Pesadilla a 20.000 pies

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Richard Matheson nació en Nueva Jersey (Estados Unidos) en 1926 y estudió periodismo en la universidad de Missouri. Como no encontraba un trabajo fijo en ningún periódico, decidió convertirse en “freelancer”. Envió un primer relato, Nacido de hombre y mujer, recreación moderna del clásico Frankenstein de Mary Selley, a la revista Magazine of Fantasy and Science Fiction, que lo publicó en 1950 con gran éxito. Seducido por el mundo del cine, escribió guiones, y en 1957 llegó a un acuerdo con la Universal para adaptar su novela El hombre menguante, película esencial en la historia del cine fantástico. Pesadilla a 20.000 pies y otros relatos insólitos y terroríficos reune los mejores cuentos de terror de Matheson (algunos de ellos convertidos en episodios de la serie televisiva de culto The Twilight Zone, emitida en los sesenta) y se publica en la intención Gótica de Valdemar por considerar a Matheson como un cultivador de este género en su más amplia acepción del término. Matheson es un hito fundamental en esa cadena ininterrumpida de maestros del horror estadounidenses. Una cadena que arranca en autores como Hawthorne o Edgar Allan Poe y remata en nuestros días en Stephen King, dando nombres entre medias de la talla de Fitz James o’Brien, Ambrose Bierce o H.P. Lovecraft.

ANTICIPO:

No dijo ni una palabra hasta que cumplió los cinco años. Entonces, una noche, cuando subía a cenar, se sentó a la mesa y dijo:
-Muerte.
Sus padres se sintieron divididos entre el júbilo y la repugnancia. Por fin se conformaron con un punto intermedio entre ambos sentimientos. Decidieron que Jules no podía saber lo que significaba aquella palabra.
Pero Jules sí lo sabía.
A partir de aquella noche, acumuló un vocabulario tan amplio que todos los que le conocían estaban atónitos. No sólo aprendía todas las palabras que le decían, y las palabras de carteles, revistas y libros; además, se inventaba sus propias palabras.
Como nocturnal. O mataril. En realidad lo que hacía era fundir varias palabras. Expresaban cosas que Jules sentía pero no podía explicar con otras palabras.
Solía sentarse en el porche mientras los otros niños jugaban a rayuela, al béisbol callejero y otros juegos. Se quedaba allí sentado y miraba la acera y se inventaba palabras.
Hasta que cumplió los doce años, Jules no se metió en problemas.
Por supuesto, hubo una vez que le pillaron desvistiendo a Olive Jones en un callejón. Y otra vez le pillaron diseccionando un gato en la cama.
Pero pasaron muchos años entre medias. Aquellos escándalos se olvidaron.
En general, durante su infancia se limitó a repugnar a la gente.
Fue a la escuela pero nunca estudió. Repitió dos o tres veces cada curso. Los profesores lo conocían por su nombre de pila. En algunas materias, como lectura y escritura, era casi genial.
En otras era un desastre.
Un sábado, cuando tenía doce años, Jules fue al cine. Vio Drácula. Cuando se acabó, salió caminando, convertido en un manojo de nervios tembloroso, a través de las filas de chicos y chicas.
Se fue a casa y se encerró en el cuarto de baño durante dos horas. Sus padres aporrearon la puerta y le amenazaron, pero no quiso salir.

Por fin, abrió la puerta y se sentó a la mesa para cenar. Llevaba el pulgar vendado y lucía una sonrisa de satisfacción en la cara.
A la mañana siguiente fue a la biblioteca. Era domingo. Se sentó en los escalones todo el día esperando a que la abrieran. Por fin se volvió a casa.
A la mañana siguiente volvió a la biblioteca, en lugar de ir a la escuela.
Encontró Drácula en las estanterías. No pudo sacado porque no tenía el carné, y para sacarse el carné tenía que ir con uno de sus padres.
Así que se metió el libro en los pantalones y salió de la librería y nunca lo devolvió.
Se fue al parque, se sentó y leyó el libro entero. Estaba anocheciendo cuando acabó.
Empezó otra vez por el principio, leyendo mientras corría de farola en farola, todo el camino hasta casa.
No hizo ni caso de la reprimenda que le dieron por perderse la comida y la cena. Comió, se metió en su habitación y leyó el libro hasta el final. Le preguntaron de dónde había sacado ese libro. Dijo que se lo había encontrado.
Los días fueron pasando y Jules leyó la historia una y otra vez. Nunca iba a clase.
A última hora de la noche, cuando se había sumido en un sueño agotado, su madre solía llevar el libro al salón y enseñárselo a su marido.
Una noche se dieron cuenta de que Jules había subrayado ciertas frases con líneas oscuras y temblorosas de lápiz.
Como: «Los labios estaban teñidos de carmesí por la sangre fresca, y el chorro había goteado de su mejilla y manchado la pureza de su mortaja de lino».
O: «Cuando la sangre empezó a brotar, tomó mis manos con la suya, sujetándolas firmemente, y con la otra agarró mi cuello y acercó mi boca a su herida…»
Cuando su madre vio aquello, tiró el libro a la basura.
A la mañana siguiente, cuando Jules descubrió que el libro había desaparecido, chilló y no dejó en paz a su madre hasta que le dijo dónde estaba.

Entonces corrió al sótano y rebuscó en los montones de basura hasta que encontró el libro.
Con granos de café y yemas de huevo en las manos y las muñecas, fue al parque y volvió a leerlo.
Durante un mes, leyó el libro con avidez. Al final se lo sabía tan bien que lo tiró y se limitó a pensar en él.
La escuela mandaba notas con sus faltas de asistencia. Su madre gritaba. Jules decidió volver durante un tiempo.
Quería escribir una redacción.
Una día la escribió en clase. Cuando todo el mundo hubo acabado de escribir, la profesora preguntó si alguien quería leer su redacción delante de toda la clase.
Jules levantó la mano.
La profesora se sorprendió. Pero sintió compasión. Quería animarle. Se tocó el pequeño mentón y sonrió.
-Muy bien -dijo-. Prestad atención, niños. Jules va a leernos su redacción.
Jules se levantó Estaba entusiasmado. El papel temblaba en sus manos.
-Mi sueño, por…
-Ponte delante de la clas ;]ules, querido.
Jules fue a la parte delantera de la clase. La profesora le sonrió con ternura. Jules volvió a empezar.
-Mi sueño, por Jules Drácula.
La sonrisa se esfumó.
-Cuando sea mayor quiero ser un vampiro.
Los labios sonrientes de la profesora se movieron arriba y abajo. Sus ojos se abrieron como platos.
-Quiero vivir eternamente y vengarme de todos y enrollarme con todas las chicas vampiras. Quiero oler a muerte.
-Jules!
-Quiero tener un aliento nefando que huela a tierra muerta y a criptas y a dulces ataúdes.
La profesora se estremeció. Sus manos sacudieron su cuaderno verde. No podía creer lo que oía. Miró a los niños. Estaban con la boca abierta. Algunos se estaban riendo. Pero las chicas no.
-Quiero ser frío y estar hecho de carne podrida con sangre robada en las venas…
-Con eso bas… ¡ejem! _,
La profesora se aclaró la garganta sonoramente.
-Con eso basta, Jules -dijo.
Jules habló más fuerte, con desesperación.
-Quiero hundir mis terribles dientes blancos en el cuello de mis víctimas. Quiero que…
-Jules! ¡Vuélvete a tu sitio ahora mismo!
-Quiero que se deslicen como navajas en la carne y en las venas -leyó Jules con ferocidad.
La profesora se puso en pie de un salto. Los niños estaban temblando. Ninguno se reía.
-Luego quiero sacar mis dientes y dejar que la sangre fluya en mi boca y corra caliente por mi garganta y…
La profesora le agarró del brazo. Jules se soltó y corrió hasta un rincón. Atrincherado detrás de una silla gritó:
-¡Y que mi lengua gotee y que mis labios se deslicen por el cuello de mis víctimas! ¡Quiero beber la sangre de las chicas!
La profesora se lanzó a por él. Le sacó a rastras del rincón. Él le clavó las uñas y chilló todo el camino hasta la puerta del despacho del director.
-¡Ése es mi sueño! ¡Ése es mi sueño! ¡Ése es mi sueño!
Fue tétrico. ´
Encerraron a Jules en su cuarto. La profesora y el director hablaron con los padres de Jules. Hablaban con voces sepulcrales. Estaban relatando la escena.
Los padres la comentaron por todo el barrio. La mayoría no se lo creyó al principio. Creían que sus hijos se lo habían inventado. Luego pensaron que habían criado unos hijos horribles si eran capaces de inventarse algo así.
Así que lo creyeron.

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Interplanetaria

9 Opiniones

Escribe un comentario

  • Alcor
    on

    Descubrí a Matheson hace muchos años, gracias al cine, y sus cuentos los leí en aquellas antologías de Nueva Dimensión. Es una delicia volver a encontrarlos en una edición y traducciones más cuidadas.

  • Ximo
    on

    Buena pinta toda, pero un poco duro para el bolsillo.

  • Jose Luis
    on

    He comenzado a leerla hace un par de días, entre "escaqueos" en el curro y, hoy día está casi terminada.

    Simplemente genial.

  • josemiguel
    on

    Simplemente genial, en efecto.

  • Raban
    on

    ¿Los cuentos que sacaron de Matheson en los libros de Nueva Dimensión eran una edición pirata?

  • rodrigo
    on

    Esta feo señalar con el dedo, pero tras algunas cosas que luego se han sabido…

  • rodrigo
    on

    Es uno de los relatos que he visto incluidos en la antología. Lo recomiendo, genial. Terror en estado puro, condensado.

  • i
    on

    Agua pasada no mueve molino, lo que hay que hacer es alegrarse porque ahora tengamos una edición dignísima.

  • Kx
    on

    Pesadilla a 20.000 pies supongo que es el cuento que inspiró el último episodio de aquella película de Spielberg (creo que era cuentos asombrosos o algo así). A no ser que sea casualidad o plagio, ambas cosas que me extrañan bastante.

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