Propiedad del rey

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Es imposible fijar con certeza la fecha de redacción de Propiedad del Rey, se especula que 1825 es el año más probable, aunque todo apunta a que su autor, el capitán Marryat, aún se hallaba en activo cuando redactó una novela que no vería la luz hasta tiempo después, en 1830, cuando apareció en tres volúmenes.

La grandeza de la novela recae sobre el escenario marino, tanto las naves como los marinos, que otorgan, junto a un anecdotario de primera mano, un atractivo toque pintoresco a la novela.

La obra se hace eco de situaciones hoy anómalas en Europa, pero moneda común en aquella época, como el comercio de contrabando que existía entre Cherburgo y la costa inglesa. Esta costumbre y algunos personajes de la novela (McElvina y Debriseau) nacen precisamente de ese conocimiento que el propio autor tenía gracias a sus experiencias como contrabandista.

La batalla que recrea en sus páginas no es una ficción, sino una recreación del combate entre la Indefatigable y la fragata Amazon (13 de enero de 1797) y la nave francesa Droits de l´Homme. La Indefatigable, bajo las órdenes del vizconde de Exmouth, Edward Pellew, logró salir del escenario de la batalla, la bahía de Audierne, pero las otras dos naves terminaron estrellándose contra los arrecifes.

ANTICIPO:
Después de la cena se llamó a los del primer cuarto y se siguieron puntualmente todas las instrucciones dadas por el capitán al primer teniente. Adoptadas todas las precauciones, se tocó los cuartos más temprano de lo habitual; los cañones fueron doblemente asegurados; se llevaron lumbreras a proa; el número de pulgadas de agua en el pozo eran conocidos por el carpintero; la sobriedad de los hombres fue controlada por los oficiales colocados en sus respectivos cañones; y una vez que todo lo ordenado fue ejecutado, o estuvo dispuesto, en varios departamentos, se avisó al capitán.

-Ahora, señor Hardy, dispondremos todo para pasar la noche. Plegad las gavias de trinquete y de mesana, y arrizad la mayor… con el trinquete, el contrafoque y la mayor de capa habrá suficiente.

-¿No será mejor arrizar también la trinquete? -dijo Pearce-. Creo que tendremos que hacerlo antes de las doce, sino antes.

-Muy bien, señor Pearce, lo haremos así. ¿Está la mayor de capa dispuesta?

-Dispuesta, capitán, y la escota a popa.

-Entonces tocad llamada y reunidad a la gente… acortad la vela.

La faena fue realizada y se armaron las hamas al desaparecer los últios resplandores de luz del día.

La galerna crecía rápidamente. Gruesas gotas de lluvia se mezclaban con la espuma, que salpicaban las olas; se oían por barlovento trueno lejanos y el relámpago interrumpía frecuentemente la oscuridad de la noche. Los oficiales y hombres de los cuartos siguientes dormían en sus hamacas, confiando su seguridad a los de cubierta; pero le noche estaba terrible, y el capitán, el primer teniente y el master permanecieron en cubierta, como muchos de los oficiales de menos responsabilidad, tales como el médico y el sobrecargo, los cuales, aunque se necesitase su presencia, no sentían ganas de dormir. Hacia las cuatro de la madrugada la galerna estaba en su apogeo. El relámpago iluminaba el cielo en todas las direcciones y el crepitar del trueno dominaba el mugido del viento entre el cordaje. Las olas, choando contra la proa, eran lanzadas con violencia sobre el alcázar y rodeaban el barco al surcar el encrespado mar.

-Si esto dura mucho más -dijo Hardy al master- habrá que quitar la gavia del trinquete y la sobremesana, y arrizar bien la estay mayor.

-En efecto -dijo el capitán, que se hallaba junto a ellos-; pero ya amanece. Esperemos un poco… Cabo, orzad.

-Listo, mi capitán.

Al amanecer, habiendo arreciado el temporal, en vez de mostrar indicios de ceder estaba el capitán dando instrucciones para recoger la trinquete, cuando el marinero que había de vigía en el portalón de sotavento gritó:

-¡Barco por el través de sotavento!

-Barco por el través de sotavento, mi capitán -dijo el oficial de cuarto, cogiéndose a una cuerda con una mano mientras saludaba con la otra.

-Venid, joven, decidle al centinela de mi camarote que os dé mi anteojo -dijo el capitán M**** a Merrick, que era uno de los guardiamerinas del cuarto de la mañana.

-Es un barco grande, capitán… sin palo mayor ni mesana -anunció Hardy, que había subido tres o cuatro flechastes de los obenques del mayor.

El guardiamarina trajo el anteojo, y el capitán, después de sujetarse a la braza del trinquete para no ser precipitadoa sotavento con el balanceo del barco, tan pronto como hubo enfocado a la nave desconocida con su anteojo, exclamó:

-¡Un barco de combate, por el Cielo! Y si puedo juzgar por el casco y la pintura, no es inglés.

Salieron a relucir otros anteojos y la opinión del capitán fue corroborada por los demás oficiales.

-Dejad la trinquete, hardy. Vamos a acercarnos. ¡Cabo, que estén francas las drizas de las señales!

El capitán bajó a su camarote, mientras la fragata era gobernada, según sus instrucciones, poniéndose elmaster al timón. Pronto subió de nuevo.

-Izad el número tres en el trinquete y el ocho en el palo mayor -dijo-. Veamos si puede contestar a nuestra clave.

Se hizo así, y la fragata, saltando pesadamente entre las olas e impelida por la furia de los elementos, se acercó al desconocido. Antes de una hora estaban a menos de media milla una de otro; pero las señales de la clave particular seguían sin ser contestadas.

-Ponedla contra el viento, señor Pearce -dijo el capitán, sin dejar de mirar al barco.

La fragata se colocé de través, no sin tener que luchar con la mar gruesa. La galerna, que, como siempre ocurre, parecía haber amainado al navegar a favor suyo, ahora que se le presentaba el costado rugía con toda su furia.

-Llamada al artillero… soltad el cañón largo de proa; ved si está cargado y haced fuego sobre las amuras de ese barco.

Los marineros desamarraron el cañón y el artillero, quitando las cuñas para obtener la mayor elevación, esperó el momento oportuno del balanceo y hundió una bala junto a la proa del barco desmantelado, que al punto izó la bandera francesa por el lado de barlovento.

-¡El pabellón francés, capitán! -gritaron dos o tres voces a un tiempo.

-Tocad llamada, señor Hardy -ordenó el capitán M****.

-¿Desamarramos los cañones de la cubierta principal?

-No, no… sería inútil; no podemos dispararlos y podrían ir a parar al agua. Probaremos con las carronadas.

Era fácil de ver, aún sin anteojo, que la gente del navío francés trataba de armar a popa, de una manera no muy científica, un mástil de fortuna, para ponerle una vela de measa y poder aprovechar el viento. No se atrevían a recoger la trinquete, porque, no habíendo otra vela para sostener el barco, el único palo que quedaba probablemente se vendría abajo; pero sin velas a popa, el barco no cogía y el viento, y era un jugete del él, sin conseguir virar, aunque el timón estaba enteramente a sotavento.

-¿Dónde estamos, señor Pearce? -preguntó el capitán-. ¿A unas ocho o nueve leguas de tierra?

-Podéis decir a siete, mi capitán, mientras puedo contestaros con exactitud -contestó el master, bajando para tomar la altura.

-Se nos marcha, señor Hardy; hay que cortarle el paso. Vamos, muchachos, a los cañones; bala rasa y metralla; no perdáis un tiro… Apuntad a las troneras del alcázar. Si conseguimos que no armen los mástiles de fortuna, es nuestro.

-Por supuesto que debemos ahorrar proyectiles -dijo el cabo, que mandaba el fuego de uno de los cañones del alcázar-. No nos tienen lo bastante cerca para cogerlos si les degamos hacer; entre tanto, ahí va eso.

La fragata se había arrimado ya a tres cables del navío y su disciplinada triuplación disparaba bastante certeramente, dada la dificultad de hacer blanco en aquellas circunstancias. El enemigo trató de contestar al fuego; pero hubo de abandonar este propósito: dos o tres camñones, desapareciendo de sus troneras, probaban que debían haber rodado hacia sotavento o que habían caído por las escotillas. Así era, en efecto, y los marineros franceses, temiendo ponerse detrás de los cañones para disparar, no hacían blanco, perdiéndose sus disparos. Estando ambos barcos igualmente tripulados, la desventaja, para infortunio de los franceses, hubiera caída del lado de la fragata; pero la galerna en sí misma era ahora suficiente empleo para la indisciplinada tripulación del barco de guerra. El fuego de la fragata, en cambio se hacía con vigor, no obstante balancearse el barco tan violentamente que a veces los hombres que servían las piezas rodaban hasta los imbornales, cayendo unos sobre otros en el agua que inundaba la cubierta; pero tomábanlo a broma y volvían a su faena con esa despreocupación característica de los marineros ingleses. Con ser tan difícil hacer puntería, el fuego tuvo el efecto deseado de impedir a los franceses armar un mástil provisional. A veces, el navío conseguía alejarse, evitando las balas; pero la fragata calculaba su rumbo por el del enemigo, y continuó su terrible persecución.

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