Querido Dexter

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¿Ya conoces a Dexter? Te encantará: es un joven agradable y sencillo, con un buen trabajo, una hermana policía y, últimamente, hasta una novia formal. Claro que también tiene ese extraño pasatiempo, acuchillar o descuartizar personas. Pero no hay que preocuparse: su padre adoptivo, Harry, le enseñó desde niño a utilizar sus habilidades sólo con la gente que se lo merece, asesinos, pderastas… y monstruos como él mismo, en general.

Pero últimamente, Dexter no parece el mismo. Desde que ese maldito sargento Doakes no le quita ojo de encima, se ve obligado a una vida de pesadilla: jugar con los niños, ver la televisión, pasear junto a su novia… Por suerte, todo cambia cuando empiezan a aparecer cadáveres espantosamente mutilados. Dexter sabe apreciar el trabajo de un maestro , sobre todo si puede usarlo en beneficio propio…

Tras el éxito de El Oscuro Pasajero, vuelve el personaje más sorprendente de la reciente literatura criminal. Una nueva vuelta de tuerca a las novelas de asesinos en serie que confirma la originalidad y fuerza de la narrativa de Jeff Lindsay.

Jeff Lindsay vive en Florida, Estados Unidos. Su primera novela, El Oscuro Pasajero, publicada por Umbriel, consiguió un gran éxito y fue saludada como un soplo de aire fresco en el panorama del thriller, con una afortunada mezcla de suspense, ironía, humor negro y trama criminal

ANTICIPO:
Empezó, por supuesto, con el sargento Doakes. Todos los superhéroes han de tener un archienemigo, y él era el mío. Yo no le había hecho absolutamente nada, pero él había decidido acosarme, apartarme de mi buena obra. A mí y a mi sombra. Y lo más irónico: a mí, un esforzado analista de muestras de sangre de la misma fuerza de policía que le daba empleo a él: estábamos en el mismo equipo. ¿Era justo que me persiguiera así, sólo porque de vez en cuando me buscaba un pluriempleo?

Conocía al sargento Doakes mucho mejor de lo que yo deseaba, mucho más de lo que daba de sí nuestra relación profesional. Me había impuesto la tarea de investigarle por un sencillo motivo: nunca le había caído bien, a pesar de que me enorgullezco de ser encantador y afable, con auténtica clase. Pero daba la impresión de que Doakes sabía que todo era pura fachada. Toda mi elaborada cordialidad rebotaba en él como insectos en un parabrisas.

Esto despertó mi curiosidad, como es natural. Lo digo en serio. ¿A qué clase de persona podía caerle mal? Por eso le había estudiado un poco, y lo descubrí. La clase de persona a la que podía caerle mal Dexter el Jovial tenía cuarenta y ocho años, era afroamericano y ostentaba el récord de levantamiento de pesas del departamento. Según las habladurías que había cazado al vuelo, era veterano del ejército, y desde que había llegado al departamento había estado implicado en varios tiroteos fatales, en todos los cuales Asuntos Internos lo había exonerado de culpa.

Pero lo más importante de todo esto era que había descubierto por mí mismo que, detrás de la profunda ira que siempre ardía en sus ojos, acechaba un eco de la risita de mi Oscuro Pasajero. Era tan sólo el levísimo tañido de una campana muy pequeña, pero yo estaba seguro. Doakes compartía espacio con algo, al igual que yo. No era lo mismo, pero sí algo muy similar, una pantera como en mi caso era un tigre. Doakes era poli, pero también un asesino sin escrúpulos. No tenía pruebas, pero estaba tan seguro que no me hacía falta verle aplastar la laringe de un peatón imprudente.

Un ser razonable pensaría que tal vez él y yo podríamos encontrar un territorio común, tomar una taza de café y comparar nuestros Pasajeros, intercambiar detalles y trivialidades sobre técnicas de desmembramiento. Pero no: Doakes me quería muerto. Y a mí me costaba compartir su punto de vista.

Doakes había estado trabajando con la detective LaGuerta en el momento de su sospechosa muerte, y desde entonces sus sentimientos hacia mí habían superado la frontera de la simple antipatía. Doakes estaba convencido de que yo tenía algo que ver con la muerte de LaGuerta. Esto era totalmente falso y completamente injusto. Yo me había limitado a mirar. ¿Qué tiene eso de malo? Claro que había ayudado a escapar al verdadero asesino, pero ¿qué se podía esperar de mí? ¿Qué clase de persona entregaría a su propio hermano? Sobre todo cuando hacía un trabajo tan pulcro.

Bien, siempre he dicho, vive y deja vivir. O muy a menudo, en cualquier caso. Que el sargento Doakes pensara lo que le diera la gana, a mí me daba igual. Todavía hay pocas leyes contra el acto de pensar, aunque estoy seguro de que en Washington se están esforzando al respecto. No, fueran cuales fueran las sospechas que el buen sargento abrigaba sobre mí, buen provecho le hicieran. Pero ahora que había decidido actuar siguiendo sus impuros pensamientos, mi vida era todo confusión. Dexter el Descarriado se estaba convirtiendo a marchas forzadas en Dexter el Demente.

¿Y por qué? ¿Cómo había empezado este mal rollo? Sólo había intentado ser yo mismo. De vez en cuando, hay noches en que el Oscuro Pasajero ha de salir a jugar. Es como sacar a pasear al perro. Puedes ignorar los ladridos y los arañazos en la puerta durante un rato, pero tarde o temprano hay que sacar a la bestia.

No mucho después del funeral de la detective LaGuerta, llegó un tiempo en que parecía razonable escuchar los susurros procedentes del asiento trasero y empezar a planificar una pequeña aventura.

Había encontrado a un compañero de juegos ideal, un vendedor de bienes raíces muy convincente pero poco de fiar llamado MacGregor. Era un hombre feliz y jovial al que le encantaba vender casas a familias con hijos. Especialmente con niños pequeños. MacGregor era muy aficionado a los niños de entre cinco y siete años. Yo estaba seguro de que su afición había resultado mortal para cinco de estos chavales como mínimo, y era muy probable que para unos cuantos más. Era inteligente y cuidadoso, y sin una visita de Dexter el Oscuro Explorador seguiría de suerte durante mucho tiempo más. Es difícil culpar a la policía, al menos en esta ocasión. Al fin y al cabo, cuando un niño pequeño desaparece, muy poca gente dice: «¡Aja! ¿Quién vendió la casa a su familia?»

Pero por supuesto, muy poca gente es como Dexter. Por lo general, esto es bueno, pero en este caso me vino de perlas. Cuatro meses después de leer un reportaje en el periódico sobre un niño desaparecido, leí un reportaje similar. Los niños eran de la misma edad. Detalles como éste siempre te hacen recordar cosas y hacen resonar un susurro tipo Mister Rogers1 en mi cerebro: «Hola, vecino».

De manera que escarbé en el primer reportaje y comparé. Observé que en ambos casos el periódico explotaba el dolor de las familias informando de que acababan de mudarse a una casa nueva. Escuché una risita procedente de las sombras, y miré con más atención.

La verdad es que era muy sutil. Dexter el Detective tuvo que investigar a fondo, porque al principio no parecía que existiera ninguna relación. Las familias en cuestión eran de barrios diferentes, lo cual descartaba muchas posibilidades importantes. Frecuentaban iglesias diferentes, los hijos iban a colegios distintos, y habían utilizado empresas de mudanzas diferentes. Pero cuando el Oscuro Pasajero ríe, es que alguien está haciendo algo divertido. Y al final encontré la relación: las dos casas estaban en la lista de una empresa de bienes raíces de South Miami con un único agente, un hombre cordial y alegre llamado Randy MacGregor.

Investigué un poco más. MacGregor estaba divorciado y vivía solo en una pequeña casa frente a Oíd Cuder Road, en South Miami. Tenía amarrado un pequeño yate de veintiséis pies de eslora en la dársena Matheson Hammock, que estaba relativamente cerca de su casa. El barco sería también un parque infantil muy conveniente, una forma de llevarse solos a sus amiguitos lejos de tierra firme, donde no le oirían ni verían mientras exploraba, un auténtico Colón del dolor. Y además, le facilitaría un excelente método de deshacerse de los restos. A pocas millas de Miami, la Corriente del Golfo era un vertedero virtualmente sin fondo. No era de extrañar que los cadáveres de los niños no se hubieran encontrado nunca.

La técnica era tan sensata que me pregunté por qué no se me había ocurrido a mí, con el fin de reciclar mis propios restos. Tonto de mí. Sólo utilizaba mi barquito para pescar y dar paseos por la bahía. Y MacGregor se había inventado una nueva manera de disfrutar de una velada en el mar. Era una idea estupenda, y al instante ascendió a MacGregor al número uno de mi lista. Llámenme irrazonable, incluso ilógico, porque, por lo general, no profeso mucho aprecio a los humanos, pero por algún motivo me gustan los niños. Cuando descubro a un acosador de niños, es como si hubieran deslizado veinte dólares en el bolsillo del Oscuro Jefe de Comedor para saltarse la cola. De buen grado desataría el cordel de terciopelo y dejaría entrar a MacGregor…, suponiendo que estuviera haciendo lo que daba la impresión de estar haciendo. Tenía que estar seguro al cien por cien, desde luego. Siempre había intentado evitar las equivocaciones, y sería una pena empezar ahora, aunque se tratara de un vendedor de bienes raíces. Se me ocurrió que la mejor forma de asegurarme sería visitar el barco en cuestión.

Por suerte para mí, al día siguiente llovió, como suele ocurrir todos los días de julio. Pero esto tenía pinta de tormenta duradera, justo lo que Dexter deseaba. Me marché temprano del laboratorio forense de la policía de Miami-Dade, y me dirigí por Lejeune hasta Oíd Cutler Road. Me desvié a la izquierda para entrar en Matheson Hammock. Tal como había esperado, parecía desierto, pero sabía que a unos cien metros más adelante había una caseta de vigilancia, donde alguien aguardaría con ansia la oportunidad de aceptar cuatro dólares a cambio del gran privilegio de entrar en el parque. Parecía una buena idea no hacer acto de aparición en la caseta de vigilancia. Ahorrar los cuatro dólares también era muy importante, por supuesto, pero lo fundamental estribaba en que presentarme en mitad de semana, en un día lluvioso, era muy poco discreto, y procuro rehuir esas ocasiones, sobre todo cuando me dedico a mi afición.

A la izquierda de la carretera había un pequeño aparcamiento que se utilizaba como zona de picnic. Un antiguo refugio de roca coralina para excursionistas se alzaba junto a un lago, a la derecha. Aparqué el coche y me puse un chaquetón amarillo rabioso, muy apropiado para días como éste. Me sentí muy marinero, y con la indumentaria ideal para entrar a hurtadillas en el barco de un pedófilo asesino. Por otra parte, era cualquier cosa menos discreto, pero eso no me preocupaba demasiado. Tomaría el carril bici que corría paralelo a la carretera.

Estaba oculto por un manglar, y en el improbable evento de que el guardia asomara la cabeza, sólo vería una mancha amarillo chillón que pasaba corriendo. Un tipo deportista que salía a dar su trote de las tardes, lloviera o hiciera sol.

Recorrí al trote, en efecto, más o menos medio kilómetro del carril. Tal como esperaba, el guardia de la caseta no dio señales de vida, y yo corrí hasta el aparcamiento grande que había junto al agua. En la última hilera de pantalanes que había a la derecha estaban atracados un montón de barcos sólo algo más pequeños que los grandes juguetes de millonarios y pescadores aficionados amarrados más cerca de la carretera. El modesto barquito de MacGregor, el Osprey, estaba cerca del final.

El puerto deportivo estaba desierto, y atravesé con despreocupación el portón de la alambrada, sin hacer caso del letrero que advertía SÓLO SE PERMITE EL PASO A LOS PANTALANES A LOS PROPIETARIOS DE BARCOS. Intenté sentirme culpable por violar una orden tan importante, pero estaba fuera de mi alcance. La mitad inferior del letrero decía que estaba PROHIBIDO PESCAR EN LOS PANTALANES O EN LA ZONA DEL PUERTO, y me prometí que me abstendría de pescar en todo momento, lo cual me alivió la culpa de haber violado la otra norma.

El Osprey tendría unos cinco o seis años de antigüedad, y el clima de Florida sólo había dejado en su casco algunas huellas. La cubierta y las barandillas estaban relucientes, y procuré no dejar marcas cuando subí a bordo. Por alguna razón, las cerraduras de los barcos nunca son complicadas. Tal vez los marineros son más honrados que la gente de tierra adentro. En cualquier caso, sólo tardé unos segundos en forzar la cerradura y desrizarme en el interior del Osprey. La cabina no desprendía el olor húmedo a moho recalentado que se percibe en tantos barcos cuando llevan cerrados unas horas bajo el sol subtropical. En cambio, había un leve aroma a Pine-Sol en el aire, como si alguien hubiera fregado tan a fondo que ni gérmenes ni olores podían aspirar a sobrevivir.

Había una mesa pequeña, una cocina, y uno de esos compactos de televisión y vídeo sobre un estante, con una pila de películas al lado: Spider-Man, Hermano Oso, Buscando a Nemo. Me pregunté a cuántos niños habría lanzado por la borda MacGregor para que buscaran a Nemo. Confié con todas mis fuerzas en que Nemo le encontrara pronto. Me desplacé a la zona de la cocina y empecé a abrir armarios. Uno estaba lleno de caramelos, el siguiente de muñequitos de plástico. Y el tercero rebosaba de rollos de cinta adhesiva.

La cinta adhesiva es algo maravilloso, y como sé muy bien, puede utilizarse para muchas cosas notables y útiles. Pero pensé que guardar diez rollos en un cajón de tu barco era un poco excesivo. A menos que, por supuesto, estuvieras utilizándola para un propósito concreto que requiriera una gran cantidad. ¿Tal vez un trabajo científico que supusiera la participación de múltiples niños pequeños? Sólo una corazonada, desde luego, basada en mi manera de utilizarla, no con niños pequeños, por supuesto, sino con ciudadanos adultos como, por ejemplo… MacGregor. Su culpabilidad estaba empezando a parecer muy probable, y el Oscuro Pasajero chasqueó su lengua seca de lagarto con impaciencia.

Inspeccioné la pequeña zona de proa que el vendedor debía llamar camarote. La cama no era tremendamente elegante, sino un delgado colchón de goma espuma sobre un compartimiento. Toqué el colchón y crujió bajo la tela: un revestimiento plastificado. Empujé el colchón a un lado. Había cuatro pernos de aro atornillados al compartimiento, uno en cada esquina. Levanté la trampilla que daba acceso al compartimiento.

Es razonable esperar encontrar cierta cantidad de cadenas en un barco. Pero las esposas acompañantes no se me antojaron muy náuticas. Debía existir una buena explicación, por supuesto. Era posible que MacGregor se las tuviera que ver con peces pendencieros.

Debajo de la cadena y las esposas había cinco anclas. Esto podía ser una muy buena idea en un yate que se dispusiera a dar la vuelta al mundo, pero parecía demasiado para un barquito de fin de semana. ¿Para qué demonios debía utilizarlas? Si saliera a alta mar con mi barquito, con una serie de pequeños cadáveres de los que quisiera deshacerme de una vez por todas, ¿qué haría con tantas anclas? Con este planteamiento, parecía evidente que la siguiente vez que MacGregor fuera a navegar con un amiguito volvería con sólo cuatro anclas bajo la litera.

Estaba reuniendo suficientes detalles pequeños para componer una imagen muy interesante. Naturaleza muerta sin niños. Sin embargo, hasta el momento no había descubierto nada que no pudiera explicarse como múltiples coincidencias, y tenía que estar seguro por completo. Debía estar en posesión de una prueba concluyente, algo tan poco ambiguo que pudiera satisfacer al Código de Harry.

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Interplanetaria

3 Opiniones

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  • f
    on

    Ignoro cómo será el libro, pero la serie televisiva es verdadera maravilla, aunque, eso sí, no resulta apta para todos los públicos. Ay, no todo el mundo sabe disfrutar del camino abierto por el maestro Bloch, el del psicópata.

  • Wendy
    on

    La serie es una verdadera delicia. Quizá no apta todos los paladares, claro está, pero se agradece un chorro de sangre fresca en la cada vez más interesante parrilla de las series americanas de televisión.

  • Sergix
    on

    Pues la serie es bastante clavadita a los libros. Se está traduciendo la tercera novela de este hombre y pronto llegará a España. Es difícil que mantenga el nivel, pero crucemos los dedos…

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