Recuerdos y semblanzas

RecuerdosSemblanzasStevenson

Aunque conocido sobre todo como autor de novelas de aventuras, R.L. Stevenson fue también un excelente ensayista, género en el que trató multitud de temas. A caballo entre el ensayo moral y literario y las memorias se encuentra este libro (Memories and portraits, 1887), en el que el propio Stevenson reúne dieciséis trabajos, unos escritos expresamente para esta obra, otros recuperados de revistas y periódicos, en los que rememora lugares, personas, lecturas y situaciones de su infancia y juventud. Su padre y sus antepasados paternos, constructores de faros; su abuelo materno, predicador; el pastor del pueblo donde pasaba temporadas, el viejo jardinero de la casa familiar, el curioso carácter de los perros de los que fue poseedor, los olvidados juegos infantiles, la vida universitaria, su pasión por las novelas de Dumas o los primeros escritos del luego consagrado escritor, son algunas de las evocaciones que el autor de La isla del tesoro trae a este libro. Una mirada al pasado en la que coinciden crítica y ternura, ironía y nostalgia.

ANTICIPO:
Me han pedido que escriba algo (no me han especificado exactamente qué) para provecho y honor de mi alma mater, y el hecho es que al parecer estoy casi en la misma situación que los que se dirigieron a mí, pues, aunque deseo con todas mis fuerzas escribir algo, no sé qué escribir. Sólo una cosa veo clara, y es que si voy a acabar escribiendo, debería ser de la propia Universidad y los años que pasé bajo su sombra, de las cosas que siguen siendo iguales y de las que han cambiado: una charla, en resumen, como la que tendría lugar con toda naturalidad entre un estudiante de hoy día y uno de ayer en caso de que se encontraran y se hicieran confidentes.

Las generaciones mueren con enorme rapidez en el alta mar de la vida, y todavía con mayor rapidez en el pequeño y bullente páramo que era el patio, de modo que vemos en él, a escala asombrosamente reducida, el paso del tiempo y la sucesión de los hombres. Busqué mi nombre el otro día en el registro del último año de la Especulativa7. Como es natural, lo busqué hacia el final; no estaba allí, y tampoco en la siguiente columna, así que empecé a pensar que lo habían omitido en la imprenta; y cuando por fin lo encontré, subido a los hombros de tantos sucesores y sugiriendo en esa posición ser el nombre de un nonagenario, comprendí una parte de la dignidad de los años. Es muy probable que, en una vida prolongada, esta especie de dignidad del preceder en el tiempo se vuelva más familiar, y posiblemente menos grata; pero entonces la sentía intensamente, está ahora intensamente en mí, y me siento con mayor valor aún para hablar con mis sucesores en el tono de un progenitor y de un elogiador de las cosas pasadas.

Pues, en efecto, el lugar al que acuden no es sino una Universidad caída. Tiene sin duda restos de algo bueno, pues las instituciones humanas decaen gradualmente, pero, a pesar de todos los aparentes adornos, en efecto decae, y, lo que es quizá más singular, comenzó a hacerlo cuando yo dejé de ser estudiante. Así, debido a una extraña casualidad, yo tuve lo último de lo mejor de mi alma mater; lo mismo, he oído (lo que lo hace todavía más extraño), le había sucedido con anterioridad a mi padre, y si son buenos y no mueren, nada distinto se descubrirá con el tiempo que les ocurrió a mis sucesores de hoy. De los aspectos concretos del cambio, de las ventajas del pasado, de los defectos del presente debo reconocer que, examinados de cerca, se revelan extraordinariamente borrosos. El cambio principal y con mucho el más deplorable es la ausencia de cierto estudiante enjuto, feo, holgazán y poco apreciado cuya presencia era para mí la esencia y el corazón de todo; su humor cambiante, sus sutiles y ocasionales buenos propósitos, su estremecedora aprobación del mal, sus escalofríos en medio de la humedad y el viento del este de los trayectos matutinos hasta el aula, sus infinitos bostezos durante la lección y su insaciable y placentero entusiasmo por faltar a clase configuraban las luces y la sombras de mi vida universitaria. No podéis imaginar lo que os habéis perdido al habéroslo perdido a él; sus virtudes, no me cabe duda, son inconcebibles para sus sucesores, igual que estuvieron al parecer ocultas para sus contemporáneos, pues yo era prácticamente el único en deleitarme con su compañía. ¡Pobre diablo! Recuerdo cuan abatido se hallaba en ocasiones y cómo la vida (que todavía no había comenzado) parecía darse ya por concluida, y estar casi muerta la esperanza, y cómo la desgracia y el deshonor, como presencias físicas, lo perseguían mientras se iba. Y quizá merezca la pena añadir que aquellas nubes se disiparon a su debido tiempo, y que rodas las nubes acaban disipándose, y que los problemas de juventud en particular no son cosas sino de un instante. Así que aquel estudiante, a quien guardo en mi memoria, ocupó buena parte de estas preocupaciones, y fue en gran medida por culpa suya; pero él seguía aferrado a su suerte, y en medio de un gran extravío, siguió a su manera aprendiendo a trabajar, y finalmente, para su asombro, salió de sus años de estudiante sin quedar del todo avergonzado, dejando tras de sí a la Universidad de Edimburgo despojada de buena parte de su interés para mí.

Pero, aunque sí es él (en más de un sentido) la primera persona, no es en modo alguno la única a la que echo de menos, o a la que también los estudiantes de hoy día, si supieran lo que habían perdido, echarían de menos. Tienen todavía a Tait, sin duda -¡ojalá lo sigan teniendo mucho tiempo!- y tienen todavía el aula de Tait, con cúpula y todo; pero pensad en lo diferente que era ese lugar cuando este joven mío (al menos los días en que pasaban lista) se hallaba en los bancos y, casi en el extremo de la tarima, Lindsay padre hacía alarde de su enérgica vejez. Es posible que mis sucesores no hayan oído hablar nunca del viejo Lindsay, pero cuando él se fue se quebró un eslabón con el siglo pasado. Tenia un toque como de aire rústico: férreo, y lozano, y puro; hablaba con un fuerte acento de las cierras del este que yo admiraba; sus recuerdos eran todos de viajes a pie o de carreteras transitadas por un sinfín de coches de posta… Una Escocia antes del vapor; había visto el fuego de carbón en la Isla de May y me obsequiaba con historias sobre mi abuelo. De modo que él era para mí un espejo de haz de llamas de la almenara de May ondeando a sotavento, y a los vigilantes, mientras alimentaban el fuego, asiendo sin quemarse las barras del horno a barlovento; sólo así pude ver a mí abuelo conduciendo velozmente una calesa por la carretera costera que iba de Pittenweem a Crail y, a pesar de la premura de su quehacer, deteniéndose para hablar jovialmente con aquellos con los que se encontraba. Y ahora, a su vez, también Lindsay se ha ido, y habita sólo en los recuerdos de otros hombres, hasta que ellos lo sigan a su vez, y está presente en mis recuerdos como mi abuelo lo estaba en los suyos.

Hoy, además, tienen al professor Butcher, y tengo entendido que tiene muchísimo de griego; y tienen al profesor Chrystal, que es un hombre repleto de matemáticas. Y sin duda actúan de contrapeso. Pero no pueden cambiar el hecho de que el profesor Blackie se haya retirado y que el profesor Kelland esté muerto. La educación de un hombre no es completa ni realmente humanista si no conoció a Kelland. Estaba llena de Inenarrables lecciones la simple visión de aquel delicado y viejo clérigo, jovial como un niño, bondadoso corno un genio protector y capaz de mantener perfectamente el orden en su clase gracias al hechizo de aquella bondad. Lo he escuchado vagar entre sus recuerdos durante la clase, aunque no por mucho tiempo, y ofrecernos fugaces miradas a la vida a la antigua usanza de las aparradas parroquias inglesas de su juventud, representando así el mismo papel que Lindsay, el papel de la memoria superviviente, señalando en el oscuro revés y el abismo del tiempo las imágenes de las cosas extintas. Pero era un papel en el que no encajaba en absoluto; por alguna razón, carecía de lo necesario: a pesar de su cabello plateado y su ajado rostro, no era realmente viejo, y tenía mucho del inquieto e irascible fuego de la juventud y demasiada e insalvable inocencia de espíritu como para representar bien el papel de veterano. El mejor momento para tantearlo, para degustar (como en la vieja frase) su naturaleza misericordiosa, era cuando recibía a sus alumnos en casa. ¡Qué hermosa sencillez mostraba entonces, tratando de divertirnos como a niños rodeados de juguetes, y qué encantador nerviosismo en su actitud, como si temiera el fracaso de sus esfuerzos! Realmente nos hacía sentir como niños, y como niños azorados, pero al mismo tiempo rebosantes de aprecio por el chico mayor, concienzudo y atribulado, que tanto se esforzaba por entretenernos. Un teórico ha defendido la idea de que no hay rasgo alguno en el hombre can revelador como sus anteojos; que la boca se puede apretar y la frente alisar artificialmente, pero el brillo de las lentes es revelador. Y así debía de suceder realmente con Kelland, pues si todavía se me antoja verlo correteando lleno de energía por la tarima, puntero en mano, lo que con mayor claridad me parece apreciar es el modo en que sus lentes emitían destellos de afecto. Nunca, salvo una vez, conocí a otro hombre que tuviera (si se me permite la frase) tan bondadosos anteojos, y ese era el doctor Appleton. Pero la luz en su caso quedaba atenuada y quieta; en el de Kelland, danzaba, y cambiaba, y centelleaba animadamente entre los estudiantes como un eterno desafío para la buena voluntad.

No puedo decir tanto del profesor Blackie por una buena razón. A la clase de Kelland sí asistía, e incluso obtuve en ella una vez una mención especial, la única distinción de mi trayectoria universitaria. Sin embargo, aunque poseo un certificado de asistencia de puño y leerá del profesor, no recuerdo haber estado presente en la clase de griego más de una docena de veces. El profesor Blackie tuvo incluso la amabilidad de comentar (más de una vez), en el preciso momento de escribir et documento anees mencionado, que no conocía mi cara. Es cierto que me privé de algunas oportunidades en cumplimiento de un exhaustivo y muy racional sistema de novillos que me costó enormes esfuerzos poner en práctica -quizá los mismos que me habría costado aprender griego- y que me arrojó al mundo y a la profesión de las letras con no más que el mero resquicio de una educación. Pero dicen que siempre es bueno haber hecho sacrificios, y que el éxito es la recompensa, sea cual sea su naturaleza; de modo que quizá debería Jactarme incluso del hecho de que nunca nadie faltara a clase con can deliberado esmero y que nadie tuviera nunca tantos certificados con tan poca formación. Pero una consecuencia de mi sistema es que rengo mucho menos que decir del professor Blackie que del profesor Kelland, y, puesto que todavía vive, y seguirá, espero, viviendo mucho tiempo, no os sorprenderá en exceso que no tenga intención de decirlo.

Entretanto, ¡cuántos otros se habrán ido… Jenkin, Hodgson y a saber quién más! Y de esa marea de estudiantes que atravesaban el arco en tropel y ennegrecían el patio, ¡cuántos habrá dispersos por los más remotos lugares de la tierra, y cuántos más yacerán junto a sus padres en sus «últimas moradas»! Es más, ¡cuántos de estos últimos no habrán encontrado su camino hacia ellas, todos demasiado pronto, por la presión de la educación! Eso era algo de lo que, al menos, mi costumbre de hacer novillos me protegía. Es verdad que me arrepiento de no saber griego, pero me arrepentiría todavía más de estar muerto, y además desconozco el nombre de esa rama del conocimiento que merece la pena aprender al precio de una fiebre cerebral. Hay muchas sórdidas tragedias en la vida de un estudiante, sobre todo si es pobre, o borracho, o las dos cosas, pero nada despierta más la piedad de un hombre prudente que el caso del muchacho que nene demasiada prisa por ser sabio. Y así pues, por terminar con una moraleja, evocaré a un personaje más y habré concluido. Un estudiante, ávido de éxito y con esa tórrida y desaforada forma de estudiar que tan habitual se está haciendo, memorizaba día y noche para un examen. Conforme lo iba haciendo, la tarea se volvía cada día más sencilla, cada vez le resultaba más fácil ahuyentar el sueño su cerebro se volvía ardiente y claro y cada vez cabían en él más cosas, y los conocimientos que necesitaba eran cada día más completos y más ordenados. Llegó la víspera de la prueba y pasó toda la noche en vela en su alcoba, situada en lo alto, repasando lo que sabia y ya seguro de su éxito. Su ventana daba hacia el este y, como estaba (como ya he dicho) muy alta, y al hallarse la propia casa situada en una coima, la vista dominaba sobre los suburbios, que se iban empequeñeciendo en un horizonte campestre. Finalmente mi estudiante retiró la persiana y, todavía de muy buen humor, miró hacia fuera. El día estaba despuntando, la estampa se iba ciñendo de llamas extrañas, las nubes se dispersaban para la llegada del sol, y anee tal visión, un terror indescriptible se apoderó de su mente. Estaba cuerdo, sus sentidos no estaban perturbados, veía con claridad y sabia lo que estaba viendo, y sabía, que era normal, pero no podía soportar verlo ni encontrar la fuerza para apartar la vista, y huyó de su estudio presa del pánico para encerrarse en la calle. En medio del aire frío y del silencio, y entre las casas durmientes, vio renovadas sus fuerzas. Nada le preocupaba salvo el recuerdo de lo que había pasado y un miedo resignado a que volviera a suceder.

Gallo canente, spes redit,

Aegris saltis refunditur,

Lapsisfides revertitur,


como cantaban antaño en Portugal en el oficio matutino. Pero a él, aquel preciso momento del canto del gallo y los cambios de la aurora le habían traído el pánico, y una perdurable incertidumbre, y un terror tal que aún temblaba al pensar en él. No se atrevía a volver a su habitación, no podía comer; se sentaba, se levantaba, se paseaba; la ciudad despertaba a su alrededor con alegre bullicio, el sol ascendía hacia lo alto, y a pesar de todo quedó más absorto en la angustia de su recuerdo y el miedo del miedo pasado. A la hora acordada llegó ante la puerca del lugar del examen, pero cuando preguntaron por él, había olvidado su nombre. Al verlo tan trastornado, no tuvieron corazón para echarlo, de modo que le entregaron un examen y lo dejaron entrar, todavía sin nombre, en la sala. Vana amabilidad, vanos esfuerzos. Sólo pudo sentarse rodeado de un horror que seguía creciendo, sin escribir nada, ignorante de todo, con la menee repleta del solo recuerdo del día despuntando y de su miedo insoportable. Y esa misma noche se retorcía sumido en una fiebre cerebral.

La gente tiene miedo a la guerra, a las heridas y a los dentistas, todo ello con muchísima razón, pero no se puede comparar con los caóticos horrores espirituales de los que fue víctima aquel joven y que le hicieron guarecer sus ojos de la inocente mañana. Todos tenemos en nuestras mesillas la caja del mercader Abudah, gracias a Dios perfectamente cerrada, pero cuando un hombre joven sacrifica el sueño por el trabajo, que tenga cuidado, porque está jugando con la cerradura.

compra en casa del libro Compra en Amazon Recuerdos y semblanzas
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑