Robert Kirkman: de The Walking Dead a Invencible

En tan sólo una década, Robert Kirkman (Lexingon, KY, 1978) se ha convertido en uno de los guionistas de referencia del mundo gráfico, a nivel mundial. Su forma de entender el mundo del fandom ha logrado que las historias de super- héroes no solamente recuperen el sabor de aquellas aventuras de la Edad de Oro, sino que añadan la cotldianeidad como punto de apoyo. Los personajes de Kirkman viven en un mundo real, con los mismos problemas, deseos y anhelos que cualquier lector que lea una de sus colecciones.
Si ello se le suma sus continuas colaboraciones con su grupo de «sospechosos habituales» en el apartado gráfico –Tony Moore, Cory walker, Charlie Adiar, Jason Howard, E.J. Su, Sean Phillips y Arthur Suydam– dibujantes de un enorme talento y que se entienden a las mil maravillas con el escritor, a nadie le debería extrañar el éxito de series como Battle pope, The astountiing wolf-Man, Marvel zombies, Invencible o The walking Dead. Con esta última, recientemente adaptada a la pequeña pantalla y que ha cosechado un éxito arrollador de público, Robert Kirkman ha logrado llevar un paso más allá el sobresaliente trabajo del director George A. Romero -responsable del universo zombi en el séptimo arte. The Walking Dead narra una «odisea contemporánea» donde sus personajes rep­resentan las virtudes y carencias de nuestra sociedad actual, de una manera que pocas veces se ha visto en un cómic. Tras haber sido nombrado socio de la editorial Image, y con su recién estre­nado sello editorial Skybound en boca de todos, quién sabe lo que nos deparará en el futuro el talento del guionista.
Desde el día que ganó un cómic de Superman, publicado por la editorial Novaro, en un concurso de lectura del colegio, Eduardo Serradilla Sanchis (Las Palmas de Gran Canaria, 1966) no ha parado de leer más y más cómics, por mucho que sus profesores se empeñaran en que le diera patadas a un balón.
Tras terminar la carrera -y darse cuenta de que la publicidad no era lo que deseaba hacer el resto de su vida- decidió colgar la “corbata de creativo publicitario” y se dedicó a trabajar en distintos medios. Así mismo comenzó su etapa como relaciones públicas, labor que le llevó a organizar medio centenar de eventos, tanto en las islas canarias como en la península ibérica.
En el año 2007 publicó su primer monográfico y su primer libro teórico sobre el mundo del cómic. Desde entonces, ha escrito cinco monográficos más y otro libro teórico más –todos para la editorial Dolmen- además de publicar cerca de trescientas reseñas sobre colecciones gráficas.
El libro de Robert Kirkman es el primero que escribe sobre un guionista y espera que no sea el único, por lo bien que se lo ha pasado.

ANTICIPO:

Robert Kirkman nació el once de noviembre de 1978 en la ciudad norteameri­cana de Lexington, la segunda ciudad en importancia del estado de Kentucky. Kirkman, el mayor de tres hermanos -otro varón y una hembra- vivió en dicha ciudad hasta los ocho años, momento en el que se mudó con su familia hasta Leesburg, una pequeña área rural, situada en el condado de Harrison. Kirkman vivió allí hasta que terminó el instituto para luego regresar a Lexington. Sus recuerdos de la infancia son como los de cualquier niño de su edad, en especial por la normalidad que se respi­raba en su ambiente familiar Tuve una infancia feliz y no hubo nada demasiado trau­mático en mi vida. Es más, creía que la mayoría de la gente también tenía una infan­cia normal.
En aquellos primeros años, Kirkman no era un ávido lector de cómics. Lo cierto es que, salvo algunas lecturas esporádicas, caso de las novelas que componen Las Crónicas de Narnia o algunos títulos de Stephen King -por recomendación de su padre- Kirkman no era un amante de la lectura, en ninguno de sus formatos. Odio tener que admitirlo, pero yo era uno de esos niños a los que hay que obligar a que lean algo. No me gustaba y tampoco disfruté con las clases en las que te obligaban a leer a los clásicos, tales como Moby Dick. Prefería ver series de televisión. Expediente X me la tragué religiosamente, igual que VR.5. Era un gran aficionado de Melrose Place y no me da corte admitirlo, pues esa serie lo tenía casi todo. Tenía coches que se estrellaban contra edificios, cortando, de paso, la cabeza a alguien… A decir verdad, veía esa serie por las rela­ciones de pareja. ¡Era alucinante! En cuanto a lo que a películas se refiere, me gustaba Star Wars, Indiana Jones, Los Cazafantasmas, Resorvoir Dogs, las películas de Tarantino en general, Death Race 2000 -mi película favorita-y, por supuesto, las películas de George A. Romero.
Todo esto cambió cuando Kirkman descubrió lo que era una tienda de cómics, en el más amplio sentido de la palabra. Antes de eso, y gracias a la afición de su padre por Iron Man, Kirkman empezó a leer las aventuras de Tony Stark merced a los paseos que padre e hijo se daban hasta la sucursal de la cadena Wal-Mart, la cual estaba situada cerca de su casa. Era increíble lo bien surtido que estaba ese Wal-Mart. Había números antiguos de Flash, números de X-Men, X-Force y también todas las cabeceras de Spider-man. El primer año que empecé a coleccionar cómics, todos los que compré salieron de ese Wal-Mart.
Volviendo al tema del descubrimiento, hay que decir que la responsable fue la madre del futuro guionista, quien en uno de sus continuos paseos hasta la ciudad de Lexington terminó por llevar a su hijo -tras éste pedírselo mucho- hasta la puerta de una tienda llamada Comic Interlude. ¡Qué pasada! Yo no sabía que había librerías especializadas en cómics, así que, cuando lo descubrí, le rogué a mi madre que me llevara, pero ella se opuso. Insistí tanto, tanto que, creo que para dejarle de dar la lata, acce­dió a llevarme.
Luego la casualidad o el destino mismo, quién sabe, colocaron a un joven Kirkman en un sendero el cual, años más tarde, le llevaría a convertirse en el primer socio no fundador, pero sí de pleno derecho, de la editorial Image. Una vez que entrabas en la tienda había un póster que anunciaba la salida de Youngblood, decía «Youngblood! Corning from Malibu Comics!», pero no se nombraba, siquiera, a Image Comics. En el mostrador me dije­ron que unos dibujantes de Man/el Comics habían decidido formar su propia edito­rial. Dije «¡Genial!» y reservé un ejemplar de cada colección de Image que llegara a esa tienda.
No debemos olvidar que aquellos años estuvieron marcados por los continuos vaivenes de la industria comiquera, sacudida por toda una serie de sucesos que marcarían un antes y un después en el mundo del fandom. Aquellos fueron los años en los que el Spider-man número uno, obra de un Todd McFarlane en su versión de «autor completo», vendió 2.350.000 ejemplares, gracias a una estrategia de marke­ting basada en toda una serie de portadas con distintos colores. Su record lo batió luego Rod Liefeld con su X-Force #1, un número que vendería 3.500.000 de copias y que contaba con el aliciente añadido de conseguir cinco trading cards distintas, estímulo más que suficiente para los ávidos coleccionistas de Marvel Comics. No obstante, el delirio llegó poco meses más tarde cuando el X-Men vol2 #1 sobrepasó los ocho millones de ejemplares, exactamente 8.200.000 de copias, merced a la espectacular portada quíntuple que se podía obtener, si se lograban encontrar las cinco portadas distintas con las que dicho número salió al mercado. Ni que decir tiene que la burbuja de la especulación que se formó a raíz de estos tres lanzamien­tos terminó por estallar y fueron muchos los vendedores que tuvieron que saldar los enormes stocks que habían acumulado en sus tiendas.
Los noventa también fueron los años de la publicación en Rusia, por primera vez en su historia, de un cómic protagonizado por Mickey Mouse, un número que agotó sus 200.000 primeros ejemplares en pocas horas. En los noventa, Clark Kent / Superman murió a manos de una máquina de matar como lo era Doomsday. Y en los noventa, en la misma editorial que había sido la casa de Superman, nacía el sello Vértigo, pensado para un público más adulto y donde se empezaron a tocar temas inéditos en el mundo gráfico.
Sin embargo, esta década supuso sobre todo, un toque de atención para los dos grandes nombres de la industria gráfica, DC y Marvel, con la llegada a la arena editorial de nuevas compañías y el afianzamiento de otras tantas. Primero fueron empresas como Dark Horse o Malibu Comics, ambas fundadas en la década de los ochenta, pero que lograron una mayor expansión en la década siguiente-espe- cialmente la editorial de Mike Richardson, Dark Horse. Después llegaría Valiant Comics, de la mano del ex-redactor en jefe de Marvel, Jim Shooter, editorial de corto pero espectacular recorrido, que publicó algunas de las mejores series gráficas de aquellos años.
Lo cierto es que la verdadera revolu­ción llegó en marzo del año 1992, mes en el que la primera serie publicada por la nueva editorial Image, todavía bajo el para­guas de Malibu Comics, sacudió el merca­do y dejó a todo el mundo con el paso cam­biado. Las cifras de venta de títulos como Youngblood (1.000.000 ejemplares); Spawn(1.700.000 ejemplares) y Wildcats (1.500.000 ejemplares) dibujados por Rob Liefeld, Todd McFarlane y Jim Lee, respec­tivamente, pulverizaron todos los records ventas conocidos hasta entonces para un comic de una editorial independiente.
Tales cifras y la enorme expectación que rodeó a todas las series publicadas por la nueva editorial, sobre todo durante sus primeros años, marcaron la pauta de una nueva forma de entender tanto el mercado gráfico como la relación entre sus distintos protagonistas, y muy especial­mente con todo lo relacionado con los derechos de autor y la propiedad intelectual de los personajes creados bajo el nuevo sello editorial.
No es de extrañar, por tanto, que un joven Robert Kirkman quedara totalmente anonadado por la nueva edito­rial -y sus espectaculares y bien desarrolladas estrategias de marketing- y sucumbiera ante ella, en detrimento de las series publicadas por la Casa de las Ideas. Antes de leer nada de Image Comics leí alguna que otra serie de Marvel, tal y como Spider-man. Me gustó la etapa de David Michelinie con Eric Larsen en Spider-man. También leí, y me gustó muchísimo, la etapa de Dale Keown y Peter Davis en Hulk; y la etapa de Larry Stroman y Peter Davis en X-Factor. Creo que Peter Davis fue el primer guionista en el que me fijé de verdad y me dije a mi mismo «oye, pues sí que me gusta lo que hace este hombre». También me gustó mucho el Spectacular Spider-man de Sal Buscema.
Me gustaron muchas de las series de Marvel, pero, desde que se pudieron adquirir las colecciones de Image, no compraba otra cosa. Lo divertido del caso es que, como tampoco había leído tantos cómics, no sabía ni quién era Galactus, no había leído nada de los Cuatro Fantásticos de John Byrne, o la etapa de Thor de Walt Simonson, por lo que, cuando salió Youngblood yearbook #1, con ese personaje muy parecido a Kazar y una isla en la Antártica, con dinosaurios, me dije «¡Qué chulo, hay dinosaurios!» Sí, ese número fue una sorpresa muy, muy grande para mí.
Sin la carga que puede llegar a conocer otro universo gráfico, Robert Kirkman se convirtió en todo un Image Zombi, a «imagen y semejanza» de los ya veteranos Marvel Zombis, nacidos al amparo del bullpen de la Casa de las Ideas. Luego Kirkman daría su propia versión de un «Marvel Zombi», pero eso lo contaremos más adelante.
En aquellos años, Kirkman también coincidió con dos personas muy importan­tes tanto en su carrera profesional como en su vida personal. Tony Moore y yo nos conocimos con doce años y hemos sido amigos desde entonces. Nunca olvidaré la primera vez que vi un dibujo suyo. Tendría unos once años. Sí, conocí sus dibujos antes de conocerlo a él. Resulta que alguien había cogido prestado uno de sus cua­dernos de dibujo y se lo estaba enseñando a uno de mis profesores. Sí, sus dibu­jos eran increíbles, incluso entonces. Le pregunté al chico que tenía el cuaderno si podía echarle un ojo y me pasé la clase entera mirando ese cuaderno. Era alu­cinante que eso lo hubiera hecho un chico de 12 años, especialmente para otros chicos de 12 años. Al año siguiente, en la clase de Educación para la Ciudadanía que daba la señorita Smart, me pusieron al lado de un chico llama­do Tony Moore.
Ese año, también, conocía la que sería mi mujer, Sonia. Acababa de lle­gar a mi colegio y tuve un par de clases con ella. Se puede decir que ese año fue muy importante en mi vida.
Con Tony Moore a su lado, Kirkman fue cultivando y desarrollando su faceta de lector de cómics de una manera exponencial y, ni siquiera sus padres, pudieron quedar al margen de la nueva afición de su hijo. Merced a ello, Kirkman llegó a con­vencer a su madre para que lo llevara a una sesión de firmas organiza­da por una revista llamada Electronic Gaming/Hero lllustrateda seis horas en coche de donde vivían. En el pro­grama se decía que en la sesión de firmas estaría invitado un dibujante de la edito­rial Image, algo que despertó la imaginación del futuro guionista. Todo fue bien hasta que Kirkman llegó hasta el lugar y descubrió, con pesar, que ninguno de sus ídolos se había desplazado hasta allí. Llegué y vi a alguien sentado a la mesa. Le pregun­té «¿Y los dibujantes de Image Comics, dónde están?» Y él respondió «Soy yo, John Cleary, el dibujante de Boof’. Boof ni siquiera había llegado a las tiendas. Me sentí fatal, porque había obligado a mi madre a que me llevara hasta Ohio, todo un día de trayecto, para esto. No sabes lo desilusionado que me quedé.
Tras el fiasco sufrido, Kirkman no se desanimó, llegando a participar en concur­sos organizados por la editorial Image, tales como «Create a Villain», orquestado por Eric Larsen o «Create a Youngblood character», organizado por Rod Liefeld.
En cuanto a sus lecturas preferidas, Kirkman se terminó por decantar por el gigantesco dragón verde creado por Eric Larsen, una de las dos colecciones que aún hoy en día se continúan publicando por la editorial Image. Compré todos los núme­ros de Liefeld. Me encantó Brigade, aluciné con Broodstríke y Supreme me pareció genial. Alan Moore estaba escribiendo Supreme y Youngblood, toda un gozada. Me gustaba Shadowhawk y Spawn, pero no entendía las series del tipo de WildC.A. T.s. En esa serie había unos 50 personajes de este planeta que se peleaban con otros 50 tíos, y luego esos 50… Prefería Cyberforce, eso sí que mol aba, y, además, esta­ba Stryker. La verdad es que, en un momento dado, dejé de leer estas series, cosa que no hice con el dragón verde de Larsen. No he dejado de leer Savage Dragón. ¡Es el mejor!
Si se quiere ser exacto con la cronología, Kirkman empezó a ser un fan confe­so del trabajo de Larsen desde que leyó el Amazing Spider-man #344, dibujado por el artista de Mineapolis. «Hearts and Powers», título de la aventura que se narraba en aquel número tenía como invitados «especiales» a Cardiaco (Wirtham, Elias) -una mezcla de héroe con toques de maloso un tanto extraño- y al siempre cargante Rhino, tan desbocado como siempre. Nuestro amistoso vecino arácnido, con sus poderes recién restaurados -algo que ocurre en la entrega anterior- deberá lidiar con ambos y con los efectos de sus acciones.
Larsen, cada vez más ajeno a la sombra de su predecesor en la colección, Todd McFarlane, da rienda suelta a su buen hacer y las páginas finales donde los prota­gonistas se enfrentan en una especie de «todos contra todos» son la bomba.
Como muy bien comentan Julián Clemente y Rubén Guzmán sobre Erik Larsen, en su libro Spider-man bajo la máscara, Con Erik Larsen no se pierden los encuadres arriesgados, el detallismo extremo y la figura arácnida retorcida. Sin embargo, su Spider-man se aleja de las sombras y los personajes angustiosos de la anterior etapa; ahora lo que prima es la sonrisa por norma y un optimismo que con­tagia a los lectores y al propio guionista, más inspirado que nunca. Por todo ello, no nos debe extrañar que, al igual que otros tantos lectores, Kirkman se quedara engan­chado con el estilo ameno, espectacular y divertido de Larsen, características que el dibujante luego volcó, y aún hoy lo hace, en su Savage Dragón.
Sobre el resto de su vida escolar en el instituto, Kirkman solamente comenta algo bastante común. Al ser un chico «normal», no demasiado atlético ni con mucho carisma, su vida se movía entre un reducido círculo de amigos, alguna que otra sali­da al cine, o quedar en casa para ver la tele y/ o jugar con una videoconsola y poco más No era un apestado, ni nada de eso. Tenía amigos, leía cómics y todo era de lo más normal.
Todo cambió cuando, al terminar su último año de instituto, su padre le dijo que toda su familia se iba a mudar a Florida. El cambio se debió a que el padre de Robert Kirkman decidió vender su negocio y, con los beneficios obtenidos, retirarse y regre­sar a la casa de sus progenitores. Y, dado que al futuro guionista no le atraía la idea de mudarse al calor tropical del estado de Florida, solamente le quedaba la opción de independizarse. Por fortuna, ya por aquel entonces Robert Kirkman estaba traba­jando en… una tienda de cómics llamada Red Rock, con lo que, el tema de encontrar un trabajo con el que sustentarse estaba más o menos solucionado. Mientras traba­jaba en Red Rock también trabajaba en un almacén en donde se vendía luces para constructoras, dado que el dueño de Red Rock también era el dueño del menciona­do almacén. Trabajé así durante cuatro años y fundé Funk-O- Tron mientras aún tra­bajaba allí.

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