Ruter el Rojo

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"Ruter el Rojo" es la historia de un personaje fascinante. Nacido en Alemania y al parecer emparentado con Rubens, la suya fue una vida marcada por el viaje, el engaño y los cambios de identidad. Llevado por el desarrollo de los acontecimientos de la época, se casó en dos ocasiones (en Italia y en España), engaño a nobles, traficó con caballos, escapó de la prisión y recurrió a todo tipo de artimañas para sobrevivir en los tiempos de las luchas entre los Austrias y los Borbones. A partir del escaso material escrito sobre el personaje, y fundamentalmente de sus cartas y de la transcripción de los interrogatorios a los que fue sometido durante el proceso inquisitorial al que fue sometido, el autor reconstruye la trayectoria de este extraordinario personaje y la sitúa con precisión y colorismo en su época.

ANTICIPO:
Juraría que fue una calandria encelada. El trino llano que se desmayaba desde las copas fragantes de los pinos. Mientras huía como alma que lleva el diablo a través del corazón umbrío de la serranía. El silbo que ascendía en espiral desde los ribazos lamidos por el agua cristalina de los ríos acerados. En tanto trotaba a marchas forzadas como animal herido de muerte, dejando un reguero de sangre sobre la tupida alfombra, cuyos nudos tejieran helechos y zarzamoras. Las notas aflautadas que le transportaban a un hayedo enverdecido, a una infancia huérfana, a una villa de Cormek trasmutada por el sueño de la memoria. En alocada fuga, enlazando guaridas, comiendo frutos silvestres, arropándose con el abrigo agujereado de la intemperie.

Mas el ave menuda, viajera pertinaz como él, irrumpía una y otra vez en los amaneceres opalescentes del roquedo encendido. Tan sólo en un remanso del trajín, en un paréntesis de la escapada, Ruter el Rojo acompañó al pájaro amigo con el hermoso tañido de la tiorba castaña y timbrada. Empero los perros de presa le seguían el rastro y el olfateo mutuo le empujaba a prolongar el éxodo sin atisbar su fin. Sin embargo, en aquellos meses enfebrecidos, juraría que fue una calandria enamorada la que le norteó cuando estaba irremediablemente perdido en las entrañas de la fraga.

En un atardecer desesperanzado, cuando los confines del estío amarillean por las rastrojeras, el fugitivo plantó sus reales en los aledaños de Cuenca. El horizonte curvado parecía desplomarse ante el vuelo de una bandada de pechiazules. La luz menguante apenas le permitió divisar el caserío granate que trepaba hacia los alcores. Los centinelas que simulaban ser las siluetas de la catedral y el castillo atalayaban la población. En los desmontes brillaban las luces mortecinas de una hoguera solitaria. Aguardó en el lindero del camino real la llegada presurosa de un arriero presto a ganar la ciudad antes del cierre de las puertas. A] cruzarse, el prófugo le preguntó por la dirección de la casa de beneficencia para pobres de solemnidad, a cuya condición parecía pertenecer a la vista de su cuerpo famélico y de su ropa hechas jirones. Luego de indicarle las señas, apretó el paso por entre unos céspedes tachonados de tojos secos y almendros sedientos, arribando a una puerta adintelada que coronaba la escultura de un santo peregrino. Le pareció que la figura jacobea esbozaba una sonrisa desde su hornacina, encaramado a su caballo retozón, presidiendo el frontal del edificio terroso. La hospedería estaba varada en un altozano extramuros adonde confluyen los ríos Júcar y Huécar. Antonio Ruter ingresaba como calandria enferma en el Real Hospital de Santiago cuando el cielo argentaba merced a la última luna de agosto.

Al igual que todos aquellos que se fingen dolientes para tener comida y vivienda hospitalarias, las llamadas calandrias humanas, el marino en puerto seco echó el ancla entre unas sábanas de lienzo blanco. Sentía el tacto del lecho limpio que recuperaba ahora entre las capas fuliginosas de la memoria. Las monjas enfermeras le lavaron las rozaduras superficiales, pues las heridas del alma seguían abiertas, no existiendo agua bendita que las purificara. Le restregaron los costrones con una bayeta de esparto, aplicándole vendas de lino aromadas en agua de rosas, cada vez que las empapaban en un aguamanil níveo orlado de hojas olivas. Una barahúnda de olor a membrillos invadió la estancia desde el huerto frutal.

Por esa mezcla de sensaciones con el hambre, sintió un vértigo pasajero, hasta que empezó a saborear los primeros bocados de una manzana colorada como las mejillas de una campesina. El rostro aceitunado de una novicia aniñada le recordó a sus queridas Madonas. Pero también le encogió el corazón revivir lo padecido en la escapada errabunda y montaraz. Las antorchas que pendían de las columnas del patio y de la nave central del hospital se fueron apagando. Cesó la tos de los pacientes, cerrando unos los ojos enfebrecidos, fijándolos otros en el artesonado cereza para abrazar el sueño reparador. En la oscuridad, en silencio, se calmaron las mientes de Ruter el Peregrino entre las caricias bruscas de la almohada preñada de borra.

Muy de madrugada, fray Alberto Montalvo, el administrador hospitalario de la Orden de Santiago, después de asistir a misa en la iglesia del centro, salió por el zaguán de la puerta dorada seguido de un par de ayudantes. Cruzaron los aposentos del servicio, la despensa, el lavadero y las cuadras. Repartieron limosna a los pobres vergonzantes que se arremolinaban en el portalón de los carros. Por un vagabundo que venía del sur supieron que las tropas borbónicas habían obligado a los aliados a replegarse hacia el reino de Valencia. Los ejércitos en liza no dejaban pueblo sin requisa ni violencia a su paso marcial. Después, el fraile despachó en su oficina los asuntos domésticos más perentorios: la compra por el despensero de unas fanegas de trigo en las trojes municipales, para hacer el pan cocido con que alimentar al personal y a los enfermos; el menú frugal y monótono de la jornada que había preparado la cocinera; el estudio junto al contador del presupuesto que le había presentado el maestro de cantería, por si se decidía a acometer obras de reparación en el templo; el cobro de la renta pagada por el arrendatario del molino, sito en la azuda debajo del puente del río Júcar…

Entrada, pues, la mañana en harina, se dispuso a cursar la visita a los convalecientes acompañado del capellán y el enfermero mayor. Mientras, los tres enfermeros menores, las monjas y la servidumbre atendían a las tareas de cura y limpieza. Estas religiosas justinianas, a quienes los conquenses llamaban las «petras» por su sede en la calle de San Pedro, acababan de pasar a prestar servicio en el hospital en tanto se reparaban los desperfectos de su monasterio de San Lorenzo. Dichos daños eran el amargo fruto de las refriegas entre borbónicos y austracistas, que en su día se saldaron a tiro limpio en pleno barrio viejo, como podía verse aún por los impactos de bala en la fachada y en la capilla elíptica conventuales.

Al llegar a la altura de la cama donde yacía el alemán, el señor administrador se detuvo, haciéndole las preguntas de rigor con que solía tantear a los recién llegados. El enfermo postrado le relató un sinfín de desgracias achacadas a los tiempos de guerra que corrían, concluyendo con los pormenores de una turbia emboscada en la serranía, tendida por mano de desalmados malhechores. Antonio Ruter, metido de los pies a la cabeza en su papel de desventurado, dramatizó su propio drama a la mayor gloria del cobijo y la pitanza caritativos. Entre tanto, asilado y comido, pasaría el nubarrón de la fuga de Jadraque.

Al trote de los días. El Rojo fue reponiendo fuerzas en el cuerpo y el ánima, paseado por un radio de acción que cada vez se hacía más amplio. Los dolores de estómago que le atormentaban de cuando en cuando le eran paliados por los remedios que le recetaba el médico y le preparaba el mancebo en su botica. En el cabo del mundo, al final de la escapada, se dejaba mimar por las atenciones que le prodigaban las monjas «petras»; siempre delicadas y afanosas; nunca distantes y desiguales en el trato común y corriente.

El primer domingo de septiembre, mientras las cepas de hojas rojizas, pámpanas ocres y sarmientos leñosos, se entregaban a los afanes de los vendimiadores, Antonio Ruter asistió, junto al resto de los enfermos autorizados para levantarse y caminar, a la misa mayor en la iglesia del hospital.

Aunque no tan lujosos como los ornatos que lucían durante la festividad de Santiago Apóstol, en la galería del patio colgaban tapices y reposteros, en tanto el suelo se hallaba sembrado de pétalos fragantes y hierbas aromáticas. Desde la columnata de acceso, enfermos y peregrinos fueron arrellanándose en los bancos alineados en la nave central, en tanto los capellanes se afanaban en arreglar la imagen en madera estofada del Santísimo y en armonizar la composición floral del ábside. Por la puerta del mediodía penetraron los caballeros de la orden jacobea, encabezados por el comendador y alguacil, a la sazón don José Villoría Guzmán. Les acompañaban algunos patronos y personas principales de la ciudad, quienes ocuparon sus puestos laterales bajo los balcones acastañados, los cuales mostraban ufanos unas barandas cuidadosamente torneadas.

Entonces, sin que se sepa cómo ni cuándo, sucedió. Apenas unos momentos antes de que el cura oficiante y los monaguillos rasgasen el cortinaje de la sacristía con sus hábitos talares; tan sólo un instante previo a la ceremonia, un preámbulo a la irrupción de los actores en el escenario del altar mayor, una fila de monjas de coca alba empezó a posarse en los reclinatorios del coro alto. Semejaban un revoloteo de mariposas de alas transparentes, cuyo nítido susurro resultaba estridente por lo inmaculado, excitante por rayar en una suerte de pureza obscena. Sobre todo para los oídos pecadores que lo escuchaban desde los asientos alineados en la pieza inferior. Pero si turbadora fue para Ruter el Rojo esa presencia femenina, que dividía sus sentidos reavivados entre el arrobo espiritual y el deseo carnal, mayor confusión de ánimo le causó la viva voz de aquella aparición virginal.

Entonces sucedió. Sintió un estremecimiento; una sacudida; un pinchazo en el corazón. Cuando todas aquellas doncellas entonaron a coro un kyrie cristalino, que se colaba por los vitrales coloreados, hasta ovillarse en los ojos que daban luz a los camarines de la Virgen y los santos. El chantre de la catedral, enamorado desde su infancia sevillana de las composiciones del antiguo maestro de capilla Francisco Guerrero, había educado musicalmente a las monjitas en su repertorio de villancicos y motetes. La sensualidad de los cantos vertía su caudal de lo divino a lo profano como torrentera que salpicara gotas de negras y corcheas:

Llévame en pos de ti,

Virgen María.

¡Corramos hacia el olor de tus perfumes!

¡Qué bella eres,

qué hermosa!

La más preciada entre las delicias.

Tu altura es

como la de la palmera

y tus pechos como sus racimos.

He dicho:

«Subiré a la palmera

y tomaré su fruto,

y tus pechos serán

como los racimos de uva,

y el perfume de tu aliento

como el olor de las manzanas».

Entonaban el Trahe mepost telas esposas del Señor después del ofertorio. Y la mirada del alemán se perdía hacia la tabla de la Adoración de los Magos, en la que las mejillas encendidas de María, realzadas en el centro de un gigantesco marco dorado, incendiaban su sangre ya de por sí caliente. Entonces, el iris del aventurero se transformaba en plegaria sensorial a medida que se desplazaba por los frescos que hermoseaban las pechinas de la cúpula, cubiertas de Santos Padres, pobladas por historias bíblicas. Pero, sobre todo, su vista se detenía en la escena de un Santiago peregrino que se echaba sumiso en brazos de Nuestra Señora, como él mismo quema estrechar los cuerpos nacarados de esas religiosas de voz angelical. Mas, al fin y al cabo, mujeres de carne y hueso, de encanto y cuerpo, de belleza y sexo tangibles.

Desde aquel instante, el músico enamorado en que se había convertido Antonio Ruter, esperaba ansioso los oficios de domingos y fiestas de guardar. La coartada perfecta para extasiarse en el goce sosegado de las monjas cantoras, desnudadas entre las volutas del humo céreo, amadas a través del encaje fino de sus velos. El luterano transeúnte naufragaba cada vez que soplaba la galerna polifónica de aquellas blancas sirenas ya para siempre divinizadas en su armario. «Me robasteis el corazón —pensaba febril-, hermanas mías, con una mirada pulcra y con una perla de vuestros collares!» La lumbre del hogar desprendía una llama azulenca.

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21 Opiniones

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  • Ferm
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    ¿Alguien la ha leído? Lo digo porque me interesa la época, pero me gustaría alguna opinión porque experimentos a esos precios…

  • Sara
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    Hola Fermín, yo si lo he leido, y te aseguro que si te gusta la buena novela histórica este libro te gustará. Tiene un lenguaje muy cuidado y la historia esta perfectamente estructurada, eso sin contar con el que personaje y su historia es real, lo que no quita que en múltiples ocasiones la imaginación del autor haya hecho su aparcición como es lógico.

    Esta tarde, a las 19.30 en la Casa del Libro de Gran Vía (Madrid) el autor presentará la novela, asique todo aquel este interesado puede darse un garbeo, adelanto que hasta habrá un músico invitado que tocará alguna pieza de autores de la época en la que se desarrolla la historia

  • Dulcinea
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    Solo quería aportar mi gota de agua en este océano de comunicaciones, y dar mi opinión sobre el libro «Ruter el Rojo»… es extraordinario. No he terminado de leerlo, pero realmente merece la pena. El lenguaje está cuidadísimo, lo qué convierte la lectura en una apasionante aventura además de enriquecedora. El hecho de que los acontecimientos históricos sean reales, le da un sustrato y la enriquece. Realmente recomiendo su lectura. Algo que ha conseguido esta obra y que hacía tiempo que un libro no conseguía y es que me sienta presente en cada una de sus páginas como si formara parte de la historia. Ojalá se escribieran más libros como este.

  • Lucas
    on

    Lamento no compartir tu entusiasmo. Es voluntariosa, pero a ratos se pierde y aburre.

  • Florencia Daza
    on

    que aprendió a llorar cuando descubrió que la espuma del mar era sólo agua y sal y no la del espíritu del viento besando las olas…. yo aprendí a hacerlo frente al mar de tinta que dibujan las historias que albergan las hojas de un libro… y aprendía a compartir ese agua salada con personas maravillosas que han sabido seducirme con lecturas nuevas de viejos autores y con nuevos autores que leo a destiempo descubriendo como hoy, al cerrar esta novela, que hay finales que son el principio de un sueño que se hace realidad, el punto y seguido del amor que con tanto celo hilvana cada capítulo de esta novela hasta anudar con fina seda los ojos del lector y los pasos del protagonista de sus desvelos…

  • Jorge
    on

    ¿Qué tal si la lees?

  • Nando
    on

    Lo he hecho.

    No veo relación entre esas palabras y la vida de un tipo que "recurrió a todo tipo de artimañas para sobrevivir en los tiempos de las luchas entre los Austrias y los Borbones".

  • Jorge
    on

    ¿Y si esas "triquiñuelas" no fuesen tanto para sobrevivir como por "amor" a la vida?

  • Dulcinea
    on

    ¿Y sí la vida es algo más de lo que nos imaginamos?… ¿Y sí en la vida cada acontemiento puede ser una aventura, una hermosa y apasionante aventura… en la que a veces no sabes cuál va a ser el final?… ¿Y sí fueramos capaces de dejarnos sorprender por lo que la vida puede ofrecernos en cada persona, en cada acontecimiento?… o en la lectura de la vida de un "truan", un "picaro", un "aventurero"… que apasionado por la vida trata de sobrevivir entre los Austrias y los Borbones…

    Estoy de acuerdo con Jorge…

  • Wamba
    on

    ¿Cuándo se ha convertido esto en un foro de new age?

  • Lobo
    on

    No lo sé, pero me parece más adecuado encuadrarlo en el foro de Fantasía y fantástica que en el de novela histórica, en el que no pega ni con cola. Lo comento sin pretensión de molestar a nadie.

  • Frau Hesselius
    on

    Se me ha atragantado el truhán sin h de Dulcinea (al final, seguro que no es Dulcinea, sino Dulcineo). Pensaba echar un vistazo a esa novela, pero si tiene esos efectos empalagantes, ¡puf! mejor que me abstenga. Menuda publicidad que le hacen al autor.

  • Dimas
    on

    Buscando una lectura para este verano me he encontrado con este personaje de comienzos del XVIII. El contenido histórico es riguroso, y a la vez se hace entretenida y amena por las andanzas del protagonista de la trama. Interesante el capitulo dedicado a la música cifrada y sus viajes por Palestina, y el desenlace tan inesperado. Creo que es una lectura muy recomendable para aquellos que les guste la novela histórica y quieran pasar un rato agradable.

  • adso
    on

    Que no, que no. Que el libro está de maravilla, que Ruter es un viva la virgen con mucho estilo. Que te lo pasas genial y encima está bien escrito. Es muy lírico a veces pero no cae en lo pedante.

  • Frau Hesselius
    on

    ¿Adso? ¡Qué mala uva! ¿Eso es porque a mí me gusta mucho El nombre de la rosa?

    Da igual. Ya me leeré Ruter el Rojo (le prometí hace unos meses a Dulcinea que lo haría) en cuanto me acabe Nuestro agente en Judea (otro forero se empeñó también hace unos meses en conocer mi opinión).

  • adso
    on

    Je, je. Lo de Adso es porque evidentemente también soy un pirao de El nombre de la rosa. Ya me dirás qué te parece Ruter. Espero que la disfrutes.

    Un saludo.

    Firmado: Adso Fiore.

  • Dulcinea
    on

    Hola Frau Hesselius. Hace tiempo que no entro por aquí liada con otros temas. Hoy me he dado un paseo por los foros y sólo quería preguntar si ya habías leído la novela, Ruter el Rojo, y qué tal, qué te ha parecido, ya que veo que Adso también te la ha recomendado.

  • Frau Hesselius
    on

    Encantada de volver a leerte. Sí me la leí, ¡Qué vida tan apasionante la de ese hombre! En cuanto a la novela… ¿no te llamó la atención la cantidad de adjetivos que utiliza el autor?

  • Dulcinea
    on

    Hola Frau. Me alegra que la hayas leido, la verdad es que ciertamente tiene una vida increible. Lo que más me gusta de la novela, y no sé si te habrá pasado a ti, es que cuando la leo (quizá sea por la forma de estar escrita) es como estar viéndola, viviéndola… Lo de los adjetivos, si me había dado cuenta, pero no me ha llamado la atención porque me gusta como los va encadenando, me parece bonito. Pero vaya, esto último entiendo que es una opinión como muy personal, ya que me gusta esa forma de escribir. Por cierto, gracias por tu opinión, espero que nos sigamos encontrando por aquí, y me alegra que te haya gustado la novela.

  • Tanit
    on

    Tengo que leerlo pronto, porque estoy segura de que Pedro es tan bueno escribiendo un libro como impartiendo sus clases, es la nota más alta q tengo en la carrera. Es un gran profesor y da gusto escucharle, tengo el privilegio de conocerle y de que me pueda dedicar esta novela suya que, dad por hecho, debe ser fascinante.

  • Little Red Cloud
    on

    mejor que un viaje a Zanzibar, a la Amazonia o al Caribe de los piratas para vivir aventuras apasionantes, mejor que una película de acción para vivir la excitación y la tensión hasta el final de la historia. Pero además, su lírica es tan hermosa como cualquier poema de Aleixandre, de Salinas, de Juan Ramón Jiménez…La narrativa es envolvente, la escritura es poderosa y melódica, siguiendo y mejorando el estilo del siglo de oro, que entonces se herrumbraba. El lector se encontrará sumergido en el siglo dieciocho con todos sus sentidos. Por añadidura, como historiadora he de decir que Ruter el Rojo se equipara en rigor sólo a El Nombre de la Rosa y La Isla del día de Antes de Eco y al Lincoln de Gore Vidal, que a juicio de uno de los más grandes historiadores del siglo XX, John Pocock, es la mejor novela histórica jamás escrita, y eso lo ha afirmado porque seguramente no se ha leído las otras. Es uno de mis libros favoritos, y se lo recomiendo a todo el mundo.

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