Retorno al Bosque de los Cien Acres. Nuevas aventuras de Winny de Puh

Los personajes de los cuentos nunca mueren, ni se hacen mayores –o sólo un poco–, porque siguen viviendo para siempre en la imaginación de los lectores. Por eso, después de tantos años, Winny de Puh, Christopher Robin, Porquete, Tigle y el resto de sus amigos han vuelto al Bosque de los Cien Acres para vivir nuevas aventuras.
«El murmullo de costumbre reinaba en el Bosque: el viento en los árboles, el cacareo de un gallo, la alegría del agua en los arroyos. Entonces llegó el Rumor: ¡ha vuelto Christopher Robin! Búho dijo que se lo había oído a Conejo, y Conejo dijo que se lo había oído a Porquete, y Porquete dijo que sólo en cierto modo lo había oído, y Kanga dijo que por qué no preguntárselo a Winny de Puh». Y el rumor era cierto, y aunque el día comenzó como cualquier otro día, luego se convertiría en un día especial de verdad, porque después de tanto tiempo, Christopher Robin había vuelto al Bosque de los Cien Acres. 
En estas nuevas aventuras, tan desbordantes de humor y ternura como las originales de Milne, veremos las dificultades de Búho para rellenar un crucigrama o cómo Christopher Robin organiza un partido de críquet con sus amigos del bosque, y descubriremos cómo un día Tigle se empachó de moras y soñó con África, o cómo Porquete realizó una gran hazaña…

ANTICIPO:

¿Quién empezó? Nadie lo sabía. El murmullo de costumbre reinaba en el Bosque: el viento en los árboles, el cacareo de un gallo, la alegría del agua en los arroyos. Entonces llegó el Rumor: ¡ha vuelto Christopher Robin!
Búho dijo que se lo había oído a Conejo, y Conejo dijo que se lo había oído a Porquete, y Porquete dijo que sólo en cierto modo lo había oído, y Kanga dijo que por qué no preguntárselo a Winny de Puh. Y como ésa pareció una Idea Muy Alentadora en aquella soleada mañana, Porquete salió al trote, para llegar a tiempo de encontrar a Puh contando ansiosamente sus tarros de miel.
–¿No es extraño? –dijo Puh.
–¿Qué no es extraño?
Puh se frotó la nariz con la zarpa.
–Me gustaría que se quedaran quietos. Se cambian de sitio cuando creen que no estoy mirando. Hace un momento había once y ahora hay sólo diez. Es extraño, ¿no, Porquete?
–Es igual –dijo Porquete–, si hay diez, son diez. Y si no, no son diez.
Al oírse decir eso, Porquete pensó que no sonaba muy bien, pero Puh ya estaba contando, moviendo los tarros de una esquina a otra de la mesa, y vuelta a empezar.
–¡Qué fastidio! –dijo Puh–. Christopher Robin sabría qué hacer si estuviera aquí. Era bueno contando. Siempre hacía que las cosas salieran igual dos veces y en eso consiste contar bien.
–Pero Puh… –comenzó a decir Porquete, mientras la punta de su nariz se volvía rosa de la emoción.
–Además es que no es fácil contar cosas cuando no se están quietas. Como los copos de nieve y las estrellas.
–Pero Puh…
Y si la nariz de Porquete antes era rosa, ahora era escarlata.
–He compuesto una canción sobre eso. ¿Quieres oírla, Porquete?
Porquete estaba a punto de decir que las canciones eran algo estupendo, y que las canciones de Puh eran las mejores que había, pero que los Rumores van primero; entonces pensó que qué bonita sensación era tener Una Gran Noticia y estar A Punto De Darla; luego se acordó de la canción que Puh le había hecho a él, Porquete, y de cómo tenía siete versos, que eran más versos de los que una canción había tenido nunca, y que todos eran sobre él, así que dijo: «Ooh, sí, Puh, por favor», y Puh se ruborizó un poco, porque una canción siempre está bien mientras avanza, y muy bien de verdad cuando llega a tener siete versos, pero no es una Canción De Verdad hasta que no se ha hecho sobre alguien, y si la miel siempre entra bien, entra mejor que nunca después de una canción.
Ésta es la canción que Puh tarareó a Porquete el día que comenzó como cualquier otro día y que luego iba a ser un día especial de verdad.

Si quieres contar tus tarros,
colócalos alineados.
Al sol, si está soleado,
en la nieve, si ha nevado.
Sabrás, cuando hayas contado,
cuánta miel has conseguido.
Sabrás, sí, qué cantidad
y cuánta te habrás perdido.

–Y creo que son once –añadió Puh–, que es un excelente número de tarros para un jueves, aunque doce sería aún mejor.
–Puh –dijo Porquete rápidamente, por si hubiera una tercera estrofa en camino, lo que sería bonito, pero consumiría tiempo–. Tengo una Pregunta Muy Importante que hacerte.
–La respuesta es Sí –dijo Puh–, ha llegado el momento para tomar un poco de algo.
–Pero, Puh –dijo Porquete, con la punta de la nariz para entonces ya bastante carmesí por la ansiedad y la frustración–, la pregunta no es sobre algos pequeños sino sobre algos grandes. Es sobre Christopher Robin.
Puh, que acababa de poner su zarpa sobre el décimo tarro de miel, la dejó allí, para tenerla en el lado seguro, y preguntó:
–¿Qué hay de Christopher Robin?
–El Rumor, Puh. ¿Tú crees que haya vuelto?
Iíyoo, el burro gris, estaba en el lindero del Bosque de los Cien Acres, mirando fijamente una mata de cardos. Los había estado guardando para un Día Lluvioso y estaba empezando a preguntarse si volvería a llover otra vez y si, para cuando sucediera, quedaría algún jugo en ellos, cuando llegaron Puh y Porquete.
–Hola, pequeño Porquete –dijo Iíyoo–. Hola, Puh. ¿Qué estáis haciendo por aquí?
–Hemos venido a verte, Iíyoo –dijo Puh.
–Un día tranquilo, ¿verdad, Puh? ¿Un día del tipo si-no-tenemos-nada-mejor-que-hacer? Cuánta amabilidad.
Porquete pensó que no había conversación con Iíyoo que no pareciera complicarse.
–Una pesadez de día, ¿verdad, Porquete? Y, Puh, te agradecería que no pisaras esos cardos.
–¿Cuáles quieres que pise? –preguntó Puh.
–Pero, Iíyoo –rechinó Porquete–, es que Chr-Chr-Chr…
–¿Te has tragado algo, pequeño Porquete? Espero que no sea un cardo…
–Se trata de Christopher Robin –dijo Puh–. Ha vuelto.
Mientras hablaba Puh, Iíyoo se quedó quieto. Sólo se movía su rabo, espantando a una mosca imaginaria.
–Bien –dijo roncamente, luego hizo una pausa–. Bien. Christopher Robin… Eso quiere decir… que hasta el momento… –pestañeó rápidamente varias veces–. Christopher Robin de vuelta. Bien.
Finalmente, el Rumor se confirmó. Búho había volado a casa de Conejo, y Conejo había hablado con sus Amigos y Parientes, que habían hablado con El-Más-Pequeño-de-Todos, que pensó que había visto a Christopher Robin, pero que no podía estar absolutamente seguro porque a veces se acordaba de cosas que resultaba que no habían sucedido aún, o antes, o nunca. Y le preguntaron a Tigle que qué pensaba, pero como no hacía más que dar brincos sobre la alfombra de Kanga, evitando tocar los pedazos amarillos, que podrían ser peligrosos, no prestó atención. Pero Kanga le había dicho a Conejo que era verdad, y cuando Kanga decía que algo era verdad, entonces esa cosa era verdad. Y de este modo, si Puh y Porquete pensaban que era verdad, y Búho creía que era verdad, y Kanga decía que era verdad, entonces realmente tenía que ser verdad, ¿no?
Así que se acordó celebrar una reunión para adoptar una Rrisolución. La Rrisolución fue la de una Fiesta de Binbenida para Christopher Robin, y Ruh se emocionó tanto que se cayó al arroyo dos veces, una por accidente y otra a propósito, hasta que Kanga le dijo que si lo volvía a hacer no se le permitiría ir a la fiesta, sino que le mandaría a la cama.

*    *    *

Era julio. La mañana de la fiesta amaneció cálida y soleada y en el Bosque de los Cien Acres la espesura lucía el mejor de sus aspectos. Había manchas de luz en el suelo allí donde el sol se había abierto camino entre las ramas, y otros sitios en los que las ramas habían dicho No. Kanga encontró un lugar musgoso y puso allí una mesa con su mejor mantel de lino, el de los racimos de uva bordados en los bordes, y Conejo llevó sus mejores tazas de té de porcelana china, y dijo que eran Reliquias, y cuando Puh le preguntó a Búho qué era una Reliquia, Búho le dijo que era una especie de cometa. Luego Kanga movió una de las tazas para que tapara la mancha que había hecho Tigle al caérsele un pegote de la Medicina Fortalecedora de Ruh.
Todos los animales trajeron cosas para la fiesta: los conejos unas avellanas y Puh un tarro de miel (casi lleno), y Porquete un sorbete de rodaja de limón, de esos que cuando los pones en la palma de la mano y los lames, la palma de la mano se te vuelve amarilla brillante, y jaleas de todos los colores hechas por Ruh y Tigle. Había vasos con pajitas de colores y limonada casera, y servilletas de papel decorado, en las que ponía el nombre de cada uno, y cosas en las que soplas y que meten un ruido de bocina cuando lo haces, y cosas que se lanzan, y globos, tanto de los largos como de los redondos, y unos crackers estupendos.
Y justo en el centro de la mesa estaba la tarta más deliciosa nunca vista, hecha por Kanga y glaseada por Ruh y Tigle, con una inscripción larguirucha escrita encima del glaseado, aunque nadie podía entender lo que ponía, ni siquiera Búho; y cuando Puh preguntó a Ruh y Tigle qué ponía allí, soltaron unas risitas y corrieron a jugar en los helechos. Todos habían sido invitados a la fiesta, incluso Iíyoo, y Puh había deslizado una invitación especial por debajo de la puerta de la casa de Christopher Robin. La había escrito Búho. Y decía:

ESPEZAL INBITACON
BINBENIDO A CASA
CRHISTOPHER ROBIN
Y BINBENIDO A FIESTA
DE BINBENIDO A CASA
DIA: OY

–Pone Binbenido tres veces –explicó Búho–, por lo mucho que nos gusta verle de vuelta.
Todos los animales se sentaron en el suelo y esperaron, dejando un tocón de árbol reservado para Christopher Robin. Al sol, las jaleas empezaron a ponerse bastante temblorosas y Ruh se quedó mirando a la jalea verde que había hecho él con uvas y ciruelas claudias y que tenía, o al menos había tenido, forma de castillo. Estaba a poca distancia de él, sobre el mantel, y no paraba de moverse para irse acercando a ella, pues aunque pensaba que los otros podrían preferir la verde él sabía que la prefería. No paraba de decir a quien quisiera oírle: «Las rojas son las mejores. Llevan fresas. Las amarillas son incluso mejores, son de puro limón». Pero no dijo nada de las verdes.
Iíyoo fue el último de los animales en llegar a la espesura. Dio varias vueltas y acabó sentándose en el tocón.
–Festividades y tal y tal –dijo–. Muy amables por haberme esperado.
–Pero, Iíyoo… –dijo Porquete, y hubiera dicho más si Kanga, frunciendo el ceño, no le hubiera dicho que no con la cabeza.
–Estoy seguro de que va a ser una fiesta muy bonita –dijo Kanga–, pero te has sentado en el sitio de Christopher Robin, querido Iíyoo.
Iíyoo descruzó las piernas y volvió a ponerse lentamente en pie.
–Era bastante cómodo –dijo–, como suelen serlo los tocones. Estoy seguro de que Christopher Robin disfrutará sentado en él ahora que se lo he calentado.
Pero todavía no había ningún Christopher Robin.
Porquete sacó su cracker y lo agitó para ver a qué sonaba. Luego, algo triste, lo volvió a colocar donde estaba.
–¿Cuándo podremos empezar? Oh, ¿cuándo podremos empezar? –exclamó Baby Ruh–. Las jaleas rojas son las mejores. O las amarillas. Oh, ¿cuándo podremos empezar?
Y Kanga dijo:
–Pronto, querido, pronto, pero no señales así. Es de mala educación.
Puh miraba fijamente su tarro de miel y le estaba entrando sueño, y se preguntaba si todavía era su tarro de miel, y de quién sería el tarro de miel si Christopher Robin no venía, y si uno podría entrenar abejas para que hagan la miel directamente en los tarros, sin que uno tenga que pringarse tanto recogiéndola en el panal, con todas esas gotas que chorrean y se desperdician. Y que a lo mejor iría a poner un tarro vacío junto al panal. Y que quizá iba a hacer calor y qué pasaría si lo hacía… y la cabeza de Puh cayó hacia delante emitiendo una especie de Grunquido, que es algo a medias entre gruñir y roncar.
Luego, por mantener la conversación, Búho dijo:
–¿Os he contado alguna vez lo de mi Tío Robert?
Y aunque se lo había contado más de una vez, de hecho más de varias veces, antes de que pudiera empezar, Kanga dijo rápidamente:
–Será mejor que no nos cansemos. Seguro que Christo­pher Robin estará aquí enseguida.
Y Porquete añadió:
–Supongo que ha tenido que hacer un viaje muy largo.
–¿Cómo lo sabes? –preguntó Conejo–. ¿Cómo de largo?
–Puede que un arbusto de aulagas le haya hecho retrasarse –dijo Puh–. A veces lo hacen, ¿sabes?
–O un Pelifante –dijo Porquete, que se estremeció de sólo pensarlo.
Luego el sol se ocultó tras la única nube que había en el cielo, así que las motas soleadas del Bosque se fueron y volvieron, que es lo que Christopher Robin había hecho si uno creía en el Rumor.
Y Porquete, ya algo nervioso y algo hambriento, explicó:
–Christopher Robin ha tenido que venir de donde quiera que esté viniendo, Conejo, y tiene que ser un viaje largo, porque si no lo fuera ya estaría aquí.
Justo en ese momento hubo un sonido susurrante, al tiempo que un sonido de tipo cling y un sonido de tipo ping, y apareció él, Christopher Robin, con el aspecto que siempre había tenido, salvo que ahora montaba una bicicleta azul brillante. Todos se quedaron boquiabiertos y comenzaron a charlar al mismo tiempo, lo que suele ser de mala educación pero que en ese momento no lo era. Cuando Christopher Robin hubo dejado apoyada su bicicleta en un árbol, les miró y dijo:
–Hola a todos, he vuelto.
–Hola –dijo Puh–, y Christopher Robin le sonrió.
Búho dijo:
–Un velocípedo. Os explicaré el principio sobre el cual…
Iíyoo dijo:
–Me alegro de verte, Christopher Robin, y espero que disfrutes del tocón, que está calentito.
Porquete sólo dijo: «¡Ooh!» Quería decir mucho más, pero las palabras no se formaban del modo que él quería que lo hiciesen, y cuando lo hacían ya era demasiado tarde para utilizarlas.
Ruh dijo:
–Hay cantidad de jaleas, Christopher Robin, y las hemos hecho yo y Tigle, y las rojas tienen fresas de verdad, pero si quieres una verde…
–Las probaré todas –dijo Chris­topher Robin, encantado–, pero probaré primero las rojas.
Temprano y Tarde, dos de los más pequeños Amigos y Parientes de Conejo, tiraron de un cracker, o lo intentaron, y Temprano lo soltó sin querer y Tarde se cayó de espaldas. Y Winny de Puh le dio a Christopher Robin un abrazo de oso y le dijo:
–Bienvenido a casa, Christopher Robin.
–Tienes que cortar la tarta, Christopher Robin –dijo Kanga.
–Y formular un deseo –añadió Tigle, saltando de un pie a otro, lo que es complicado cuando tienes cuatro.
De modo que Christopher Robin formuló un deseo, y todos le aclamaron, le aplaudieron y dijeron: «Bienvenido a casa», excepto Iíyoo, que dijo: «Que cumplas muchos más», y Christopher Robin se sintió contento de haber vuelto, pero al mismo tiempo un poco triste. Después todos soplaron sus matasuegras, lanzaron sus serpentinas y tiraron de sus crackers, y Iíyoo tiró de dos, uno con sus pezuñas delanteras y otro con las traseras, y el primero tenía un llavero y un gorro de papel, pero el segundo sólo tenía un gorro de papel. Y Christopher Robin le dijo a Puh:
–He comido bastante jalea y dos trozos de la tarta de Kanga, así que no me queda sitio para la miel. Puh, ¿serías tan amable como para tomártela por mí?
Y Puh fue tan amable como para hacerlo.
Entonces Iíyoo dijo:
–Supongo que no recuerda quién soy. No es que sea algo que importe. Después de todo, ¿por qué debería?

*   *   *

Cuando ya habían comido todo lo que podían comer, que era casi todo lo que estaba sobre la mesa, aunque no todo, ya que en una merienda como es debido siempre deben quedar algunas sobras para los pájaros, Christopher Robin les anunció lo siguiente:
–Ahora, queridos amigos del Bosque, en la cesta de mi bicicleta tengo Regalos-de-Vuelta-a-Casa para todos vosotros, pues os he echado mucho de menos. Los he envuelto en papel de Navidad, porque cuando el último año me sobró pensé que podría serme útil al siguiente.
Los animales estaban muy emocionados, incluso El Más Pequeño De Todos, que se había quedado dormido encima de un plato de mantequilla y tuvo que ser desmantequillado. Pensó que quizá ya era Navidad, así que abrió su regalo, una reluciente moneda de un cuarto de penique, y dijo: «¡Feliz Navidad para todos!» Luego volvió inmediatamente a dormirse, pues la luna ya brillaba y había llegado ese momento misterioso entre el día y la noche en que ya no es fácil decir qué es qué o por qué o cuál.
Éstos fueron los regalos que Christopher Robin había traí­do para los otros animales:
Para Temprano y Tarde: ratones de azúcar
Para Búho: un estuche para guardar las gafas, cuando no las haya perdido
Para Porquete: unas orejeras de color rosa
Para Ruh: un frasco de cristal con arena coloreada, modelo torreón
Para Kanga: un juego de siete dedales (uno para cada día de la semana)
Para Tigle: un palo saltador
Para Conejo: un libro titulado
1001 Trucos Útiles para el Hogar
Para Iíyoo: dos paraguas, uno de delante y otro de detrás
Para Puh: un cucharón de madera para quitar pegotes de los tarros de miel
¿Qué deseo formuló Christopher Robin cuando cortó la tarta? Eso es un secreto y si os lo dijera nunca se haría realidad, pero Puh estaba en él, y Porquete, y las puestas de sol, así que fue un deseo bastante largo y Christopher Robin mantuvo los ojos cerrados con fuerza cuando lo hizo, pero sus labios se movieron un poquito.
Si lo que deseó Christopher Robin fueron más aventuras en el Bosque de los Cien Acres, lo cierto es que su deseo se hizo realidad y os contaré esas aventuras, desde la de Porquete Se Convirtió en Héroe hasta la de Tigle Soñó con África. Podría ser que haya Pelifantes en alguna de ellas, y miel. En realidad, estoy seguro de que sí habrá miel. Incluso puede que haya algún relato sobre la bicicleta azul brillante, pues era la mar de bonita, una Raleigh, y te hacía sentir bien sólo con mirarla, y te hacía querer quitarle el barro en cuanto tenía un poco. Puede que hubiera otras bicicletas en el Bosque de los Cien Acres pero ninguna tan bonita y tan brillante como la de Christopher Robin, y nadie tan orgulloso de ella como él.

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