Reina del Crimen

ReinaDelCrimenMeganAbbott

Género :


Gloria Denton, una superviviente de la era dorada del crimen organizado, capaz de tratarse de igual a igual con los grandes señores del hampa, como Bugsy Siegel y Lucky Luciano, decide que ha llegado el momento de buscarse una sucesora. Astuta y despiadada, Gloria pondrá el mundo a los pies de su protegida… siempre y cuando esté dispuesta a pagar el precio.
Megan Abbott recrea con su inimitable estilo el sórdido y a la vez deslumbrante mundo del crimen organizado de los años cincuenta. Un mundo de casinos, hipódromos, joyas y jazz; de cigarrillos, cócteles, sombreros y guantes de rejilla. Pero también un mundo de matones y fulleros, de engaños y corrupción, de bombas incendiarias y restaurantes italianos con fosas anónimas ocultas en la bodega. Sutil, cautivador y sorprendentemente violento, esta novela negra perfectamente ejecutada acerca de las complejas y apasionadas relaciones entre dos buscavidas, ha sido definida como «un clásico instantáneo» y como «Eva al desnudo pasada por el tamiz de Jim Thompson», y en el año 2008 se alzó con los premios Edgar y Barry a la mejor novela de misterio del año.

ANTICIPO:

Quiero esas piernas.
Fue lo primero que me vino a la cabeza. Eran las piernas de una corista de veinte años de Las Vegas, medían treinta metros de largo y sus curvas daban y prometían lo justo. De acuerdo, no había manera de disimular las manos lige­ramente desgastadas ni los primeros pliegues de piel que habían comenzado a descolgarse del armazón de su cara. Pero las piernas, podéis creerme, resistían. Perduraban. A pesar de ser dos décadas más jóvenes, mis tristes palillos no podían ni siquiera compararse con ellas.
En los casinos podía pasar por treintañera. La tenue ilu­minación, su brillante pelo rojizo, las piernas oscilantes, gol­peando rítmicamente contra el apoya pies del elevado tabu­rete para jugadores. En el hipódromo, sin embargo, aparen­taba su edad. Ni siquiera envuelta en unas gigantescas gafas de sol, sombrero de ala ancha y lustrosos guantes, podía es­quivar la despiadada luz del día, el abrasivo resplandor de la tribuna. Tampoco es que importara. Era una leyenda.
Nunca supe realmente qué fue lo que vio en mí. Parecías saber un par de cosas, me diría tiempo después. Y estar dis­puesta a aprender muchas más.
Fue una seducción dulce, una seducción lenta. Nunca sospeché lo que tenía planeado para mí hasta que ya lo ha­bía saboreado de tal manera que creí que mi lengua nun­ca dejaría de cosquillear. Me introdujo en el ambiente, me proporcionó trabajitos, me consiguió grandes fajos de bille­tes demasiado gruesos como para ocultarlos en el escote. Me enredó con los chicos duros, el dinero rápido, y nada de todo aquello me parecía suficiente. Quería más. Dame más.
Cuando la conocí, llevaba las cuentas en el Club Tee Hee, un garito cutre de la zona este, uno más entre toda una ris­tra parpadeante de cuchitriles de luces rojas y azules que la poli nunca tocaba. La avenida de las estrellas, la llamaban con optimismo.
Llevaba allí trabajando un par de meses. Pagando y prepa­rando facturas. Nóminas. Mi viejo conocía a los propietarios: Jerome, cargado de hombros y de ojos permanentemente enrojecidos, y Arthur, su cuñado con cara de terrier. Llevaba quince años rellenando sus máquinas expendedoras: cigarri­llos en el recibidor, perfume y maquillaje en el lavabo de las damas, parafernalia para hombres en el de los caballeros. Y a ellos les caía bien el viejo, sentían una curiosa especie de res­peto por su estilo de vida obrero habitual de la iglesia; viudo, cumplidor en el pago de sus facturas y padre de tres hijas, todas las cuales alcanzaron los veinte años sin haber pasado ni una sola vez por el Hogar de Agnes Millan para Jóvenes Descarriadas. A mi viejo no le agradaba la idea de enviarme a trabajar a un club nocturno, pero prefería tenerme senta­da frente a un escritorio repasando ristras de números que verme en mi anterior empleo, exhibiendo vestidos como modelo particular para empresarios rijosos en los Grandes Almacenes Hickey\’s, donde el sueldo es exiguo a menos que aceptes encargos al margen para fiestas privadas en suites de hotel. Yo nunca fui a ninguna de esas fiestas, pero seamos sinceros, sólo era cuestión de tiempo.
—Con esa figura y esa carita —dijo Jerome—, no puedes culparlo por querer tenerte encerrada en un despacho tra­sero, escondida bajo una visera verde, monina.
Jerome y Arthur daban la impresión de ser tipos decen­tes, al menos para lo que suele darse en su oficio, que no consistía en otra cosa que en aprovecharse de la conducta pecaminosa de gente descarriada. Papá sabía de primera mano que siempre pagaban sus deudas y que todas las no­ches regresaban junto a sus hijos y sus esposas de anchos tobillos a las mismas casas modestas del barrio de Sycamo- re en las que llevaban viviendo desde que el mundo tenía memoria. De modo que los tomó por gente honrada. Y se equivocaba. Mi viejo nunca fue demasiado despierto, nunca supo ver las triquiñuelas. Así es como terminas no ganando ni dos perras en el negocio de las máquinas expendedoras, uno de los más corruptos que existen. Yo lo quería, pero en una semana ya me había dado cuenta de que el Tee Hee per­tenecía en realidad a los peces gordos de la ciudad, que eran quienes de verdad controlaban el cotarro, y que a Jerome y a Arthur todo aquello les venía grande.
El trabajo era fácil. Por las mañanas, asistía a un curso de contabilidad avanzada en la Academia de Empresariales Dolores Grey. Por las tardes, cogía el autobús vespertino hasta el Tee Hee. Contabilizaba las horas de los curritos, preparaba las facturas, pagaba los licores, el alquiler y el seguro. Y lucía el papel, de punta en blanco con mi suéter de Orlón, falda de tweed, tacones de centímetro y medio, punta redonda, las uñas sin pintar, pulsando las teclas de la calculadora, contando los billetes manchados de whisky. Pero nunca me creí la fachada.
Maldita sea, tengo que reconocerlo, me atrajo el otro lado desde el primer día. ¿Dónde preferiría estar una cría de veintidós años? ¿Poniendo la mesa y sirviéndole una cena de carne de buey enlatada con col a su viejo, rascando el plato con un tenedor mientras las polillas golpean contra la ventana y el salobre olor de la cocina le impregna la piel con cada tictac del falso reloj de abuelo? ¿O deslizándose por la afelpada oscuridad del Tee Hee, vibrando con el jazz lento y grave, viendo los corrillos de hombres y mujeres con aliento a enebro rozarse, manos en las solapas, dedos en medias de seda, mientras los cigarrillos liberan esbeltas columnas de humo sobre los taburetes de color verde bo­tella? Por supuesto que no era El Morocco, pero en esta ciudad bien podría haberlo sido. El local tenía vida, la per­cibía palpitando en mi pecho, entre mis caderas, en todas partes. Llegaba el final de mi jornada y nunca me quería marchar. Le sacaba con sonrisas un Tom Collins a Shep, el camarero de barra de mandíbula prominente, y observaba desde mi taburete del rincón; lo observaba todo, mientras comía guindas verdes y la bebida acaramelada empapaba mis labios, mi lengua.

* * *

Había unas tres horas de trabajo real por cada jornada de siete. Así es como supuse que me aguardaban otras tareas en lontananza si pasaba la prueba, fuese esta la que fuese. Y no tardaron mucho en llegar.
Fue todo muy sencillo. Al margen de lo aprendido en la Academia de Empresariales Dolores Grey, era perfectamen­te capaz de hacer encajar los números, así que cuando Jero- me me pidió que alterara los libros de contabilidad, lo hice.
—Cielo, hay un nuevo método de hacer las cosas que me gustaría probar —dijo, inclinándose sobre mí junto a mi escritorio, poniendo un dedo rechoncho sobre el libro mayor.
—Claro, señor Bendix. Puedo hacerlo —dije yo, mirán­dolo directamente a los ojos. Quería que se diese cuenta de que no era tonta. Que sabía de qué iba el juego (y creedme, cualquiera lo habría sabido) y que aun así estaba dispuesta. Echando la vista atrás, no sé por qué no me daba más miedo acabar detenida o algo peor. Pero en realidad nunca me paré siquiera a pensarlo. Vi una oportunidad, la aproveché. No quería perder mi tren.
El método que Jerome tenía en mente era tan sospecho­so que sólo le faltaba el cuello postizo y un guardainfante. Era como si estuviera pidiendo a gritos que lo descubrie­ran. Pero no parecía estar nada preocupado, de modo que supuse que había recibido órdenes de arriba y que se sentía protegido. El Tee Hee estaba bajo un paraguas y los chicos se sentían secos y a salvo. Durante un tiempo al menos.

* * *

Llevaba siguiendo el nuevo sistema cuatro o cinco días cuando la vi por primera vez. El local se llenó con los su­surros de todo tipo de historias bisbiseadas al abrigo de manos tan pronto como ella entró. Historias acerca de la cantidad de billetes y pistoleros con los que se había rodea­do en los viejos tiempos, prácticamente todos los grandes, desde Dutch Schulz hasta Joey Adonis, pasando por el mis­mísimo Lucky.
Resulta que venía cada par de semanas a darle sorbitos a un agua de Seltz con un chorrito de limón y a contar los beneficios de Jerome, para luego subirse a su El Dorado blanco alpino y llevarles su parte a los de Arriba. Se llamaba Gloria Denton.
A Jerome, Arthur y los habituales les encantaba hablar sobre ella, compartir historias, relatos, leyendas. Sobre cómo, en sus días de gloria, solía llevar un par de tijeras de mango largo en el bolso cuando iba a recolectar en las zonas más rudas de la ciudad; sobre aquella vez que una es­posa enfadada había intentado atropellarla con un Cadillac justo delante del salón de apuestas de su marido; sobre cier­ta stripper llamada Candy Annie que la había traicionado en un trato allá por el 48, y el modo en el que, cuando Annie entró en el lavabo de señoras del hotel Breakwater de Mia- mi, Gloria se había cobrado venganza con una navaja de afeitar, destripando a la stripper como a un pescado.
—¿Pero quién es? —pregunté aquella primera vez—. ¿Con quién está casada?
—No está casada con nadie —dijo Jerome, meneando la cabeza—. Y tampoco es la amante, nunca lo fue, ni siquiera cuando era lozana y prieta como Kim Novak.
—¿Qué es, una especie de gángster?
Jerome negó con la cabeza.
—No como tú piensas. Está en el ajo. Es una de ellos. Confían en ella. Lleva toda la vida metida en esto. En sus buenos tiempos, iba con los auténticos profesionales, cuan­do manejaban todo el cotarro y tenían su propio servicio de cable nacional, no sólo apaños en pequeños cuchitriles de puebluchos como este. Ella y Virginia Hill eran las dos únicas mozas que importaban más allá de lo bien que pu­dieran alpear en el catre.

* * *

Pronto la vi echándome el ojo. Arthur dijo que había esta­do preguntando por mí, que de dónde había salido. «¿Quién es el bomboncito?», había dicho. «¿Cuál es su historia?». Más adelante, supuse que debía haberse enterado de que era capaz de realizar apaños, realizar apaños y mantener la boca cerrada al respecto. Conocía a todo el mundo y todo el mundo la conocía a ella, y me sacó de aquella leonera para llevarme al escenario principal, candilejas a mis pies.
Quería más.
De modo que cuando Jerome volvió a abordarme para pedirme que le preparase un libro de contabilidad falso para las apuestas sencillas, también lo hice. Para ser una cría que nunca había oído hablar sobre desfalcos fiscales salvo en las películas, aprendía rápidamente. E imaginé que se trataba de una operación bastante arriesgada. ¿Qué hizo que unos tipos como Jerome y Arthur, que eran incapaces de impe­dir que los camareros siguieran redondeando las cuentas a la baja para embolsarse la diferencia, creyeran que conse­guirían burlar a los peces gordos a los cuales pertenecían por completo, desde sus ralos copetes hasta la punta de sus zapatos baratos?
Crear un libro de contabilidad falso habría sido caminar por la cuerda floja incluso para el más hábil de los corredo­res de apuestas. Para destripaterrones como Jerome y Arthur era una invitación al suicidio. Si hubiera llevado más tiempo en el negocio, les habría dicho que se buscaran a otro primo. Estaba a punto de meter la cabeza en el hueco de la guillotina, pero era demasiado novata como para sa­berlo. Demasiado estúpida para tener miedo.
La idea consistía en dejar de lado el verdadero registro de apuestas realizadas por los clientes para forjar una serie de libros con apuestas realizadas por Jerome y Arthur. Así, cuando acertaran, podrían quedarse todo el dinero.
—¿Tenéis efectivo para respaldar la jugada? —pregun­té—. Aunque las apuestas sean falsas, igualmente tendréis que pasarle la bolsa a Gloria Denton, como si de verdad las estuvierais cobrando.
—Cuéntaselo, Jer —Arthur sorbió nerviosamente por la nariz, pellizcándosela como hacía cada vez que veía a Shep servirle a una menor—. Cuéntale lo que se te ha ocurrido.
Jerome me dedicó una amplia sonrisa.
—Semana tras semana, chiquilla. Mientras la suerte nos acompañe, conseguiremos suficientes ganancias a primeros de semana como para pasárselas a Gloria al final de la mis­ma. Y este garito deja suficiente suelto como para cubrirnos en caso de que la dama Fortuna no esté ocasionalmente de nuestra parte.
—¿No creéis que se verán venir este tipo de jugada? Lle­van mucho en el negocio.
—Desde antes de que fueras un reflejo en el ojo de tu padre —dijo Jerome, enderezándose los gemelos—. Pero tienen presas más grandes que exprimir. No se fijarán en una serie de apuestas falsas entre toda esa enorme pila que Gloria amontona en su viejo maletero dos veces al mes.
—Tú eres el jefe.
levábamos haciéndolo menos de una semana cuan­do se torcieron las cosas. Mugs, el chaval del tupé que era nuestro correo habitual, no apareció para llevarse los regis­tros de las apuestas y en su lugar llegó ella, como un inspec­tor de Hacienda del crimen organizado. Fue la primera vez que me dirigió la palabra.
Para mí, que no podía dejar de mirarla, fue como si un famoso cuadro colgado en la pared se pusiera a ladrar de repente. Por supuesto que la estaba observando atentamen­te. Quería absorberlo todo, al completo. La manicura de las uñas en forma de media luna, el traje y el sombrero de color verde pálido, el broche de perlas. Clase. No era ni mucho menos la querida de un gángster.
En ningún momento se me pasó por la cabeza que pu­diera dirigirme la palabra. Cuando lo hizo, casi me caí de la silla giratoria.
—Qué aspecto tan curioso, el de ese libro.
—Sí —dije yo, intentando no parecer nerviosa—. Bue­no, hace poco que empecé a llevarlo. Se ve bastante verde, ¿verdad?
—Sólo muy cuidado. No como el cúmulo de garabatos que suelo encontrarme.
Sacó de su maletín blanco de piel de cocodrilo un cua­derno estenografiado a siete columnas y lo colocó frente a mí.
—¿Qué ves?
—¿Aparte de las manchas de café y la mala caligrafía?
— Sí, aparte de eso —seria, siempre seria.
Escudriñé con atención las acartonadas páginas.
—Diferentes colores de tinta. Plumas distintas. Incluso un lápiz graso.
—Y distintos pesos, ángulos. ¿Qué te indica eso?
—Las apuestas quedaron registradas en distintos mo­mentos, distintos lugares. Quizá de pie, sentada frente al escritorio o encima de la barra. Este de aquí está hecho con lápiz de hipódromo, así que a lo mejor lo garabateó en una casa de apuestas.
Ella pasó la mano sobre mi libro, con sus ordenadas co­lumnas, sus cifras azules y uniformes, redactadas con la meticulosa caligrafía de Dolores Grey. No dijo nada. Ni falta que hizo. Mentalmente, maldije a Jerome y a Arthur por no haberme explicado qué aspecto debían tener los registros, el modo en el que, al menos en lugares como el Tee Hee, se van completando a lo largo del tiempo, no de una tanda, sentada frente al escritorio. Pardillos. Nos ha­bían pegado a todos unas enormes dianas en la espalda.
—Entonces, ¿de dónde han salido todas estas nuevas apuestas? —preguntó—. Es la primera vez que veo dos li­bros en el Tee Hee.
—Los empleados de Máquinas Expendedoras Hermanos Kilapsky —dije. Era la rima infantil que Jerome me había pedido que recitara en caso de que alguien preguntase—. Son nuevos, igual que yo, así que Jerome y Arthur me han puesto al cargo de llevar sus registros.
—¿Te dan tajada?
—¿Deberían hacerlo?
Se quedó mirándome.
—Tendrá que haber un motivo para llevar un libro sepa­rado —dijo.
—Querían ver qué tal me las apañaba para empezar. No querían que metiera la pata con el de diario. Por eso, un libro separado para seguir el registro.
—O sea que los chicos de Kilapsky nunca habían aposta­do aquí antes de que tú llegaras.
—No que yo sepa. Son gente de familia. Se pasan los viernes por la noche en el club de veteranos.
—¿Sabes quiénes son los propietarios de Kilapsky?
—Los hermanos. Ahora Júnior es el director —dije.
—¿Ah, sí? —dijo ella, y fue entonces cuando lo comprendí todo. Sus jefes eran los verdaderos propietarios de Kilapsky, y yo era la pardilla. Probablemente ya tuvieran un controla- dor propio para anotar las apuestas de sus empleados. Había estado tirando del sedal desde el primer momento en el que habíamos empezado a hablar, observando cómo yo solita iba cavando mi propia tumba. Mi única oportunidad era llegar hasta el final y hacerme la tonta.
—Al menos eso dicen Jerome y Arthur —dije—. Son ellos quienes me pasan las hojas cada mañana para que las apunte en el libro. Hasta un niño podría hacerlo, así que ¿quién soy yo para quejarme?
Por supuesto que fue un recurso inmundo, eso de echar­le todas las culpas a Jerome y a Arthur. Pero eran tipos in­mundos. Ni por asomo pensaba colgar por ellos. Me habrían vendido por un chavo, quizá ya lo hubieran hecho.
Ella me clavó una mirada de patio de prisión y casi me pare­ció ver una sonrisa rizar la comisura de sus labios carmesíes.
—¿Quién eres tú para quejarte? —repitió, dejando caer el libro sobre la mesa, delante de mí—. Sigue así, as. Sigue así.
No lo entendí. Pero acabaría haciéndolo.

* * *

A la semana siguiente volví a verla. Estaba atravesando a pie el aparcamiento del Tee Hee, dando pasitos cortos
con su traje ajustado, sus zapatos de tacón de chúpame la punta; de piel de serpiente, estaba segura. Me estaba mi­rando fijamente mientras esperaba de pie en la parada del autobús, temblando bajo mi abrigo de rayón, golpeando los pies contra el suelo para mantenerlos calientes.
—Yo te llevo. Sube —dijo señalando su El Dorado con un ademán de cabeza.
Mi padre me había advertido sobre aquella clase de in­vitación, pero sólo en caso de que proviniese de hombres de ojos saltones o rostro zorruno, vendedores y bebedores, camareros y ayudantes de cocina, porteadores y transpor­tistas, porteros y botones. Nunca de alguien que calzara za­patos de tacón y llevase un maletín de piel color crema con cierre dorado bajo el brazo, zarcillos de oro y un elegante pedrusco verde en el anular, y una estilizada pulsera osci­lando en la muñeca, balanceándose como una promesa.
¿Quién era yo para decir que no?
Después de todo, las reglas del viejo no decían nada so­bre aceptar invitaciones de señoras de mediana edad.
Eché a caminar hacia su coche.
Qué comodidad la de aquellos asientos de cuero. El co­che se calentó enseguida y desprendía un rico aroma a bue­nos cigarrillos y a perfume de marca.
—¿Adónde? —dijo en voz baja mientras recorríamos la Avenida de las Estrellas.
—Pottsville. Por Fleetwood Way.
Ella asintió sin apartar los ojos de la carretera.
—Mala suerte, niña.
No supe a qué se refería. Al menos no con seguridad.
—¿Cuánto tardas en volver a casa en el autobús, cuaren­ta minutos como poco? —prosiguió—. ¿Y qué es lo que te espera al final del camino? ¿Revestimientos de PVC y una sola ventana? ¿O un piso sin ascensor que se convierte en montaña rusa cada vez que el cercanías pasa zumbando en uno u otro sentido?
Me senté un poco más erguida y la miré de reojo.
—Revestimientos de aluminio —murmuré.
No me endilgó ningún ya-te-lo-dije, ningún sabía-que-te- había-calado. En vez de eso, dijo:
—No me malinterpretes, niña. Yo me crié en la zona sur de Villacarbón, USA, y éramos tres en una cama. Sólo digo que llega un momento en el que hay que salir aunque sea a rastras.
—Lo estoy intentando.
—¿Con esos dos inútiles? Ni por asomo —negó cansa­damente con la cabeza—. Escucha. A lo mejor te gustaría encontrar una oportunidad con algo más de futuro.
—¿Un trabajo? —intenté mantener un tono de voz me­surado.
—Algo por el estilo, Mariquita. Vamos a parar y te invito a un café. Creo que ha llegado el momento de que te pon­gas el sombrero de minera y te dirijas hacia la luz.

* * *

Durante dos horas permanecimos sentadas en el Triple R Diner, en Eastern Boulevard, mientras ella desplegaba todo su arsenal. Su rutina hipnótica de voz suave y mirada dura que tan bien acabaría conociendo. Todo muy lógico, todo fluyendo como miel desde una cuchara.
Siempre he sabido cuándo callarme y limitarme a escu­char. Agarrando la taza con ambas manos, a lo sumo dije cinco palabras. Me estaba entregando las llaves del reino.
Eso sí que lo supe, incluso en aquel preciso momento. Sen­cillamente no sabía dónde estaba el reino. Y lo cierto es que no me importaba. Me gustaba su resplandor incluso en la distancia.
Gloria me contó que su trabajo le permitía un estilo de vida muy cómodo. Requería de discreción manifiesta y de una flexibilidad considerable (al igual que un médico o un bombero, podía ser requerida para cumplir con sus obli­gaciones en cualquier momento). Pero a cambio obtenía recompensas sustanciales. En objetos materiales, sí, y en calidad de vida, pero también en el modo en el que una se veía tratada, considerada. Aun así, requería de muchos viajes, largas e intempestivas horas en el coche o en tre­nes, incluso en aviones. Ahora, tras veinticinco años en el negocio, podía venirle bien una ayudita. Había trabajo de sobra para compartir, con el tipo de chica adecuada. Lista, discreta, y con fuego en las entrañas.
¿Así era como me veía?
Por supuesto, quise preguntarle a qué se dedicaba exacta­mente además de a recoger dinero de apuestas y protección. Pero no vi el momento adecuado para ello y no quería que pensara que era una remilgada, que no entendía el apaño, que sólo era una inocentona que iba en autobús al trabajo y que se pasaba el día soñando despierta con nuevos vestidos y citas con hombres que llevaban flores en la solapa.
De modo que asentí y presté mucha atención mientras me hablaba. Estudié el modo en el que se movía (como si hubiera pensado hasta en qué momentos debía alzar el dedo) y el modo en el que hablaba (con cuidado, usando el mismo tono uniforme en todo momento). Sabía que me esperaba algo grande. Puede que tuviera que pasar un par de horas a la semana en aquel villorrio pulgoso, pero Glo­ria Denton era una auténtica cosmopolita de los pies a la cabeza, y por algún motivo vio algo en mí, algo en mi ros­tro, como una pastilla de jabón sencilla, amorfa y lista para la suciedad. Hecha a su medida.
—Bueno, niña —dijo finalmente, poniendo un billete de diez sobre la mesa para pagar una cuenta de ochenta y nue­ve centavos—. ¿Qué me dices? ¿Estás dispuesta a cambiar de negocio? Uno que hará más uso de todo lo que sé que tienes en el coco. Aprenderás más en una semana que en una década en el Tee Hee o dos décadas en las aulas.
Se levantó, alisándose la falda con un veloz movimiento de mano y clavándome los ojos.
—¿Lo quieres?
Por primera vez le devolví la mirada.
—Sí —espeté, levantándome también, con algo de tor­peza—. Estoy preparada. Soy toda tuya.
Ella asintió y me dio la impresión de que aquel asenti­miento era su versión de una sonrisa.
—Bien, niña. Lo has hecho bien.

Era temprano, quizá las siete de la mañana. Me estaba poniendo las medias, preparándome para mi clase de las ocho. Dos horas mirando una pizarra en un aula llena de futuros contables que bostezaban. Mi viejo ya había salido a hacer su ruta. Su plato del desayuno, manchado con res­tos de huevo, me esperaba en la pila.
Descolgué el teléfono, a la vez que me quitaba a tirones un rulo del pelo.
—¿Sabes quién soy? —la voz como un culebreo.
—Sí —dije. Habían pasado tres días desde nuestra charla sin que hubiera podido pensar en otra cosa—. Sí. Esperaba que…
—Llama para decir que te has puesto enferma. Hoy no vas a ir al trabajo.
—¿No voy a trabajar? Pero.
Había colgado.

* * *

Entre la clase de contabilidad y la de caligrafía empresa­rial, llamé al Tee Hee desde una cabina y le dije a Arthur que aquel día no iría. Intenté comportarme con toda nor­malidad, pero cuando colgué sentí un curioso zumbido en el pecho. Intenté ignorarlo, y tras las clases volví a casa y la limpié de arriba abajo, embetuné los zapatos de papá, fregué el retrete, cualquier cosa para mantenerme ocupa­da, mientras el tocadiscos atronaba para intentar ahogar el zumbido, que era intenso y, sí, tirando a emocionante. Emocionante de una manera que me desorientaba. No quería pensar en ello. Dediqué dos horas a estudiar y pre­paré chuletas y espinacas con bechamel para el viejo.

* * *

Salió en los periódicos matutinos. Cuando el Clarion gol­peó contra el porche delantero al alba, supe lo que diría. Había sucedido a eso de las cuatro de la tarde, y sólo esta­ban Jerome y Arthur junto a un comercial de J&B. Arthur había tenido que ser ingresado en el hospital del condado con quemaduras de tercer grado en el rostro, cuello y bra­zo izquierdo. El comercial se encontraba cerca de la ven­tana cuando la botella había entrado haciéndola añicos y le habían tenido que extirpar un par de docenas de peda­zos de cristal, entre ellos uno del ojo, que al final también terminaron por extirparle. El afortunado de Jerome, que estaba echando la siesta en el sofá de la oficina, había salido indemne salvo por una fea tos.
(Pero tampoco era tan tonto. Más tarde, oí que se había marchado de la ciudad en menos de cuarenta y ocho horas, con la familia a rastras. Treinta y cinco años viviendo en el mismo sitio para luego desaparecer como un relámpago. Pero qué demonios, se libró sin apenas consecuencias).
Aquella tarde, mientras mi padre estaba en su reunión habitual del Comité Benefactor de Saint Lucy\’s, un inspec­tor de policía pasó por casa. Tenía ojos de búho, los hom­bros redondos y una sonrisa torcida, como si hiciera mucho tiempo que las cosas habían dejado de sorprenderle. Esta­ba preparada, ya me había supuesto que podría aparecer alguien. Le dije que estaba fregando los platos y que si le importaba que siguiera haciéndolo mientras hablábamos, porque si no estaban listos para cuando mi viejo llegara a casa, me daría una paliza. Era mentira, mi padre nunca nos había levantado la mano en toda su vida, no tenía valor para ello, pero quería mantenerme ocupada, quería tener algo que hacer mientras mentía.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en el Club Tee Hee?
—Dos meses.
—¿Le gusta?
—No está mal. Estudio en una academia. Voy a ser se­cretaria.
—¿No lo consideraba un empleo con futuro, entonces?
—Pensaba quedarme una temporada, sí. Me encajaba bien con los horarios de la academia.
—Es toda una erudita, ¿eh?
—¿Qué? —dije, restregando unos pegotes de salsa de fi­lete de entre los dientes de un tenedor.
—Olvídelo. Ayer llamó diciendo que estaba enferma —dijo, apoyándose sobre la barra de la cocina.
—Sí —dije persignándome con una mano enguantada y jabonosa. Fue un ademán llamativo, pero opté por arries­garme—. Alguien debía de estar protegiéndome.
—Problemas femeninos —dije.
Se quedó observándome. Yo le devolví la mirada sin pesta­ñear. Ya había aprendido a mirar como ella. Incluso entonces.
Él volvió a bajar la vista y escribió algo más en su libreta.
—No puedo discutir con eso, ¿verdad?

* * *

Gloria llamó después, aquella misma tarde. Le conté lo del policía y lo que le había dicho.
—Problemas femeninos, ¿eh? ¿Es lo que sueles decir para que te quiten las multas por exceso de velocidad?
—No tengo coche.
—No todavía —dijo ella—. Supongo que andarás bus­cando un nuevo empleo.
—Supongo.
—Reúnete conmigo esta noche en el mil quinientos uno de North Branston Drive. Piso 9-G. A las nueve en punto.

* * *

Era un edificio alto de color pistacho situado sobre un risco con vistas a las afueras de la ciudad. El vestíbulo es­taba lleno de espejos y de espigadas plantas enmacetadas. Había un ascensor automático y enmoquetado, y cuando las puertas se abrieron en la novena planta no fui capaz de oír ni una sola radio ni niños llorando, ni parejas discutien­do. No se parecía en lo más mínimo a ningún edificio de apartamentos en el que hubiera estado hasta entonces.
Ella estaba allí, me invitó a entrar. El piso era amplio y tenía una hilera de grandes ventanales, pero estaba comple­tamente vacío salvo por una lámpara enchufada y apoyada en el suelo.
—¿Tu nueva residencia? —pregunté, resistiendo el im­pulso de quitarme los zapatos y hundir los pies en la mullida alfombra.
—Tuya —dijo ella—. No puedes seguir viviendo a tomar viento en Pottsville si quieres hacer bien tu nuevo trabajo.
—¿Y voy a poder permitirme el alquiler?
—No hay alquiler. Forma parte del trabajo.
Me la quedé mirando.
—¿En qué consiste el trabajo?
A la cabeza me vinieron imágenes de hombres en suites de hotel. Hombres de paso, asistentes a cualquier tipo de convención, con botellas de whisky de centeno sobre la me­silla de noche y los tirantes desabrochados. Entrecerré los ojos y la miré con dureza en la escasa luz.
—En trabajar para mí.
—Haciendo qué —dije.
—No tendrás que desencajarte la mandíbula por mí, niña —dijo situándose a mi izquierda y mirándome de arri­ba abajo—. Tu virtud es cosa tuya.
Caminó por detrás de mí, rodeándome. Me sentí como un redondo de ternera colgado en la carnicería de Gus.
—Aún no estás preparada —dijo ella, todavía estudián­dome, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Pero lo estarás.
Yo no dije nada. Y así es como empecé.

* * *

Al día siguiente, cuatro hombres de Mudanzas Drucker aparecieron con un juego de muebles de salón de madera de arce y cristal y un dormitorio rubio satén. En cuanto a mí, preparé una maleta de mimbre y mi almohada favorita y abandoné sin lágrimas la mansión familiar. Mi viejo no quiso salir de su dormitorio cuando me marché. Mis her­manas vinieron para echarme la charla, suponiendo que algún hombre casado debía de haberme instalado, y me llamaron ramera. No me importó. Sabía que había conse­guido mi billete.
La primera semana, conduje. Me dio las llaves de un Im­pala «Bubbletop» y direcciones; primero la de un depósito en los muelles de Deacon City y luego, a medida que fue avanzando la semana, toda una serie de almacenes al otro lado de la frontera estatal.
—Si te paran —dijo—, vas de visita a ver a tu hermana en Titusville. Se llama Fern Waxman. Si dicen que quieren registrar el coche, cosa que no harán si vales en lo más mí­nimo, diles: «Por supuesto, agente, pero voy a llegar tarde y mi hermana acaba de dar a luz».
Nadie me paró nunca. No apartaba la mirada del velocíme­tro. Nunca en mi vida había conducido con tanto cuidado.
No sabía qué era lo que estaba transportando, ella al menos no me lo dijo. Cada vez que llegaba a mi destino, siempre había dos o tres hombres esperando. Uno me pe­día las llaves y abrían el maletero. Yo nunca lo abrí, ni una sola vez.
Al principio la mercancía ya estaba dentro cuando ella me daba las llaves del coche. En una ocasión miré de reojo mientras los chicos descargaban. Estaban alzando un falso fondo y extrayendo pequeños sacos. Al cabo de un par de viajes, puede ver mejor el género: cartones de cigarrillos, medicamentos metidos en largos tubos. En una ocasión fueron latas de caviar ruso; en otra, caja tras caja de colgan­tes con estrellas de David.
La segunda semana, empecé a ir a un banco con un carné a nombre de Coral Meeker para vaciar una caja de seguri­dad llena con joyas como en la vida las había visto: alfileres con grandes y gruesos zafiros, collares de brillantes perlas, una sortija con un ópalo del tamaño de una pelota de golf. Aquella vez, me hizo envolver las joyas en una bolsa de pa­ñales y ropa infantil, «para el recién nacido de mi hermana». En otras ocasiones, utilizaba el falso fondo. En una ocasión me hizo esconder un montón de pasaportes dentro del fo­rro de una maleta. En otra, fueron varios fajos de moneda extranjera bien escondidos en la bolsa de un aspirador nue­vo que debía llevar a la misma hermana, la hermana más afortunada en tres estados.
Lo hice todo como ella quería. Pronto, vio que era ge- nuinamente pura, pero no una idiota. Estaba lista para más. Quería más.

* * *

Iba a ir al hipódromo.
—Para esto, tendrás que lucir el papel —me dijo. Bajé la mirada hacia mi conjunto de rayón verde ácido, comprado en unos grandes almacenes y brillante por el desgaste—. No puede parecer que es la primera vez que comes calien­te. Tampoco puedes tener pinta de andar saltando de mesa en mesa en busca de alguien que pague la cuenta. Tenemos que conseguir que a nadie le extrañe verte con grandes can­tidades de dinero en la mano.
—¿Grandes cantidades de dinero?
Gloria asintió.
—¿Estás lista para el jabón, niña? Porque a partir de aho­ra vas a hundir las manos hasta los codos.

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