Recuerdos de un cine de barrio

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Aquí tienen ustedes, pues, enmascarada como en la butaca más oscura de la última fila de un cine, toda una identidad. No se trata sólo de una identidad testimonial, ni mucho menos de un relato costumbrista. Curiosamente, al contrario de lo que muchos se creen, en la literatura lo asombroso no es que personajes de ficción parezcan verdaderos, sino justo al contrario: lo maravilloso es que personajes que han sido de verdad den esa sensación de ficticios que ni las fabulaciones pueden conseguir. Así se logra este retablo legendario que es el libro de José Angel Barrueco, en el que lo verdadero acaba siendo el cine y lo mítico está en esos personajes laterales (porteros, taquilleros, clientes) que existieron peor en la realidad de la infancia del narrador que ahora, en el bullebulle de estas memorias amasadas con una mirada neutra, no exenta de cierta piedad…

ANTICIPO:

I

Ser concebido en un cine es un evento insólito y romántico en el que la fecundación se ve afectada, de algún modo, por el entorno y la magia que emana de la pantalla y el fruto de ese vínculo sufre una fascinación sin precedentes por el Séptimo Arte. Uno nace predes­tinado. A menudo he querido creer en eso: que el acto de amor y pasión del que fui consecuencia ha influido, de una forma desme­dida y obsesiva, en mis gustos y aficiones. Que no pude escapar al abrazo sutil del celuloide.
En los años 30, se contaba en la familia, mi bisabuelo había viajado a Sudamérica en un barco que le conduciría por los cauces de la fortuna y de la aventura, y que le había devuelto a España cargado de anécdotas y de dinero, beneficio de sus negocios al otro lado del Atlántico. Mi bisabuelo era uno de esos hombres de fino bigote, cabellos muy peinados y traje negro, siempre a la caza de la oportuni­dad, siempre enaltecidos por el riesgo, que a su regreso, medio india­no, desarrolló una idea e inició los trámites para la construcción de un cine en la capital; al nuevo local añadió un par de cafeterías en otras provincias y el alquiler de otros teatros en nuestra ciudad. Uno de sus hijos continuó esa senda a veces complicada y audaz que discurre por las lindes del espectáculo, casó y crió a varios des­cendientes. Cuatro décadas después de la inauguración, en 1972, una joven pareja acudía al primer cine que fundara mi bisabuelo y hereda­se su hijo, con el mismo ímpetu para continuar el negocio pero me­nos sentido de la aventura. No era la primera vez ni sería la última que, cogidos de la mano, subían apresurados las escaleras que lleva­ban a la tribuna, ese ámbito tenebroso y de reminiscencias gamberras donde los jóvenes daban rienda suelta a sus instintos eróticos y salva­jes. Al cine, antes, se iba también a otros actos diferentes al de ver una película: a meterse mano sin recato, a conquistar a una chica, a diver tirse con los amigos, a imitar a los galanes de la pantalla en sus apasio­nados y orgásmicos besos, a refugiarse del muerdo del frío en invier­no y del abrazo del sol en verano, a matar dos horas de la tarde.
La pareja, en una de esas sesiones sin público en las que los diálogos producían eco en la inmensidad de la sala, caminaba con sigilo y tratando de evitar los quejidos de la madera, cuyo aroma a antigüedad y palomitas les ensordecía. El joven aprovechaba los rincones cegados por la negrura del local de su padre para deleitarse en placeres que excluían la visión de las imágenes ofrecidas. Los amplios palcos ofrecían oportunidad para tenderse en el suelo, al calor de la luz de la pantalla. El ronroneo de la cámara, que siempre ha desatado los impulsos sexuales con su monotonía y su similitud con un gato mimoso, orquestaba los movimientos de ambos. Be­sarse en la oscuridad de una sala, con los actores favoritos proyecta­dos en un lienzo blanco, resulta una de las escenas de mayor armo­nía que uno pueda imaginar y vivir, con el inconveniente de que uno pierde demasiados fotogramas en cada abrazo.
Crujidos de madera, leves y delatores, sonidos del proyector, roce de ropas y piel, fuerte olor a tapicería, y un orgasmo tan placen­tero como inoportuno se mezclaban con un baño de agradables re­flejos, fundiéndose en uno, convirtiéndose en unidad, rellenando las fisuras del conjunto y trascendiendo a la pantalla, como si todo estu­viera confabulado y formase un rompecabezas en el que cada pieza poseía una función determinada. Me gusta pensar que, en esos mo­mentos, la música de los altavoces sonaba dulce y entrañable.
Los hechizos del celuloide, las imágenes proyectadas, quizá hermosas, sus tonos de luz difuminados y silenciosos, y los diferen­tes sonidos, se mezclaron con el esperma de mi padre, de una for­ma increíble y sosegada, y ayudaron a concebirme. Mientras el foco de la cámara le hacía el amor a la pantalla, mi padre se lo hacía a mi madre entre butacas viejas.
Al ritmo del motor de la cabina y de la música, la pareja culminaba su acto sexual, mecida por efluvios, jadeos y promesas de amor. El joven, melenudo y setentero, levantó del suelo a su novia, bella, delicada y pobre, y juntos abandonaron el insólito nido de pasión mientras los títulos de crédito se reflejaban en sus rostros como un mapa de tatuajes confusos.
Unos meses después contraían matrimonio en un festejo que levantó expectación, no tanto porque la pareja era conocida como por la juventud de ella, que suscitó no pocos chascarrillos y cotilleos; un niño, fruto de un lance de penalti, estaba en camino. Así cuenta la leyenda familiar que quien esto relata fue concebido, en ese mar­co incomparable (catedral de cinéfilos, cuna de sueños) que es una sala vasta y oscura, en un día cualquiera, con escaso público, en una tarde gris o lluviosa.

II

Una infancia forjada en un cine puede ser muy constructiva, sobre todo si ese local es de barrio y da cabida a un ramo de personajes de la más diversa catadura, porque no sólo merodean entre sus paredes las figuras inmortales de la pantalla, sino también multitud de ti­pos extraños, solitarios en su mayoría, y en ocasiones tan llamati­vos como los del mundo ficticio. Fellini debería haber realizado una película con este cosmos de carne y fracaso, el de los asiduos a una sala sucia de programas dobles, poblada de perdedores.
Yo presencié la mejor etapa del Cine Pompeya, sus últimos años de decadencia, cuyos recuerdos y fragmentos están dispersos en mi memoria y debo sacar a flote. En absoluto puedo vislumbrar el momento inicial en que mis pies caminaron por aquel cine con alma de templo de serie B, de igual modo que nadie es capaz de rememorar sus primeras impresiones del mundo porque sólo po­see imágenes deslavazadas a las que no logra adjudicar un sentido.
El Pompeya estaba emplazado en los barrios bajos de mi ciu­dad, en una zona próxima al bosque, y rodeado de talleres de mecá­nicos, chapistas y otros trabajadores del gremio. También existían, y aún se mantienen en pie, fieles testigos del tiempo, algunos bares de vino barato y tapas de tortilla, pimientos y callos, donde mu­chos infelices despilfarraban sus horas libres entre cañas y aceitunas, hasta que el cine de sesión continua les proporcionaba un respiro, un cambio en sus vidas monótonas, un soplo de aire inmortal. En lugar de padecer la televisión, acodados en la barra con un pincho de morro recalentado, muchos preferían pagar una entrada en ta­quilla, ver el programa doble y tomarse un refresco en el bar del vestíbulo. Este ritual podía alargarse y durar un día entero, porque nadie los echaba, y algunos hasta repetían el visionado de las pelícu­las. Gran número de estos clientes acudía unas dos o tres veces por semana, especialmente en verano, para que el sol no les achicharrase el cogote en plena calle. Aquellas paredes venían a ser, para muchos desamparados, su segundo hogar.
El propietario, debo repetirlo, era mi abuelo, excepcional amante de la buena mesa, los viajes por España y los coches caros, aunque mi padre soportaba el mayor peso sobre los hombros, jun­to con su hermano, al ayudarle ambos en la programación de títu­los y encargarse del bar y la taquilla. Nosotros, con el transcurrir de los años, fuimos ayudándoles, en una especie de Equipo A familiar constituido por mi madre, mis dos hermanos pequeños y yo. De modo que parte de nuestra educación la recibimos en un contexto de amigos paternos, clientes fijos, empleados singulares, películas de porno blando y chinos karatekas. Pero también se proyectaban filmes de calidad, generalmente reestrenos, para que la sala conser­vara algunos destellos de brillo en su andadura.
El cine nos enseñaba Historia, nos proporcionaba diversio­nes, entusiasmos, miedo, lágrimas, y uno aprendía a distinguir, a fuerza de tragarse rollos de celuloide como si fuesen espaguetis, entre una escena vulgar, mediocre, sobrellevada por un mal actor, y una escena cumbre, magistral, de esas que permanecen en la me­moria del cinéfilo hasta el fin de sus días. Dentro de esta última categoría, una de mis secuencias favoritas era ese desenlace triste y romántico en el que, en un alarde de rabia y pasión, Gregory Peck y Jennifer Jones se matan mutuamente en un polvoriento escena­rio de rocas y arbustos, ahogados en sangre, sensualidad y sudor. Mientras este tipo de imágenes se iba instalando en mis retinas, también rendía culto a subproductos que ni siquiera podrían cata­logarse como clásicos de la caspa, y donde maestros del kung-fu o vaqueros de baja y rancia estofa entrecruzaban sus puños y pistolas.

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Interplanetaria

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