Residuos

ResiduosTomMcCarthy

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Algo que cae del cielo golpea al protagonista de Residuos, pero él no puede ni debe recordar lo que fue ya que si no perdería la sustanciosa indemnización de ocho millones y medio de libras que un oscuro ente le ha entregado a cambio. Tras el «accidente» y el re-aprendizaje cerebral que este conlleva, el mundo a su alrededor cobra un aspecto distinto, los valores cambian de lugar y una aguda obsesión por los esquemas y el orden se apoderan de él, así como la imperiosa necesidad de re-crear lugares y acciones que, vividas con anterioridad o no, se alojan de forma indeleble en su mente.

Tom McCarthy consigue, por su parte, re-crear la mente de una persona en un proceso de autodestrucción y colapso que, sin embargo, logra imponer su lógica sin sentido al mundo que le rodea. Por ello, y a pesar de estar ambientada en un Londres muy cercano y palpable, de su lectura se destila ese halo de desquiciada lucidez de las mejores obras de la ciencia ficción.

Tom McCarthy nació en 1969 en Londres. Es conocido por sus crónicas, manifiestos y por las intervenciones mediáticas que hizo como secretario general de la Sociedad Necronáutica Internacional (INS), una red de vanguardia semi-ficticia. En España se ha publicado su libro de ensayo Tintín y el secreto de la literatura. Residuos, que también ha sido publicada en Francia con gran éxito, es su primera novela.

ANTICIPO:
Para ajustar los nuevos circuitos te hacen visualizar cosas. Cosas simples, como llevarte una zanahoria a la boca. Durante la primera semana más o menos, no te dan la zanahoria, ni siquiera te hacen intentar mover la mano: simplemente te piden que visualices el tomar la zanahoria con la mano derecha, rodearla con tus dedos y luego, doblar el antebrazo desde el codo hacia arriba hasta que la zanahoria llegue a tu boca. Te hacen comprender cómo funciona: qué tendón hace qué, cómo gira cada articulación, la forma en que los ángulos, la fuerza ascendente y la gravedad compiten y se hacen contrapeso una con la otra. El comprender esto, el imaginarte a ti mismo llevándote la zanahoria a la boca una y otra y otra vez, traza recorridos en tu cerebro que finalmente te permitirán desempeñar el acto en sí mismo. Esa es la idea. Pero el acto en sí mismo, cuando realmente lo intentas, resulta ser más complicado de lo que pensabas. Hay veintisiete maniobras involucradas. Las has aprendido, una a una, en el orden correcto has comprendido cómo funcionan, las has repasado en tu mente una y otra y otra vez durante una semana entera llevándote más de mil zanahorias imaginarias a la boca, o una sola zanahoria imaginaria más de mil veces, es lo mismo. Pero luego coges la zanahoria —te llevan una puta zanahoria, nudosa sucia e irregular, como nunca fue tu zanahoria imaginaria y te la ponen en las manos— y lo sabes apenas te llevan la maldita cosa, sabes que no va a funcionar. —A por ello —dijo el fisioterapeuta. Me puso una zanahoria en el regazo, y luego lentamente, como si fuera una casa hecha de cartas, se alejó y se sentó frente a mí. Antes de poder levantarla tenía que llevar mi mano hacia ella. Giré la palma de mi mano y estiré los dedos hacia arriba desde la muñeca, pero luego, para poder llevar toda la mano hacia donde estaba la zanahoria, tenía que deslizar el codo hacia delante empujándolo desde el hombro; algo que no había aprendido o practicado todavía. No tenía idea de cómo hacerlo. Al final me agarre el antebrazo con la mano izquierda y tiré de él hacia delante. —Eso es trampa —dijo el fisioterapeuta—, pero bueno. Ahora intenta levantar la zanahoria. Rodeé la zanahoria con mis dedos. Se sentía; es decir, la sentía: lo cual ya era suficiente para que la operación empezara a hacer corto circuito. Tenía textura, tenía masa. Durante toda la semana estuve preparándome para levantarla pensando en mi mano, mis dedos y mi cerebro re-encaminado como agentes activos, y en la zanahoria como una no-cosa, un hueco, un espacio inamovible que debía agarrar y mover. La zanahoria, sin embargo, era más activa que yo: cómo se abultaba y arrugaba, y cómo tenía arena por todas partes. Estaba fría. La agarré y pasé a la segunda fase, la de levantar, pero aunque lo logré, sentí la onda del elemento activo de la zanahoria interfiriendo la comunicación entre el cerebro y mi brazo, lanzando falsas contracciones, bloqueando los músculos justo en el momento en el que era vital que se relajasen y se expandiesen, torciendo las articulaciones de apoyo en la dirección equivocada. Cuando la zanahoria rodó, resbaló y cayó en picado, comprendí cómo deben sentirse los controladores aéreos cuando saben que un avión está a punto de estrellarse y no pueden hacer nada para evitarlo. —Primer intento —dijo el fisioterapeuta. —Al menos no se le ha caído a nadie encima —dije. —Vamos a por ello otra vez. Tardé una semana más en hacerlo bien. Volvimos a la pizarra para considerar las señales adicionales que no habíamos considerado antes, luego a la visualización y de nuevo a la zanahoria real. Ahora odio la zanahoria. Todavía sigo sin poder comerme una.

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Interplanetaria

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