Política Razonable

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En uno de los textos incluidos en este libro, afirma Albert Boadella: La política se ha caracterizado siempre por ser un pudridero colosal, donde lo más positivo, lo más importante, es la resistencia que uno ofrece a la irreversible descomposición. Para intentar oponerse a la putrefacción se ha creado un nuevo partido político, Unión, Progreso y Democracia, UPyD. Hay quien piensa que esa sigla significa Un Partido Diferente. Tendrá que demostrarlo.

Los objetivos del proyecto son estimulantes: regenerar la democracia devolviendo al discurso político sinceridad y autenticidad; superar las viejas etiquetas de izquierda y derecha para asumir lo mejor de cada tradición política; dar a cada ciudadano las máximas libertades posibles al margen de todo sectarismo; liberar al poder judicial del sometimiento al poder político; extender los derechos ciudadanos de forma equitativa a todos los territorios españoles; reformar el sistema electoral para que un mismo número de votos suponga un mismo número de diputados y concluya el permanente chantaje de los grupúsculos nacionalistas sobre el conjunto de la población.

Este libro reúne un conjunto de textos que presentan y desarrollan los planteamientos del nuevo partido político. Pertenecen a tres de sus más destacados promotores (Fernando Savater, Rosa Díez y Carlos Martínez Gorriarán) así como a tres de las primeras personalidades literarias que se han lanzado a apoyarlo públicamente (Mario Vargas Llosa, Albert Boadella y Álvaro Pombo).

Pero, ¿puede realmente un partido político, por muy diferente que sea su proyecto, florecer inmaculado en medio de un pudridero colosal? No hay que hacerse demasiadas ilusiones, pues la putrefacción es contagiosa y la desilusión puede resultar traumática. Pero poco se pierde por intentarlo. Al menos, poco que no esté putrefacto.

ANTICIPO:
La tercera España

No es la primera vez en nuestra historia que es necesario apelar a la voz de la tercera España; en un pasado no tan lejano personalidades como Ortega, Madariaga, Sánchez Albornoz, Machado, Galdós, Unamuno, Besteiro o Marañón alertaron sobre las consecuencias de una división entre españoles que podría tener —como de hecho tuvo— graves consecuencias. Y a una tercera España que sufría las consecuencias de un enfrentamiento estéril, artificial y peligroso; una tercera España que no se sentía representada por los protagonistas políticos de aquellos tiempos.

Hoy no estamos, afortunadamente, en circunstancias similares. España forma parte de la Unión Europea, hay una democracia asentada, hay millones de ciudadanos españoles que han nacido en democracia. Estas circunstancias nos protegen de consecuencias dramáticas como las que dieron al traste con la Segunda República. Y como las que se produjeron después. Pero es también cierto que llevamos demasiado tiempo cavando entre nosotros una sima artificial que cada vez se hace más profunda y más infranqueable. Quiero destacar lo artificioso —y lo irresponsable— de la división que se está fomentando desde el poder político entre ciudadanos españoles. Entre nosotros no existía un ánimo revisionista, ni rupturista. La inmensa mayoría de los españoles no sentíamos necesidad ninguna de ahondar en nuestras diferencias, de buscar elementos —en el pasado y en el presente— que nos dividieran como conciudadanos de un mismo país, de un Estado de derecho llamado España.

Sin embargo hemos llegado a una situación en la que todo aparenta estar partido por la mitad. No hay nada, ni sustancial ni adjetivo, en lo que parezca que nos podemos encontrar. Desde el modelo territorial, hasta la política antiterrorista, pasando por la política exterior, la fiesta de los toros, el cambio climático o las visitas de los Reyes a cualquiera de los territorios que configuran nuestro país, nada encuentra espacio para el consenso. En nada estamos de acuerdo; y si parece que es posible tejer algún acuerdo, pues nos lo cargamos y basta.

La situación de confrontación que estamos viviendo no se ha producido por generación espontánea; es la consecuencia de una estrategia diseñada por el PSOE dirigida a dividirnos, a partir España en dos; una estrategia acariciada desde antes de llegar al gobierno y que tuvo su desarrollo perfectamente definido y calculado desde el mismo momento en que ganó las elecciones. El PSOE decidió garantizarse sus futuras mayorías haciendo una política que expulsase al PP del consenso constitucional; por eso el Partido Socialista renunció a ser un partido que vertebrara España, a defender un mismo proyecto para todo el país. Y así perdió la sena de identidad más característica de toda su historia. Y en coherencia con ese nuevo diseño, perdida su condición de partido de Estado, puso en marcha una serie de alianzas con los nacionalistas para garantizarse sus apoyos tanto en el Gobierno de España como en todos los ayuntamientos y/o comunidades autónomas; el espíritu del Pacto del Tinell se extendió a toda España y a todas sus instituciones. AI mismo tiempo —y desde el gobierno de la Nación— decidió impulsar todas aquellas leyes que —o bien por la forma de presentarlas o por el alcance y/o la ideologización del tema a regular— forzaran al PP a rechazarlas, excluyendo de facto al principal partido de la oposición, al único partido que, hoy por hoy, es alternativa de gobierno, a quedar excluido de cualquier acuerdo. Recuerden la soflama triunfal que los dirigentes del PSOE y del Gobierno han repetido a lo largo de toda la legislatura: «Se han quedado otra vez solos». Sí, solos con diez millones de ciudadanos a los que también se les ha castigado con su exclusión.

El PSOE ha diseñado una estrategia de confrontación con el PP, de bronca continua, de provocación, en la que la mayor parte de las veces éste cae de cabeza. Es verdad que en muchas ocasiones el Partido Popular no hace otra cosa que defenderse; pero es también cierto que en otras muchas se deja llevar por la diversidad de intereses que anidan en sus filas, por la táctica que le van marcando sus baronías territoriales y por el vértigo que le produce no tener ningún aliado para un futuro gobierno. De ahí la debilidad que muestra, por ejemplo, al entrar a negociar nuevos textos estatutarios que no preocupan a nadie y que legitiman la posición del PSOE en la implantación de un nuevo modelo territorial del Estado. El último ejemplo de esta debilidad y de esa táctica errática del PP son las recientes declaraciones de su líder catalán, Sirera, que se muestra partidario de que el Constitucional no modifique el texto del Estatuto que ellos mismos, como partido político, han recurrido…

Pero el responsable de esta ruptura, de esta bronca, de esta confrontación que soporta la sociedad española, es el PSOE y su gobierno, que han hecho de llevar al extremo todas las posiciones su principal fondo de negocio. Pero ideologizar hasta el extremo cualquier propuesta, hasta los temas que son propios de pactos de Estado, no sólo ha producido una ruptura con el Partido Popular; esa forma de hacer política ha conseguido que la mayoría de los ciudadanos empiece a estar completamente harta de este clima irrespirable y, por ende, de la política. Claro que esto no le preocupa al PSOE: el partido del gobierno cree que en la bronca gana, que la respuesta que consigue del PP con sus provocaciones hace que la gente olvide quién es el que provoca, que la «sonrisa» de Zapatero les permite hacer videos insultantes o declaraciones sobre «la autoría intelectual del atentado del 11M», como las que hizo José Blanco, quedando el PSOE como el agredido y el PP como el radical y el agresor. Eso es al menos lo que ellos y sus expertos electorales calculan. Y como ya no hacen política sino que se dejan guiar sólo y exclusivamente por la demoscopia, pues así siguen.

Otro ejemplo de la estrategia de ruptura llevada a cabo por el Partido Socialista es el debate de estos días en la asamblea de la Federación de Municipios y Provincias: cuando el PP propone que se obligue a los ediles a cumplir la Ley de Banderas, la reapuesta del PSOE —esta vez por boca de un alcalde del País Vasco, el de Vitoria, Patxi Lazcoz— es que «no se pueden imponer los sentimientos a millones de ciudadanos», como si cumplir la ley dependiera de los sentimientos; pero observen la táctica: el PSOE, tolerante con los «sentimientos» de los ciudadanos; el PP «dando con el palo de la bandera» a quienes no la sienten… Y así, suma y sigue.

Pues bien, creo que ha llegado el momento de reivindicar esta tercera España, que es la de la mayoría, la de los ciudadanos que no se sienten enemigos de sus vecinos, que se saben unidos por mucho más de aquello que les puede separar; es el momento de reivindicar ese espacio de entendimiento, de concordia; es el momento de defender lo que nos une, de hacerlo juntos, al margen y por encima de la ideología de cada cual. Es el momento de apelar a personas de nuestra historia como Marañen y Besteiro, un liberal y un socialista, españoles cabales, hombres honestos, demócratas sin limitaciones, objetores de los extremismos y de la contienda. La reivindicación de ese espacio común en el que estamos la inmensa mayoría de los españoles es estrictamente necesaria; y urgente. No es una reivindicación ideológica; ni electoral. Es una reivindicación de sentido común y de sentido democrático. Hoy no estamos en aquella circunstancia dramática en la que esos defensores del entendimiento fueron arrollados por el choque de trenes de los extremismos; pero es igualmente urgente alzar la voz para evitar que las cosas lleguen más lejos. No nos lo podemos permitir. Y nuestros hijos no se lo merecen.

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