Rincones de Historia Española

RinconesDeHistoriaEspanola

La historia española, a fuerza de larga y extensa, es como una casa grande y enorme, llena de recovecos, e incluso cuartos enteros, en los que se acumulan hechos -unos gloriosos, otros deleznables, algunos casi increíbles- que han ido cayendo en el olvido con el paso del tiempo. Rincones de historia española es un paseo por algunos de esos recovecos ya por muchos olvidados. Este libro, y conviene recalcarlo, no es un anecdotario al uso, sino una antología de sucesos históricos que van desde incidentes menores a sucesos que en su época tuvieron gran resonancia. Una obra escrita con claridad y concisión, que le hará disfrutar gracias a episodios que terminan de completar y ampliar el conocimiento sobre periodos esenciales y determinantes en la historia de España.

ANTICIPO:
Apertura escocesa

Algo más de cien años después de la fallida invasión a Irlanda de Juan del Águila, otro rey español, ya de otra dinastía, la de los Borbones, intentó de nuevo explotar las disensiones entre británicos. El rey en cuestión era Felipe V y, en esa ocasión, el panorama era más complejo, aunque el plan resultaba también más ambicioso de miras.

Al extinguirse los Austrias españoles con el desdichado Carlos II, se desató la guerra de Sucesión, ya que había dos pretendientes: francés y austríaco. Guerra que fue tanto civil dentro de nuestras fronteras, como entre potencias en el resto de Europa. Fue un conflicto duro. La antigua Corona de Castilla se decantó por el aspirante francés, en tanto que buena parte de la vieja Corona de Aragón lo hizo por el austríaco. Triunfó el primero, aunque la guerra dejó heridas abiertas dentro de España, que perdió no pocos territorios, como el reino de Nápoles, que pasó a tener rey propio por el tratado de paz. También perdimos ahí a manos de los ingleses Gibraltar y Menorca, aunque esa isla se recuperaría al cabo de no muchos años. España quedó liquidada como gran potencia, aunque su imperio siguió renqueando un siglo más, al término del cual las emancipaciones americanas lo dejaron reducido a poco más de Cuba, Filipinas, unos archipiélagos en el Pacífico y las colonias africanas.

Pero en los comienzos del siglo XVIII, aunque se hundía de forma irremediable en la decadencia, el imperio español conservaba aún fuerzas considerables y estaba dispuesta a plantar cara a Inglaterra, que iba perfilándose ya como el gran imperio que sería en el XIX, pese a los esfuerzos en contra de España o Francia. Sin embargo, tanto Felipe V como su principal consejero, el cardenal Alberoni, eran conscientes de que España, recién salida de una guerra que se había librado en su suelo, era en esos momentos incapaz de enfrentarse en campo abierto contra Inglaterra. Así que idearon recurrir a otras armas.

Inglaterra, que había estado en el bando del fracasado pretendiente austríaco, sufría a su vez serios problemas dinásticos en su propio suelo. Reinaba Jorge I, de la dinastía de los Hannover, pero Jacobo Stuart (Estuardo tradicionalmente para los españoles) le disputaba el trono desde el exilio, apoyado por no pocos británicos. Ese apoyo partía sobre todo de católicos en lo religioso y, en lo regional, de escoceses e irlandeses, aunque tampoco faltaban los ingleses en esa coalición de rebeldes.

El rey Jorge I se enfrentaba así a un cóctel difícil de lidiar en el que se mezclaban luchas dinásticas, pugnas religiosas, deseos de secesión y ambiciones personales. Y Felipe V no iba a desaprovechar una oportunidad así, máxime cuando había gran número de jacobinos ingleses y escoceses, así como católicos irlandeses, pululando por toda Europa, en busca de quien les patrocinase para derrocar a los Hannover de Inglaterra.

Fue un irlandés, el duque de Ormonde, el que se encargó de poner en marcha la aventura. Contactado por los agentes de Felipe V, pasó de Francia a España disfrazado de lacayo y, de inmediato, comenzó a forjarse una expedición contra Inglaterra. De hecho, fue Ormonde el que disuadió al cardenal Alberoni de su plan inicial, que consistía en un ataque directo contra la costa inglesa, confiando en aglutinar de inmediato a los jacobitas.

Ormonde sabía de sobra que los españoles no tendrían posibilidad alguna, si atacaban de frente. Los soldados de Jorge I tendrían tiempo de concentrarse en mayor número del que jamás podrían desembarcar los españoles, y desharían a su ejército antes de que pudiesen galvanizar a los partidarios jacobitas. Frente a eso, Ormonde propuso una maniobra de diversión que distrajese fuerzas enemigas. Propuso un ataque por Escocia, donde no faltaban clanes dispuestos a tomar las armas contra los ingleses. Luego, él mismo desembarcaría en Cornualles o Gales, donde abundaban los jacobinos, a los que armaría con los pertrechos suministrados por los españoles. Después, con parte de los soldados ingleses atascados en Escocia, aquel ejército hispano-jacobita se dirigiría contra Londres para desalojar al rey Jorge del trono y proclamar en su lugar a Jacobo Stuart.

El 29 de Marzo de 1719, de acuerdo con el plan trazado, Ormond salió de Cádiz con una flota de 29 navíos, 5000 soldados y 30.000 mosquetes, para recalar en La Coruña y, desde ahí, iniciar la invasión de Inglaterra. Un día antes, dos fragatas zarparon de San Sebastián, transportando a 307 infantes de marina del regimiento de La Corona, al mando del coronel Bolaño, con la intención de realizar el ataque de diversión contra Escocia. Dirigía la expedición George Keith, conde de Mariscal, encendido jacobita escocés.

Por desgracia (para españoles y jacobitas, claro) el 29 de marzo se interpuso el mar, como casi siempre. Un gran temporal alcanzó en Finisterre a la flota de Ormond que hubo de regresar a España como pudo, con los barcos dispersos y dañados. Y el proyecto de invasión se canceló de inmediato, cosa que, desde luego, no podía saber Keith, que seguía una ruta que le apartaba de los buques de guerra ingleses, rumbo al norte.

El 4 de abril, las dos fragatas españolas arribaron a la isla de Lewis, la principal del archipiélago de las Hébridas exteriores, y se apoderaron sin mayores problemas de su capital Stornoway. Allí estaba ya aguardando a George Keith su hijo James, con un puñado de partidarios y dos noticias, a cada cual más desagradable. Porque si la primera era la del desastre de la flota de Ormond, la segunda era que intrigas y politiqueos habían conseguido relevarle del mando de la expedición. Y, en efecto, no tardó en presentarse William Murray, conde de Tullibardine, exigiendo que se aceptase su jefatura. Así lo hizo Keith, fiel a su promesa, que entregó el mando de las tropas, aunque no de los buques, puesto que eran españoles y sólo habían sido puestos a disposición de Keith para transportar hombres y armas.

Tullibardine hizo suyo el plan de Keith, que consistía en pasar a tierra firme y atacar Inverness, en esos momentos guarnicionado con unos 300 soldados ingleses. El 13 de abril, las dos fragatas españolas cruzaron a la pequeña fuerza hispano-escocesa hasta el Loch Alsh. Los invasores llevaban consigo 2.000 mosquetes, con los que pensaban armar a los clanes hostiles al rey Jorge. Pero los jefes de los clanes, prudentes ellos tras no pocos descalabros y castigos, optaron por dar largas, en espera de noticias sobre la invasión de Ormonde por el sur.

Los invasores establecieron su base en el castillo de Eilean Donan, una fortaleza del clan Mackenzie que está situada justo en el promontorio que separa los dos brazos del Loch Alsh: Loch Long y Loch Duich. Allí dejaron en depósito las armas que llevaban para los clanes escoceses. Los jefes jacobitas se enzarzaron en disputas sobre qué hacer y, cuando se confirmó la noticia de la cancelación de la invasión de Ormonde, Tullibardine se mostró partidario de reembarcar y partir todos hacia España. Pero Keith, que se había reservado el mando de los buques, como vimos antes, había hecho ya partir a las dos fragatas, temiendo que llegasen buques de guerra ingleses y las echasen a pique. Así que la pequeña fuerza invasora se encontró varada en Escocia.

Para entonces, había pasado ya la oportunidad de atacar Inverness, ya que los ingleses habían reforzado la guarnición de la ciudad. Así que Tullibardine mandó partir hacia el interior, para acampar tierra adentro, en Crow of Kintail. Dejó en el castillo la mayor parte de los fusiles, balas y pólvora con los que pensaban armar a los highlanders, y una guarnición de 48 infantes de marina, al mando de un capitán y un teniente.

La orden de zarpar, dada por Keith a las dos fragatas españolas, se mostró acertada a los pocos días, ya que los ingleses habían mandado a esas aguas norteñas a dos fragatas propias, la Enterprise, la Worcester y la Flamboroug. La flotilla no tardó en arribar a Loch Alsh y su comandante, el capitán Boyle, trató de parlamentar con la guarnición española del castillo de Eilean Donan. Pero los infantes de marina recibieron a tiros al parlamentario, así que Boyle mandó que las dos primeras fragatas, armadas con 44 y 48 cañones respectivamente, abriesen fuego contra el castillo. Era el 10 mayo. El bombardeo pulverizó literalmente el viejo castillo. De los 48 hombres de guarnición, murieron 43; entre ellos el capitán y el teniente, así como un escocés y un mercenario irlandés. Los ingleses capturaron a los 5 supervivientes y además se hicieron con 343 barriles de pólvora y 52 de balas de mosquete, munición toda que debiera haber estado ya en poder de los clanes highlanders, de no haber titubeado estos tanto. Los cinco infantes de marina supervivientes fueron enviados primero a Edimburgo, donde fueron bien tratados.

Mientras tanto los invasores marchaban ya hacia la cañada de Glenshiel, divididos en dos columnas que marchaban costeando una por Loch Duich y otra por Loch Long. Ahora sí que algunas partidas de escoceses se les fueron uniendo durante la marcha. Gracias a uno de esos grupos supieron que el Mayor General Joseph Wighman, gobernador militar de Inverness, se dirigía a cerrarles el paso en Glenshiel, con fuerzas considerables. Contaba con 850 soldados de infantería, parte de ellos ingleses y parte mercenarios alemanes, 200 granaderos, 120 dragones, 130 highlanders partidarios de los Hannover y seis morteros de bronce.

Se esperaba que el mayor alcanzase Glenshiel el 10 de junio y los jacobitas, que no podían acercarse mucho a la costa, por temor a las fragatas inglesas, decidieron plantarle cara en aquella cañada. Llegaron un día antes que el mayor y tomaron posiciones en la zona más angosta y favorable. Así que los ingleses les encontraron desplegados en orden de batalla.

El flanco derecho de los jacobitas lo mandaba Lord Murray, hijo de Tullibardine, que tenía sólo 14 años de edad. El centro lo ocupaban algunos escoceses y los infantes de marina españoles, al mando de Nicolás Bolaño, y a la izquierda estaban los highlanders, alineados por clanes. Al mando estaba Tullibardine, que había relegado a su rival George Keith al extremo izquierdo de la línea, junto a los MacKenzie. Contaba con la ventaja del número, ya que el total de sus tropas sumaban 1600 hombres, de la posición y de haber tenido tiempo de levantar barricadas en puntos estratégicos.

El mayor Wighman sólo disponía de 1.100 hombres, a los que desplegó con la intención de aprovechar sus dos ventajas, la disciplina de sus soldados y el poder de sus morteros de bronce. La batalla empezó pasado el mediodía y el mayor trató desde un principio de sacar partido de los morteros, que comenzaron a batir el flanco derecho de los jacobitas, mandado por un joven de 14 años, lord Murray, sin experiencia militar alguna. Simultáneo al bombardeo, cuatro pelotones del regimiento de Clayton y algunos hombres del clan Culcairn cargaron ladera arriba, pero fueron rechazados. Sin embargo, a fuerza de porfiar, los ingleses lograron ganar posiciones desde los que tirotear el flanco de los hombres de Murray, a los que obligaron a replegarse, exponiendo ese costado.

En el flanco contrario, el regimiento de Montagu cargó contra los higlanders allí apostados. Incapaz de contenerlos, el conde de Seaforth, jefe de los Mackenzie, pidió refuerzos. Acudió en su ayuda Rob Roy, pero el ataque inglés era arrollador y, cuando el conde de Seaforth recibió un tiro y tuvo que ser evacuado, Rob Roy y sus MacGregor abandonaron a su vez el campo. Y esa retirada provocó otras en cascada.

En el centro, viendo el cariz tan feo que tomaban las cosas, con los jacobinos de la derecha batidos y los highlanders de la izquierda cediendo, cada clan por su lado, el coronel Bolaño se ofreció a cargar con sus infantes de marina cuesta abajo, para intentar dar un vuelco a la situación. Pero Tullibardine rechazó la oferta. El momento había ya pasado y, con las dos alas deshechas, la batalla estaba perdida y así había que entenderlo.

La lucha había comenzado hacia el mediodía y, entre las cinco y las seis de la tarde, todo estaba perdido. Tullibardine aún quiso retroceder y marchar por las tierras altas, huyendo de los ingleses, en espera de acontecimientos en el sur, pero ya nadie le apoyó. George Keith se consideró libre de cualquier obediencia al líder derrotado y, en cuanto al coronel Bolaño, no quiso arriesgar a sus hombres en un periplo de esa naturaleza. Los españoles habían desembarcado en Escocia para obligar a los ingleses a distraer tropas del sur, y eso ya no era posible. Entonces, Tullibardine invitó a Bolaño a negociar una rendición por su cuenta.

Cayó la noche y, al llegar la mañana, los escoceses se escabulleron entre la niebla y lo propio hicieron los jefes jacobinos, que sólo podían esperar el cadalso. Los españoles aún sopesaron la idea de cargar cuesta abajo, pero los propios ingleses les disuadieron de tal locura, que sólo podía acabar en matanza. Les ofrecieron una rendición honrosa y, a la postre, los infantes de marina de Nicolás Bolaño depusieron las armas. Fueron confinados primero en Inverness y luego en Edimburgo, y sus propios captores les mantuvieron, ya que el gobierno inglés se negó a pagarles la manutención. En octubre de ese mismo año fueron enviados a España, con lo que la aventura concluyó así para ellos.

En cuanto a los británicos que participaron en ella, corrieron distintas suertes. Rob Roy regresó a su cubil, en Balquidder, y siguió dando guerra muchos años. Los jefes jacobitas lograron pasar al continente y siguieron cada uno su camino. George y James Keith acabaron al servicio del rey de Prusia, Ormonde, aunque fue perdonado, no quiso volver nunca a las Islas Británicas y se quedó en España. En cuanto a Tullibardine, siguió militando en la causa jacobita y, tras participar en la rebelión de 1745, fue preso y ejecutado. Su hijo, lord Murray, llegó a ser uno de los líderes de esa rebelión y logró grandes victorias para su causa.

Como detalle curioso señalar que en Escocia recordaron a aquellos infantes de marina a su manera, ya que la cañada donde se libró la batalla pasó a ser conocida como Bealach-na-Spainnteach, lo que significa el paso de los españoles. Es un consuelo pensar que, ya que aquí no te van a recordar, tienes al menos la opción de que lo hagan al menos otros, aunque sea lejos.

compra en casa del libro Compra en Amazon Rincones de Historia Española
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑