rePUBLICANOS. Como dejamos de Ser Realistas

rePublicanosFernandoIwasaki

LA INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA quedó sellada tras la batalla de Ayacucho (1824), donde un ejército criollo derrotó a un ejército realista integrado mayoritariamente por indios. Casi doscientos años más tarde, soldados peruanos, ecuatorianos y colombianos vuelven a morir vistiendo el uniforme del ejército español en Líbano y Afganistán, mientras tropas de Honduras, Nicaragua y El Salvador permanecen acuarteladas en Iraq bajo bandera española. Las repúblicas latinoamericanas se independizaron de España a comienzos del siglo XIX, pero después de dos siglos de suspicacias y resentimientos, Madrid ya ejerce en América Latina la misma fascinación que antaño tuvo París y la misma influencia que antes detentó Washington, mientras las multinacionales españolas consolidan su hegemonía desde el sur del Río Grande hasta el Cabo de Hornos, y los inmigrantes hispanoamericanos se integran en todos los estamentos de la sociedad española. ¿Cuál es el balance que podemos hacer de los caminos recorridos por España e Hispanoamérica doscientos años después de su separación política? ¿Hubo independencia religiosa, intelectual o literaria? Entonces, ¿por qué en América Latina surgen todavía libertadores y por qué en España se sigue hablando de independencia?

Fernando Iwasaki ofrece respuestas a estas y otras preguntas en rePUBLICANOS, un ensayo irónico, erudito e inteligente que en ningún momento renuncia a la amenidad, la provocación y la prosa elegante.

ANTICIPO:
¿Qué condiciones existieron en el siglo XVIII para ser un ilustrado cabal tanto en España como en América Latina? ¿Quiénes podían serlo en realidad? ¿Cuál me la impronta de los verdaderos ilustrados españoles e hispanoamericanos en la creación del espíritu cívico y la moral ciudadana de sus respectivos países? La persuasión de que los precursores de la independencia latinoamericana fueron todos ilustrados y volterianos se encuentra tan extendida que quizá estas interrogantes parezcan rocambolescas. Sin embargo, en un clásico ensayo, el historiador Pierre Chaunu dejó caer unas reflexiones que no invitan a ser menos optimistas con respecto a las respuestas de las preguntas que acabo de formular:

La participación de América en las «Luces» del siglo XVII es, a la vez más tardía y más desigual de lo que se afirma de ordinario. Se podría decir, esquemáticamente, que el siglo XVIII se sitúa en América hispánica en el siglo XIX. La América española es española. Casi da vergüenza decirlo, es una provincia de la España ilustrada. La participación de España en las corrientes racionalistas del siglo XVIII es tardía y ambigua. La participación de la América española en las corrientes racionalistas del siglo XVIII es aún más tardía y ambigua, pues la América es provincial. Y si acaso tenemos la impresión de que ocurre de otra manera, no se origina en la América española, sino en España. Es en España donde se produce la quiebra. La invasión de 1808 y el levanta miento de América comprometen profundamente, durante casi un siglo, ante los ojos de las masas más que de la élite, los valores del siglo mil designados bajo el rubro de «afrancesados»

Así, partiendo de la premisa de que la participación de España y América en las «Luces» del siglo XVIII fue ambigua y tardía, deberíamos aceptar de antemano que era imposible que todos los precursores de la independencia hispanoamericana fueran auténticos ilustrados, pues los autores franceses no estaban traducidos, sus obras figuraban en los índices de libros prohibidos y su lectura requería un examen, una autorización del Santo Oficio y un propósito formal —por parte de los solicitantes— de refutar los errores de aquellos autores para mayor gloria de la fe verdadera. A esa ordalía intelectual se sometieron próceres tan diversos como el peruano Hipólito Uñarme, el hondureño Cecilio del Valle, el colombiano Camilo Torres o el argentino Manuel Belgrano, quien solicitó una dispensa papal para leer a los autores franceses en versión original, porque los textos que le interesaban no estaban disponibles en castellano.

En efecto, las únicas traducciones de Voltaire publicadas en el siglo XVIII con las licencias debidas fueron composiciones poéticas y teatrales como la Historia de Carlos XII, Rey de Suecia (traducida por Leonardo de Uria y Orueta, Madrid, 1734), La muerte de César (traducida por Mariano Luis de Urquijo, Madrid, 1791) y la comedia La Escocesa, (traducida por Ramón de la Cruz, Barcelona, 1790), aunque la Inquisición procesara igualmente a Urquijo y a otros escritores como Iriarte y Samaniego, acusados de haber perpetrado traducciones clandestinas de Voltaire y otros autores prohibidos. Según Menéndez Pelayo, en la España del siglo XVIII se presumía mucho de leer a Voltaire, pero «producciones literarias francamente volterianas o traducciones que no fuesen clandestinas, no las hay ciertamente hasta fines de siglo». Por otro lado, de Montesquieu solo circularon en español sus Reflexiones sobre la causa de la grandeza de los romanos y las que dieron motivo a su decadencia (traducida por Manuel de Zervatán Carrasco, Madrid, 1776) y unas Observaciones sobre el Espíritu de las Leyes (traducida por Joseph Garriga, Madrid, 1787), mientras que sus Cartas persianas (traducida por el abate Marchena, Nimes, 1818) y la edición definitiva de su esencial Del Espíritu de las Leyes (traducida por M. V. M., Madrid, 1820) tuvieron que esperar hasta el siglo XIX. Finalmente, los libros más importantes de Jean-Jacques Rousseau —El contrato social (traducido por Mariano Moreno, Buenos Aires, 1810) y Emilio, o de la educación (traducido por el abate Marchena, Burdeos, 1817)— nunca fueron publicados en español durante el siglo XVIII. Por lo tanto, ante la evidente dificultad que suponía acceder a las obras capitales del pensamiento ilustrado, los únicos que pudieron beber de aquellas fuentes desde España y América Latina fueron los aristócratas y los miembros del clero.

La aristocracia española y —en menor medida— la hispanoamericana fueron el estamento ilustrado por excelencia. Las nuevas doctrinas fluyeron de arriba abajo, y por eso las «Luces» jamás iluminaron a las clases populares, como lo demostró a las claras el motín de Esquilache (1766). Así, el paradigma del aristócrata ilustrado siempre resultó encamado por los poderosos ministros de los reyes borbones, como Manuel Godoy, Campomanes, Floridablanca y, sobre todo, Aranda, quien me embajador en Francia, corresponsal de Voltaire y protector de los afrancesados en España. Menéndez Pelayo no escatimó denuestos a la influencia de las ideas ilustradas en general y a la memoria de Aranda en particular, pues lo tenía por vano, presuntuoso y probablemente bellaco. Por eso, espigando las Memorias de Godoy —quien lo conoció muy bien—, se despachó así: «Bien dice el Príncipe de la Paz en sus Memorias que a Aranda le embriagaron los elogios de los enciclopedistas, que se habían propuesto reclutarlo para sus doctrinas, y que adoptó sin examen cuanto de malo, mediano y bueno había producido aquella secta. Y, siendo hombre de tan terca voluntad como estrecho entendimiento, oyó a los franceses como oráculos, fue sectario fanático y adquirió, mas que la ciencia, la ambición y los ardores de la escuela>>. Me interesa el subrayado de Menéndez y Pelayo, pues si Aranda «adquirió, más que la ciencia, la ambición y los ardores de la escuela», quizá fue más «afrancesado» que genuino ilustrado.

La aristocracia en el siglo XVIII —como la burguesía en el XXI— era el espejo y la referencia del resto de la sociedad, pues su dinero, su prestigio y su poder fascinaron a nobles y plebeyos, quienes procuraban imitarlos en lo más superficial. A saber, sus formas de vestir, de hablar y tal vez hasta de pensar, siempre y cuando que, en lugar de pensamiento, solo hubiera existido impostura y pomposidad Con gracia y erudición, Menéndez Pelayo se regodeó citando las cartas donde Voltaire elogiaba los; " vinos y jamones que. Aranda le hizo llegar hasta su bucólico retiro de Ferney, cada vez que el autor de Cándido lo comparaba con algún dios mitológico en algún verso menor de su ingente calderilla poética. Pero nada de esto le constaba a la corte, a los nobles y a los intelectuales españoles de aquellos años, para, quienes Aranda era el amigo de Voltaire y hasta un ejemplo para los mismísimos franceses. De hecho, al decretar la expulsión de los jesuitas en 1767, Aranda no quedo ni más ilustrado , ni más laico, ni más progresista, aunque si promovió – sin querer- todas esas ambiciones a lo largo del Imperio.

Con respecto al papel que desempeñó el clero en la difusión del racionalismo y de las ideas de la Ilustración, convendría precisar quienes lo hicieron a través de la enseñanza y la educación, quienes promovieron aquellas doctrinas desde una jerarquía eclesiástica y quienes reivindicaron esas ideas porque optaron por pasar a la acción revolucionaria. Así, en el primer grupo estarían Antonio García Redondo, canónigo de la catedral de Guatemala; el jesuita mexicano. Francisco Clavijero y Toribio Rodríguez de Mendoza, rector del Real Convictorio de San Carlos de Lima. Entre los que prefirieron utilizar su influencia política encontramos a Antonio de San Miguel, obispo de Michoacán; al arzobispo de Caracas Narciso Coll y Prat, y a José de Cuero y Caicedo, obispo de Quito Finalmente, entre quienes destacaron por sublevarse contra la dominación colonial sobresalen tres representantes del bajo clero mexicano: fray Melchor de Talamantes el cura José Morelos y el padre Miguel Hidalgo y Costilla, cuya casa de Guanajuato era más,.conocida como «La Francia Chiquita». Los tres fueron en carcelados y condenados a muerte. ..Fueron todos ellos -pedagogos, ministros y revolucionarios- ilustrados auténticos? Es complicado aventurarlo, pues su misma condición de eclesiásticos les impedía asumir que la moral podía ser laica o la razón agnóstica Pero si, me gustaría hacer hincapié en que todos ellos fueron criollos y nacidos en América. Todos menos Narciso Coll y Prat, que, aunque era catalán estuvo a favor de la independencia.

Siempre he pensado que el clero en general, y las jerarquías eclesiásticas en particular, son más conscientes de las condiciones, las hojas de ruta y los beneficios que podría reportarles cualquier proceso de independencia. Ocurrió en América a comienzos del siglo XIX y ocurre todavía en Europa en estos prolegómenos del siglo XXI, pues todos los caminos conducen a Roma, aunque comiencen en Chile, Polonia, Croacia o el País Vasco. Las reformas borbónicas que impidieron a los criollos acceder a los cargos públicos y a las principales magistraturas perjudicaron más a los miembros del clero que a las aristocracias locales, pues los curas no podían emparentar por vía matrimonial con los altos funcionarios que llegaban de la metrópoli, amén de que la mayoría de religiosos americanos eran hijos segundones o provenían de las clases populares. Por otro lado, el orden de prioridad en la lealtad de cualquier sacerdote criollo comenzaba con Dios, seguía con el provincial de su orden y terminaba con su propia grey, de donde colegimos que la fidelidad a la Corona no tenía un valor relevante en su escala de lealtades. Finalmente, por tratarse de un estamento con ciertas lecturas, próximo a las necesidades populares y con menos posibilidades de movilidad social dentro de sus jerarquías internas, el clero criollo desarrolló una conciencia crítica que lo llevó a estar en la vanguardia de los movimientos independentistas. Sin embargo, esa conciencia crítica no era equivalente a la posesión de un pensamiento doctrinario ilustrado, soberanista y constitucional. Más bien, fueron revolucionarios para ser diputados y luego fueron diputados para ser obispos. Alguno, incluso, llegó a cardenal, y sospecho que una cabeza volteriana jamás habría sido buen asiento para un capelo cardenalicio.

Como se puede apreciar, no andaba descaminado Pierre Chaunu cuando afirmó que España y sus colonias asimilaron las ideas ilustradas con retraso y ambigüedad- Lo de! retraso no tiene más interpretación que la ausencia de traducciones, el complicado acceso a las ediciones originales y las censuras eclesiásticas e inquisitoriales, que habrían impedido la cabal difusión y asunción de los ideales ilustrados hasta muy entrado el siglo XIX. La ambigüedad —no obstante— consiente otras lecturas.

Desde una perspectiva más bien conservadora, Menéndez y Pelayo arrumbó a los ilustrados en el tumulto de sus heterodoxos y se empeñó en ridiculizar todas las imposturas, frivolidades y afectaciones que su oceánica erudición fue capaz de encontrar. Y aunque su desconfianza intelectual parezca fundada en ciertos casos como los de algunos ministros, varios curas y todas esas beatas que tanto lo entusiasmaron, los prejuicios literarios y religiosos de don Marcelino también impregnaron los puntos de vista de otros intelectuales españoles que, o bien despreciaron el pensamiento racional ilustrado, como Unamuno («el elemento más genuina y eficazmente revolucionario, es decir, progresista, el resorte más enérgico de todo proceso es el entusiasmo religioso, la fe, y el elemento más genuino y eficazmente conservador, cuando no reaccionario, la rémora más grande a todo progreso espiritual, es el sentido racionalista»), o bien se resignaron a su ausencia como Ortega («Cuanto más se medita sobre nuestra historia, más clara se advierte esta desastrosa ausencia del siglo XVIII. Nos ha faltado el gran siglo educador»). Así, a la evidencia de un pensamiento ilustrado más bien endeble en España e Hispanoamericana, se sumaría la prejuiciosa persuasión de su índole perversa.

Por otro lado, de la multitud de «afrancesados» españoles y latinoamericanos urge señalar los nombres de quienes merecen ser reconocidos como genuinos ilustrados. Algunos por su irreprochable formación doctrinaria, la mayoría por la inequívoca ambición de sus obras y todos por haber padecido en sus carnes los estragos del exilio, la cárcel y la Inquisición. Pienso en el limeño Pablo de Olavide, condenado por el Santo Oficio, admirado por Voltaire y biografiado por Diderot; pienso en el gaditano José Cadalso y en sus póstumas Cartas marruecas, pienso en el quiteño Miguel de Jijón y León, amigo de los enciclopedistas franceses perseguido por la Inquisición y autor de varios informes sobre el comercio y la industria en Andalucía y América; pienso en el gijonés Gaspar de Jovellanos, escritor, jurista, político, traductor de Milton y autor de un Informe sobre la ley agraria cuyas tesis desamortizadoras le depararon una condena inquisitorial; pienso en el venezolano Andrés Bello, entregado a la causa de la independencia mientras la miseria de su exilio londinense devoraba uno por uno a sus hijos, y pienso especialmente en el sevillano Blanco White, poeta, ensayista, escritor y cumbre del liberalismo español del siglo XIX, quien escribió lo mejor de su obra en inglés y que fue rescatado del olvido y la denigración por Juan Goytisolo.

El siglo XVIII fue un siglo optimista que creía en el efecto bienhechor de la razón y en el progreso moral a través del conocimiento, pero ninguno de estos ideales arraigaron en los países de habla hispana, donde todas las fuerzas oscurantistas extinguieron las «Luces» de la Ilustración y entronizaron la superchería —tan mexicana, tan argentina, tan española— de que solo el sufrimiento nos hará felices. Desde la oscuridad de esa «noche española» que intuyó Picabia, las palabras de Unamuno retumban como relámpagos negros: «¡Desgraciados esos países europeos modernos en que no se vive pensando mas que en la vida! ¡Desgraciados países los países en que no se piensa de continuo en la muerte y no es la norma directora de la vida el pensamiento de que todos tenemos un día que perderla.

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