Poe. Una vida truncada

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La biografía de Edgar Allan Poe (1809-1849) escrita por Peter Ackroyd se abre con uno de los episodios más emblemáticos y misteriosos: la muerte. Nadie sabe qué sucedió al poeta desde que le vieron desembarcar en Baltimore y su descubrimiento seis días más tarde en un estado lamentable en un taberna. No es éste sin embargo el único misterio que rodeó la vida y la obra de Poe, y, sin conjeturas gratuitas, Peter Ackroyd lleva a cabo una minuciosa reconstrucción de la trayectoria de un genio de las letras.

Edhasa también ha publicado los "Cuentos completos" de Poe que, junto a esta biografía, nos enseñará a conocer y entender la trayectorioa vital y profesional de este genio de la literatura. Un personaje tan fascinante como su obra.

ANTICIPO:
Así fue como Poe arribó a Nueva York. Alquiló una habitación en algún lugar barato junto a Madison Square, pero al poco de llegar sufrió una infección del oído y un terrible catarro. La vida en Nueva York era en todos los aspectos muy diferente a la de Richmond, e incluso a la de Baltimore. Poe se había criado en la que seguía siendo básicamente una sociedad agrícola, donde tenían especial importancia el rango y el estatus social. Acababa de llegar a una ciudad que estaba iniciando su desarrollo industrial y mercantil, y empleando todas sus fuerzas y todo su afán nivelador en dicha empresa. Nueva York era una ciudad más en movimiento y más dura que cualquiera de las ciudades que había conocido. Henry James la describió como la «ciudad con olor a licor, de aspecto febril», una ciudad de cerdos y caballos, una ciudad donde se hacía dinero demasiado rápido. El año de la llegada de Poe, empezó a circular el primer tranvía por la Cuarta Avenida.

La ciudad estaba creciendo lenta, pero incesantemente, hacia el norte. Con su embrión en el viejo barrio del puerto, a principios de los años treinta llegaba más o menos a lo que ahora es Canal Street. A lo largo de esta línea, había pequeños poblados humildes de inmigrantes irlandeses, además de las viviendas de los peones y constructores, que despejaban el camino para ulteriores construcciones. También había grandes granjas y casas señoriales en lo que en otro tiempo había sido un terreno virgen. Ahora, a medida que el crecimiento de la ciudad iba en aumento, se respiraba por doquier un olor a polvo de ladrillo. Nueva York era un lugar ruidoso, próspero y a veces desconcertante. Broadway y el Bowery ya estaban exhibiendo algunas de las características que iban a perdurar con el tiempo. Broadway era lugar de tiendas y teatros, mientras que el Bowery era una zona menos rimbombante que daba cobijo a tugurios y diversos pubs.

Desde su habitación, enfermo y dos días después de su llegada, Poe escribió a Allan manifestándole que «no tengo dinero, ni amigos… Nunca me levantaré ya de la cama». Allan no contestó a esta carta angustiada, pero tampoco la destruyó. Tiempo después, escribiría encima: «Hace ya más de dos años que recibí esta preciosa reliquia del corazón más negro y más profundamente ingrato; privado de honor y principios, cada día de su vida no ha hecho más que confirmar esta naturaleza viciada». En otras palabras, no estaba dispuesto a reconciliarse con su joven pupilo, por miserables que fueran las circunstancias en que se hallara Poe. Al no recibir contestación, el poeta se desesperó. Incluso escribió al superintendente de West Point, de donde acababa de ser cesado de manera deshonrosa, pidiéndole referencias. Al mismo tiempo, expresaba su deseo de alistarse en el ejército polaco. El superintendente, coronel Thayer, ni siquiera contestó.

Poe permaneció en Nueva York sólo tres meses más. Sus finanzas eran, por no decir otra cosa, sumamente inciertas. Organizó una recolecta entre sus compañeros cadetes de West Point para la publicación de un libro de poemas. Sus amigos esperaban un volumen de sátiras, al estilo de lo que había escrito antes, pero iban a llevarse un buen chasco. En abril de 1831 se publicaron los «POEMAS DE EDGAR A. POE», dedicados al «Cuerpo de Cadetes de EE. UU.». Mas no los había escrito teniendo presentes a los jóvenes soldados. Poe incluyó nuevos poemas, como, por ejemplo, «Israfel», «A Elena» y «La ciudad condenada», composiciones que confirmaban su interés literario por la introspección desolada y fúnebre; como si sintiera que nunca sería feliz en esta tierra. Se advierte una marcada tendencia a apostrofar la muerte como lugar de reposo y consuelo. Hay también pasajes que ofrecen también claros indicios de sus escritos futuros:

Be silent in that solitude

Which is not loneliness, for then

The spirits of the dead who stood

In Life before thee are again

In death around thee, and their will

Shall overshadow thee: be still.


(Guarda silencio en esa soledad

que no es estar solo, pues entonces

los espíritus de la muerte que estuvieron

en la vida antes que tú están de nuevo

en la muerte a tu alrededor, y su voluntad

te subyugará: no te muevas.)

Es una literatura de calidad, a la vez enérgica y melódica, con un acendrado sentido de la cadencia y una inmediatez del significado no forzada. Uno de los más flagrantes infortunios de Poe en esta tierra fue que jamás se reconociera en vida la excelencia de su poesía; Fue su sino el que se le malinterpretara, en el sentido literal de la palabra. Durante los catorce años siguientes, no volvería a publicar ningún otro poemario.

Escribió un prólogo al volumen titulado «Carta al señor…», donde manifestaba la poética que regiría el resto de su vida. «Un poema se opone, en mi opinión -escribía-, a una obra de ciencia en cuanto tiene como objetivo inmediato el placer, no la verdad; es decir, fabular teniendo como objeto un placer indefinido, que no definido.» A continuación, sostenía que la poesía no se preocupa «por sensaciones indefinidas, a cuyo fin la música es esencial, pues la comprensión del sonido dulce es nuestra concepción más indefinida». Ésta es una de las profesiones de fe en el arte por el arte cuyo influjo sería profundo y duradero en la poesía francesa del resto del siglo XIX. Su asociación entre poesía y música se adelanta en cuarenta y seis años a la expresión de sentimientos parecidos por parte de Walter Pater.

***

Como la vida se había vuelto insoportable en Nueva York, en mayo volvió a Baltimore con sus parientes. La existencia en Mechanics Row, no menos pobre y desordenada que antes, se había tornado más desesperada aún a causa de su hermano, que estaba muñéndose de tuberculosis. Era la enfermedad familiar. Poe compartía con su hermano la habitación del ático posterior; allí, en agosto, Henry Poe murió por «abuso de la bebida» a los veinticuatro años. En una carta escrita dos años antes, Poe había confesado que «no puede haber lazo más fuerte que el que une a dos hermanos; no es tanto que se ame el uno al otro como que ambos amen a la misma madre». Con el fallecimiento de Henry, Eliza Poe había muerto un poco más si cabe.

Su tía, Maria Clemm, una figura un tanto ambigua, fue la única que trató de mantener la casa en pie durante aquel período especialmente difícil. Experta en ganarse la vida como fuera, ya fuera cosiendo e hilvanando o cocinando, mantuvo unida a la familia, de la que Poe no tardó en convertirse en parte integrante, contra viento y marea. El joven poeta acabó dependiendo de su tía completamente para todas las necesidades vitales. De forma inevitable, Maria Clemm acabó ganándose la fama de mujer pordiosera e incluso gorrona. Cuando Poe se unió a la familia ella contaba cuarenta y un años y su aspecto tenía algo de masculino, con la frente despejada y un mentón poderoso. Por alguna razón desconocida, le colgaron el apodo de «Muddy» [«Limosa o Embarrada»].

Virginia, la hija de Maria Clemm, tenía nueve años cuando su primo regresó a Baltimore. Este la llamaba Sis o «Sissie». De aspecto infantil, casi de muñeca, era de tez muy pálida. Aunque un poco regordeta, tenía los ojos grandes y el pelo muy negro, rasgos por los que Poe se sintió instintivamente atraído.

Siguió llamándola «Sissie» incluso después de casarse con ella.

* * *

Durante sus primeros meses en Baltimore, trató de conseguir trabajo como conserje en una escuela local, pero rechazaron su solicitud. Ante su miseria financiera, como último recurso decidió vivir de su pluma. Empezó a escribir relatos, y puede que incluso probara fortuna, «a penique la línea», en alguno de los periódicos del lugar. Pero siguió siendo pobre de solemnidad. En noviembre, escribió a Allan contándole que «me detuvieron hace once días por una deuda que no creía tener que pagar», y al final le pedía dinero. Dos semanas después, Maria Clemm secundó su petición de dinero con una carta de su puño y letra, en la que sostenía que Poe «está sumamente apenado por la negativa de usted a ayudarle». No existe, empero, documento alguno sobre una posible detención o encarcelamiento de Poe por aquella época. Si se trató de un subterfugio pergeñado por él para conseguir fondos de parte de Allan, es evidente que la señora Clemm gozaba de la plena confianza de Poe. A finales de año escribió dos cartas más a su padre adoptivo. En la primera afirmaba que «la enfermedad y el infortunio no me han dejado la menor sombra de orgullo. Confieso que soy miserable, e indigno de ser conocido, pero, por favor, no permita que perezca sin haberme proporcionado ningún recurso». Dos semanas después, volvía a escribirle implorando su ayuda, «por el amor que me profesaba cuando estaba yo sentado en sus rodillas y le llamaba padre mío».

A principios del año siguiente, Poe recibió de su tutor un tardío regalo de veinte dólares, que le salvó de morir de hambre. Hay algunos documentos que atestiguan que Poe volvió a Richmond en el verano de aquel año ya para enfrentarse a Allan ya para tratar de aplacarlo. Pero las pruebas acerca de dicha visita no son realmente fehacientes.

***

En enero de 1832, el Saturday Courier de Filadelfia tuvo el honor de publicar el primer cuento de Poe. Titulado «Metzengerstein», estaba escrito al estilo de los cuentos de terror germánicos. Durante dicho año, el mismo semanario publicó otros cuatro cuentos suyos: «El duque de L´Omelette», «Cuento de Jerusalén», «Una pérdida decidida» y «La ganga desperdiciada» (posteriormente «Bon-Bon»). Aun

que son narraciones que se recrean en lo espantoso o sobrenatural, están escritos en un molde satírico o paródico. Poe, que había estado leyendo revistas como Blackwood´s Magazine, aprendió rápidamente a poner por escrito un relato «sensacional». Pero esto no era para él un trabajo de poesía serio; sólo suponía una manera de ganarse la vida, y algo de dicho desdén se detecta en estos ejercicios, avezados pero profundamente irónicos, en el género del escalofrío. A pesar de los pesares, en la buhardilla de Mechanics Row había encontrado su verdadera vocación. Podemos considerar representativo el primero de ellos, «Metzengerstein», cuento ambientado en Hungría, que es un relato de terror y de metempsicosis brioso y cautivador y al mismo tiempo perfectamente pensado y calculado. Trata sobre el joven barón Metzengerstein, el cual, habiendo perdido a sus padres uno tras otro, hereda una gran fortuna. Es posible apreciar aquí vislumbres de un deseo hecho realidad. Pero, en su conducta disipada, parece haber ya indicios de una «melancolía morbosa y de una mala salud hereditaria». El barón quema los establos de un enemigo, pero luego, a modo de justo castigo, un caballo representado en un tapiz de su mansión cobra vida de repente, con «unos dientes sepulcrales, espantosos, repelentes». Finalmente, el barón monta en el caballo en busca de su propia perdición propia. Todo es muy estridente y colorido, y por supuesto no debe tomarse en serio, si tenemos en cuenta que su única finalidad era interesar y sorprender a un amplio grupo de lectores un tanto crédulos. Esta iba a ser una de las principales paradojas de la carrera literaria de Poe.

* * *

La vida de Poe en Baltimore está relativamente bien documentada. Acudía con regularidad a la biblioteca de la ciudad, donde siguió lo que puede considerarse en esencia un curso en autoformación, y frecuentaba la librería de Calvert Street y la «ostrería» de Pratt Street. Cortejaba a una joven que vivía en el vecindario, Mary Devereaux, la cual nos ha dejado una breve descripción de su joven enamorado. A Poe «no le gustaba el "tonteo" ni el charloteo. Tampoco la gente de piel oscura… Tenía un temperamento excitable, apasionado, y era muy celoso. No ejercía prácticamente ningún control sobre sus fuertes sentimientos. Carecía de equilibrio interior; tenía demasiado cerebro. Se mofaba de todo lo sagrado, y nunca iba a la iglesia… Decía a menudo que había un misterio que planeaba sobre él que no lograba descifrar». A pesar de la ingenuidad de este recuerdo, se nos antoja bastante preciso. Poe solía citarle a Burns en sus paseos por la ciudad y colinas adyacentes. «Lo único que no me gustaba de él -añadía- era que mantuviera la cabeza tan alta. Era orgulloso y miraba por encima del hombro a mi tío, cuyo negocio no le convenía.»

Su temperamento fácilmente excitable y su carácter muy apasionado son también evidentes por una anécdota narrada por Mary Devereaux. En cierta ocasión, después de una discusión entre los amantes, ella se retiró a su casa. Poe la siguió y pidió a su madre con insistencia que le dejara verla. En otra ocasión, propinó al parecer un correazo al tío de la joven por el delito de haberle mandado una carta «cortante». Todo esto es sumamente característico de la conducta posterior, y más errática aún, de Poe. Un contemporáneo de Baltimore nos ofrece otra descripción del joven poeta, más física. «Poe tenía buena presencia, andaba erguido, como si se hubiera ejercitado para ello. Iba vestido de negro, y llevaba el abrigo abotonado hasta el cuello, donde se juntaba con la corbata negra, a la sazón casi universalmente llevada.» Iría vestido de negro casi el resto de su vida; era su color.

La publicación de sus primeros relatos y la redacción de «gacetillas» en revistas actualmente desaparecidas (que aún están por descubrirse) no aliviaron su situación de extrema pobreza. En abril de 1833, escribió otra carta desesperada a John Allan, donde declaraba hallarse «sin amigos y consiguientemente sin medios para conseguir empleo, estoy pereciendo, pereciendo sin remedio por falta de ayuda… Por el amor de Dios, apiádese de mí y sálveme de la destrucción». Allan no contestó. No existía ya relación epistolar entre ellos.

Pero Poe distaba mucho de estar ocioso. Al mes siguiente, mandó un relato breve a la New England Magazine, la primera de una serie de narraciones que se proponía publicar con el título de Once cuentos de lo arabesco. Prometiendo enviar las obras completas, añadía en una posdata: «Soy pobre».

Sin embargo, en el otoño de 1833 la fortuna le sonrió, tras presentar varios relatos para un certamen organizado por la Baltimore Saturday Visiter, en que se concedía un premio de cincuenta dólares al mejor. El comité editorial del Visiter decidió por unanimidad que el «Manuscrito hallado en una botella» era «con mucho, y de lejos, superior a cualquier cosa presentada antes» y que el premio debía darse al joven y desconocido autor. Poe entregó asimismo un poema, pues había un premio de poesía de veinticinco dólares, que también habría ganado si el comité no hubiera considerado desproporcionado conceder dos premios a la misma persona. El relato, que narra un viaje sobrenatural por parte de una tripulación fantasma, en medio de un «caos de agua informe», se publicó a principios de octubre. Es una variante de la leyenda del holandés errante, pero marcada por la fascinación que sentía Poe por la vorágine y el abismo más salvaje.

Éste fue uno de los pocos momentos triunfales en la carrera literaria de Poe. Por primera vez era objeto de reconocimiento público. Sus perspectivas de fama y fortuna habían dado un vuelco positivo. El domingo y el lunes después de anunciarse la concesión en la revista, Poe visitó a los miembros del comité editorial. Uno de ellos, el señor Latrobe, recordaría más tarde que «sus modales eran sencillos y tranquilos, y aunque volvió para agradecer lo que consideraba justamente merecido, no había nada de obsequioso en sus palabras ni acciones». Al mismo tiempo, señalaba que «la frente de Poe era alta y notable por sus entradas pronunciadas. Esta era una característica en su cabeza que se advertía enseguida, y que nunca he olvidado». Esta observación sobre su aspecto (que había algo que resultaba inolvidable) es bastante frecuente en su biografía. Poe contó también a Latrobe que en aquel momento estaba escribiendo un relato sobre un viaje a la luna en globo, y, en el transcurso de dicha explicación, «batió palmas y golpeó con el pie para recalcar sus palabras». A continuación Poe, riendo, se disculpó por su «excitabilidad».

Uno de los editores con quienes se entrevistó aquel domingo, John P. Kennedy, acabaría convirtiéndose en su mecenas extraoficial. En una ocasión posterior, Poe recordó a Kennedy «aquellas circunstancias de absoluta desesperación en que usted me encontró» y «cuántos motivos tengo para estar agradecido a Dios y a usted mismo». En un diario escrito tras la muerte de Poe, Kennedy anotaba que «lo encontré en Baltimore muriéndose prácticamente de hambre».

El joven poeta tenía ahora algunas razones para abrigar esperanzas. En octubre, el Visiter anunció que iba a publicarse mediante suscripción «un volumen de cuentos de la pluma de Edgar A. Poe». El libro en cuestión se titularía El Club del Libro en Folio e incluiría diecisiete relatos. Cada uno de éstos estaba narrado por un miembro distinto de dicho club, y tras cada narración habría discusiones críticas entre ellos. Era ésta una muestra perfecta del talento heterogéneo de Poe. Los relatos eran, según sus propias palabras, «de un carácter extraño y generalmente fantasioso»; y, lo que resultaba más significativo, estaban concebidos en buena parte como sátiras sobre toda una serie de estilos literarios, desde el sensacionalismo germánico de la Blackwook´s Magazine al estilo rápido y conciso tan en boga en las publicaciones periodísticas de la época. Poe caricaturizaba a escritores tan diversos como Walter Scott y Thomas Moore, Benjamin Disraeli y Washington Irving. Sus cuentos iban desde «Los anteojos», relato en que el narrador se enamora de su abuela, hasta el necrofílico «El Rey Peste»; en cuanto a los distintos narradores, ostentaban nombres tan curiosos como Horribile Dictu y Convolvulus Gondola. En ellos se destilaba, en efecto, un humor enrevesado, pero es importante señalar que Poe se embarcó en su carrera narrativa como escritor predominantemente satírico. Siempre había un rasgo de vodevil en su proceder.

El humor de Poe parecía, en el mejor de los casos, algo trabajado. A menudo rozaba con lo jocoso, y le deleitaba lo que sólo puede llamarse propiamente humor negro. Sólo rozaba lo ingenioso en las reseñas mordaces de otros escritores, donde detectamos una nota casi «wildeana». Tenía un don especial para el sarcasmo, un tono natural de superioridad no desprovisto de desprecio. También le encantaba «embaucar» con relatos de viajes imaginarios a regiones heladas y viajes a la luna. Por cierto, hay quien sostiene que en sus cuentos de terror estaba en realidad «tomando el pelo» deliberadamente a su público, candido y crédulo. «El gato negro» y «El corazón delator» son también ejercicios en el arte de lo burlesco.

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