993, cuando viajó las dos horas y media desde La Guardia con la misma compañía, y todo indicaba que con el mismo avión que hoy: Nancy al otro lado de la puerta mosquitera de la casita de Superior Street, con una sonrisa radiante, corriendo hacia Tim por el oscuro pasillo, con el rostro iluminado por la sorpresa y el placer de encontrar de improviso a su cuñado en la puerta («famoso» cuñado, habría dicho ella). Sencillamente, él le gustaba a Nancy, hasta un punto que no había comprendido hasta aquel momento.

Aquella mujer pequeña y discretamente estresada a quien muchas veces (creía Tim) su marido hacía sentir desgraciada, que se aferraba a su matrimonio por lo que más bien parecía determinación que amor, como si la preparación de muchos miles de comidas diarias y una sucesión de «proyectos» para la casa le proporcionaran la satisfacción necesaria para cumplir con su papel. Por supuesto, Mark debía de ser imprescindible para ella, y quizá su matrimonio había sido más feliz de lo que imaginaba Tim. Por el bien de los dos, así lo esperaba.

Las únicas respuestas que llegaría a tener serían las que le diese el comportamiento de Philip en los días siguientes. Y con Philip siempre había que interpretar. Philip Underhill cultivaba la actitud de descontento desde que llegó a la conclusión de que su hermano mayor, cuyos defectos brillaban con un tenue resplandor, parecía haber acaparado la mayoría de los beneficios disponibles para los miembros del clan Underhill desde su nacimiento. Desde muy pronto, nada de lo que Philip pudiera hacer o conseguir fue tan bueno como podría haberlo sido de no ser por la presencia burlona y superior de su hermano mayor. (Sinceramente, Tim no dudaba de su tendencia a tratar con prepotencia a su hermano pequeño. ¿Había algún hermano mayor que no lo hiciera?) Durante toda su vida adulta, el descontento y el rencor de Philip habían sido como un papel interpretado a la perfección por un actor especialmente dotado para él. Tim quería creer que el verdadero Philip debía de vivir aún en algún lugar de su interior, capaz de mostrar alegría, afecto, generosidad, desinterés. Esa faceta interior, más genuina, sería imprescindible para encarar la misteriosa muerte de Nancy. Era imprescindible para Philip, por su propio bien, si quería enfrentarse de cara al dolor, como tiene que ser, pero sobre todo era imprescindible para su hijo. Sería terrible para Mark que su padre intentara tratar la muerte de su madre como una molestia cualquiera que sólo se diferenciaba de las demás por su gravedad.

Por lo que Tim había visto en las raras ocasiones que había regresado a Millhaven, Mark parecía un chico un poco triste, aunque no quería pensar en su sobrino en los términos que sugería la palabra «triste». Infeliz, sí; inquieto; descentrado; aquejado de una arrogancia en ciernes pero dotado también de lo que Tim consideraba un corazón bueno y tierno. Una combinación contradictoria que implicaba una tendencia natural a la inquietud y la falta de equilibrio. Así, por lo que recordaba Tim, era tener quince años. El muchacho era esbelto y fuerte, más parecido físicamente a su madre que a su padre: tenía los cabellos y los ojos oscuros -aunque ahora mismo llevaba el pelo tan corto que su color se manifestaba sólo como una sombra oscura e indeterminada-, la frente amplia y la barbilla estrecha, firme. Dos aros de acero adornaban la curva exterior de su oreja derecha. Andaba vestido con enormes camisetas y téjanos demasiado grandes, ahora haciendo muecas, ahora sonriendo, escuchando música con los auriculares de un aparato inverosímilmente diminuto, un IPod o un reproductor de MP3. Mark era aficionado a un amplio y extraño abanico de música actual: Wilco, Magneric FÍelds, White Stripes, The Strokes, Yo La Tengo, Spiritualized y los Shins, pero también Bruce Springsteen, Jimmy LaFave, y Eminem, a quien al parecer apreciaba con espíritu irónico. Su mito erótico, según había informado a su tío en un correo electrónico, era Karen O de los Yeah Yeah Yeahs.

En los últimos dieciséis meses, Mark había escrito cuatro correos electrónicos a su tío, no tan breves como para ocultar un tono que a Tim le pareció reconfortante por indirecto, dulce y sin exageraciones retóricas. En el primer correo, el más largo, Mark utilizaba la excusa de pedirle consejo, creía Tim, para establecer comunicación entre ellos.

De: munderhill697@aol.com

Para: tunderhill@nyc.rr.com

Fecha: Sábado, 3 de febrero de 2002,16.06

Asunto: di, oh sabio

hola que tal

soy tu sobrino mark x sí no reconoces la dirección, resulta q he tenido una pqña discusión con mi padre, y necesito tu consejo. al fin y al cabo tu conseguiste salir de esta ciudad y viajar x el mundo y escribes libros y vives en ny y supongo q eres de mentalidad abierta, eso espero.

xq tu y solo tu decidirás q hago ahora, mi padre dice q hará lo q tu digas, no importa lo q sea. no se, a lo mejor no kiere tener q decidir, (mamá dice, abro comillas, a mi no m preguntes, no kiero saber nada del tema, cierro comillas, eso es lo q dice mi madre)

el mes q viene cumplo 14 años y pra celebrar mi cumple me gustaría hacerme un piercing en la lengua. 1 d mis amigos tiene uno y dice q no duele nada y q acabas en un momento, me gustaría mxo hacerlo, ¿no crees q los 14 es la edad d hacer tonterías?, suponiendo q creas q hacerse un piercing en la lengua es una tontería, q yo no lo creo. dentro de 1 año o 2 me lo quitare y seré otra vez aburrido y normal, ¿q dices, me lo hago o no?

espero noticias de mi famoso tío

m

De: tunderhill@nyc.rr.com

Para: munderhitl697@aoi.com

Fecha: Domingo, 3 de febrero de 2002, 18.32

Asunto: Re: di, oh sabio

Querido Mark,

Para empezar, me encanta recibir noticias tuyas. Hagámoslo más a menudo. Me gusta que estemos en contacto.

He estado pensado en lo que me preguntas. En primer lugar, me halaga que se te ocurriera pedirme opinión sobre una cosa tan personal. También me halaga que tu padre dejara la decisión en mis manos, aunque supongo que realmente no quería ni pensar en que su hijo se pusiera un piercing en la lengua. Si yo tuviera un hijo, tampoco querría ni pensarlo.

xq, como dirías tú, los piercings en la lengua me dan un poco de asco. Me gustan tus pendientes y creo que te quedan bien, pero siempre que veo a algún joven con una bola de metal en la lengua pienso en lo incómodo que debe de ser. ¿No es complicado a la hora de comer? Casi detesto confesártelo, pero la verdad es que los piercings en la lengua me parecen una mutilación extraña. Así que en este sentido me sacas mucha ventaja.

Estoy seguro de que no es la respuesta que esperabas. Lamento contradecir tus deseos, pero tenia que responderte con sinceridad. Preferiría imaginarte sin una bola de metal en la boca que con ella. Lo siento, colega; pero te quiero de todas formas

¿Hay algo especial que quieres que te compre por tu cumpleaños? A lo mejor puedo compensarte por ser tan aburrido y convencional.

Tu tío Tim

Al día siguiente aparecieron dos mensajes de la familia en la bandeja de entrada.

De: munderhill697@aol.com

Para: tunderhill@nyc.rr.com

Fecha: Lunes, 4 de febrero de 2002,7.32

Asunto: Re: di, oh sabio

Tim, soy yo Philip desde el ordrenador de Mark. Mre ha enseñado lo que le escribiste. Tenia la imprsión de que por una vez harías lo correcto. Así que, bueno, gracias. Yoo también detesto esas idioteces.

De: munderhill697@aol.com

Para: tunderhill@nyc.rr.com

Fecha: Lunes, 4 de febrero de 2002, 17.31

Asunto: Re: di, oh sabio

>¿Hay algo especial que quieres que te compre por tu cumpleaños?

ahora que lo dices, sí, artillería psada.:)

m

Por una vez, como diría su hermano, Tim agradeció la convención de que los usuarios de Internet son incapaces de captar un chiste sin recibir un codazo en las costillas. El mensaje lleno

de faltas de Philip lo tranquilizó de una manera distinta, por la simple razón de que se lo hubiera enviado.

Cuando papá estaba vivo, los hermanos se reunían -lo que significaba que Tim viajaba en avión a Millhaven desde Nueva York- una o dos veces al año. En los últimos cinco años, desde su muerte, apenas se habían hablado. Papá había ido a Nueva York una vez, casi con ochenta años de edad, dos después de enviudar, diciendo que quería ver a qué venía tanto alboroto, y se había alojado en el loft de Tim en el número 55 de Grand Street, que le había parecido incómodo y desconcertante. Sus rodillas subían y bajaban los tres tramos de escalera con dificultad, y Tim le había oído quejarse a su querido Míchael Poole, que vivía en el piso de arriba con la asombrosa e igualmente querida Maggie Lah, que antes pensaba que su hijo tenía dinero suficiente para poner al menos un ascensor. («Yo trabajé de ascensorista, ¿sabe?», le dijo a Michael. "En el famoso hotel St. Alwyn, en Pigtown. Ah, los grandes músicos se alojaban allí, negros incluidos.») Al día siguiente, en una pequeña reunión informal que Tim organizó con Maggie Lah, Michael Poole y Vinh Tran, el dueño y director junto con Maggie del Saigon, el restaurante vietnamita de la planta baja del 55 de Grand Street, su padre se volvió hacia Michael y dijo:

-¿Sabe una cosa, doctor? Por mí el mundo entero puede estallar en cuanto me muera, me importa un pimiento. ¿Por qué habría de importarme?

-¿No tiene un hijo el hermano de Tim? -preguntó Michael-. ¿No le importa lo que le pase a su nieto?

-Nada en absoluto.

-Es usted un tipo duro, ¿verdad? -repuso Maggie.

Papá le sonrió. El vodka le había hecho entrar en calor, hasta el punto de suponer que aquella asombrosa mujer china podía ver a través de las arrugas de la vejez al granuja seductor que seguía siendo en el fondo.

-Me alegro de que en Nueva York haya alguien lo suficientemente inteligente para comprenderme -dijo.

Tim advirtió que se había leído tres páginas de la nueva novela de George Pelecanos sin captar más que palabras sueltas. Miró hacia el pasillo para descubrir que los asistentes de vuelo que repartían la comida se encontraban dos filas por delante de él. En Midwest Air, una línea aérea de una sola clase conocida por los amplios asientos y el atento servicio, la perspectiva de la comida a bordo podía despertar aún cierto interés.

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