Salvador Dalí

Dali

Audaz en todo momento, provocador sin descanso, visionario, libre e independiente hasta límites de confundirse su personalidad en actitudes opuestas, Salvador Dalí (1904-1989) ha sido el gran surrealista, que elevó su biografía tan alto como su arte. A la par que un nombre imprescindible en la pintura, Dalí está considerado actualmente como la última figura genial con la que se quiso despedir el siglo XX.

Anarquista, monárquico y franquista a la vez, hedonista, irónico y excéntrico, disparatado y en ocasiones esperpéntico, llevó la vida hasta cada uno de sus extremos, pintó desde lo más profundo del subconsciente y frivolizó en compañía de lo más alto de la alta sociedad. André Bretón le bautizó burlonamente con las palabras Avida Dollars (anagrama de Salvador Dalí) en alusión a su inagotable ansiedad de dinero, y el artista las abrazó como bandera.

En contra del mito del artista romántico, Dalí buscó el vínculo del creador con las masas y eso le convirtió en el primer artista pop. Sus relojes blandos, sus jirafas ardiendo, los elefantes con patas de cigüeña, las Venus con cajones, los saltamontes amenazadores, las hormigas símbolo de lo putrefacto, las enigmáticas rocas del cabo de Creus… la imaginería daliniana constituye un mundo que fascina y atrapa a quien se acerca a él.

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Al fin conseguía Salvador Dalí convertirse en el protagonista de El mundo es ansí, la novela de Pío Baroja que tanto le había impresionado años atrás y que se inicia de este modo: «Siempre se distinguió el joven Velasco como elegante y como sportman: muchacho rico, hijo de un cosechero riojano, gastó dinero en abundancia, ensayó varias carreras y deportes y, por último, decidió ser pintor».

La influencia de Luis Buñuel había animado a Salvador a visitar ocasionalmente los gimnasios de boxeo; pero, sobre todo, era un buen nadador. Durante los veranos, su piel cobraba un intenso bronceado en las playas de Cadaqués. De aspecto atlético, hombre mundano, bailarín de charlestón…, Salvador estaba disfrutando al mismo tiempo de sus primeras exposiciones relevantes. En mayo de 1925 la Sociedad de Artistas Ibéricos incluyó once cuadros de Dalí dentro de la muestra del Palacio de Velázquez, en el parque del Retiro de Madrid. Llegado el mes de noviembre, la galería ,Dalmau de Barcelona le organizó una exposición individual can veintidós obras. Salvador Dalí asegura que Picasso visitó esta sala y quedó prendado de uno de sus cuadros, entre los que se hallaban Venus y un marinero (homenaje a Salvat-Papasseit), Sifón y botella de ron, Figura en una ventana y varios retratos de la hermana y del padre. Por aquellos días, Federico García Lorca había evocado la Semana Santa transcurrida en Cadaqués escribiendo el poema Oda a Salvador Dalí, salpicado de imágenes surrealistas. «… Canto el ansia de estatua que persigues sin tregua…», le alienta su amigo. La oda se publicó por primera vez en la ReVista de Occidente en abril de 1926.

Con dos cartas de recomendación del ,galerista Josep Dalmau, Salvador Dalí hizo su primer viaje a París en abril de 1926. La acompañaban su hermana y la madrastra. A pie de ande´n les esperaba Luis Buñuel para darles la bienvenida a la capital francesa, «Primero descubrí Versalles (pero seguí prefiriendo El Escorial) y el polvoriento Museo Grévin.» .Asimismo, visitó a Picasso, el faro de toda pintura a lo largo de la primera mitad del siglo xx. Mientras le mostraba sus cuadros, le quiso adular diciéndole: «Me venido a verle antes de ir al Louvre», a lo que el pintor malagueño contestó: «Hizo usted muy bien». Tras una breve estancia en París, Salvador, Anna Maria y la tieta Catalina realizan una fugaz visita a Bruselas para conocer directamente las obras flamencas. Ese viaje relámpago a Bélgica dejó insatisfecho a Salvador; que en septiembre le escribiría a Federico: «Yo sueño en irme a Bruselas para copiar a los holandeses en el museo; mi padre está contento con el proyecto…».

En la Residencia, la amistad entre el pintor y el poeta cobró su mayor intensidad durante ese año, al hallarse lejos Luis Buñuel, el tercero de los amigos, pues permanecía largas temporadas en París. Algunos estudiosos de este grupo sostienen que el cineasta aragonés reprobaba la homosexualidad de Federico, por lo que procuró distanciar "a Salvador de la influencia del poeta y ganárselo, a la vez, para su carrera artística. Junto a Lorca y Dalí, aquel curso entraron a formar parte del núcleo la pintora Maruja Mallo y Margarita Manso, también alumna de la Academia de San Fernando. Se dice que fueron Federico, Maruja y Margarita quienes, influenciados por la tendencia parisina, pusieron de moda en Madrid el «sinsombrerismo», es decir, salir a la calle sin sombrero exponiéndose a las críticas y los insultos de los viandantes. Otro compañero de la academia era el pintor surrealista Alfonso Ponce de León, novio de Margarita Manso (un célebre retrato de esta se le atribuye en disputa con Dalí). En la década siguiente, Ponce de León colaboró en La Barraca de Larca y militó en Falange Española. A él se debe, influenciados por la tendencia parisina, el diseño del emblema del SEU y numerosos carteles propagandisticos. Cuando estalló la guerra fue encerrado en una checa y fusilado junto con varios miembros de su familia.

A lo largo de aquel curso, Federico y Salvador intentaron mantener una relación sexual completa. Dalí evocaría dicho momento en las entrevistas que concedió a Alain Bosquets: «Él era pederasta, como ya se sabe, y estaba locamente enamorado de mi. Por dos veces intentó poseerme. Aquello me daba mucho apuro, pues yo no era pederasta y no quería dejarme. Además, aquello me hacía daño. Así, la cosa no tuvo lugar. Sin embargo, yo me sentí muy halagado desde el punto de vista del prestigio. Para mi interior, me decía que él era un gran poeta y que yo le debía un poquito del ojo del c… del Divino Dalí. A continuación, explicaría también, Federico decidió recurrir a Margarita Manso para ofrecele su propia virginidad heterosexual en sacrificio, ya que no había obtenido la del pintor. Era la primera vez que el poeta hacía el amor con una mujer. Su poema «Muerto de amor», del Romancero gitano, está dedicado a ella. Meses después de la tentativa de sodomización entre los dos amigos, Lorca escribió una carta a Dalí en la que se excusaba por el arrebato: «Me he portado como un burro indecente contigo, que eres lo mejor que hay en mí». Es a través de esta correspondencia donde se descubre el título de uno de los cuadros del primer surrealismo de Salvador, Cenicitas: «Acuérdate dé mí cuando estés en la playa y sobre todo cuando pintes las crepitante s cenicitas, ¡ay mis cenicitas! Pon mi nombre en el cuadro para que mi nombre sirva para algo en el mundo…». El estudioso Agustín Sáncpez Vidal opina que a raíz de este intento de posesión por parte de Federico nace una tensión entre ambos compañeros que desembocará en el notable distanciamiento que ya empieza a tener lugar y en el que Luis Buñuel tomará partido.

En la Academia de San Fernando, Salvador acentuó su tendencia hacia lo extravagante en pos de la genialidad. Un día, un profesor llevó a los alumnos a pintar del natural una estatua gótica de la Virgen y recomendó que cada uno hiciese exactamente lo que estaba viendo. «En cuanto se volvió de espaldas, poseído por una frenética necesidad de mistificación, empecé a pintar, .siguiendo un catálogo una balanza que dibujé con la exactitud más rigurosa». Cuando el profesor descubrió en qué estaba trabajando, se quedó helado. "Dalí asegura que inconscientemente había intuido la relación entre los signos de Virgo y Libra en el Zodiaco. La libre asociación de ideas empezaba a exigir su derecho de paso en la obra daliniana.

Pero la arrogancia de su genio le iba a costar la expulsión definitiva de la Academia aquel curso de 1925-1926. En los exámenes de junio, ataviado con una americana de color estridente y una gardenia en el ojal, Dalí declaró sin rodeos que se consideraba más inteligente que los tres miembros del tribunal de la prueba oral juntos, de modo que rechazaba ser examinado por ellos, si bien sabía responder demasiado perfectamente al tema propuesto: «todos los profesores de San Fernando son incompetentes para juzgarme, me retiro». Sus amigos de entonces aseguran que, además, se había bebido un buen vaso de absenta para infundirse valor. Entre sus principios de este periodo figuraba elevar «la idiotez a categoría lírica», con tales subrayados se lo exponía en una carta a Federico. Germina ahí la semilla de su afán por cretinizar a los demás. Salvador había entrevisto una lírica de la estupidez humana, que adoraba «con las lágrimas en los ojos».

A diferencia de los dibujos de Grosz, Dalí explica que no infunde odio en los putrefactos, sino ternura. La idiotez, para Dalí, es la capa más estremecedora y secreta de la condición humana y el pintor se sumerge en las profundidades del, inconsciente para ponerla de manifiesto.

El tribunal académico que va a juzgar al joven Salvador es, desde su punto de vista, un tribunal de idiotas. Siente que tiene que desenmascarado con un gesto repleto de aquella moderna arrogancia y esnobismo de los que se había impregnado en la Residencia. Dalí se ha convertido en un poeta de la crueldad cuya meta es desnudar al hombre de todas sus máscaras y para ello recurre a la ironía: «ironía = desnudez, ver claro, ver límpidamente; descubrir la desnudez de la naturaleza, l…] eso es ironía, pintar todas las olas del mar. ¡Ironía!», le escribía a Federico desde Figueres.

De vuelta al hogar paterno, Salvador se presentaría con las maletas vacías ante el asombro de la familia. Dijo una vez que le había dado pereza llenarlas y en Salvador este gesto tiene más sentido así, como un desafío irónico a todo orden, que como metáfora o símbolo de algo. En noviembre de 1926, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes confirmó de modo oficial la expulsión de Dalí al publicarla en el boletín correspondiente. La orden llevaba la firma del rey Alfonso XIII. De nuevo la figura del monarca aparecía mezclada con su destino. Muchos años después, cuando Salvador era un artita adulado y millonario, tomó la afición de exhibirse ante la aristocracia adornando su corbata con un ostentoso alfiler que había pertenecido a aquel rey de España muerto en el exilio.

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