Relatos inquietantes para chicos valientes

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Quizá este libro no debería haber caído en tus manos. Aún estás a tiempo. No te dejes engañar por su portada colorista ni por las ilustraciones del interior. Sólo quiere atraparte. Y cuando lo consiga disfrutará haciéndote pasar miedo, mucho miedo. Entonces, después de leer uno o dos relatos, no te quedará más remedio que correr a esconderte en un lugar seguro. O quizá prefieras echarle valor y estremecerte de puro gozo leyendo estas veinte historias inquietantes: así averiguarás lo que le ocurrió a otros chicos que se creían tan valientes como tú.

Aunque estos relatos estén escritos por autores de fama universal como Charles Dickens, H.G. Wells, Nathaniel Hawthorne, Oscar Wilde, Arthur Conan Doyle, Bram Stoker, H.P. Lovecraft o Edgar Allan Poe, no te fíes, sólo quieren hacerte pasar un mal rato. Monstruos, espectros, maldiciones, muñecos siniestros y pactos diabólicos serán sus macabros aliados. Pero si, a pesar de mi consejo, te empeñas en abrir las páginas de este libro, entonces es que eres un tipo muy valiente. Y si además disfrutas con su lectura, debes saber que Valdemar tiene publicados muchos más cuentos de terror, de éstos y de otros muchos autores.

ANTICIPO:
La doma de la Pesadilla

G.K. Chesterton

Little Jack Horner sat in the corner

[El pequeño Jack Horner estaba sentado en el rincón]

Hasta aquí el entorno tradicional del héroe de guardería concuerda con aquel en el que lo encontramos a efectos de la historia, pero como no había ningún pastel de Navidad en la cercanía, era incapaz de dar rienda suelta al alegre aunque algo egoísta sentimiento del que dejaba constancia en otras partes. Estaba sentado en un rincón, bajo la ventana, escuchando el espectral gemido del viento nocturno en el exterior, ya llamando a la puerta como un caminante, ya silbando en la chimenea como un deshollinador, ya dando la impresión de errar, murmurando oscuramente, como una misteriosa criatura salvaje por el bosquecillo que rodeaba la casa, ya abalanzándose como un monstruo gigantesco sobre el tejado con un rugido ronco que se elevaba hasta convertirse en un chillido estridente a medida que se desvanecía. Entonces se produjo un violento golpeteo en la ventana que tenía encima, y se hizo tan violento y furioso que Jack creyó que el cristal iba a saltar en pedazos, y después le pareció oír una voz ronca, amortiguada por la ventana, que decía: «Déjame entrar, ¿por qué no me dejas entrar?» El miedo vago y secreto que había sentido ante las mil voces sugestivas del viento se convirtió en un terror espectral, y se acurrucó bajo la ventana esforzándose por no mirar, aunque compelido a volverse por la horrible fascinación de la presencia de alguien detrás de él. Se volvió, abrió la ventana de par en par y se asomó a la noche. Al principio no podía ver nada sino la oscuridad, pero en seguida distinguió la cara ancha y extraña de un duende, con los ojos saltones y un enorme y curioso sombrero, que atisbaba por la ventana.

–Te reclaman –dijo la criatura, que parecía ser una especie de vigilante, con voz apagada.

–¿Para qué, señor? –balbuceó Jack débilmente.

–El Consejo de Hadas Buenas –respondió el duende– ha decidido encargarte que encuentres el Nido de la Yegua1. La Yegua Gris, que construyó su nido en los arrabales de la Creación, donde a la gente no le importa demasiado lo que hace, tiene una numerosa progenie, todas yeguas y todas grises salvo una, la más joven, que es tan negra como la noche, e igual de espectral. Y se llama Pesadilla2. A ella debes capturar y domar y ensillar y embridar, y es el único corcel que habrás de montar jamás.

–¿Y quién es usted, señor? –preguntó el niño, algo atemorizado.

–Soy el Viento –respondió el espíritu–. Lleno los oídos de los hombres de miles de voces, pero nunca hasta ahora me han visto unos ojos mortales. Voy a donde quiero y canto la canción que me place. Yo solo puedo guiarte al país del Nido de la Yegua. Cógete a mi capa.

Con un miedo profundo y solemne en el corazón, Jack se agarró obedientemente del manto, el Viento se volvió con un silbido, y al instante Jack salió disparado por la ventana y fue transportado a gran altura por encima de los tejados de las casas, bajo el cielo de medianoche, agarrado a los inmensos y agitados faldones del guía. Dejaron atrás la ciudad, con sus tejados y chimeneas, y siguieron sobrevolando campos y caminos, cañadas y barrancos, pasajes desiertos y sombríos. Viajaron y viajaron durante horas, dejando atrás búhos y murciélagos, hasta que llegaron a un muro bajo y solitario, junto al cual había un letrero desvencijado, de cara al otro lado, prohibiendo la entrada, por orden de alguien, no se sabía quién.

Y más allá del muro no parecía haber más que niebla y luz de luna. Y el Viento se volvió y dijo gravemente:

–No puedo ir más lejos, no me compete. Pero ése es tu camino.

Y, tras señalar con un gesto de cabeza hacia la misteriosa región del otro lado del muro, se alejó. Y Jack trepó al muro y saltó al otro lado y se adentró en los confines de la Creación. No había andado mucho cuando llegó a una pendiente de los páramos inhóspitos que le puso ante los ojos la cara ancha y pálida de la luna, diez veces más grande de lo normal, y recortándose oscura contra ella, la figura flaca y melancólica de lo que parecía un becerro muy crecido para su edad. Se acercó, y tuvo que tirar violentamente de la cola del enorme animal hasta que éste se dignó prestar alguna atención a su presencia. Entonces giró lentamente una cabeza pálida y enorme, con unos ojos redondos y móviles, y miró abstraídamente al caminante.

–¿Podrías decirme dónde está el Nido de la Yegua? –preguntó Jack.

El Becerro lo miró un momento con tristeza y a continuación contestó lúgubremente con lo que parecía ser un verso improvisado de dudosa relevancia.

Ah, mis miembros son muy débiles,

mi cabeza es ostentosa,

mis orejas redondas. Ay, por favor,

no me tomes por un animal de bellota.

–Bueno, ¿quién lo pretende? –dijo el exasperado Horner–. Yo lo único que quiero es una indicación.

El Becerro alzó un momento los ojos hacia la luna y luego cantó lastimeramente:

Este Becerro era el Becerro de la Luna3, la Luna era la Vaca,

y murió por tanta matraca,

y ahora brilla en el cielo en todo su esplendor;

ah, jamás ninguna vaca tuvo un Becerro como yo.

Y en ese momento fue tan dulce y patética la mirada que el pobre monstruo alzó hacia él que se conmovió profundamente y olvidó su propia empresa y acarició las flacas costillas del Becerro de la Luna. Y después de una larga pausa surgieron otra vez de la criatura los misteriosos y extravagantes cánticos de gloria:

Olvido la mofa y el desprecio de las criaturas,

cuando mi madre se eleva en medio de las brumas nocturnas,

es dulce y cariñosa y alumbra durante la noche entera

a su lunático hijo mientras le canta él su cantinela.

Condenado estoy a vagar solitario por el mundo,

yo, su único hijo, pálido monstruo inmundo.

Sin un igual en todo el orbe, sin hermana ni hermano,

aquí estoy sentado y a mi madre mística le canto.

Y allí se estuvo cantando durante el resto de la entrevista; y mientras Jack, despacio y algo renuente, proseguía la marcha por los oscuros páramos, aún podía oír los cantos quejumbrosos del poético Becerro de la Luna elevándose como un arrullo solitario sobre el tenebroso yermo a la blanca luna.

Y continuó hasta que tropezó con lo que parecía una tapia baja de un jardín, y la recorrió hasta llegar a donde había un pequeño portillo de madera, y al asomarse vio un espectáculo extraño. Las laderas del otro lado, casi hasta el horizonte, estaban aparentemente cultivadas, como una huerta gigantesca en la que crecían unos nabos descomunales, casi enteramente fuera de la tierra, con ojos redondos de duende que brillaban tenuemente como reverberos formando hileras en las laderas bajo el cielo nocturno. Y más arriba de estos ejércitos de nabos duendes de la colina había una casita con la techumbre de paja, que aparentemente pertenecía al Jardinero. Poco después, mientras estaba allí contemplando esta huerta singular, se apagaron un par o dos de ojos redondos e incandescentes, y de la oscuridad brotó un gemido torpe y confuso. Al momento se abrió la puerta de la casa y de ella salió una figura alta y huesuda con un sombrero de ala ancha inclinada y un rastrillo de aspecto demoníaco y, mirando con unos ojos redondos tan brillantes e incandescentes como los de los nabos, pidió a éstos que le informasen de lo que pasaba.

–Se ha ido la luz, ay, se ha ido la luz –gimieron los nabos.

El Jardinero entró en la casa y volvió a salir con un cabo de vela encendido en cada mano. Avanzó entre las hileras de nabos; abrió una puertecita que tenían detrás de la cabeza, les metió la luz y al instante dos pares de ojos relumbraron con la misma intensidad de siempre. Regresó el Jardinero, dando zancadas de media milla por las extensas laderas de su huerta, y cuando estuvo de vuelta vio a Jack, que observaba desde el portillo de madera.

–¿Quién eres tú? –bramó con voz de trueno.

–Soy Jack Horner –replicó el intrépido individuo.

Las poesías infantiles no habían entrado en las clases de lectura del Jardinero, así que frunció el ceño y rugió:

–¿Sabes dónde estás?

–Bueno, no del todo –contestó el chico–. ¿Dónde estoy?

–Éste –dijo el alto Jardinero– es el jardín de los nabos fantasmas. Se cultivan y se envían a Covent Garden cada mañana. Hay mucha demanda entre la gente de tu especie, pero ninguno de tu especie ha venido nunca aquí, ni lo volverá a hacer. Ven, no tendrás inconveniente en que te entierre hasta el cuello y te meta una vela en la cabeza, ¿verdad?

–La verdad es que tendré muchísimo –replicó Jack rotundamente–. Y lo que es más: no lo voy a consentir.

–Eso es una grosería –dijo el Jardinero enseñando una fila de dientes resplandecientes, y con un movimiento rápido y repentino, levantó a Jack por el cuello y lo arrojó dentro del cercado. Sin embargo, Jack no se dejó amilanar tan fácilmente, sino que se lanzó con todas sus fuerzas contra el Jardinero y lo derribó estrepitosamente patas arriba entre los nabos, mandando su largo rastrillo por los aires a diez millas de distancia. Pero el Gigante se levantó en un santiamén, y cogiendo el tiesto más grande que tenía, se lo arrojó de manera que al caer lo encerró limpiamente debajo. Pero el chico lo rompió a patadas, y agarrando los proyectiles más cercanos, dos enormes nabos que arrancó de cuajo, los arrojó a la cabeza de su enemigo, que se los devolvió con algunos más. Entonces comenzó una batalla «nabal» digna de una epopeya. Durante días y noches combatieron por todas las colinas, arrancando los nabos a miles y esparciéndolos sin orden ni concierto por el campo. Y tras una semana de lucha no quedó un solo nabo encendido o plantado en el campo, sino acaso alguna que otra vela desfalleciente aquí y allá flameando melancólicamente en la caótica oscuridad. Y el Jardinero se puso a andar de aquí para allá sin rumbo buscando su sombrero, y Jack reanudó su peregrinación.

Y por último llegó a una región extraña donde las rocas y las crestas de las montañas parecían tan melladas y fantásticas como las nubes de una puesta de sol, donde las luces violentas y súbitas que, irrumpiendo por grietas y oquedades, era lo único que iluminaba el sombrío ocaso del mundo. Y un día, cuando erraba por valles y peñascos, oyó de repente, atravesando la oscuridad desde más arriba de su cabeza, una especie de relincho largo, estridente y demoníaco, que resonó de manera sobrenatural en las cumbres solitarias. Y encaramada sobre la cresta de una montaña muy por encima de la tenebrosa niebla, pudo ver la silueta de lo que parecía una potra gris, mirando hacia el valle. A continuación volvió a sonar el salvaje relincho y se desvaneció. Entonces se dijo:

–Estoy cerca del nido de la Yegua Gris.

Y después de caminar durante un buen rato surgió un violento resplandor de detrás de las montañas, y en la cresta más alta y misteriosa vio la fantástica cabeza y las crines de una enorme yegua gris, encaramada en un nido como de águila. Después de una larga escalada llegó al pie del barranco sobre el que se hallaba el nido, y pudo ver a la Yegua Gris paseando su fiera mirada por encima del mundo solitario; desperdigada por los peñascos de abajo, su sobrenatural progenie de yeguas corcoveaba de manera demoníaca. Y más lejos aún, en el borde de un precipicio sobrecogedor, estaba la figura larga y negra y crin ondeante de la Pesadilla, la más oscura y horrenda de todas. Y en cuanto la vio dio un grito y echó a correr hacia ella. Las yeguas grises que vagaban como espectros por las laderas lo miraron con recelo al pasar, pero cuando lo vio la Pesadilla profirió un bramido como un trueno y saltó salvajemente al otro lado de la montaña, adonde Jack la siguió. Entonces dio comienzo una persecución que abarcó leguas y meses. Ora la Pesadilla volaba a gran distancia de él, como un ciervo asustado, por encima de la uniforme llanura y los páramos, ora, con más exasperante agilidad, bailaba indolente a unos pasos de él, ocultándose y saliendo de detrás de las rocas, expresando su desprecio por la persecución humana con sacudidas de su larga cola. A veces se ponía cabeza abajo a unas yardas riéndose de él, hasta que se acercaba, entonces salía disparada como un rayo y se mofaba al tiempo que daba la vuelta a una peña. Pero ni estos escarnios ni los intentos frustrados conseguían que el porfiado niñito abandonase la empresa que se le había encomendado, y con el tiempo empezó a ver recompensada su tenacidad.

La Pesadilla comenzó a perder la paciencia y a tratar de librarse de él, mostrando con ello que ya no se sentía con fuerzas para seguir corriendo, hasta que finalmente, cuando llegaron a la playa de un mar quejumbroso, al pie de un frente de acantilados, la Pesadilla echó a correr con trote rápido hasta que llegó a un agujero redondo en las rocas, aparentemente diez veces demasiado pequeño para ella, se retorció y desapareció en el interior. Jack empezó a sospechar que las cosas estaban adquiriendo un cariz no del todo normal, si se puede decir así, pero apretó los dientes y se metió reptando por el agujero, por el que cabía justo, y avanzó a rastras por un pasadizo bajo y oscuro, al final del cual, sobre un montón de cráneos y huesos, estaba sentada la Pesadilla con los ojos y los dientes centelleantes, y comprendió que la tenía acorralada. Pero Jack, que siempre sentía compasión en momentos inoportunos, se mostró dispuesto a llegar a un acuerdo amistoso.

–¿Por qué no quieres que cabalgue sobre ti? –le preguntó–. No deseo hacerte daño, sino más bien que nos ayudemos el uno al otro. Todas las criaturas deberían ayudarse. Es lo que quiere el Consejo Central.

–Mortal –replicó la Pesadilla con una carcajada espantosa–. ¿Acaso no sabes que no soy yo una yegua normal? La Pesadilla soy, la hija del horror, y soy yo quien ha de cabalgar sobre ti. Sobre miríadas de tu especie he cabalgado y los he hecho mis esclavos, agobiándolos con visiones –y aquí sus ojos llamearon terriblemente y pareció que el hocico se hacía más y más largo a medida que avanzaba hacia él. Un instante después luchaban por la victoria, rodando juntos, de manera que unas veces estaba el uno encima y otras el otro.

Y cuando Jack estuvo debajo, con el demonio negro sentado sonriente sobre su pecho, se sintió dominado por un trance singular y creyó que caía de las alturas y huía por caminos interminables, con extraña desesperación en todo. Y cuando, con un esfuerzo extraordinario se lo sacudió, y logró tener debajo a su enemigo, descubrió que se hallaba en un páramo silencioso bajo la luz de las estrellas. De esta manera, durante una noche interminable, siguieron cambiando sus posiciones, hasta que por fin, tras una encarnizada y espumajeante lucha cuerpo a cuerpo, Jack se subió encima, se echó hacia atrás el desgreñado cabello, y la Pesadilla se desplomó impotente debajo de él. Parecía que se había desmayado, y después de lo que había sufrido la pobre dama, probablemente no era nada sorprendente.

Y Jack sostuvo la enorme y fea cabeza en su regazo y la besó y la veló en silencio, hasta que la Pesadilla abrió al fin los ojos, tan mansos ahora como los del Becerro de la Luna, gañendo lastimosamente y frotando la cabeza contra él. Por fin la Pesadilla se levantó y esperó silenciosa y dispuesta, y Jack saltó sobre su lomo y se marcharon cabalgando. Y por el camino pasaron junto al Becerro de la Luna, que estaba sentado en una piedra, cantando y marcando el compás débilmente con el rabo.

Derrama sobre tu pobre hijo tus pálidos destellos,

convierte el páramo oscuro en blanca antesala del cielo,

y borra, oh Vaca, de tu memoria para siempre

el doloroso efecto de mi canto que te dio la muerte.

Aquí estamos solos, mas el uno es del otro una satisfacción,

para el hijo la luz, para la madre la canción.

Al principio temió que la pavorosa figura de la Pesadilla pudiese asustar al pobre Becerro de la Luna, como de hecho había atemorizado a las demás criaturas durante el camino; pero el miedo, como cualquier otra emoción que no fuera la filial, le era desconocido a la pálida y solitaria monstruosidad. Estaba muy contento, contemplando lastimeramente la luna, y dejó pasar a la siniestra Pesadilla como si fuese el más convencional de los cuadrúpedos. Una vez los hombres habían intentado domesticar al Becerro de la Luna trayéndolo a la tierra del sol y adornándolo con laureles, pero éste gemía y suspiraba por la luna de un modo conmovedor, lo que era proverbialmente absurdo. Y finalmente se escapó del mundo cotidiano y regresó al país del claro de luna, muchísimo más feliz de lo que creería mucha gente.

Entretanto, Jack y su negro corcel habían llegado al muro y al cartel de advertencia, y volvieron a entrar en el país de lo real. Pero antes de que hubieran avanzado mucho por los duros campos y los pedregosos caminos del viejo mundo, Jack vio que la pobre Pesadilla cojeaba y daba traspiés de manera lamentable, y se acordó de que en el vecindario del que procedía no había herraduras. La condujo a gran velocidad al pueblo más próximo, y habló con un herrero que accedió a calzarla por el coste habitual. Pero lo más curioso, por no decir lo más molesto, del asunto fue que la Pesadilla, que caminaba dócil como un cordero mientras Jack la sujetaba, en cuanto éste la soltó y se le acercó el herrero con una herradura, profirió un relincho demoníaco y de una coz lo lanzó al tejado. Los aprendices y curiosos acudieron a sujetar al animal, pero éste se enardeció como un pugilista; por la forma en que salían despedidos y rodaban en todas direcciones parecía que sus patas tuvieran una veintena de articulaciones, derribando un hombre tras otro.

Daba la impresión de que disfrutaba de lo lindo con la pelea, que era más de lo que ellos podían: sus ojos relampagueaban con espeluznante resplandor, sus dientes y su lengua sobresalían de manera burlona, y parecía volverse más terrible por momentos. Nadie se atrevió a acercarse a ella, cuando se sentó limpiándose groseramente la nariz con la pezuña y se puso a mofarse de ellos.

–Ajá –dijo con desprecio–, mortales gusanos, queríais alzar vuestra insignificante maquinaria de hierro frente a la maquinaria viviente de la vida infernal. Bien podéis temblar, porque mi sombra está en vuestra puerta, y mi terror os va a devorar el corazón.

Precisamente en este momento tan prometedor, Jack avanzó serenamente con un martillo en una mano y la herradura en la otra. El monstruo, en cuanto sus ojos llameantes vieron su cara, gimió y agachó la cabeza; y Jack, cogiendo las herramientas, la calzó y se fue cabalgando. Y cuando pasaban por las calles todo el mundo murmuraba y los abucheaba; y un hombre les salió al paso imprudentemente, y la Pesadilla le soltó una coz que lo lanzó por encima de las chimeneas, con lo que el resto se mantuvo a respetable distancia.

Y ocurrió que el rey había decidido celebrar un gran torneo en el pueblo, al que acudieron todos los caballeros y guerreros de su reino y de los países vecinos. Y cuando las lizas estuvieron dispuestas al pie del trono y engalanadas las tribunas y los pabellones, arremetieron de un lado y de otro, con flamantes penachos y resoplantes corceles, los más poderosos justadores de la tierra. Y en tercer lugar de los que entraron en las lizas, después del príncipe Valentín de Vandala, y lord Breacan de la Lanza, cabalgó un niño de ojos fieros y cabeza descubierta, sobre una yegua negra y desgarbada, de rodillas quebradas, que barría el suelo con las crines y la cola. Y en todo momento la yegua de rodillas quebradas y su jinete permanecieron en silencio. De repente, en el momento culminante de la justa, cuando el príncipe Valentín derribó a su adversario más poderoso y se alzó victorioso en lo más reñido del combate, el niño desconocido se apartó el cabello de la frente, enristró su tosca lanza y susurró algo al oído de su lúgubre y desaliñado corcel. La yegua profirió un grito penetrante que puso los pelos de punta a toda la concurrencia, y salió como una exhalación, de manera que la lanza del chico golpeó con violencia al príncipe Valentín en la visera y lo tumbó limpiamente de espaldas.

El príncipe se levantó de un salto, en medio del griterío, y voló hacia él espada en mano, pero antes de que ninguno de los dos pudiese descargar un solo golpe, la Pesadilla, que estaba ahora más sombría que nunca, enseñó sus dientes terribles y, arrancándole el arma de una dentellada, la masticó con evidente fruición. El príncipe se retiró maldiciendo, pero Breacan de la Lanza, un gigante vestido con cota de malla, con una lanza como el mástil de un navío, salió al galope contra ellos. La Pesadilla soltó una risita repugnante y, lanzándose al frente, giró sobre sí misma y desapareció repentinamente, jinete y todo, entre las patas delanteras del caballo del gigante, de manera que al instante siguiente salió despedido de cabeza y cayó rodando por el suelo.

El niño avanzó hasta el trono del rey.

–Dadme el trofeo –gritó–. Mi buen corcel y yo hemos ganado la victoria.

El rey se puso en pie con expresión grave.

–Hay algo de brujería en este chico y su jamelgo negro –dijo–. Prendedlo.

El muchacho se echó a reír.

–Prendedme vos mismo, embustero –le espetó–. Mientras monte mi yegua, ya podéis intentarlo.

Se disponía a dar media vuelta cuando la Pesadilla decidió tomar cartas en el asunto. Con un rugido como el trueno, salió disparada, derribó el trono y al rey, y un instante después estaba en los páramos a millas de distancia.

–Vamos –dijo el muchacho desmontando–, ya que los hombres no nos aceptan seguiremos nuestro propio camino. Quizá visitemos otra vez al Becerro de la Luna y vayamos a ver a tu madre y a tus hermanas.

–No tengo madre ni hermanas, amo –respondió la Pesadilla sentándose a sus pies–. No conozco a nadie más que a ti, que no me rehúyes. Mas eres mi amo e iré contigo a donde quieras.

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1 Opinión

Escribe un comentario

  • yo jajajja
    on

    Esto es complicado de leer ???

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